Plantados

OPINIÓN

‘Plantados’: una película para el futuro

‘En tanto cubanos, cargamos con esa culpa: no hemos sabido nada de nada respecto al castrismo. Sin querer, hemos invisibilizado a sus víctimas.’

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

San Luis – 15 Mar 2021

Filmación de 'Plantados', de Lilo Vilaplana.
Filmación de ‘Plantados’, de Lilo Vilaplana. PLANTADOSFILMS

Ni una palabra sobre su argumento. Eso es lo menos importante ahora. Búsquenla, véanla, distribúyanla. En definitiva, una película, para llegar a ser película y no otra mercancía en el mercado, nunca se trata de contar esto o aquello, y mucho menos de entretener a su audiencia, sino de mostrar algo intrínsecamente humano que permanecía invisible antes de la película. De ahí la magia inextinguible del séptimo o septuagésimo arte.
 
Las casi dos horas del filme Plantados, dirigido por Lilo Vilaplana, y con guión de Ángel Santiesteban, Juan Manuel Cao y el propio Lilo Vilaplana, vuelan con edición de expreso ante el azoro de nuestra mirada ignorante. Porque, en tanto cubanos, cargamos con esa culpa: no hemos sabido nada de nada respecto al castrismo. Sin querer, hemos invisibilizado a sus víctimas. Léase, nos hemos hecho invisibles a nosotros mismos.
 
La mayoría de los cubanos, nacidos y crecidos en el Primer Territorio Libre de América, en la cuna de la utopía latinoamericana y tercermundista, hemos criticado más o menos tardíamente a la dictadura castrista, pero la desconocemos en su esencia maléfica. Sabemos de un muerto por aquí o por allá. Leímos algún testimonio por allá o por aquí. Pero incluso aquellos que, como yo, fuimos violentados en Cuba por ejercer el periodismo independiente, no podemos concebir del todo el cubanicidio del Estado totalitario en contra del pueblo y la nación cubanas. Apenas si lo intuimos por escrito, mientras que nuestro prójimo debió experimentarlo en cuerpo y cadáver propio.
 
Por supuesto, la revolución cubana fue un crimen cometido a la cara del mundo. Pero, como corresponde cuando de izquierdas y socialismos se trata, el mundo estaba demasiado ocupado en criticar al imperialismo yanqui. Muchas veces, desde dentro del imperialismo yanqui, desde sus mansiones y prensa y universidades. Y también desde el corazón del Congreso del Tío Sam. Con Cuba no te metas. La mala será siempre la democracia representativa. La buena era la democracia popular, tan directa como una bala en el directo apuntando a tu sien.
 
Más de una generación de cubanos, como la mía, que fuimos niños felices en pleno fascismo de la fidelidad en la Isla, todavía no nos damos cuenta de nada. Lo sabemos todo, pero estamos como en negación. Acusamos al régimen revolucionario, sí, pero como si fueran unos ancianitos malvados, que se merecen unos buenos memes en internet, no como lo que han sido, son y serán los Castros y sus cómplices: los enterradores de una sociedad desarrollada que ya jamás podremos recuperar. La caída de Cuba es incurable. La Revolución más verde que las palmas resultó desde el día uno una traición internacional de lesa cubanidad.
 
A estas alturas de la historia, para una hipotética reconciliación entre cubanos, que no ocurrirá en Cuba sino en la diáspora, tendremos que contárselo todo a nuestros hijos y nietos. Con lujo luctuoso de detalles. Arrodillados de vergüenza, y gritando de ganas de hacer una guerra a muerte, que de todas formas ya se perdió hace décadas. Para ver si al menos así, bañados pero no dañados por nuestras lágrimas de desaparecidos, los cubanitos y las cubanitas del futuro no vivirán biografías tan fósiles como las nuestras. Como la mía. Para ver si por fin la sed solar de justicia, y no la venganza vil de una revancha, los hace a ellos y ellas mejores seres humanos. Es decir, los hace plantarse en el futuro de cara al pasado: plantados del porvenir, iluminados por la moral plantada del ayer. No por gusto la etimología de religión es esa, religar las almas que no alcanzaron a ser contemporáneas, hacerlas una, pero únicas, ante el Bien.
 
De esto trata en secreto la película Plantados de Lilo Vilaplana, más allá de las anécdotas del martirologio, que son miles y mil veces conmovedoras en esta obra magna del exilio cubano. Plantados resucita de cara a la posteridad a los hombres y mujeres que, como un faro sin falla en contra de nuestro horror histórico, son el reservorio humanista del alma cubana que vendrá. La semilla de significado en un nuevo siglo que avanza a ciegas y sin sentido, dejándonos atrás junto a las estadísticas de lo atroz.
 
Ayer la vi. Plantados corriendo en mi estudio de alquiler. Un archivo de pago que el Festival de Cine de Miami me autorizó a ejecutar en mi antigua laptop mercenaria de La Habana, un modelo obsoleto de la tecnología, pero no de la nostalgia por una vida en la verdad y la esperanza.
 
Con Plantados, fui niño de nuevo ante la barbarie que estaba ocurriendo impunemente a escasos kilómetros de mi casa de los años 70, en Lawton. Y sé que nadie quedará al margen con esta ficción testimonial, que revela el precio de la justicia social en nuestro hemisferio: un precio impagable que implicó la erradicación del individuo y la entronización de la masa.
 
Los expertos de la izquierda intelectual del Primer Mundo dirán enseguida que es otro panfleto de traumatizados y resentidos. Y, una vez más, harán de nuestra tragedia terminal una tontería de privilegiados ingratos, si se compara con los tiros de la policía norteamericana en las calles de la confederación. Pero nosotros, los sobremurientes, los ignorantes iluminados por esta épica de plantes que reconocemos aun cuando nunca la conocimos en Cuba, temblaremos de pasión por los que gimieron sin quejarse en las cárceles del paraíso proletario. Titanes de una ética a prueba de tiranos y tiranías. Y entonces, al pie del cementerio rebosante de patria y vida, juraremos lavar con nuestra memoria el crimen.

No habrá olvido, no habrá olvido, no habrá olvido. Que nadie lo olvide.

Todas las noches, la noche

CINE

Todas las noches, la noche

ORLANDO LUIS PARDO LAZO | Nueva York | 27 de Agosto de 2013

Pueblo ya sin Dios y sin Estado, tras las incesantes muertes mediáticas de Fidel Castro, como en un aula-jaula que se hubiera quedado sin su déspota profesor, nuestra sociedad está abocada a desquiciarse de la noche a la mañana. Incluso en una sola noche, sin necesidad de esperar a la mañana, nuestras viditas pueden experimentar las mil y novecientas cincuentinueve anécdotas y no extraer de ellas ni un solo significado.

En efecto, Cuba comienza a parecerse a un tele-play, revolucioncita temática de clase Z. Serie sin captions. Pasto para producciones foráneas. Escenario donde todos los personajes son extras: hojitas de un guión flotante en el viento de la insoportable insulsez insular.

Nada es viejo bajo el mismo sol post-socialista. Lineamientos del Eclesiastés. Neohabla, neohistoria, Neo. Cuba no es el tedio de una cinta fílmica de Moebius sin adentro ni afuera, sino una aventura vacía al mejor estilo The Marxtrix, donde el poder despótico no se ve pero se presiente. Y donde lo único que aún brilla en medio de la barbarie son las gafas del General Presidente, cuya claqueta controla no el cambio fraude sino un fraude incambiable. Ad islinitum.

Mucho de esta velocidad televisiva se incluye de copy-and-paste en el filme neoyorkino Una noche, de la realizadora Lucy Mulloy, una película made in Manhattabana que hasta sus actores confundieron con un reality-show, al usarla como catapulta para escapar de las catacumbas castristas de nuestra Norcorea del Caribe.

Aquí en el principio y al final es el verbo: la acción, la persecución que no persigue otra cosa que ganarle a la muerte algunos minutos de rodaje, cut to the Che. Poética del video-clip, de lo efectista efímero, de la superficie que casi siempre es un síntoma mucho más sincero que la llamada profundidad.

Corre-corre de secuencias trucadas, ira y apuro, por momentos con dejos de fake documental policiaco. Las palabras como patadas. El lenguaje libre, loco y locuaz, como le corresponde a un reparto profesionalmente amateur. Y, de fondo, además de la música redundantemente cubana, ni siquiera es necesario poner en off aquel desplante de Desnoes de que nuestra capital “parece una Tegucigalpa”. Y es que no lo parece a estas alturas de la historieta. La ironía de Memorias del subdesarrollo contra las ilusiones de izquierda, a la vuelta de medio siglo de totalitarismo, es ya un background inevitable, que ocupa de manera espontánea incluso la peor de las fotografías turísticas de la propaganda oficial.

Una noche no es un mal story-board para cuando Lucy Mulloy vuelva a La Habana una noche, no sólo para recrear sino a crear la tragedia.

Necesitamos eso, una cultura sin culpas capitalistas de resultar a la postre “injusta” con el pueblo cubano. O “inapropiada” ante el altar de la academia norteamericana (sin Revolución no habría tesis de PhD ni copyright por concepto de libros de texto). Me temo que nos urge una filmografía reaccionaria. De derecha indecente. Neocon. Películas dispuestas a precipitar la debacle no desde el arte, sino desde el desastre.

Lo otro sería otro medio siglo de kitsch.

Cubansummatum est!

Piard in memoriam

OBITUARIO

Maestro de maestros, Tomás Piard ‘in memoriam’

‘Creo haber logrado esa secreta conexión emotiva con Piard por lo menos hasta finales de 2010, cuando la maldad de Abel Prieto, junto a dos oficiales del MININT coaccionaron al pobre hombre para obligarlo a renegar de mí en público.’

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

San Luis 26 Mar 2019

Ha muerto un hombre triste que desbordaba alegría y fe en la luz. La luz de lo más noble y bello del espíritu humano. Y también, por supuesto, la luz de la cinematografía: un arte que ese hombre triste conoció a la séptima potencia como muy pocos en Cuba, pero un arte que, como si fuera una maldición, el director Tomás Piard (1948-2019) nunca pudo ejercer con la misma maestría con que fue capaz de enseñarlo durante décadas, tanto en academias cubanas como en el extranjero.

En 2004, cuando los años ceros de La Habanada estuvieron a punto de hundirme en la locura, expulsándome a las calles calcinadas después de que el castrismo destrozara mi carrera como bioquímico, la magnanimidad de Tomás Piard me recibió como un padre pródigo y este cubanazo de corazón confió a ciegas en mí en tanto fotógrafo improvisado para sus películas.

Su hijo Terence Piard, joven cineasta tan talentoso como corajudo (la palabra correcta es otra mucho más incorrecta de publicar), acababa de morirse ahogado ese verano en Tenerife con apenas 30 años. Para mí, recién muerto mi padre por entonces, tener la oportunidad de lujo de ver a Tomás filmando era recordar la pérdida irreparable para el futuro de Cuba de su hijito único Terence. Tal vez por eso quise ser yo una especie de hijo postizo. Tal vez por eso traté de darle un poco de alegría al maestro Tomás, criatura salida de otro tiempo donde Cuba aún no había sido secuestrada del todo por la chusma iletrada de hoy. Tal vez por eso quise que se enamorara dentro de lo posible de mí, física y emocionalmente, y seducir la suya con mi tristeza no menos huérfana de país.

La luz de aquellos años era mucho más lánguida de lo que ninguna lengua humana podría expresar.

Creo haber logrado esa secreta conexión emotiva con Piard por lo menos hasta finales del año 2010, cuando la maldad de Abel Prieto, junto a dos oficiales del Ministerio del Interior que trabajan como funcionarios encubiertos del Ministerio de Cultura, coaccionaron al pobre hombre para obligarlo a renegar de mí en público, llamándome mentiroso y mercenario, borrando de paso la larga entrevista que él me había hecho para su documental por el centenario de José Lezama Lima, finalmente estrenado sin mí y todo desguazado por la censura en 2011 con el título de Trocadero 162, bajos. Tomás Piard es pues, por desgracia doble para la historia de Cuba que vendrá, cómplice y víctima de que la Seguridad del Estado me convirtiera en un fantasma más dentro y fuera de nuestra facistoide isla.

A finales de los años 70 los Castros le habían hecho eso mismo al joven Tomás Piard. Él en persona me lo contó en una de esas noches estragadas de filmación, rodeados por los machangones luminotécnicos del ICRT y el ICAIC, los que usaban el calor emitido por las luminarias de filmación para tostar encima de ellas el pan de la meriendita estatal. Piard era un estudiante universitario que había filmado una obra experimental muy breve en celuloide, cuyo título era La muralla china o algo por el estilo, y varios oficiales de verde olivo (agentes no secretos que atendían la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana) lo obligaron entonces a destruir el material con tijeras, ácido salfumán y, por último, descargar los detritos de su filme por el inodoro de un baño.

Murió Tomás Piard como mueren los grandes cubanos en esta época sin épica después de la escalofriante caída de la Revolución. Solo, solo en alma. Abandonado por todos y cada uno de los cubanos que más lo amábamos. Dándose cabezazos dentro del Estado y sus instituciones para no convertirse en un paria a perpetuidad como lo hubiera sido sin duda alguna su genial hijo (como me convertí yo). Solo en alma y de la mano de una mujer a quien en su momento también amó con el alma, y que de otras infinitas maneras él nunca dejó ni dejará ya nunca de amar.

Adiós, maestro bueno. Adiós, milagro imposible de la luz. Hace unas pocas noches soñé contigo. Con la escena original en la que me contaste cómo una médium habanera te había asegurado que Terence Piard quería comunicarse contigo poco después de morir.

La luz de estos años sigue siendo mucho más lánguida de lo que ninguna lengua humana podría expresar. O callar.