QUERIDO ITURBE

QUERIDO ITURBE

MONDAY, SEPTEMBER 28, 2009

Orlando Luis Pardo Lazo

Una hora a la semana, cuatro viernes al mes, por diez pesos cubanos (en aquella época todo un “sacrificio familiar”): ése fue mi régimen particular de recibir clases de guitarra acústica y populachera.

Ernesto Iturbe se llamaba mi profesor. Un señor elegante que, incomprensiblemente para mí, vivía sólo con su hermano también soltero, y no tenían ni refrigerador (guardaba el pollo y la carne en mi casa, y muchas veces nos regalaban una parte de sus magras cuotas).

Mis padres me compraron una guitarra española que era más grande que yo (otro sacrificio blablablá), que por entonces apenas empezaba en la escuela primaria.

Eran los finales de los setenta. Para el niño que yo fui, Cuba era una fiesta en Sol Sostenido Mayor (ya no sé si este acorde es un barbarismo o un barabaritmo). Los primeros temas que me aprendí fueron, en este orden aproximado (hasta hace poco conservé la libreta), “Gotica de lluvia”, “Globos Rojos”, “Moliendo café”, “Tú, sólo tú”, “La barca de oro”, “Adiós, muchachos”, “La vida sigue igual”, “Pequeña serenata diurna”, “Hipocresía”, “Chamamé a Cuba” y “En el XX Aniversario”: una de las primeras loas revolucionarias de Osvaldo Rodríguez después de la desintegración de los 5 U 4 (mi padre estaba enamorado en secreto de la muchacha ciega del grupo, de quien nunca he sabido más).

Yo me aburría en sus clases de guitarra, pero mi inercia me mantuvo recibiéndolas por unos ¡10 años! (toda la primaria y la secundaria y un atisbo del preuniversitario). La guitarra española se me hizo chiquita entre las manos. Ernesto Iturbe envejeció, como su repertorio de siempre y el papel de los cancioneros que regalaba. Se encorvó. Perdió la elegancia de sus trajes. Perdió alumnos, incluido yo. Perdió dientes y siseaba. Perdió a su hermano en un accidente horrible en el barrio. Hasta que él mismo literalmente se perdió.

Fue así. Un día no apareció más en el pasillo interior de su casa, en la calle Beales. Los vecinos temieron lo peor, como siempre, y la policía vino y forzó aparatosamente la puerta con tapabocas. Pero nada, por suerte (¿por suerte?).

Ni siquiera lo asesinaron. Ernesto Iturbe se fue para no volver, como en uno de esos temas cuyos acordes de fuerza él me enseñaba sin saña. Se evaporó anónimamente acaso en una morgue colectivizada, para deleite del noviciado médico amateur que tal vez no sabría nada de guitarra.

Yo también era muy torpe con las seis cuerdas (tengo el oído cuadrado). Pero lo admiraba sin efusividades y me gustaba escuchar su voz de tanguista republicano venido a menos, resistiendo dentro de la raída dignidad de sus trajes, hablando mal del transporte y del resto de la economía cubana. Sólo que no quería ejecutar yo mismo nada de nada en los trastes. Tampoco me interesaba la teoría, si bien gracias a aquellas sesiones aún hoy puedo leer música más o menos analfabetamente.

En la universidad conocí a una muchacha preciosa que también había dado clases con él, en el barrio de Luyanó. Hay evidencias de que su radio de acción se extendía a Juanelo y La Víbora y Santos Suárez e incluso mucho más allá. Llegó a tener decenas de alumnos y no sería de extrañar que alguno de ellos fueras ahora tú, aunque ya lo hayas olvidado.

Le debo a Ernesto Iturbe una confesión de peor pupilo. Yo adelantaba el reloj para que las clases duraran menos de la hora reglamentaria. Lo siento, profe, yo era muchacho muy zorro y no podía evitar hacer trastadas que nadie en el mundo sospecharía nunca de mí.

Lo cierto es que a lo sumo siempre dábamos cuarenta minutos de clase. Por eso muchas veces no le alcanzaba el tiempo que usted tenía planificado: tocar, solfear, transcribir, etc. Me daba pena, pero cada viernes yo repetía esa farsa, ese ejercicio de hipocresía y libertad. Mi consuelo es que no le estaba robando dinero, sino al contrario. Pero igual me daba pena despedirlo de mi sofá un cuarto de hora antes del tiempo pactado. Todavía me la da.

En cualquier esquina o cuneta cubana donde hayas caído fulminado, en cualquier sala de hospital o necrocomio donde Cuba no pudo identificar la coda de tu cadáver, en la memoria bemol de los que durante decadentes décadas endulzamos tu soledad salarial de solterón, por las trampas mías que absorban y absuelvan al resto de tu alumnado: descanse tu alma buena y tan afinada en paz, querido profesor perdido Ernesto Iturbe.

Mi padre, Jennifer y yo

Mi padre, Jennifer y yo

SUNDAY, JUNE 15, 2014

Los dos nos enamoramos a la misma vez de la misma muchacha, que no era mi madre, frente a un televisor en blanco y negro marca Elektron-216, en una tarde de los años setenta en Lawton, otra de esas palabras perdidas que nadie en el mundo podría pensar que son cubanas, excepto los cubanos.

Ella se moría en pantalla, Jennifer. Pero antes corría con él, Oliver, por las calles desconocidas de un milagro llamado los Estados Unidos. Y los dos eran hermosos y libres como el amor, y así de tiernos y irascibles, inmortales. Y comían nieve y se la tiraban por la cabeza. Y ninguno de los dos había oído hablar nunca de Fidel ni de la Revolución.

Mi padre se acaba de retirar. Había sido un gris burócrata de la industria nacionalizada de los polímeros de importación. De las Muñecas Lilí a los Plásticos Habana. Sus sucesivas oficinas, como sus camisas de cuadros, olían a nicotina y a aquella sonrisa salvífica de no pertenecer ni por un minuto a su entorno.

He dicho otras veces que se llamaba Dionisio Manuel, pero si no repito de vez en cuando su nombre doble, corremos el riesgo de que desaparezca antes de tiempo de mi memoria de exiliadito tardío, de prófugo de utilería, que vine de boconear en la misma cara del totalitarismo sólo para refugiarme a la vista de aquellos caserones nevados y estadios de hockey y frases hechas en inglés, en un país que no fuera tanto una patria, sino un espacio abierto donde morir mansamente entre extraños sin formar el menor aspaviento.

Las películas norteamericanas eran nuestro consuelo contra el comunismo. Nuestra escalera de sábanas para bajar al cielo. Yo fui su hijo de viejo (cuando nací, él cumpliría 53). Él conservó intacta para mí su colección de los cincuenta de LifeNational GeographicReader´s Digest, y un descomunal laberinto de pocket-books que al parecer mi padre se robaba uno a uno de la Biblioteca Nacional José Martí (picket-books).

Esos libros y revistas, esa lengua muerta llamada el inglés, eran nuestra promesa secreta de que habría una sobrevida, un futuro sin fidelidades, una historia sin hipocresía, un no-lugar donde los dos nos enamoraríamos sin tiempo de la misma muchacha, que no sería mi madre, pero tampoco estaría dentro de un televisor en blanco y negro marca Elektron-216, sino en una ilusión de fonética fósil llamada The United States.

Bien, yo llegué ahora aquí. He corrido entre los estadios de hockey. He reído a ras de los ríos. He comido nieve (otra manera de comerse lo blanco, el bodrio, el vacío). Tengo, yo también, un amor de correr juntos hacia el abismo, con la muerte política pisándonos los talones y los padres.

A Dionisio Manuel se le acabó el tiempo mucho antes de las visas B2 de 5 años con múltiples entradas a USA, que ahora no se la niegan ya nadie en La Habana, excepto a mi madre, que de todas formas a sus 78 años ya no tendrá ninguna muchacha de quien enamorarse.

Es el Día de los Padres y yo estoy huérfano por partida doble. Y feliz. Fundamentalmente feliz.

Hasta los domingos poco a poco comienzan a parecerse a los domingos de nuestra imaginación de infancia indigente. Con suerte, muy pronto los dos seremos hermosos y libres y tiernos y irascibles y inmortales y ninguno habremos oído hablar antes de Fidel ni de la Revolución.

Las lágrimas de Ali
Orlando Luis Pardo Lazo

TUESDAY, NOVEMBER 20, 2018


 ¿Qué decir de una muchacha de 25 años que ha muerto? Que era hermosa. Y brillante. Que amaba a Mozart y a Bach. Y a los Beatles. Y a mí.

Este es uno de los más malos y maravillosos inicios de la literatura cubana. Fue escrito, como corresponde, en inglés. Palabras que oí por primera vez de adolescente. En los años ochenta de la televisión en blanco y negra cubana. En un televisor soviético, Elektrón-216, caído como de otro planeta en La Habana.

Las oí al inicio de una película. Love Story, con subtítulos a máquina de escribir, Historia de amor. Yo era virgen, todos éramos vírgenes. Y el escritor y guionista Erich Segal nos descubría con esas treinta palabras el significado perdido desde el inicio de lo que iba a ser para nosotros la muerte y lo que no iba a ser para nosotros el amor:

What can you say about a twenty-five-year-old girl who died? That she was beautiful. And brilliant. That she loved Mozart and Bach. And the Beatles. And me.

Treinta años después por fin las puedo leer. En un libro en inglés, sin traducción. Es la novela original publicada en 1970 por Harper & Row, poco antes de que se filmara la película con la casi adolescente Ali McGraw haciendo de muchacha de twenty-five-year-old who ha muerto. Que era beautiful. And brillante. Que amaba a Mozart and Bach. Y a the Beatles. And mí.

La novela es una novelita. La numeración de los 22 capítulos llega sólo hasta la página 131, de formato compacto. Una novelita por entregas, que antes se había estado publicando a pedazos en la revista hogareña The Ladies´ Home Journal.

En el libro, que es un librito, leyendo a golpes de memoria recuperada, descubro que la vida me ha traído hasta aquella remota historia de amor, como antes me llevó hasta la tumba del campeón mundial de ajedrez Bobby Fischer, en Islandia. 

Ali McGraw es música, pero estudia un curso de Comp. Lit. 105: es decir, como yo ahora, de Literatura Comparada. Cursa sus estudios en Harvard, donde yo he estado un par de veces mediocremente, sin haberla buscado. A ella. En el mismo campus, en los mismos edificios, en el mismo campo minado de ganas de ser inmortales corriendo y cayendo de espaldas, como ángeles sobre la nieve comestible de la escena inicial y final del film. 

A su vez, ella y su padre vivían en Cranston, Rhode Island, muy cerquita de la ciudad de Providence, donde yo también pasé casi un año, enseñando Escritura Creativa en la Universidad de Brown.

La novela misma parece un guión de cine. No importa. Mejor. Ya no me interesan las grandes novelas. Ahora amo las novelas como Love Story de Erich Segal, novelitas por entregas que nunca existieron y que, sin embargo, son los únicos libros que de verdad me han robado de por vida el corazón. Los únicos que nunca he olvidado, en los que nunca he envejecido. Letras con música de Radio Enciclopedia compuesta por Francis Lai.

Las lágrimas de Ali McGraw me mantienen despierto todas las madrugadas del exilio. He dejado de dormir sólo para compartir con ella. Para, como un Oliver Barrett sin dios, agradecerle a Dios cada día llegar vivo a la noche siguiente sólo para volver a verla. Respiro futuro en esas soluciones salinas de Ali McGraw, salidas de mi prehistoria cubana en alto contraste. Me recuerdo humano en su llanto. Me recuerdo presente, sano, bueno, bello, vital, brillante, como un muchacho sin edad que nunca iba a morir en La Habana.

Tenías toda la razón, Ali McGraw, todavía la tienes toda. Aquel muchacho ya nunca se va a morir en La Habana.