CRONOLOGÍA DEL VÉRTIGO Y EL NAUFRAGIO

Cronología del vértigo y el naufragio

Orlando Luis Pardo Lazo

Entre cuarteles y cuarterías, entre tramas y traumas, entre bibliotecas y burdeles, entre demonios y demoliciones, entre arpas y arpías, entre traiciones y tiburones, desde su jergón lunático y desde su lúgubre jerga, trastabillando a ras de la locura con tal de arañar un poco de lucidez, cuerdo de remate, sin más coraje que todo el miedo del mundo, sin más herencia que la soledad suya y del resto, suicidándose a diario en el duro oficio de sobrevivir: a la vuelta de una década regresa ahora la palabra de Luis Marimón (La Habana, Cuba, 1951 – Las Vegas, EUA, 1995), poeta de todas las barbaries que en la historia han sido, incluidas las de esa entrañable y sangrienta ciudad llamada Matanzas (“ninguna ha tenido nombre más perverso”), donde él amó y odió y fue libre y preso y parió y mató y finalmente huyó para quedarse siempre, convertido en mito y meta de nosotros, sus lectores sobremurientes a lo largo y estrecho de ésta y de cualquier otra geografía.

“Cronología del vértigo y del naufragio” (Ediciones Unión, 2007) es el objeto libro portador del milagro. Cincuenta poemas de ocho libros, en su mayoría inéditos. Y aún así se trata, por supuesto, apenas de una mirada al sesgo, casi al azar, al azoro de un poeta que se privó de su siglo XX literárido local. No le interesaba gran cosa, aunque lo conocía al dedillo (su genialidad nunca fue la de un improvisado). Antes bien, le daban un poco de risa todos nuestros grandes ismos y grupos y manifiestos. Sospecho que Luis Marimón sabía de los años cero que después habitaríamos sin él, al borde mismo de una literatura posnacional. Sospecho que él no tenía prisa y por eso vivió a tope de velocidad. Sospecho que él sospechaba ser un inmortal y decidió darse el lujo de escribir desde y para la memoria de los muertos: el mejor signo vital de cualquier creador.

Al margen de todo canon o contracanon y ausente de honor de las antologías (f)iniseculares cubanas, esta lonja de los vértigos y naufragios de Luis Marimón se publica por fin ahora. Sea ésta, pues, su eufórica victoria. Y también su más auténtico y remoto exilio a pesar de él, que dejó escrito “no permitiré el exilio ni la lejanía” mientras la existencia se le iba destejiendo irónicamente al revés: el inxilio y la cercanía tampoco nunca nos lo permitieron a él.

Como antologadores o acaso médiums de Luis Marimón, su hija Yanira y yo devoramos los mil y un paquetes de papel cebolla donde el propio poeta tecleaba sus textos y, llegado el caso, los usaba después como materia prima para liar cigarrillos: el humo ingrávido como destino y desatino de su mejor escritura. Entre Yanira y yo resucitamos de texto en texto la bocanada deliciosa y amarga de su lectura: sus exorcismos rabiosos y sus excelsas cartas de amor junto a la boca diabólica de un manantial angélico de La Marina, su barrido barrio de Matanzas, Cuba y América.

Así, Yanira Marimón y yo tanteamos a ciegas los retazos de esta biografía cubana literalmente a matarse. Más allá de taxidermias y provincianismos arcaicos, la patria política de Luis Marimón rechina en cada esquina de su poética, que es una y es múltiple. La nota de contracubierta de Alfredo Zaldívar parece leerlo también así, entre el largo aliento y el fulgor breve, como bibliotecario del infierno o como bufón del rey: claro, oscuro, clásico, caballeresco, desenfadado, desfachatado, impecable, desaliñado, elitista, libresco, culterano, marginal, cotidiano, soez, mínimal, trascendentalista, lúdico, inmediato, atávico, entre otros rayos peculiares que distinguen a los poetas de estirpe.

No sé. Si escribir es autodestruirse, entonces Luis Marimón escribió: única manera de autoconstruirse, incluso con parches de nada y con jirones del caos, significados de una “perfecta y asombrosa tristeza”, “árida música que llega desde lo alto como una lluvia venenosa, finísima”, “sus leves osaturas grabadas como símbolos” aún por descifrar entre “las cornamentas del uro y las garras del tigre”. Poesía sustantiva a pesar de su propia sobreadjetivación. Barroco barrueco. Relatos y fábulas: personajes sacados de un realismo visceral, clínico más que lírico. Animalia y floresta, cientificismos del cuerpo en primer plano, con el foco apuntando dolorosamente al corazón: ese “pan caliente y rojo” de “un niño idiota que arranca cerezas doradas”.

No sé. Sospecho que desde hacía eones Cuba se merecía una furibundia en versos así: la entrañable y terrible y desastrosa y magnífica y benevolente y cruel y jamás correcta poesía de Luis Marimón. Que es nuestra poesía ahora: la de sus hijos Yanira y Javier Marimón. Y la mía. Y que es la de nadie y que, de no tomar precauciones, podría ser la tuya también. Luis Marimón contamina.

Mais où sont les neiges d’antan?

Las nieves de antaño
Orlando Luis Pardo Lazo

THURSDAY, DECEMBER 10, 2009

Mis amigos del alma, esos muertos magníficos de la sin patria, me llaman por teléfono para felicitarme.

Se supone sea mi cumpleaños.

10 de diciembre: para colmo, es el Día Internacional de los Derechos Inhumados.

Mis amigos del alma me llaman con el horario de Cuba. Están locos. Están lúcidos. Hace medio siglo (o sigilo) que viven lejos de esta isla infinita y todavía no se ajustan a su propio reloj.

Son jóvenes y sólo les queda la memoria amnésica de su juventud.

Mis amigos del alma están mal. Están prósperos. Son animales anacrónicos que habitan en un tiempo insípido e híper-real: arañas penélopes que destejen cada noche el huso horario de la triste alegría de no despertar más aquí. Conmigo. Con ellos.

Los extraño. Mucho. Muchísimo. Con un dolor que se haría piedra si lo pronuncio. Por eso todas las noches cubanas, que son todas las mañanas mentirosas de Europa, yo pienso compulsivamente en ellos. En ti. Por eso todas las tardes tediosas de nuestra demasiada patria, que son todas las tardes tecnoilógicas de América, yo me alegro tristemente por ellos. Porque no tengan que desvelarse ni una sola madrugada más aquí.

Mis amigos. Del alma. Extrañas palabras para un escritor que quiso fungir o acaso fingir como el enemigo público número uno. Desterrar el sentimiento y cavar hondo en el hielo, frío fósil.

A todos mis amigos más tarde o más temprano terminé amándolos. Muchos hicimos el amor. En cualquier orden de parejas efímeras que iban a ser más eternas que la Revolución. Templamos opíparamente por pura lujuria de libertad, por puro miedo de perdernos de pronto el cuerpo (supongo que ya eso pasó). Por gusto, por regusto, por desgaste. Para hacernos más contemporáneos por dentro. Para tantear nuestras vísceras y algunos límites no tan indecentes como indecibles. Para llorar a la vista de otro ser humano nacido a ras de Cuba también. Para recuperar la dignidad secuestrada de la palabra singar.

Mis amigos del alma. El amor. Vocabulario soez que se atraganta en las cuerdas vocales de un escritor que intentó arrancarse la lengua para raspar la literatura con una astilla de hueso. Amasando más que amando a los hombres y mujeres de una Habaneandertal que se nos esfumó.

Gente preciosa y buena y solitaria que no tuvo espacio para narrarse a sí misma en el torturante tiempo de nuestro país. Y por eso tomaron distancia. Dentro o fuera. Por eso cambiaron de continente. Silencio o suicidio. Por eso cambiaron de lengua. Esperántrax o volapunk. Cambiaron de sexo. Semen o simulación. Sólo les faltó cambiar también de reloj. Y no llamarme más con la hora hastiante de Cuba.

Hoy somos no sé bien qué. Una manada de búfalos camino al vertedero de los triunfadores. Una corporación del capitalismito de atrezo en que nos asfixiaremos mañana. Una comunidad de cadáveres que tuvieron el privilegio de sobrevivir a la Revolución.

Mis amigos de alma.

Lo siento.

No pudimos o no supimos o no quisimos evitarlo a tiempo.

No nos dejaron tiempo, ningún tiempo en el mundo.

Verde que me vengo verde

VERDE, VERDE: MÁS DURO
Orlando Luis Pardo Lazo

THURSDAY, MARCH 1, 2012

Primer beso en boca entre machos en las pantallas grandes de la Cuba en Revolución. Primera penetración, rabos por delante y por detrás, placer de tripas desgarradas entre cubanos de pelo en pecho, sin ningún tipo de afectación. Me duele, ay, métemela más. Atmósfera nocturna, opresiva de tan orgiástica, parodia póstuma de PM: Putas y Maricones. Collages plásticos infernales de Rocío García. Humo, carcajada, y una muerte de bandoneón bonaerense, rejuvenecida quirúrgicamente y encarnada por la virgen (Farah) María: Dama de Negro. Arma blanca teñida del rojo mondongo del protagonista. La caída. No se lo digas a nadie. De eso no se habla. Yo soy hombre a todo, cojones. Si me coges las nalgas, te parto la vida, corazón. Dar el culo en Cuba es una caída. Cosa de carcelarios, de perversos, de gente sucia que desconoce el milagro militante del amor. Singar entre hombres no es tanto una enfermedad venérea como una violación. Así no se templó el acero. La Revolución no entra por los intestinos. Por eso la claustrofobia y la luz fea que abate este mediometraje menor, pero necesariamente ya un hito en la cinematografía nacional: Verde verde (2011), del director Enrique Pineda Barnet.

¿Qué dirán los involucrados en las iglesias cubanas sobre esta obra maléfica? ¿Qué comentarán los compañeros acomplejados del Comité Central? ¿Qué dirán los guaposos del barrio y, sobre todo, qué dirá mi mamá? (¿O qué le diré a mi mamá cuando me sorprenda “pasando cochinadas” en mi laptop?)

Verde verde es el tipo de fenomenito que no merece una crítica cinematográfica. Hay demasiada pacatería política e indigencia intelectual en Cuba como para ponerse a razonar ahora desde un punto de vista técnico sobre este film. Verde verde es una bombita de tiempo puesta a funcionar veinte veinte años después del abrazo mediático Fresa y Chocolate. No importa su lectura más o menos pánica de la seducción y el coito homosexual (uso un lenguaje clínico a propósito, tengo el don de pulsar registros discursivos diversos). Tampoco importan las actuaciones, que son tan malas que parecen intencionales. Hay que hablar de lo que pone sobre el tapete este caballero valiente y casi ya octogenario. Un creador definitivamente con más ganas de poner el dedo en la llaga (o en el chancro) que la mayoría de los llamados jóvenes realizadores que sólo apuestan por salir de Cuba y quedarse antes de lanzar la primera puya (en libertad no se vale, compay).

Hay algo vil en la posesión del cuerpo del otro. No tenemos respeto ni cariño por la belleza de la otredad, por lo libre y lindo que es leer la verdad en otros: sólo denotamos desesperación. Habitamos una debacle personal, de noches donde matar o hacernos matar por un orgasmo animal. Nuestro matrimonio oficial ha fracasado. De ahí las neurosis y las depresiones de cada generación, secretito de closet que democráticamente compartimos como pueblo, sea cual sea nuestra sexualidad. No toleramos ser seres solos. Tenemos miedo de amanecer por nosotros mismos, sin un pene del cual asirnos, sin una vagina donde ovillarnos. En última instancia, sin Fidel. Porque Verde verde es en última instancia Olivo olivo. Nos resistimos al olvido olvido del Gran Semental que desbordó de sentido cada poro de la patria, que tatuó su estampa en nuestra más íntima piel. Alardeamos que no en público, pero sí ansiamos su consuetudinaria posesión. Sólo que nuestro Sema en Jefe ya está a punto de traicionarnos con esa dama decadente que es la Muerte de la nación. Y después del Premier, sabemos, como en el plano postrero de este filme, sólo quedará la danza macabra de las pistolas y portañuelas.

Esta es una película de elipsis apocalípticas, apocubalípticas. La elipse de los cubanos está terminando al cabo su ciclo cósmico de cadáveres sin resurrección. Castración post-mórtem de midnight cowboys. Hay algo ontológico en la caverna del culo para nada platónica (en todo caso, platoonica: de pelotón), algo tan ontoagónico como en los cuerpos cavernosos de un falo inflamado en sangre. El país ya está maduro maduro. Y Enrique Pineda Barnet, como los verdaderos apóstatas, no lo supo pero sin querer le salió.