Ichikawa ‘in memoriam’

ESCRITORES

Ichikawa ‘in memoriam’

Orlando Luis Pardo Lazo

Noviembre 1, 2021

«Nada puede justificar una muerte allí donde cada elemento
[…] representa la garantía de la continuidad».
(Emilio Ichikawa, Contra el sacrificio)

Murió Ichikawa, sin dejar ni un perfil póstumo en Wikipedia, aunque sí los tuvo en la caricatura castrista de Ecured.

Yo nunca lo conocí en persona, mucho menos en pensamiento. En un sentido, no fuimos ni contemporáneos. Aunque alguna vez intercambiamos e-mails. Ichikawa fue siempre muy amable conmigo. Me citó en algunos de los posts perdidos de su blog eichikawa.com e incluso, en la remota prehistoria del año 2011, hasta me publicó un insulso inédito llamado “De permisos y otras patrañas”.

Yo pensaba en Ichikawa más a menudo de lo que Ichikawa haya podido pensar en mí. Incluso pensé en él en una escena erótica de nuestra asincrónica intimidad insular, pues nos unió el cuerpo magro de una mujer maravilla que los dos amamos y que a los dos se nos murió, en este siglo XXI que será la cripta de cada uno de nuestros mutuos lectores.

Desde que oí mencionar su nombre, como si de un eco lejano se tratase, siempre me pareció increíble que un cubano en Cuba ostentara sin problemas políticos semejante apellido nipón. Incluso busqué en la Guía telefónica cuántos Ichikawas cubanos eran abonados de la empresa ETECSA. Por lo demás, toda vez ostentado ese apellido, me parecía casi cómico que encima él se llamara Emilio, en lugar de, digamos, Akira o Ishi, o algo así.

En Cuba, compré dos de sus libros a finales de los atroces 90. Los títulos me deslumbraron enseguida, desde el anaquel de aquellas desvencijadas librerías del Centro Provincial del Libro y la Literatura, donde poco después yo terminaría empleado o empalado como promotor cultural: El pensamiento agónico (1996) y La escritura y el límite (1998).

A la postre, los hojeé muchas veces, supongo que para intentar citarlos en algún que otro artículo o ficción, pero nunca me los leí como tal. Sobra ese “como tal”; por supuesto, nunca me los leí.

Ambos eran libros de ensayos sobre diferentes temas importantes para diferentes campos de estudio de importancia. Por suerte, eran libros sin páginas y páginas de referencias. Y con escasas notas al pie. Pero, desde mi ignorancia intelectual de entonces ―que no era tanta como la actual―, esos títulos elegidos por Ichikawa me parecieron pura propaganda literaria. Tentadores títulos novelescos, como tantos otros libros de pensamiento que parecen que van a acabar con la cultura desde la misma portada, pero después hay que digerirlos culturalmente de párrafo en párrafo. Y a mí, ya desde entonces, me resultaba imposible la simple práctica de pensar.

En el primer número de la revista digital independiente Voces, en agosto de 2010, publiqué el post de su blog donde me menciona. Se llamaba “Papel y pantalla”. En ese texto brevísimo, Ichikawa parecía aleccionarnos a los blogueros, como un profesor paternal que solo aspira a lo mejor para sus pupilos.

“La práctica de la cíber-escritura —dejó cíber-escrito para la posteridad—, se arriesga en la aventura de lo efímero”. Por un lado, “sabe, o debe saber, que el cíber-texto llega con velocidad a donde el libro impreso, en el mejor certificado de los correos, demora semanas y en ocasiones meses”. Y, por el otro lado, “le consta (debe constarle) que con la misma prontitud desaparece. Y no regresa”. En fin, que “la internet se pesa por tráfico y no por belleza o autenticidad, que son índices relacionados con la escritura tradicional”.

Meses después, en Voces 5, yo también reproduciría, con su autorización hipertextual, una entrevista que Ichikawa le había hecho al trovador Frank Delgado.

En el exilio, tuve entre mis manos Contra el sacrificio, del camarada al buen vecino, publicado en 2002 por Ediciones Universal. Lo encontré junto a La heroicidad revolucionaria, sufragada por el Centro para una Cuba Libre de Washington D.C., donde me refugié durante el primer semestre de 2014, antes de lanzarme a mis desventuras académicas en Estados Unidos.

Allí, bajo las órdenes amorosamente refunfuñonas de su director Frank Calzón ―ilustre agente de la CIA, según la televisión comunista de medio continente― estuve lo más cerca que pude estarlo de Emilio Ichikawa Morín. Y no se lo dije nunca. Allí, espantado de todo y refugiado en nadie, presencié una llamada desproporcionada que le hizo Frank Calzón desde la oficina a su número personal.

Frank tenía un encabronamiento enceguecedor con el vidente de Ichi por las críticas al exilio cubano que recién había publicado ya no recuerdo en cuál website. Frank le dijo de todo, hasta del mal que no se iba a morir. Técnicamente, le gritó de todo, a pesar de que Emilio Ichikawa había sido un becario de su centro. O, tal vez, precisamente por haberlo sido.

Yo no sabía cómo detener aquella bronca telefónica. Ichikawa también le daba gritos a Frank Calzón, al otro lado del celular. Pero, como niños chiquitos, debo decir en honor a la verdad, maestra, que fue Frank quien empezó.

Los dos cubanos anticastristas se interrumpían, como perros rabiosos ante mí, recién llegado de Cuba solo para presenciar esta debacle. En ese instante de ira al vacío, yo no existía para ninguno de ellos dos. Y a los dos, sin embargo, fue en ese momento cuando más los amé. A Frank, como a un pobre padre que se va quedando sin hijos, en medio de una guerra perdida por la libertad. Y a Emilio, porque estaba más solo que la mierda a ras del cadalso crónico de la cubanía.

Salí corriendo de la oficina de la calle DeSales y me metí en el bañito compartido del Center for a Free Cuba. Lloré desconsoladamente, también como un niño huérfano, a la vista del Capitolio sin capitalistas del ex imperialismo mundial. Sin testigos, testigo yo mismo de la desaparición de todo disfraz de diálogo entre compatriotas sin patria. Fue la primera vez que quise no haber salido nunca de Cuba. Fue la primera vez que quise volver.

Descansa en paz, Ichikawa. Y ojalá que te hayan besado en tu filosófica frente los labios nunca lejanos del primer amor que murió sin volver a verte, ni verme, como tampoco nunca alcancé a verte en vida yo, ni tú a mí.

Leo ahora, también llorando, tu descomunal poema Everglades, conseguido a través de un préstamo inter-bibliotecario entre universidades privadas de los United Socialisms of America. Hace años que te habías marchado mudamente, sin una constancia, sin dejar nota. Apenas un apellido, como dedos que en el alma tuercen y en el pantano moran.

Tan pronto como supe de tu muerte Covid, recordé todo lo que te acabo de contar ahora, iluminado por aquel olvidado editorial tuyo de “OK, soy castrista”, publicada en El Nuevo Herald siglos atrás, apenas saliste de tu bucólica Bauta:

“Las discusiones con amigos y con personas a quienes quiero realmente, me desarman”. “La guerra que hago tiene para mí visos de automutilación”.

© Imagen de portada: Ilustración (detalle) del libro ‘Everglades’, de Emilio Ichikawa (Letra Capital, 2009).

Los ilustres intelectuales norteamericanos

#SOSCUBA

Los ilustres intelectuales norteamericanos

Orlando Luis Pardo Lazo

Julio 18, 2021

Los ilustres intelectuales norteamericanos, esa fauna analfabeta excepto de culpas de clase y pastillas para la ansiedad, siguen siempre con la misma cantaleta sobre la Cuba de Castro: no se la creen, a pesar de ser ellos mismos unos castristas del coño de su madre. Y tratan de confundirnos en el tiempo y en el espacio, remitiéndonos a los años cincuenta y anclándola a la Casa Blanca.

En efecto, a la primera crítica que los cubanos hagamos de la Revolución en nuestro propio país, allá vuelven a la carga los revolucionariólogos del campo cultural norteamericano. Intolerantes como toda izquierda inmigrante que se respete, lo primero que hacen es matar al mensajero del mal. Es decir, nosotros. Y nos matan usando dos argumentos propagados y pagados por la Seguridad del Estado desde La Habana:

  1. Tesis espacial: quien quiera la caída de la Revolución Cubana, quiere asfixiar al pueblo de la Isla con el bloqueo norteamericano. (No importa que, como ellos mismos te dicen cuando les conviene, el bloqueo no haya funcionado durante 60 años: es un bloqueo que no funciona, asfixiando).
  2. Tesis temporal: quien quiera la caída de la Revolución Cubana, quiere la restauración de Batista a la cabeza de una tercera “era Batistiana”. (No importa que Batista esté muerto hace medio siglo, ni que sus hijos y herederos sean tan socialistoides como su padre: es un Batista batón, que se pasan de mano en mano no para manipularnos, sino para maniatarnos).

Para los ilustres intelectuales norteamericanos, esa flora fascinada con el fascismo fálico de Fidel, contrario al criterio científico de los comunistas cubanos, “la Revolución sí entra por el culo”. Lo cual constituye, por cierto, un plagio del filme Fresa y chocolate. En ese coito del corazón, ya con sus cuerpos cariados por el consumismo capitalista, los ilustres intelectuales norteamericanos se vengan de la Democracia doméstica consumiendo el exotismo de la Utopía. A falta de orgasmos orgánicos en casa, en Cuba se hacen penetrar por la erección de un Estado otro, en un ejercicio binario de transfidelidad. La libertad propia les corta su libido liberal, mientras que la esclavitud como alternativa ajena los excita al punto de la epifanía: fidellatio y comunilingus.

Sin el clímax de la Revolución castrista para entretener sus bodrios biográficos, los ilustres intelectuales norteamericanos no tendrían un sentido de propósito ni de pertenencia, en este planeta donde hasta Marx es una mercancía. Sin el pingón despótico de un totalitarismo tropical, tendrían que aclimatarse a sus climaterios comodificados. Y sus próximas páginas sobre Cuba serían apenas una paja, porque el dildito decadente de la democracia no puede equiparse con el rape-rapport de la Revolución.

En consecuencia, el pueblo emancipado que está en las calles de Cuba ahora mismo, abatido bajo los batones y las balas de los asesinos socialistas, el mismo pueblo que impredeciblemente ha protagonizado un heroísmo inédito desde hace por lo menos un siglo, es visto o invisibilizado desde la ilustre Norteamérica intelectual como más de lo mismo: 1) defensores a sueldo del bloqueo de Washington contra La Habana, 2) votantes virtuales del cadáver de Batista para presidir una transición anacrónica de 2021 a 1958 en la Isla.

No hicimos nada. Mejor nos hubiéramos quedado tranquilitos en Cuba, acariciando a nuestro respectivo Castro interior. Aplaudiendo, bajo nuestras etnográficas máscaras, al violador. Y aún estaríamos siendo representados como la vanguardia de la humanidad, según el evangelio de los ilustres intelectuales norteamericanos, en lugar de encarnar el mojón materialista con que patéticamente ellos pintan a Miami: la capital del bloqueo batistiano. 

Pero los cubanos libres no podemos ponernos ahora a debatir ni cojones con nadie. Ni ilustres, ni intelectuales, ni norteamericanos. Fuck America

El fin de la mentira marxista está verificándose de punta a punta de nuestro archipiélago atroz. Paradójicamente, el peligro hoy está, como nunca antes, noventa millas al norte de la nueva Libertad que ya explota en plena cara de la comemierdad comunista global. Es la hora de cagarnos constitucionalmente en la cultura de la corrección cómplice de los United Socialisms of America. Y convertirnos, con esa fuerza más, en los buenos salvajes de una democracia sin antidemocráticos a donde ni uno solo de los ilustres intelectuales norteamericanos estará invitado. Porque no nos da nuestra gana contrarrevolucionaria.

Como tampoco nunca más Cuba será el imperio de la justicia social. Ni el paraíso de ningún proletario, sino un país repleto de propietarios. Ni las conquistas públicas serán públicas ni un carajo, sino privadas, desde la A del amor hasta la Z del zoológico en que esos ilustres intelectuales norteamericanos nos quisieron convertir. Y, por supuesto, el Estado cubano por fin dejará de ser una supuesta fuente eterna de moral, de derechos, de cultura, y de riquezas, para tener que vivir escondido en un clóset cívico y con el rabo entre las patas. Apaleado por una ciudadanía diestra, diestrísima.

Por suerte, se le viene encima a nuestra Cuba libre, tal como a los ilustres intelectuales norteamericanos les da pánico progresista pensarlo, una restauración antisocial. Seremos no solo la Suiza, sino también el Israel del hemisferio occidental. Un istmo de resistencia radical frente al socialislam latinoamericano. En Cuba, ciudadanos del futuro que se inflamó forever el domingo 11 de julio de 2021, habrá de resucitar el destino manifiesto que en los Estados Unidos fue primero estigmatizado y finalmente traicionado.

En ese escenario de excepción continental, tú y yo secretamente sabemos que los partidos comunistas quedarán abolidos a perpetuidad. No habrá Primera Enmienda para los enemigos de la Primera Enmienda. Los comunistas cubanos pueden reorganizar su PCC en el soviet de Berkeley o en el huraco dejado por las Torres Gemelas en Manhattan, pero no en nuestra Habana sin Plaza de la Revolución. 

Así que hacen muy bien en ponerse históricamente histéricos los ilustres intelectuales norteamericanos. Que pataleen ahora, los pobrecitos perversos que quieren paralizarnos a golpes de bloqueo y de batistato. ¿Qué bloqueo de qué pinga, a la magnífica hora homagna de la desrevolución? ¿Qué Batista de qué cojones, cuando el tuntún-quién-es de la distopía en la Isla ya está a punto de caramelo conservador?

Cubanos que me escuchan, no se me encasquillen ahora en un debate desviacionista con ningún norteamericano de ninguna de las miles de Norteaméricas que nos meten miedo en el mundo. Esos casquillos, como los casquitos con o sin bloqueo de los años cincuenta, pronto han de ser la música milagrosa de una vida vivible en la verdad.

Desde el éxtasis de mi exilio exhausto

ESCRITORXS EN PANDEMIA

Desde el éxtasis de mi exilio exhausto

Orlando Luis Pardo Lazo

Febrero 12, 2021

Con motivo del año que llevamos de Covid-19, Hypermedia Magazine ha despachado las siguientes preguntas a un amplio grupo de escritores cubanos:

1) ¿La pandemia ha modificado sus hábitos y/o métodos de escritura? ¿De qué modo?

2) ¿Han variado este año sus hábitos de lectura? ¿Ha leído más? ¿Ha leído menos?

3) ¿Cuáles han sido las lecturas (títulos, autores, plataformas) más reveladoras durante esta pandemia?

4) ¿La nueva situación global le ha inspirado algún proyecto literario?

5) Cuéntenos cómo es actualmente un día en su vida de escritor(a).

Compartimos con nuestros lectores los mensajes que retornan a nuestro buzón.


1.

No. Hace por lo menos veinte años que no paro de escribir y borrar enseguida lo escrito. En esto soy más puntual que José Kozer y más disciplinado que Leonardo Padura, pero con una ventaja sobre ambos: no dejo trazas de lo escrito. Cuando se caiga de una vez la Internet, de mí no quedará ni el recuerdo de este largo viaje. Lo único que me duele es que las adolescentes de 2059, por ejemplo, no se enamorarán de mí.

2.

No. Hace por lo menos veinte años que dejé de leer. Aunque, pensándolo bien, es posible que nunca me haya leído un solo libro. Me hice escritor no por inspiración, sino por imitación. Soy como un Eliecer Ávila de la literatura cubana. Todo lo sé al instante, no por civismo de seguroso, sino por simple instinto de contradicción.

3.

Si acaso, ojeo a la inconcebible pléyade de activistas que desde Cuba se creen que van a comerse el mundo. Hay una especie de feminización de la resistencia cubana. Yo recorro todas sus plataformas de lanzamiento en la Isla. Las contemplo orgulloso desde el éxtasis de mi exilio exhausto. Ojalá me comieran a mí y no al mundo. Ojalá me hicieran su patria en oprobio y afrenta sumidas.

4.

Una vez más, he empezado a escribir la gran novela de la Revolución Cubana. Pero ahora en clave de reconstrucción epocal. Imagínate, hay un capítulo en que Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD) está sentado en un inmenso salón donde se oye una música lejana y saca un reloj de bolsillo de su traje, abre las piernas para que yo, de niño, no me sienta tan desamparado, y entonces le dice a su esposa Isabel: “Mira, qué bien está, hasta le puso a su hijita como tú”.

Orlando Luis Pardo Lazo

5.

Me levanto a las 7:07 a.m., después de mis puntuales pesadillas con Cuba. Me doy una ducha democrática de aguas termales y pienso con gozo místico: “No estoy en Cuba, no estoy en Cuba, no estoy en Cuba”.

Desde temprano trabajo en mi tesis de doctorado en Literatura Comparada, con la Washington University de Saint Louis. El tema son los peregrinos extranjeros que viajaron a Cuba para fascinarse con el fascismo de Fidel. Ellos son los verdaderos autores intelectuales de la Revolución Cubana.

También doy clases de Literatura por Internet, a estudiantes universitarios, arriesgándome la vida porque, desde Barack Obama, la Literatura en Estados Unidos constituye un delito federal de los más seriamente sancionados.

A veces doy clases de ajedrez para niños, a los boyscouts y girlscouts de una punta a la otra de la gran unión americana.

Mi madre, medio quedada en Estados Unidos, ha comenzado a escribir y, como era predecible, en menos de una pandemia su obra es ya más voluminosa que la mía. Para colmo, quiere publicar en Cuba sin decir que es la madre de Orlando Luis Pardo Lazo, por supuesto, porque ella también me tiene miedo. De noche, a la luz del alma, entiendo que en dos o tres vidas anteriores yo fui José Martí. En serio. Desde niño lo supe, pero pensé que se trataba de esos amiguitos imaginarios que los padres le imponen sin piedad a su prole. Pero no. El hombre de La Edad de Oro no fue mi amigo imaginario: fui yo. Y, como tal, moriré como bueno también, sin cara, de espaldas al sol.