Mais où sont les neiges d’antan?

Las nieves de antaño
Orlando Luis Pardo Lazo

THURSDAY, DECEMBER 10, 2009

Mis amigos del alma, esos muertos magníficos de la sin patria, me llaman por teléfono para felicitarme.

Se supone sea mi cumpleaños.

10 de diciembre: para colmo, es el Día Internacional de los Derechos Inhumados.

Mis amigos del alma me llaman con el horario de Cuba. Están locos. Están lúcidos. Hace medio siglo (o sigilo) que viven lejos de esta isla infinita y todavía no se ajustan a su propio reloj.

Son jóvenes y sólo les queda la memoria amnésica de su juventud.

Mis amigos del alma están mal. Están prósperos. Son animales anacrónicos que habitan en un tiempo insípido e híper-real: arañas penélopes que destejen cada noche el huso horario de la triste alegría de no despertar más aquí. Conmigo. Con ellos.

Los extraño. Mucho. Muchísimo. Con un dolor que se haría piedra si lo pronuncio. Por eso todas las noches cubanas, que son todas las mañanas mentirosas de Europa, yo pienso compulsivamente en ellos. En ti. Por eso todas las tardes tediosas de nuestra demasiada patria, que son todas las tardes tecnoilógicas de América, yo me alegro tristemente por ellos. Porque no tengan que desvelarse ni una sola madrugada más aquí.

Mis amigos. Del alma. Extrañas palabras para un escritor que quiso fungir o acaso fingir como el enemigo público número uno. Desterrar el sentimiento y cavar hondo en el hielo, frío fósil.

A todos mis amigos más tarde o más temprano terminé amándolos. Muchos hicimos el amor. En cualquier orden de parejas efímeras que iban a ser más eternas que la Revolución. Templamos opíparamente por pura lujuria de libertad, por puro miedo de perdernos de pronto el cuerpo (supongo que ya eso pasó). Por gusto, por regusto, por desgaste. Para hacernos más contemporáneos por dentro. Para tantear nuestras vísceras y algunos límites no tan indecentes como indecibles. Para llorar a la vista de otro ser humano nacido a ras de Cuba también. Para recuperar la dignidad secuestrada de la palabra singar.

Mis amigos del alma. El amor. Vocabulario soez que se atraganta en las cuerdas vocales de un escritor que intentó arrancarse la lengua para raspar la literatura con una astilla de hueso. Amasando más que amando a los hombres y mujeres de una Habaneandertal que se nos esfumó.

Gente preciosa y buena y solitaria que no tuvo espacio para narrarse a sí misma en el torturante tiempo de nuestro país. Y por eso tomaron distancia. Dentro o fuera. Por eso cambiaron de continente. Silencio o suicidio. Por eso cambiaron de lengua. Esperántrax o volapunk. Cambiaron de sexo. Semen o simulación. Sólo les faltó cambiar también de reloj. Y no llamarme más con la hora hastiante de Cuba.

Hoy somos no sé bien qué. Una manada de búfalos camino al vertedero de los triunfadores. Una corporación del capitalismito de atrezo en que nos asfixiaremos mañana. Una comunidad de cadáveres que tuvieron el privilegio de sobrevivir a la Revolución.

Mis amigos de alma.

Lo siento.

No pudimos o no supimos o no quisimos evitarlo a tiempo.

No nos dejaron tiempo, ningún tiempo en el mundo.

Verde que me vengo verde

VERDE, VERDE: MÁS DURO
Orlando Luis Pardo Lazo

THURSDAY, MARCH 1, 2012

Primer beso en boca entre machos en las pantallas grandes de la Cuba en Revolución. Primera penetración, rabos por delante y por detrás, placer de tripas desgarradas entre cubanos de pelo en pecho, sin ningún tipo de afectación. Me duele, ay, métemela más. Atmósfera nocturna, opresiva de tan orgiástica, parodia póstuma de PM: Putas y Maricones. Collages plásticos infernales de Rocío García. Humo, carcajada, y una muerte de bandoneón bonaerense, rejuvenecida quirúrgicamente y encarnada por la virgen (Farah) María: Dama de Negro. Arma blanca teñida del rojo mondongo del protagonista. La caída. No se lo digas a nadie. De eso no se habla. Yo soy hombre a todo, cojones. Si me coges las nalgas, te parto la vida, corazón. Dar el culo en Cuba es una caída. Cosa de carcelarios, de perversos, de gente sucia que desconoce el milagro militante del amor. Singar entre hombres no es tanto una enfermedad venérea como una violación. Así no se templó el acero. La Revolución no entra por los intestinos. Por eso la claustrofobia y la luz fea que abate este mediometraje menor, pero necesariamente ya un hito en la cinematografía nacional: Verde verde (2011), del director Enrique Pineda Barnet.

¿Qué dirán los involucrados en las iglesias cubanas sobre esta obra maléfica? ¿Qué comentarán los compañeros acomplejados del Comité Central? ¿Qué dirán los guaposos del barrio y, sobre todo, qué dirá mi mamá? (¿O qué le diré a mi mamá cuando me sorprenda “pasando cochinadas” en mi laptop?)

Verde verde es el tipo de fenomenito que no merece una crítica cinematográfica. Hay demasiada pacatería política e indigencia intelectual en Cuba como para ponerse a razonar ahora desde un punto de vista técnico sobre este film. Verde verde es una bombita de tiempo puesta a funcionar veinte veinte años después del abrazo mediático Fresa y Chocolate. No importa su lectura más o menos pánica de la seducción y el coito homosexual (uso un lenguaje clínico a propósito, tengo el don de pulsar registros discursivos diversos). Tampoco importan las actuaciones, que son tan malas que parecen intencionales. Hay que hablar de lo que pone sobre el tapete este caballero valiente y casi ya octogenario. Un creador definitivamente con más ganas de poner el dedo en la llaga (o en el chancro) que la mayoría de los llamados jóvenes realizadores que sólo apuestan por salir de Cuba y quedarse antes de lanzar la primera puya (en libertad no se vale, compay).

Hay algo vil en la posesión del cuerpo del otro. No tenemos respeto ni cariño por la belleza de la otredad, por lo libre y lindo que es leer la verdad en otros: sólo denotamos desesperación. Habitamos una debacle personal, de noches donde matar o hacernos matar por un orgasmo animal. Nuestro matrimonio oficial ha fracasado. De ahí las neurosis y las depresiones de cada generación, secretito de closet que democráticamente compartimos como pueblo, sea cual sea nuestra sexualidad. No toleramos ser seres solos. Tenemos miedo de amanecer por nosotros mismos, sin un pene del cual asirnos, sin una vagina donde ovillarnos. En última instancia, sin Fidel. Porque Verde verde es en última instancia Olivo olivo. Nos resistimos al olvido olvido del Gran Semental que desbordó de sentido cada poro de la patria, que tatuó su estampa en nuestra más íntima piel. Alardeamos que no en público, pero sí ansiamos su consuetudinaria posesión. Sólo que nuestro Sema en Jefe ya está a punto de traicionarnos con esa dama decadente que es la Muerte de la nación. Y después del Premier, sabemos, como en el plano postrero de este filme, sólo quedará la danza macabra de las pistolas y portañuelas.

Esta es una película de elipsis apocalípticas, apocubalípticas. La elipse de los cubanos está terminando al cabo su ciclo cósmico de cadáveres sin resurrección. Castración post-mórtem de midnight cowboys. Hay algo ontológico en la caverna del culo para nada platónica (en todo caso, platoonica: de pelotón), algo tan ontoagónico como en los cuerpos cavernosos de un falo inflamado en sangre. El país ya está maduro maduro. Y Enrique Pineda Barnet, como los verdaderos apóstatas, no lo supo pero sin querer le salió.

Intocados por el totalitarismo

A los mártires del Raúl Cepero Bonilla

Orlando Luis Pardo Lazo

TUESDAY, NOVEMBER 28, 2017


        La noche en invierno cae de golpe. Como un trancazo.
        Sobre todo cuando empieza diciembre y se acerca otra vez mi cumpleaños, como ahora.
        En el exilio, esa es la hora más terrible de sobrevivir.
        Una hora frontera entre la luz que ciega y las sombras que iluminan. Es la hora en que en Cuba yo regresaba de la escuela.
        Del Pre. Así a secas.
        El Pre, una sílaba que no necesita tanta explicación.
        Los cubanos saben.
        Caía la noche temprano y sólo nuestros uniformes vírgenes brillaban.
        Éramos como extraterrestres, cubanos caídos de otra galaxia.
        Todo el resto del mundo metido de cabeza en sus casas. Cocinando, deteriorándose. Envilecidos por la falta de coraje, amor y belleza. Enfermos sin solución.
        Y nosotros saliendo del Pre a la caída de la tarde. O la caída de la noche. Da igual. Cada día más jóvenes y más llenos de libertad y deseos.
        Cubanos libres.
        Cubanos recién llegados del futuro.
        Intocados por el totalitarismo.
        De ellos (es decir, de nosotros), sólo yo sabía que nunca me iba a olvidar de aquellas escenas. La belleza me goteaba por los poros y me obligaba a ser siempre un solitario.
        Era tan hermoso estar vivo que uno sentía que aquello no podía durar para siempre. La belleza como anunciación de la muerte.
        Me era imposible estar del todo presente allí. Porque desde el inicio yo sabía que estábamos viviendo en una memoria inolvidable, de esas que serían después recordadas exclusivamente por mí.
        ¡Estaba vivo de remate y ni siquiera tenía a quién confesárselo! No tenía a quién decirle que estábamos aquí y ahora (es decir, allí y entonces) sin que la escena se nos desapareciera para nunca volver. Se nos diluyera en las palabras del Orlando Luis ya delirante a sus quince o dieciséis años.
        Desde sus cinco o seis años, quizá.
        Estas noches tempranas de diciembre siento el mismo olor a oscuridad, el mismo aroma a La Habana de invierno, la misma humedad de la saliva que se asomaba a los labios de las adolescentes al sonreír.
        Yo nunca pude del todo serlo, un adolescente.
        Hablábamos y hablábamos, pero nunca nos decíamos nada.
        ¿Para qué decir? Si todo era tan fácil como tragar agua. O dejarla escaparse entre los dedos desnudos y las faldas mostazas de los uniformes.
        Daban deseos de correr y bailar todo el resto de la noche y toda la madrugada.
        Y deseos de no crecer.
        Y de nunca prestarle atención al lenguaje adulto y odioso de los demás.
        Estábamos o éramos. Da igual. ¿A qué más aspirábamos?
        A esa hora, los jazmines comenzaban a oler.
        La noche en invierno abría sus constelaciones de golpe. Los astros, por supuesto, también reían. Como en una vieja canción de Fito, que entonces era de estreno.
        Se acercaban diciembre diez y mi cumpleaños, como ahora.
        En el exilio, esta es una hora escalofriante. La hora de volver como mansas palomas, vivos y muertos, al grupo que salía en un estado de casi inconsciencia de nuestro Pre.