Kissmocracy

#MUA

Orlando Luis Pardo Lazo

¿A qué saben los besos de los comunistas? ¿El despotismo es causa clínica de halitosis? ¿La fidelidad acumula sarro? ¿La demagogia es fuente sana de saliva socialopositiva? ¿La gingivitis es un trauma higiénico o acaso histórico?

En fin, que voy a contaros una historia, heterolectores de mala muerte.

Hace como diez años, uno de los peores periodistas cubanos (cosa más que difícil de determinar en la Isla, dado lo rapaz de la competencia entre el gremio oficial), Guillermo Cabrera Álvarez, aquejado por entonces de infantilismo de izquierda, con agravantes poéticos de El Lado Oscuro del Corazón (un tipo de subielización benedittiana), lanzó en plena prensa presa cubana una convocatoria para besarse a la sombra un tanto siniestra de la Plaza de la Revolución.

Y allá iban a ir sus tecleros con halo de duendes lectores, y hasta se creían seres libres al menos en una columna mínima del periódico (peórdico) Juventud Rebelde.

Ah, pero el 2004 (creo) era una época de guerra imperialista y peligro impostergable de invasión insular, como de costumbre, y la mismisísima policía política acaso tuvo que acercarse y cercar a nuestro Guillermo Cabrera malo, para explicarle entre compañeros que aquella manifestación espontánea estaría bien en el cruel capitalismo, para tumbar los establishments explotadores, pero que en la Cuba de la alegría forzosa no tenía sentido mostrarse tan enamorados en público, mucho menos un Día del Amor (ese remanente burgués que debía ser sustituido por el Día del Piropo Proletario, el 17 de mayo, es sólo un ejemplo).

Además, Willy, coño, que tú no eres nuevo en esta jugada, podrían presentarse provocaciones del enemigo intestino, papito, sobre todo por parte de los periodistas independientes que no estuvieran ya presos desde marzo de 2003 (es sólo otro ejemplo).

Lo cierto es que los jóvenes comprometidos cubanos se quedaron con los labios al aire. Nunca se supo qué pasó. Todavía hoy no se sabe. Cabreralabaza, calabazálvarez, a besarse cada cual a su casa, cabroncitos. O en Caracas, qué carajo, pero váyanse a babosear bien lejos del espacio público de mi país.

Ah, pero lo cierto, también, es que más jala un par de labios divinos que una carreta de tanques de guerra entre el MINFAR y el MININT, así que allá vamos de nuevo esta tarde de orgullo maricombre, sáfico y seráfico y zafio llegado el caso, a cogernos el pico libremente con devoción, con unción de tun-tun-quién-es, abre esa muralla marxterialista de mierda, man, allá vamos a besar al que nos guste de sólo mirarlo o mirarla o ambos, a reír y abrazarnos en el primer territorio no totalitario de Cuba (la Sala Policaliente “Ramón Fonst”, frente a la cutre Terminal de Ómnibus Nacionales, 5pm), esta vez por suerte ya sin la tutela del fiel finado Cabrera Álvarez, ni los espías de ningún órgano de prensa aplanado por un botazo marcial del poder.

Hoy, entre los mil y un carritos Geely de los seguratas ascetas, entre sus camisitas de holán chino y sus celulares que no les sirven ya para nada, prestos para la represión en plena besada, bajo la lluvia de junio con la lengua afuera o esquilmados por el sol sub-socialista de la post-revolución cubana hoy, hoy juro que la convocatoria del Proyecto Arcoiris tendrá su clímax tras haberle dado la vuelta a la blogosfera cubana en 80 hits.

Hoy todos seremos de todo: incluso anti-capitalistas, si así lo piden estos activistas LGBT. Porque, aunque se empeñen en ignorarlo, hasta el anti-capitalismo en Cuba es irreverentemente contrarrevolucionario, de manera que los jardines del boca-a-boca serán pasto para el deseo y la tensión, para el pánico y la tolerancia, para quitarnos el pica-pica y soltarnos a boquejarro alguna que otra verdad (y algotra que una mentira, claro: miénteme más, mi cielo, mira que hoy me hace tu maldad, feliz), para mirarnos de cara a culo, con fe y con falos, sin tapujo y sin ansia, y también un poquito para fugar, y ojalá que también para jugar, y para enjugarnos las lágrimas de sentirnos ciudadanos reales por primera vez en cinco decadentes décadas de ciudad secuestrada por un set de tétricos titiriteros.

Tengo las teclas calientes, lo sé. Así que mejor me callo.

Sólo advierto que os amo a todos y todas y ambos y ambas por igual. Que no dejaré de quererte aunque me des tu asalariada espalda de sindicalero juvenil. Que somos mejores que ellos, y tú lo sabes, no te hagas el o la de otra época. Que estamos vivos y se nos está yendo la vida sin habitarla. Que aburre y humilla tanta biografía fría que nos las están disolviendo en una retórica retro (y retorcida) que se fue de rosca desde el inicio.

Mua. Besitos para ti. Me gustas, ¿sabes? Me gustas y bien. Me encantas. Serás comunista, pero te quiero. Seré comemierda, pero te quiero. Estoy orgulloso de ser contemporáneo contigo o contiga o ambos o ambas.

Lind@, Genial, Bob@, Tuyo, siempre, Orlando Luis…

#MUA

Orlando Luis Pardo Lazo

What do the kisses of Communists taste like? Is despotism a clinical cause of halitosis? Does fidelity cause tartar build up? Is demagoguery a healthy source of sociopositive saliva? Is gingivitis a hygienic problem or perhaps a historical one?

Anyway, I’m going to tell you a story, my hetero-raggedy-readers.

Some ten years ago, one of the worst Cuban journalists (something hard to determine on the Island, given the predatory competition among the official guild), Guillermo Cabrera Álvarez, then afflicted by the childishness of the left, with his aggravating poetics of “The Dark Side of the Heart” (a kind of Benedettian uprising worthy of our dead poet Mario Benedetti) launched a full court press in the imprisoned Cuban press for a Kiss-in in the somewhat sinister shadow of the Plaza of the Revolution.

And off would go his typists with their halos of goblin-y readers even believing themselves free beings at least in a little news-paper (worse-paper) column in Juventud Rebelde (Rebel Youth (!)).

Ah, but 2004 (I think it was) was a time of imperialist war and the couldn’t-be-postponed danger of an Island invasion, as usual, and the political police their-very-own-selves had to surround and contain our naughty Guillermo Cabrera, to explain to him: we’re all among comrades here; and that such a spontaneous demonstration would be fine in cruel capitalism, to overthrow the exploitative establishment, but that in Cuba-of-forced-happiness it made no sense to show such affection in public, much less on Valentine’s Day, the Day of Love (that bourgeois remnant that should be displaced in favor of the Day of the Proletarian Wolf-Whistle, May 17th, for just one example).

And while you’re at it Guillermo (or may we call you Willy, you cunt), you aren’t new at this game, there could be provocations from the internal enemy, daddy, particularly from the independent journalists who weren’t already in prison since March 2003 (it’s just one more example).

The truth is that young committed Cubans were left with their lips in the air. Never knowing what hit them. They still don’t know. Cabrerapumpkin, Pumpkinalvarez (and all sorts of other untranslatable wordgames), the each go kiss in their own house, the sons of bitches. Or in fucking Caracas, but let them go slobber well away from the public space in my country.

Ah, but the truth is, what pulls a pair of divine lips more than a tank carrier from the war between MINFAR and MININT — the Army versus the Secret Police — so here we go again this afternoon of queer pride, sapphic, angelic, crude, whatever, beak-to-beak freely with devotion, with the anointing of knock-knock-who’s-there, open this Marxialistic wall of shit, man. Here we come to kiss whoever we like just looking at him, at her, or both, to laugh and hug in the first non-totalitarian territory of Cuba (the “Ramón Fonst” (fencer of great renown) Multipurposefullyhot Room, in front of the shabby National Bus Station, 5 pm), this time luckily without the tutelage of the faithful deceased Cabrera Álvarez, nor the spies of any press organ flattened by the martial boot of power.

Today, among the thousand and one little Geely make cars of the ascetic political police agents, among their Chinese linen shirts and their useless cellphones, ready for mid-kiss repression, under the June rains with tongues outstretched or sucked dry by the sub-socialist sun of today’s post-Revolution Cuba, today I swear that the call of the Rainbow Project will reach its climax after having circled the Cuban blogosphere in 80 hits.

Today we will be one for all: even anti-capitalists, if you ask these LGBT activists. Because even though they insist on ignoring it, even anti-capitalism in Cuba is irreverently counterrevolutionary, such that the gardens of mouth-to-mouth will be fodder for desire and tension, for panic and tolerance, for wanting to kill each other pour out all our venom (and some other lies, of course: lie to me again, my heaven, behold thy wickedness today makes me happy), to look at each other face to ass, with faith and with phalluses, without evasion and without anxiety, and also to flee a bit, and hopefully also to play, and to wipe away the tears of feeling ourselves to be true citizens for the first time in five decadent decades of a city kidnapped by a pathetically sad set of puppeteers.

I have smoking hot keys, I know. Better I should shut up.

Just to warn you that I love you all, male and female, and both equally. That I will not stop loving you even though you turn your back on my, your back employed by the youth union. We’re better than them, and you know it, and you don’t act like men and women from another era. We’re alive and we are living life without inhabiting it. How boring and humiliating such a cold biography that we are dissolving in a retro and warped rhetoric that was screwed up from the start.

Muah! Kisses for you. I like you, you know. I like you a lot. You delight me. You’re communist but I love you. You’ll be an asshole, but I love you. I’m proud to be your contemporary, to be here with you, him, her, both.

Lind@, Genial, Bob@, Yours, always, Orlando Luis…

El compañero que nos atiende

El compañero que nos atiende

Orlando Luis Pardo Lazo

No son compañeros.         

Y no nos atienden.         

Esos “compañeros”, que durante 25 años “atendieron” a Oswaldo Payá, por ejemplo, fueron los mismos que el 22 de julio de 2012, en una carretera remota de Cuba, cumplieron con la orden de asesinarlo a sangre fría, en un atentado concebido como una operación militar y de inteligencia, necesariamente autorizada al máximo nivel. Es decir, por Fidel Castro, Raúl Castro, y la jerarquía del Ministro del Interior cubano (probablemente también por la del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, pues hay indicios de que se usó un helicóptero militar para desplazar al cadáver de Payá desde el sitio real de su asesinato hacia el sitio del falso accidente de la versión oficial).         

No sería de extrañar que para matar a Oswaldo Payá ese domingo, los verdugos que, justo hasta ese instante eran sólo los “compañeros que lo atendían”, usaran únicamente sus manos. Le partieron la nuca, acaso tras leerle su sentencia secreta de muerte, firmada en nombre de la dirección de la Revolución. Si Payá imploró indignamente por su vida, o si murió como un mártir más del comunismo mundial, es poco probable que lo sepamos nunca. Sus verdugos ya pueden, a su vez, haber sido ejecutados por otros compañeros que se dedican a atender a esos compañeros que nos atienden.          

Así es que no son “compañeros”. Nunca lo han sido.         

Y mucho menos nos “atienden”.         

Nosotros para ellos no tenemos la menor importancia. Ni siquiera nos prestan mucha atención. Para ellos, nosotros somos apenas unos muertos que aún caminan.         

El escritor cubano exiliado Norberto Fuentes lo relata tal cual en uno de los libros más repugnantes de la historia de la humanidad, Dulces guerreros cubanos. Norberto Fuentes le pregunta al coronel cubano (y asesino en serie paramilitar) Tony de la Guardia: “¿Qué sientes de una persona antes de ajusticiarla?” Y Tony de la Guardia le contesta, muy parco: “Que ya está muerto”. Entonces Norberto Fuentes, que probablemente también sea cómplice de varios asesinatos políticos en Cuba y en el exilio cubano, parece desconcertarse ante la total falta de humanidad de su amigo Tony de la Guardia, y trata de que el coronel (y asesino en serie paramilitar) se explique mejor: “No, tú no me entiendes. Quiero saber qué piensas de lo que tienes que hacer, sobre este o aquel hombre en específico antes de ajusticiarlo”. Pero Tony de la Guardia es un hombre de pocas palabras y muchos crímenes, como las Parcas: “Que ya están muertos”.         

Por eso mismo, en julio de 1989, los compañeros que atendían al compañero Tony de la Guardia decidieron fusilarlo a tiempo, para que sus muchos crímenes nunca fueran a convertirse en testimonio. Tony de la Guardia, también (por suerte para sus futuras víctimas que nunca lo fueron), ya estaba muerto mientras mataba a sus muertos caminantes.         

Como muerto estaba yo antes en Cuba.         

Como muertos estamos todos ahora en el exilio cubano.         

El martes 24 de marzo de 2009 recibí la Citación Oficial, con sello y cuño del Ministerio del Interior de la República de Cuba. A la hora de la telenovela, sobre las diez y un poco de la noche hueca de Lawton, mi barrio natal en las afueras de La Habana, a donde nunca más volveré mientras me quede vida. Es una decisión personal, testamentaria.         

La Citación era pedacito de papelito barato, impreso con una impresora de cinta de las más antiguas, supongo. Mientras más despótico, más precario es el poder. En Cuba tampoco hacen falta grandes demostraciones de poderío: la gente sabe y siente dónde radica el mal, aunque lo ignoren.         

Creo recordar que ni siquiera se trataba de la Citación original, sino de una segunda o tercera copia de papel carbón. La trajo un chiquillo en motocicleta. Dijo llamarse “Reinaldito”. Desde el inicio estábamos, pues, en familia. La cosa quedaría así entre cubanos. Y aquí no ha pasado nada, compañeros. Se trataba apenas de un gesto, otro gesto más, de atención hacia mí. Los intelectuales cubanos de la Isla en ese sentido son muy privilegiados. Fuera de Cuba nadie les presta demasiada atención. Por eso se quejan tanto a cada rato. Por eso a cada rato les da un ataque de falta de protagonismo y entonces venden hasta el alma, con tal de que el Estado cubano les vuelva a prestar aunque sea un poquito de atención. Todos son a la postre tan repugnantes como dulces guerreros cubanos.         

Reinaldito nos dijo a mi madre y a mí que no nos preocupáramos, que seguro se trataba de algún malentendido menor. Una cosa de rutina, con suerte. El horror en la Cuba de Castro siempre lo es: un error, una casualidad sin mala intención. Algo que “se les va de las manos” a “los compañeros que nos atienden”. Por lo que, en consecuencia, ni ellos ni nadie tienen por qué sentirse culpables de la represión. Es más, si tú eres un académico norteamericano fascinado con Cuba, mucho menos tienes por qué sentir ningún dilema moral. ¡Aplaude y bien! Ay, y si eres de “origen cubano” (como dice el régimen de los Castros), por favor: ¿qué esperas para hacerte tu selfie sonriente en Casa de las Américas, el CENESEX, el ICAIC, la UPEC o la UNEAC?).         

A todos los efectos, Reinaldito es un santo inocente, y lo digo sin ironías. A su edad es probable que desconozca de los encarcelamientos de manera arbitraria. O de las expatriaciones forzosas de cubanos. O de la muerte que se nos impone con absoluta impunidad. Ese no saber lo humaniza. A mí, ese sí saber me deshumanizó. Porque el daño que te desnuca la existencia es un daño anónimo, un daño casi apócrifo. Un daño que te haces tú mismo a ti, como al descuido. El daño (y espero que ningún intelectual cubano se atreva a estas alturas a contradecirme) nunca te lo hace la Revolución. Eres tú. Es el compañero que eres tú y que no sabe ni cómo atenderse a sí mismo. Te dañas. Pero ya irás aprendiendo a sanar, gracias a los Reinalditos que irán por ti. Hasta tu casa.         

Y a los Arieles.         

Porque el mío dijo llamarse Ariel. Supongo que por el clásico ensayo Ariel de José Enrique Rodó. Cuestiones de táctica a la hora del operativo. No usaba uniforme, pero dijo poseer los grados de mayor en la inteligencia militar cubana. No sé de qué carajos hablaba ese Ariel. Todavía hoy lo ignoro. Ariel García Pérez, si tomamos en cuenta los datos de la Citación para “ser entrevistado” que Reinaldito me llevó en su Suzuki de estreno la noche anterior. Hasta mi casa.         

Fue al día siguiente. El miércoles 25 de marzo de 2009, a las tres de la tarde. En la estación policial de la calle Aguilera, en mi propio barrio de Lawton. No voy a hacer una transcripción de lo que hablamos esa tarde tremenda. En cualquier caso, hablamos demasiado. Con la muerte no se dialoga, pero eso lo aprendí unos meses más tarde, cuando los compañeros que atienden la muerte fueron matando a los activistas de derechos humanos Orlando Zapata Tamayo (febrero 2010), Juan Wilfredo Soto García (mayo 2011), Laura Pollán Toledo (octubre 2011), Wilmar Villar Mendoza (enero 2012), Harold Cepero Escalante (julio 2012), y Oswaldo Payá Sardiñas (julio 2012). También al empresario chileno Roberto Baudrand Valdés (abril 2010). Esa es sólo mi cronología personal. Hay muchos más en estos últimos años. No por gusto el padre (ex diplomático cubano) de la artista del performance Tania Bruguera así se lo advirtió en su momento: “Raúl no es Fidel; Raúl mata y después te avisa”. (Me pregunto si el hecho de avisarte antes de matar hacía mejor o peor a Fidel.)         

Yo tenía miedo, sí, pero creo que fui valiente de sobra ante mi Ariel (un blancón trigueño de bigotico) y ante otra compañera que dijo llamarse Alina, una pelirroja pecosa que sí vestía el uniforme verde oliva del MinInt, muy entallado, con su blusa de botones abiertos en el escote para que sus senos se asomaran a mí. No dejé de mirárselos nunca. Usé ese punto de mira como mi único punto fuerte durante la sesión. Ellos eran unos violadores. Y yo también era un violador. Seguíamos, pues, en familia.         

No me retracté de nada durante el interrogatorio. No era una entrevista, para nada. Fui interrogado con todas las de la ley (al margen de toda ley). Fui dejado solo en una oficina, durante más de una hora. Y fui interrogado otra vez. Ariel no paraba de usar su celular (un modelo viejo). Tal vez me estaba grabando. Yo no pude entrar el mío a la estación policial. Tampoco lo hubiera entrado: era un i-Phone con una tarjeta clandestina de Swisscom (regalo de la muchacha más linda de los cantones del mundo).         

En un momento dado, por un detalle que Ariel y Alina deslizaron como al azar, me di cuenta de que habían entrado a mi correo Gmail. Lo habían leído todo. Incluso mi vocación de pornógrafo. No es que yo hubiera sido demasiado sagaz. Es que ellos me dieron la pista precisa, a ver si yo me daba cuenta de que habían entrado a mi correo Gmail. A ver cómo yo reaccionaba de saber que, en ese preciso instante, ellos todavía estaban metidos allí, leyendo a sus anchas.         

Ariel y Alina se dieron cuenta de que yo me había dado cuenta. Notaron enseguida que estaban lidiando con un tipo inteligente. Lo cual fue mucho peor. Pues la inteligencia cubana siempre trata de captar la inteligencia de los cubanos. Y si no puede, entonces tiene el deber de destruir la inteligencia de ese cubano. Y si no puede, entonces tiene el deber de destruir a ese cubano.         

Yo pasaría después por todas esas fases de la “atención”, entre marzo del 2009 y marzo del 2013, cuando salí de Cuba para nunca volver (al menos mientras me alcance la vida para no volver).         

A las cinco horas, me dio fatiga. Me trajeron agua. Me dio miedo beberla. No la bebí. Trataron de obligarme a firmar un Acta de Advertencia Oficial, en la cual yo mismo debía de incriminarme de estar en un estado de “peligrosidad pre-delictiva”. Dicha Acta constituye, por cierto, un agravante a la hora de cualquier asunto penal. No la firmé. No por una cuestión de principios, sino porque a partir de cierto momento ya todo me daba igual. Me presionaron. Me paré para irme. Ariel me zarandeó con fuerzas y me tiró de vuelta a mi silla, a mi pupitre de pionero, a mi cepo.         

Sentí ganas de llorar. Pero no lloré. En ese momento me dio por dejar de hablarles. Y, aunque fui arrestado después tres veces (noviembre 2009, marzo 2012, septiembre 2012), ya nunca les volví a dirigir la palabra a ninguno de esos tipos que están ante ti acaso para calibrar la fuerza que tendrán que hacer un día para desnucarte.         

Entonces Ariel trajo a dos policías para que firmaran, como testigos, mi Acta de Advertencia Oficial. Dos negros descomunales. Los dos sonreían. Eran pasadas las ocho de la noche. Estábamos prácticamente a oscuras en el segundo piso de la estación de Aguilera. Sentí una soledad ancestral. Entendí que nadie podría hacer nada por mí en Cuba, ni en ninguna parte. Entendí que los cubanos estamos todos a la mala de Dios y la buena del Estado, en manos de esa compañía de criminales atentos: carroñeros que nos atienden y nos tienden trampas, hasta que un día quien se tiende entonces es nuestro cadáver, tendido en una funeraria sobre las cucarachas de ocasión y bajo la inevitable banderona cubana (ese “buitre cínico y odioso que exhibe las carroñas de su ruina”, al decir del poeta José Manuel Poveda).         

Ariel se calmó. Igual ya tenía lo suyo. Había cumplido bien con su primera misión respecto al caso de Orlando Luis Pardo Lazo, yo. En presencia de Alina y de los dos policías entonces me dijo, casi me susurró (tal como imagino a Tony de la Guardia respondiéndole a Norberto Fuentes): “No sé si dejarte en el calabozo esta noche. Contigo está pendiente otra conversación”.         

Trabajaba contra mi esperanza. O eso pensé. Yo ya me veía yéndome. Y de pronto él aún ponderaba si debía o no debía dejarme partir. Dependía de él, y de la cadena de mando de sus superiores. Para eso me atendían. Para eso nos atienden a todos, uno a uno, aunque tú te resistas a creerlo así.         

Ariel se lo pensó mejor. Tuvo piedad de mí, como buen compañero al fin y al cabo. Ariel me miró. Me dijo: “Mírame”. Levanté la vista del entreseno de Alina. Ella respiró aliviada (mi pequeña victoria de violador). Ariel me confesó, ya en familia: “¿Sabes lo que pasa? Que seguro tú no trajiste condones, así que mejor no te dejo dormir aquí”.         

Un mayor de la inteligencia militar cubana me estaba amenazando con una violación. Permítanme repetirlo tal como lo pensé en aquella oficinita en penumbras. Un mayor de la inteligencia militar cubana me estaba amenazando con partirme y bien partido mi culo.         

Entendí entonces exactamente de qué había estado hablando durante cinco horas mi Ariel (Alina apenas asentía y tomaba notas, igual podía ser una estudiante en entrenamiento: mis disculpas, compañera). Ariel García Pérez, según su nombre completo consta en la Citación Oficial, me estaba haciendo partícipe de un privilegio: saber la verdad, ver la verdad, vivir en la verdad, que siempre será una especie de secreto de secta, un susurro exclusivamente entre los iniciados. Ahora yo era de ellos, uno más de la cofradía del terror cubano como una cosa natural, para nada orwelliana. De hecho, no hay nada más natural que el sexo anal, siendo la idea de que existe un sexo contranatura lo verdaderamente contranatural. De pequeño violador de Alina, yo pasé a ser el gran violado de Ariel. Calibán por culo. Como quien te pone de espaldas en cuatro patas pero enseguida se la piensa mejor. Y decide entonces partirte bien partida tu nuca.         

Antes de esa escena de semen y misericordia, como la mayoría de mis colegas, yo sufría de infantilismo intelectual. De no ser por ese momento maravilloso donde la muerte emerge y se extingue hasta la última traza de idiotez idiomática, todavía yo les estaría diciendo al “compañero que me atiende” el “compañero que me atiende”. Pero, por suerte, ya no más. Ni son compañeros. Ni nos atienden.         

Sólo los muertos que ya estamos muertos podemos decirlo ahora de corazón:         

Gracias, Ariel.         

Gracias, Tony de la Guardia.

CRONOLOGÍA DEL VÉRTIGO Y EL NAUFRAGIO

Cronología del vértigo y el naufragio

Orlando Luis Pardo Lazo

Entre cuarteles y cuarterías, entre tramas y traumas, entre bibliotecas y burdeles, entre demonios y demoliciones, entre arpas y arpías, entre traiciones y tiburones, desde su jergón lunático y desde su lúgubre jerga, trastabillando a ras de la locura con tal de arañar un poco de lucidez, cuerdo de remate, sin más coraje que todo el miedo del mundo, sin más herencia que la soledad suya y del resto, suicidándose a diario en el duro oficio de sobrevivir: a la vuelta de una década regresa ahora la palabra de Luis Marimón (La Habana, Cuba, 1951 – Las Vegas, EUA, 1995), poeta de todas las barbaries que en la historia han sido, incluidas las de esa entrañable y sangrienta ciudad llamada Matanzas (“ninguna ha tenido nombre más perverso”), donde él amó y odió y fue libre y preso y parió y mató y finalmente huyó para quedarse siempre, convertido en mito y meta de nosotros, sus lectores sobremurientes a lo largo y estrecho de ésta y de cualquier otra geografía.

“Cronología del vértigo y del naufragio” (Ediciones Unión, 2007) es el objeto libro portador del milagro. Cincuenta poemas de ocho libros, en su mayoría inéditos. Y aún así se trata, por supuesto, apenas de una mirada al sesgo, casi al azar, al azoro de un poeta que se privó de su siglo XX literárido local. No le interesaba gran cosa, aunque lo conocía al dedillo (su genialidad nunca fue la de un improvisado). Antes bien, le daban un poco de risa todos nuestros grandes ismos y grupos y manifiestos. Sospecho que Luis Marimón sabía de los años cero que después habitaríamos sin él, al borde mismo de una literatura posnacional. Sospecho que él no tenía prisa y por eso vivió a tope de velocidad. Sospecho que él sospechaba ser un inmortal y decidió darse el lujo de escribir desde y para la memoria de los muertos: el mejor signo vital de cualquier creador.

Al margen de todo canon o contracanon y ausente de honor de las antologías (f)iniseculares cubanas, esta lonja de los vértigos y naufragios de Luis Marimón se publica por fin ahora. Sea ésta, pues, su eufórica victoria. Y también su más auténtico y remoto exilio a pesar de él, que dejó escrito “no permitiré el exilio ni la lejanía” mientras la existencia se le iba destejiendo irónicamente al revés: el inxilio y la cercanía tampoco nunca nos lo permitieron a él.

Como antologadores o acaso médiums de Luis Marimón, su hija Yanira y yo devoramos los mil y un paquetes de papel cebolla donde el propio poeta tecleaba sus textos y, llegado el caso, los usaba después como materia prima para liar cigarrillos: el humo ingrávido como destino y desatino de su mejor escritura. Entre Yanira y yo resucitamos de texto en texto la bocanada deliciosa y amarga de su lectura: sus exorcismos rabiosos y sus excelsas cartas de amor junto a la boca diabólica de un manantial angélico de La Marina, su barrido barrio de Matanzas, Cuba y América.

Así, Yanira Marimón y yo tanteamos a ciegas los retazos de esta biografía cubana literalmente a matarse. Más allá de taxidermias y provincianismos arcaicos, la patria política de Luis Marimón rechina en cada esquina de su poética, que es una y es múltiple. La nota de contracubierta de Alfredo Zaldívar parece leerlo también así, entre el largo aliento y el fulgor breve, como bibliotecario del infierno o como bufón del rey: claro, oscuro, clásico, caballeresco, desenfadado, desfachatado, impecable, desaliñado, elitista, libresco, culterano, marginal, cotidiano, soez, mínimal, trascendentalista, lúdico, inmediato, atávico, entre otros rayos peculiares que distinguen a los poetas de estirpe.

No sé. Si escribir es autodestruirse, entonces Luis Marimón escribió: única manera de autoconstruirse, incluso con parches de nada y con jirones del caos, significados de una “perfecta y asombrosa tristeza”, “árida música que llega desde lo alto como una lluvia venenosa, finísima”, “sus leves osaturas grabadas como símbolos” aún por descifrar entre “las cornamentas del uro y las garras del tigre”. Poesía sustantiva a pesar de su propia sobreadjetivación. Barroco barrueco. Relatos y fábulas: personajes sacados de un realismo visceral, clínico más que lírico. Animalia y floresta, cientificismos del cuerpo en primer plano, con el foco apuntando dolorosamente al corazón: ese “pan caliente y rojo” de “un niño idiota que arranca cerezas doradas”.

No sé. Sospecho que desde hacía eones Cuba se merecía una furibundia en versos así: la entrañable y terrible y desastrosa y magnífica y benevolente y cruel y jamás correcta poesía de Luis Marimón. Que es nuestra poesía ahora: la de sus hijos Yanira y Javier Marimón. Y la mía. Y que es la de nadie y que, de no tomar precauciones, podría ser la tuya también. Luis Marimón contamina.