Una emisora para todos los momentos de la vida

Una emisora para todos los momentos de la vida

Radio Enciclopedia

Varias locutoras y técnicas de Radio Enciclopedia (Foto: Radio Enciclopedia/Twitter)

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La música de Radio Enciclopedia nos hizo adultos que querían escapar de casa cuanto antes. Para encontrarnos con otros cubanos entre las calles y sobre las camas de Cuba en Revolución.

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

 LUNES, 31 DE ENERO, 2022 4:03 PM

en ENTRETENIMIENTOOPINIÓN

SAINT LOUIS, Estados Unidos. – No lo sabíamos, pero era verdad. Radio Enciclopedia iba a ser una emisora para todos los momentos de la vida.

Todavía ignorábamos que nuestras vidas tendrían momentos, capas de cuerpos sobre cuerpos sobre cuerpos. Un amasijo de amores que nos iría mutilando el alma hasta vaciarla. Hasta que la vida misma se nos convirtiera precisamente en eso: un momento. Uno más, entre los miles de momentos inolvidables que a inicios de 2022 ninguno de los cubanos ha podido olvidar.

La música de Radio Enciclopedia nos hizo adultos que querían escapar de casa cuanto antes. Para encontrarnos con otros cubanos entre las calles y sobre las camas de Cuba en Revolución. Y, a la vez, era una música que no nos dejaba del todo crecer, a medio camino entre una dictadura y una democracia imaginarias. Una música que nos aferraba a ciertos acordes de vinilos y ciertos timbres de voz de las locutoras, entumeciendo de por vida nuestras juventudes de isla solitaria.

Todavía hoy nos resulta inconcebible una vejez pasada por la música instrumental ligera. Por eso todavía hoy en Radio Enciclopedia encontramos un rayito de esperanza en la eternidad. Oír para siempre. Tristes o mutilados, pero oyendo para siempre las ondas invisibles de la Calle N. Estar aquí. Ser allí.

Electromagnetismo salpicado del salitre del malecón. La luna como un espejo hecho añicos para rebotar al resto del Planeta Cuba su sagrada señal. CMBQ, en la clave de los 1260 KHz AM y los 94.1 FM. En verdad os digo: nuestra biología está marcada por esa torre de transmisión.

Metidos hasta el ombligo en el primer cuarto del siglo XXI, en nuestras noches de exilio solo Radio Enciclopedia nos alivia la trancazón del pecho, los pómulos y la garganta. Se llama angustia. Se llama sobrevivir, mientras el mundo se va deforestando de las personas y paisajes que conocimos. Se llama irnos convirtiendo en historia antigua, según el porvenir nos diezma por inercia en tanto audiencia radial.

Imagino el día en que en la cabina de Radio Enciclopedia muera la última de sus locutoras nocturnas. Para entonces, ya hará mucho que habrá muerto también su ejército de enamorados a ciegas. Imagino ese instante de intensidad ilimitada.

El disco de Francis Lai o Franck Pourcel correrá entonces hasta su última pista, arañado por la aguja sin retorno de una generación desaparecida: la nuestra. La que cruzó sin darse cuenta del segundo al tercer milenio, perdiendo la eufonía de los mil novecientos algo. La que escapó para siempre queriendo haberse quedado en casa, sintonizando también para siempre un radiecito de pilas en medio del apagón de las décadas. La que iba a ver la libertad de una Cuba que nunca existió.

La torre del ICRT se doblará acaso como si fuera de latón, por el peso de la pena y el óxido del silencio. Sus parabólicas se inclinarán solemnes, pendulando al viento del mar sobre una Habana sin testigos, pero al menos ya sin terror.

Ave, Radio Enciclopedia. Luto de lujo. Los cubanos que quedamos te acompañan en tu cadalso de ilusión insular.

Adiós, Cuba milagrosa de los micrófonos sin letra. Adiós, Cuba inculta cargada de cultura por los cuatro costados.

Si alguna identidad tuvimos los cubanos jamás, ha de pasar por una de esas madrugadas de insomnio analógico. Antológico. Siglos antes de la Encarta y de tu inverosímil versión en internet.

Ni en dioses, reyes ni tribunos

Castrismo: ni en dioses, reyes ni tribunos

El legado del castrismo es precisamente constituir un callejón sin salida para unos protagonistas que se iniciaron matando a mediados del siglo pasado

Orlando Luis Pardo LazoORLANDO LUIS PARDO LAZO

VIERNES, 15 DE NOVIEMBRE, 2019

Castrismo: ni en dioses, reyes ni tribunos. (foto tomada de Internet)

MIAMI, Estados Unidos.- En marzo de 2016, en el Gran Teatro de La Habana, el presidente norteamericano democráticamente electo y reelecto Barack Obama se paró junto al dictador cubano, el general Raúl Castro, y lo tentó tres veces en público con las ventajas de la democracia:

―Usted no necesita temer a las voces diferentes del pueblo cubano, ni a su capacidad de hablar y de reunirse y de votar por sus líderes.

―Sí, yo creo que los votantes deben ser capaces de elegir a sus gobiernos en elecciones libres y democráticas.

―Y creo que los derechos humanos son universales.

En todos y cada uno de los casos, con aplausos monitoreados nerviosamente por los agentes secretos de la Seguridad del Estado.

Ahora, en noviembre de 2019, ya con Obama casi olvidado en el convulso escenario global, es el Rey de España Felipe VI el que viaja hasta Cuba para tentar dinásticamente a los revolucionarios profesionales que llevan 60 años de poder inconsulto. En este caso, con palabras casi plagiadas del ex premier norteamericano:

―Es necesaria la existencia de instituciones que representen a toda la realidad diversa y plural que existe de los ciudadanos.

―Y que estos puedan expresar por sí mismos sus preferencias y encontrar, en esas instituciones, el adecuado respeto a la integralidad de sus derechos incluyendo, entre ellos, la capacidad de expresar libremente sus ideas, la libertad de asociación o de reunión.

―Es en democracia como mejor se representan y se defienden los derechos humanos, la libertad y la dignidad de las personas, y los intereses de nuestros ciudadanos.

Aplausos, aplausos, aplausos. Apañados, apañados, apañados.

Completada la catarsis cubana para las cámaras, por supuesto, ninguno de esos dos jerarcas se creen su propio cuento de venir a engañar a los duchos gobernantes de la tiranía local, vendiéndoles desganadamente un modelo de democracia en el cual dichos duchos gobernantes (y muy probablemente sus cómplices familiares), bien saben que terminarán siendo juzgados y sentenciados en apenas un pestañazo, cuando no linchados en vendettas de élite mafiosa o por el propio pueblo desbocado.

No nos llamemos a engaño, porque de todas formas ya habitamos en el irreversible reino de la desilusión. La supuesta salida reconciliatoria, en un fenómeno de larga data despótica como la Revolución Cubana del castrismo, con violaciones violentas de sobra para integrar un tribunal eterno por crímenes de lesa humanidad, no es más que un espejismo que aterra por igual a sus víctimas y victimarios, sean ateos o entonen sus aleluyas, así en la Isla como en el Exilio. A partir de cierta masa crítica, la mierda amasada masivamente deviene miseria del alma: lo atroz justifica lo amoral.

El castrismo, compañeros y compañeras, en pleno siglo XXI ya no tiene afuera. Su legado límite es precisamente ése, constituir un callejón sin salida para unos protagonistas que se iniciaron matando a mediados del siglo pasado, y hoy no tienen otra alternativa existencial que no sea terminar muertos o matando. Y, alrededor del generalato genocida, un pueblo unido que jamás será vencido en nuestra impía incapacidad de pedirnos perdón entre nosotros mismos.

No se trata de un llamado al pesimismo patrio o a la parálisis cívica. Pero, como les solté en una ocasión a los funcionarios de la más histórica de las fundaciones cubano-americanas: prefiero la decepción antes que la demagogia.

Porque no hay nada más contraproducente para un compromiso con los cambios radicales que la certeza estéril, la convicción coja de todo convicto en que su día ya viene llegando, la espera sin esperanzas que durante décadas ha descoyuntado (de hecho, desaparecido) a la ciudadanía cubana.

El castrismo fue, también, eso: un exceso de confianza entre los verdugos de verde olivo y los descoloridos cubanos.

Silvio está muy viejo ya

Silvio está muy viejo ya

La nueva vileza de Silvio sólo garantiza su más pronto olvido como ser humano. Sus canciones hace rato que están en riesgo de irse

Orlando Luis Pardo LazoORLANDO LUIS PARDO LAZO

DOMINGO, 5 DE ABRIL, 2020

Silvio Rodríguez; cubano; Cuba; Venezuela
Silvio Rodríguez (Foto de archivo/AP)

ESTADOS UNIDOS.- No se puede llegar a los setenta años de edad y no tener un mínimo sentido del ridículo personal. A menos, claro, que tu nombre sea Silvio Rodríguez y encima hayas sido tú el autor de la canción “Ojalá”.

Silvio, sin apellidos, tal como quedará en el corazón de los que amamos su música descalabrada a guitarrazo limpio y con afinación a oreja tapada, está ahora demandando en España ―demandando judicialmente, con abogados carísimos y todo, en plena pandemia del coronavirus a nivel global― al joven cubano Yotuel Romero de la banda Orishas.

El crimen de Yotuel y los Orishas es haberle hecho un emocionante homenaje a la canción “Ojalá”, apropiándose de su estribillo ―con el debido crédito a Silvio Rodríguez y sin buscar ninguna ganancia material― en la canción “Ojalá pase”, el reciente tema que Yotuel y su pareja Beatriz Luengo interpretan para todos los cubanos en YouTube.

Si algo se repite en la historia de Cuba, antes y después de la tan tardía abolición de la esclavitud en octubre de 1886, es esto: a los blancos con dinero ―y para nadie es un secreto que Silvio Rodríguez es millonario, merecidamente, gracias a su obra monumental―, a esa blancocracia siempre pegada como una lapa al Estado supremacista, a esa, en fin, mayoralia machorra, lo único que la aterra en su sed de belleza y poder es la idea de un negro liberto con éxito fuera del barracón.

Por eso no habrá perdón de la patria para Yotuel Romero. Esto se le hubiera podido dejar pasar incluso a Willy Chirino, sin necesidad de un necio editorial en la prensa oficial castrista, o a lo sumo con una sonrisita salvífica de ángel para un final en el blog Segunda Cita del propio Silvio Rodríguez. Hasta ahí. Pero esto es imperdonable dada la piel de pronto apátrida del orisha Yotuel. Y, por sus declaraciones al respecto, uno se da cuenta enseguida que justo así lo siente Yotuel como un grillete en carne propia: una bofetada del apartheid llamado Revolución que hasta ayer lo acogía a él en su ghetto.

La nueva vileza de Silvio sólo garantiza su más pronto olvido como ser humano. Sus canciones hace rato que están en riesgo de irse quedando apócrifas aún en vida de su cantautor.

En este sentido, bien que se extraña a un metafórico Mark David Chapman cubano. Por su propio bien de cara a la posteridad, Silvio hubiera necesitado de un lector imbécil que le disparase cuatro proyectiles en una acera cualquiera del mundo libre, preferiblemente durante esos conciertos a estadio repleto en el Santiago de Chile de los ochenta, donde la masa foránea coreaba a capela “Ojalá” y él no los mandaba a callar groseramente, como hacía en Cuba a cada rato, porque los aplausos del patio violaban las leyes de la polirritmia.

A ras del primer cuarto del siglo XXI, es más que lastimoso ver al fantasma de un Silvio ya sin fantasma.