Entre Alejandro y Armengol

La libertad en Cuba entre Alejandro y Armengol

Orlando Luis Pardo Lazo

11 agosto, 2015

El hijo de Raúl Castro gana relevancia como posible sucesor de su padre y su tío, con la bendición encubierta de Estados Unidos (Hispanidad.com)
El hijo de Raúl Castro, Alejandro Castro Espín, gana relevancia como posible sucesor de su padre y su tío, con la bendición encubierta de Estados Unidos. (Hispanidad.com)

Emerge la verdad: Todo era mentira.

La «sociedad civil cubana» fue solo una justificación. La necesitó la administración de Barack Obama, para justificar su entendimiento con el régimen represivo de Fidel y Raúl Castro. La necesitaron los millonarios del ex-exilio para justificar su sed de oro en medio de nuestro horror. Por consiguiente, también le fue necesaria a la tiranía castrista, para catalizar el cambio-fraude de su actual autotransición dinástica, que no va de la ley a la ley sino del poder al poder.

De los Castros originales a los Castros de segunda y tercera generación. Mera cuestión de supervivencia familiar.

Por eso hoy, rebasada ya la primera etapa del escarnio, emerge, arrogante, la verdad. Es obvio que era una mentira mezquina aquella tesis de que el empoderamiento económico traería a la postre el empoderamiento político de la sociedad cubana. Los magnates del totalitarismo la repitieron hasta la saciedad. La complicidad académica norteamericana la repitió hasta la suciedad. El Departamento de Estado y tal vez hasta la CIA fingieron creerse semejante tontería tétrica también.

Primero, en aras de la estabilidad continental, había que santificar a la dictadura de La Habana, legitimar su ilegitimidad. Toda vez ratificado Alejandro Castro Espín como heredero real de la Revolución, podría pasarse entonces a la segunda etapa de la grandísima estafa: hay que asfixiar a esa misma «sociedad civil» que fue usada como catalizador para engañar a la opinión pública mundial y, de paso, para calmar la ira de los cubanos, por milésima vez abandonados a nuestra despótica suerte por Estados Unidos de América, el mayor patrocinador de dictaduras de este hemisferio.

Por eso es de agradecer el temple de Alejandro Armengol con sus más recientes columnas en El Nuevo HeraldMercantilismo y disidenciaDisidencia y dólares, y un etcétera obsesionado antes de que Obama se vaya. Son acaso la primera parte de su regalo de cumpleaños 89 para el comandante en Jefe en la Isla (la segunda parte le será entregada en persona por el Secretario de Estado John Kerry el propio 13 de agosto, durante su visita pre-papal a Cuba).

No más mentiras piadosas de sobrevivencia. Después de 56 años de impío castrismo, los cubanos bien sabemos que solo la muerte es verdad

El Alejandro de Miami pide a gritos que Estados Unidos deje de fomentar la democracia en Cuba. El Alejandro de La Habana se asegura de que, mediante la manipulación y el crimen, por las malas o por las peores, justo así será, antes y después del 2018. El Alejandro de Miami destapa a la luz pública que a la conspiración de las corporaciones no le importará ni cojones la libertad de nuestra nación. El Alejandro de Cuba pone sus cojones tuertos sobre la mesa muda de negociación (de negación), donde únicamente los carroñeros están invitados y jamás se tocará el tema de los derechos del pueblo cubano a no vivir bajo la burla de una larga y lenta «normalización», sino a habitar en un país «normal» (sin monopolio comunista, para empezar, ni con otros Ramfis Castros rondando como escualos el cacicazgo de la Plaza de la Revolución).

El Alejandro de Miami me simpatiza. Es un gordiflón comicucho y cobarde, y su rol es poner la papa podrida sobre el mantel. En cambio, su pareja en este complot, el Alejandro de La Habana, me aterra. Es el flaco pujón y resentidamente racional, y su faena es definitivamente funeraria. Son una (mala) suerte de antidemocrático dúo de Oliver y Stalin.

No más mentiras piadosas de sobrevivencia. Después de 56 años de impío castrismo, los cubanos bien sabemos que solo la muerte es verdad. Por eso nos escapamos, cueste lo que cueste, de nuestros Alejandros arteros de aquí y de allá.

The Liars Who Stand with the Castro Dynasty

Orlando Luis Pardo Lazo

August 19, 2015

Raúl Castro's son, Alejandro Castro Espín, gains prominence in the government as he emerges as a favorite to succeed his father and uncle. (<a href="http://www.hispanidad.com/la-dictadura-castrista-prepara-su-sucesor-el-hijo-de-raul-castro-gana-relevancia-en-la-politica-cubana.html" target="_blank">Hispanidad.com</a>)
Raúl Castro’s son, Alejandro Castro Espín, is emerging as the likely successor to his father and uncle. (Hispanidad.com)

Truth is emerging about the US-Cuba thaw: it was all a lie.

The participation of “Cuban civil society” was just a cover for US President Barack Obama to justify his agreement with the Castro brothers’ repressive regime — as it was for the wealthy Cubans in Miami to justify their thirst for gold amid the horror on the island. It was also an excuse for the tyrant brothers to accelerate the fraudulent reform of their own phony transition of power, leaving the laws untouched.

The second and third generations of Castros are ready to replace the original ones. It’s just a matter of family survival.

Now, as the period of derision towards these traitors has subsided, truth emerges. It’s obvious that the theory that economic empowerment would ultimately empower Cuban society was a lie. The totalitarian tycoons nevertheless parroted it endlessly. Even the US State Department and the CIA pretended to believe such nonsense.

First, for the sake of geopolitical stability in the Americas, they had to give the Havana regime their blessing, to legitimize what was illegitimate. Once Alejandro Castro Espín is confirmed as the Revolution’s royal successor, they can move on to the next stage of this huge scam: to asphyxiate the same “civil society” that was a tool to deceive public opinion and calm the anger of the Cubans.

For the billionth time, we will be left to our own despotic fortune by the United States, the greatest sponsor of dictatorships in the hemisphere.

It is in the light of these revelations that the latest op-eds by Alejandro Armengol in El Nuevo Herald (Mercantilism and DissidenceDissidence and Dollars, among others) should be read. They were probably the first gift to Commander in Chief Castro for his 89th birthday — the second was the visit of US Secretary of State John Kerry to the island earlier this month.

The Alejandro from Miami is begging the United States to stop promoting democracy. The Alejandro from Havana is making sure, through manipulation and crime, that this will happen before or after 2018, when Castro announces his retirement.

The Alejandro from Miami is letting the world know that the corporations couldn’t care less about our nation’s freedom. The Alejandro from Cuba is ensuring that only vultures are invited to the negotiation table, and that there will never be discussion about the Cuban people’s right not to undergo the mockery of a long and sluggish “normalization” process — the right to live in a “normal country” without a communist monopoly or another ruling elite.

Alejandro Armengol has used the pages of El Nuevo Herald to come to the aid of the Castro regime. (Wenceslao Cruz)

I like the Alejandro from Miami. He is a funny chubby coward whose role is to hang the dirty laundry out to dry. However, his companion in this plot, Alejandro from Havana, terrifies me. He is the skinny and resentfully rational schemer whose task is closely related to death. They are a (bad) kind of anti-democratic duet. Oliver and Stalin.

Let’s cut the white lies. After 56 years of wicked Castroism, we Cubans know better. The only truth is death. That’s why we run away, whatever it takes, from the Alejandros here and there.

Translated by Adam Dubove.

Catch and release

«Catch and release»: El juego de los Castro con los presos políticos

Orlando Luis Pardo Lazo

14 septiembre, 2015

presos políticos
Mientras no cambien las leyes, los presos políticos seguirán siendo moneda de intercambio del régimen cubano. (Mdzol)

Del 19 al 22 de septiembre viene un tercer Papa católico a Cuba y, como de costumbre, el régimen de los hermanos Castro cae en trance de misericordia.

Esta vez,  sus cancerberos han liberado a 3.522 presos, unos quinientos más de los concedidos en marzo de 2012 a Benedicto XVI, y unos tres mil más de los entregados gracias a Juan Pablo II tras su visita de enero de 1998. En cada caso, el mundo —admirado— ha aplaudido esos gestos del castrismo como una victoria para los derechos humanos en la isla.

Asimismo, como recompensa por su discurso del 17 de diciembre de 2014, el general Raúl Castro le regaló 53 reclusos considerados políticos al presidente Barack Obama. Algunos de ellos, como los activistas afrocubanos Sonia Garro y su esposo Ramón Alejandro Muñoz habían estado tras las rejas casi tres años, ¡sin juicio!.

O sea, secuestrados por el Estado (ambos no tan paradójica como perversamente encarcelados durante la ola represiva en paralelo a las misas de Benedicto XVI). Pero el mundo —admirado— también aplaudió ese gesto del castrismo como un gesto de buena voluntad de cara a la supuesta transición cubana y la apertura de los mercados marxistas al Tío Sam.

En Cuba la población penal ha oscilado en las últimas dos décadas entre los 50 y 60 mil reos, teniendo nuestro país la altísima proporción de más de 500 prisioneros por cada cien mil habitantes. Pero ese dato tan desastroso es lo de menos.

Se trata de indultos reales que nos toman por sorpresa: tan despóticos como aquellos pulgares hacia arriba o hacia abajo del Emperador

Lo peor es que la ley cubana sigue inquisitorialmente intacta, represiva y retrógrada, con pena de muerte, con delitos de desacato al Comandante en Jefe, con leyes mordaza que todo lo criminalizan como “propaganda enemiga”, y con cláusulas de peligrosidad predelictiva calcadas del fascismo italiano. Mientras que los órganos paramilitares de la Seguridad del Estado se aseguran de que, al margen de ese mismo Código Penal, cualquier ciudadano cubano pueda ser chantajeado con ir a la cárcel por cualquier motivo. Y esto incluye lo mismo a ministros que a mendigos. Lo mismo a exagentes que a ex-exiliados.

Por lo tanto, si en Cuba no existieran los presos políticos, habría que inventarlos a la carrera. O, de lo contrario, de pronto la dictadura se quedaría sin moneda de cambio para negociar con la Unión Europea y con los Estados Unidos y, por supuesto, con el representante de Dios en La Tierra.

Dada la duración y la crudeza de la tiranía caribeña, que fusiló a miles con carácter festivo y ha forzado a casi un quinto de nuestra población a expatriarse, hoy por hoy hasta a los presos políticos hay que inventarlos por parte del Estado totalitario. Es por esto que hay mucho de tétrico teatro en la lógica de protesta-pacífica + represión-popular en las calles cubanas. Es un ciclo que no pone en riesgo para nada el poder de los Castro. Antes bien, es una agenda que ellos mismos manipulan a su conveniencia, según les convenga comportarse como el policía bueno o el policía malo ante el contexto internacional.

Mientras no exista separación de poderes en la sociedad cubana, mientras no se tolere ni la menor libertad de expresión ni de asociación, mientras no haya una institucionalidad civil independiente de la élite corporativa-militar, mientras la Constitución no permita cuestionar al socialismo en tanto modelo “irrevocable” a perpetuidad, técnicamente da igual que se liberen 5 o 55 mil presos. En ningún caso se trata de una amnistía con base en la presión social, pues se trata siempre de una especie de indultos reales que nos toman por sorpresa: gestos tan despóticos como aquellos pulgares hacia arriba o hacia abajo en los coliseos sangrientos del Emperador.

Berta Soler, la líder del movimiento cívico Las Damas de Blanco en la Isla, lo ha resumido con sagaz precisión: “El Gobierno cubano es muy astuto y no será la primera vez que, antes de anunciar una excarcelación de presos como ésta, se dedica meses antes a encarcelar a gente por delitos menores, para luego soltarlos e inflar las cifras”.

Me alegro de corazón por mis compatriotas liberados. Me lamento de que millones de compatriotas aún no comprendan que ni uno solo de nosotros ha sido aún liberado. Mientras el mundo —admirado— aplaude los límites de nuestra libertad a plazos.

Castro’s Prisoner Amnesty Is Bait and Switch 

Orlando Luis Pardo Lazo

September 18, 2015

As long as Cuban laws remain unchanged, the Castro brothers will continue to use political prisoners as foreign-policy leverage.
As long as Cuban laws remain unchanged, the Castro brothers will continue to use political prisoners as foreign-policy leverage. (Mdzol)

From September 19 to 22, the Catholic Pope will visit Cuba for the third time, and as is customary, the Castro regime has had a sudden merciful change of heart.

This time, Cuban jails have released 3,522 prisoners. That’s 500 prisoners more than in March 2012, when Benedict XVI came to the island, and 3,000 more than those released thanks to John Paul II’s visit in January 1998. In each case, the whole world celebrated the gesture as if it were a human-rights victory.

Similarly, General Raúl Castro freed 53 political prisoners as a “gift” to Barack Obama for his announcement to restore diplomatic ties with Cuba on December 17, 2014. Some of them, like Afro-Cuban activist Sonia Garro and her husband Ramón Alejandro Muñoz, had been behind bars for nearly three years, without a trial.

In other words, the state kidnapped them during a perverse and hypocritical wave of repression, while, ironically, Pope Benedict XVI celebrated mass on the island. But never mind that. Everyone applauded Castros’s “gesture of good will” in light of the diplomatic transition and the opening of Cuba’s Marxist markets for Uncle Sam.

Over the past two decades, Cuban prisons have held between 50,000 and 60,000 inmates, producing an alarmingly high ratio of 500 prisoners for every 100,000 residents. However, that disheartening figure is the least of it.

The worst part is that the repressive and backward Cuban laws remain untouched and unquestioned. The death penalty, crimes of contempt against the commander in chief, censorship laws that criminalize dissent as “the enemy’s propaganda,” and punishments for “pre-crime” reminiscent of Italian fascism are all still on the books.

Meanwhile, the state’s paramilitary groups ensure — with complete disregard for the penal code — that the threat of imprisonment reaches every Cuban citizen: beggars, ministers, former agents, and exiles alike.

This means that if there were no political prisoners in Cuba, the regime would have to invent them. Otherwise, the dictatorship would have no leverage to negotiate with the European Union, the United States, and, of course, God’s representative on Earth.

This brutal, tyrannical regime has been in power for so long, happily executing thousands and forcing nearly one-fifth of its population to leave, that it now must somehow manufacture political prisoners. That’s why the regime puts on a show whenever it cracks down on a peaceful demonstration in Cuban streets.

These periodic protests and arrests pose no threat to the Castro brothers’ reign. Instead, officials turn it all into a convenient tool to manipulate the international agenda, depending on whether they want to look like the good cop or the bad cop.

As long as there is no separation of powers in Cuba, the slightest tolerance for freedom of expression or association, or a civil society independent of the corporate-military elite; as long as the Constitution does not allow for questioning why socialism should be the eternal “irrevocable” model of the country, then, it really doesn’t make a difference whether five or 50,000 prisoners are released.

We are not dealing with some sort of amnesty brought on by social pressures. It more resembles a kind of royal pardon that takes us all by surprise: a gesture as oppressive as the thumbs-up or thumbs-down of a Roman emperor in a bloody coliseum.

Berta Soler, the leader of the Ladies in White, astutely summed it up when she said: “the Cuban government is clever; it won’t be the first time … that they will spend months imprisoning people for petty crimes, only to inflate the figures of those released.”

I could not be happier for my fellow countrymen who are now out of jail. However, it makes me sad that millions of Cubans don’t yet understand that not a single one of us has been truly freed, and that the world continues to applaud the bounds of our curtailed liberty.

A qué juegan el Departamento de Estado y la Plaza de la Revolución

A qué juegan el Departamento de Estado y la Plaza de la Revolución

Orlando Luis Pardo Lazo

22 junio, 2015

Se espera que en cualquier momento sea inaugurada oficialmente la embajada de Cuba en la capital estadounidense. (Ilvecchioeilmare.blogspot.it)
Se espera que en cualquier momento sea inaugurada oficialmente la embajada de Cuba en la capital estadounidense. (Ilvecchioeilmare.blogspot.it)

Un rumor revolucionario en Washington DC se puede filtrar de la misma manera desde las oficinas congresionales, que desde una ONG castrista (hoy existen decenas de este tipo en la ciudad, sumando cientos durante décadas desde enero de 1959). Es un rumor que ya no deja lugar para las dudas en la capital norteamericana: en efecto, a finales de junio o a principios de julio se inaugurará en el 2630 NW de la Calle 16, la embajada cubana.

Los incontables agentes de seguridad del Estado que laboran en el aún llamado “consulado” cubano, pasaron toda una semana clavando un asta en el jardín de la mansión. Es una residencia robada por el castrismo al tesoro público de la República y al pueblo cubano. En la práctica ese lugar nunca fue un consulado, pues en términos de personal y gestiones siempre fue una de las “embajadas” más importantes en DC.

Al término de la ineficaz operación de colocar el asta, los albañiles de la policía diplomática cantaron el Himno Nacional de Cuba. No sería de extrañar que ese hit musical terminase en el Top 10 de la revista Billboard o el canal MTV. Contrario a lo pronosticado por el presidente Barack Obama el 17 de diciembre de 2014, en lugar del “todos somos americanos”, que se desprendió de su alegato del cambio de política hacia Cuba, la moda corporativa en Estados Unidos, es que ahora “todos somos castristas”, empezando por muchos sectores del exilio cubano.

Al término de la ineficaz operación de colocar el asta, los albañiles de la policía diplomática cantaron el Himno Nacional de Cuba

Roberta Jacobson, la sonriente Secretaria de Estado Adjunta para el Hemisferio Occidental, negoció (entre otros diplo-delincuentes) con los espías cubanos Gustavo Machín y Josefina Vidal: militantes del Ministerio del Interior castrista, cogidos in fraganti, por lo que ambos fueron sacados de los Estados Unidos en 2002 y 2003, respectivamente, por sus conexiones con las redes de espionaje de La Habana, tanto en la academia norteamericana como en el mismísimo Pentágono.

En el bar The Partisan de Washington DC, fueron todos a sellar con alcohol amnésico y selfies de élite el pacto secreto con el castrismo: ningún cubano a favor de la democracia será invitado a la inauguración de la nueva embajada. Para esto el Departamento de Estado de Estados Unidos mantendrá la fecha clandestina hasta la sorpresa final —con impunidad típica de nuestros trópicos—, y la cuadra completa será protegida hasta por el FBI, de ser necesario, para evitar cualquier manifestación contra este New Deal mejor conocido como el «Nuevo Descaro».

Allí, en una taberna de lujo, libando sus coctelitos Cuba Libre y Habana Nueva, merodearon, como moscas de mercado, los legisladores de ambos partidos yanqui. También estuvo la crema y nata del cabildeo procomunista en el Congreso de Estados Unidos, más la recién estrenada coalición “antiembargo” Engage Cuba —léase, pro-dictadura—, encabezados todos por el embajador en jefe de la Sección de Intereses de Cuba en DC, José Ramón Cabañas, quien desde mucho antes del 17 de diciembre anda de proselitismo turístico, desde Pittsburgh hasta Tampa, y de vuelta con escala en Nueva York, implorando inversiones foráneas y créditos financieros, a cambio de mano de obra esclava en la isla, con cero derechos laborales y salarios de miseria medieval.

El magnate cubano Carlos Saladrigas, del comité ejecutivo de Cuba Study Group, y uno de los candidatos presidenciables después del 2018 —cuando se espera que Raúl Castro abandone su trono totalitario en la Isla—, ha definido esta fórmula de la fidelidad fósil con un slogan tan sabio como cínico: “Para Cuba es mejor China que Norcorea”.

Estos son los verdaderos Estados Unidos de América: un país ya a punto de tiranía ejecutiva, cuyos líderes y triunfadores tienden a ser resentidamente anti-estadounidenses, y conspiran —sabiéndolo o no— para que su propio país deje de ser una potencia, e incluso una referencia en el mundo. Es muy posible que lo consigan durante la actual administración.

Estos son los verdaderos Estados Unidos de América: un país ya a punto de tiranía ejecutiva, cuyos líderes y triunfadores tienden a ser resentidamente anti-estadounidenses, y conspiran

La guerra, de los activistas prodemocracia en la Isla y en el Exilio, hoy ya no es solo contra el régimen dinástico y despótico de la Plaza de la Revolución, sino contra el establecimiento indolente, hasta lo indecente, de la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Usar el vocablo de «guerra» es lo preciso, porque se trata de una guerra mortal contra la libertad no sólo de los cubanos, sino continental.

Los verdugos con guayaberas de verde olivo «Hecha en La Habana» y sus cómplices de caros trajes «Made in Washington DC», como en la última cena de Revolución en la Granja —la visionaria fábula de George Orwell—, festejan no la última, sino la primera cena del postcastrismo.

Las risitas apóstatas de Roberta Jacobson y Josefina Vidal son de pronto máscaras intercambiables. No hay duda de la transformación ocurrida en sus caras. George Orwell podría haberlo resumido así mismo, pero con medio siglo de anticipación: asombrados, los cubanos pasamos nuestras miradas de cerdos a hombres, y de hombres a cerdos, y nuevamente de cerdos a hombres, pero ya es imposible distinguir quiénes son los unos, y quiénes los otros.

Some Remain More Equal than Others in New US-Cuba Policy

Orlando Luis Pardo Lazo

June 24, 2015

The Cuban government will soon reopen its embassy in the US capital.
The Cuban government will soon reopen its embassy in the US capital. (Il Vecchio e Il M)

A revolutionary rumor in Washington, DC, can be filtered through congressional offices the same way it can from the dozens of Castroist NGOs that exist in the capital. It’s the sort of rumor that leaves no room for doubt: later this month, or in early July, the Cuban embassy in the United States will reopen at 2630 16th Street NW.

Countless state security agents who work at the Cuban “consulate” spent an entire week digging a hole for a flag pole in the mansion’s garden. It’s a residence that the Castroists stole from the republic’s treasury and the Cuban people. In practice, however, there never was a “consulate,” since the building has always functioned as one of the most important embassies in DC.

Once finished with the flag pole, the diplomatic police sang the Cuban national anthem. It wouldn’t surprise me if the song ends up on the Billboard Top 100 or featured on MTV. On December 17, 2014, US President Barack Obama said “we are all Americans” when he announced his policy shift towards Cuba. However, the real corporate trend in the United States is that “we are all Castroists” now, beginning with certain sectors of the Cuban exile community.

Roberta Jacobson, the ever-smiling US Assistant Secretary of State for Western Hemisphere Affairs, has negotiated with Cuban spies Gustavo Machín and Josefina Vidal, among other diplo-criminals. Both men are members of the Cuban Interior Ministry and were caught red-handed and expelled from the United States in 2002 and 2003, respectively, for their links to Havana’s espionage network within academic institutions in the United States and the Pentagon.

They gathered at a DC bar called The Partisan, and over drinks and selfies sealed their secret deal with the Castro regime: no pro-democracy Cuban activists will be invited to the opening of the new embassy. To ensure this, the US State Department will keep the launch date secret, and the FBI will keep a close eye on the entire block. They’ll do all they can to prevent any demonstration against this “New Deal.”

Congressmen from both yanqui parties made their way to the pub like flies at a marketplace. The crème de la crème of the pro-communist lobbyists in the US Congress were joined by representatives of the recently launched anti-embargo (read: pro-dictatorship) coalition Engage Cuba. And at the head of the table sat the chief of the Cuban Special Interests Section in Washington, José Ramón Cabañas, who way before December 17 was traveling the country — from Pittsburgh to Tampa, and back to New York — asking for foreign investment and credit in exchange for the island’s slave labor.

The Cuban magnate Carlos Saladrigas, member of the executive committee of the Cuba Study Group and the man who is expected to succeed Raúl Castro, has summarized his allegiance to the regime with a slogan as wise as it is cynical: “For Cuba, China is better than North Korea.”

This is the real United States of America: a country on the verge of executive tyranny, whose leaders and achievers tend to be resentfully anti-American, conspiring against their own country — whether they know it or not — and harming the nation’s reputation as a superpower and example for the world. They may finally achieve this during the current administration.

For pro-democracy activists both on and off the island, the war is no longer against the dynastic and despotic regime of Revolution Plaza, but against the indifferent and indecent establishment of the White House and State Department.

Like the last supper in George Orwell’s Animal Farm, the executioners in green “Hecho en La Habana” guayaberas and their accomplices in “Made in Washington” suits join together to celebrate their post-Castroism future.

The apostate giggling of Roberta Jacobson and Josefina Vidal are suddenly interchangeable masks. There is no doubting the transformation of their faces. George Orwell could have summarized this as well, but only 50 years before: “The Cubans outside looked from pig to man, and from man to pig, and from pig to man again; but already it was impossible to say which was which.”

Translated by Adam Dubove.