Del ciclón y otros olvidos inolvidables

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Huracán SandyFoto © Youtube

Del ciclón y otros olvidos inolvidables

06/09/2017

Lo recuerdo muy bien. De niño, los ciclones en Cuba eran un alivio contra el clima del resto del año. Además de la alegría inconmensurable que traían desde días antes, cuando podíamos reunirnos y perder el tiempo todos en casa: familiares, amigos, vecinos y hasta los desconocidos de paso por el barrio.

No había internet. Los satélites sólo se acordaban de Cuba para espiarla, como el peón que éramos en el ajedrez atroz de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS (¿se acuerdan de aquellas siglas que por entonces iban a ser eternas, la URSS?).

Tampoco había luz (es decir, electricidad). Y eso significaba que por fin estábamos libres de la propaganda oficial, que por fin la Revolución y su retórica quedaban allá lejos, allá afuera: en ninguna parte. Por lo menos hasta que viniera y se fuera el ojo pacífico del guerrerista huracán.

Y eso significaba, también, que nos pasábamos las 24 y las 48 y las 72 horas despiertos, gozando la ventolera, respirando el aroma de la lluvia horizontal, viendo las alcantarillas desbordarse con la mierda comunitaria a la que todos aportábamos, amarrando las matas de mango y de aguacate como si de un dominó al aire libre se tratara (mientras jugábamos dominó de verdad, por supuesto, y parchís, y damas, y cartas, y veo-veo-qué-ves, y cualquier otro invento que se pusiera de moda). Comiendo a deshoras. Corriendo a deshoras. En un tiempo de tornado trastornado pero muy tierno, donde podíamos abrazarnos sin pena a cualquiera de nuestros padres (porque en los años 70s y 80s aún no había muerto el primero de nuestros padres), y donde reíamos despreocupadamente de la tragedia que se nos venía encima, porque, claro, la vida era tan nueva que, de hecho, aún no se había muerto ni nunca se nos iba a morir nadie.

Nuestra inocencia nos hacía casi ángeles. Niños completos, seres humanos completos. Vivíamos en la dictadura más completa del planeta y, sin embargo, no nos faltaba nada. Éramos los que éramos. En la miseria, pero no en la mentira. La felicidad tiene ese don: nos hace reales, verdaderos, presentes, buenos. En ese sentido, crecer ha sido el peor crimen que pudiéramos haber cometido contra nosotros mismos.

Los ciclones le dieron a nuestra infancia un color increíble salido del corazón. Y por eso en el corazón está todavía ese tinte, ahora que todo luce más adulto y adusto. Y mucho más adulterado.

Cuando la Defensa Civil irrumpía en el barrio con sus tanquetas y anfibios, la fiesta se hacía ya un carnaval. Había que escaparse de la casa. Había que saltar sobre aquellos vehículos de verde olivo, que para nosotros no significaba el color vil del odio, sino todo lo contrario: era como si fuéramos indios de miniatura, contentos de ser descubiertos y salvados por los militares (muchos de los cuales eran nuestros propios tíos y padres).

Cuando el ciclón se alejaba de Cuba sin decirnos ni adiós, era una decepción trágica, desconsolada. Una traición a nuestra esperanza de aventuras e historias para contar en la escuela después que todo pasara. Era como si el ciclón nos estuviera rechazando, sin nosotros haberle hecho nada. O, peor, como si nos dejara plantados a la puerta de un espectáculo que no sabíamos si alguna vez volvería con tanta furia como lo imaginábamos.

Ah, pero cuando un huracán nos golpeaba y bien golpeados, entonces era maravilloso ver cómo mi casa de tablas centenarias se pendulaba bajo las ráfagas, como un barquito de velas en un océano de horror y novelas leídas o películas memorizadas, mientras mi abuela prendía velas e inciensos y lanzaba sus oraciones con una expresión espantada. Mi pobre abuela Braulia, por parte de madre, que ya no tiene velas, ni inciensos. Ni cara.

Los días siguientes eran los de la recuperación (¿recuerdan esa palabra, recuperación?). Poco a poco volvía la luz, electrificando los parches de una Habana remozada en sus ruinas, recién bañada y sin peste a guerra, silenciosa y sensual. Una Habana vana donde había que por fuerza enamorarse (yo desde los 8 o 9 años ya me enamoraba de por vida varias veces a la semana), y donde todos y cada uno de sus habitantes habíamos sobrevivido a Frederick, a Allen, y a quién sabe a cuántos amigos de aire arremolinado y lluvia que nos golpeaba en las mejillas, acaso como imitación de una nieve imaginada. Que caía no del cielo, sino del futuro.

Hoy es Irma. El futuro se nos fue para casa del carajo. La Revolución Cubana es cadáver. Fidel Castro está por primera vez muerto, y no correrá al Instituto de Meteorología a guiar, con sus dedos déspotas y demenciales, al huracán de turno que le disputaba el gobierno de nuestro país (mejor dicho: su país), entre los pronósticos del siempre medio apenado Licenciado Rubiera (¿recuerdan esa palabra, Rubiera?)

Hoy es Irma y da la impresión de que en Cuba no queda nadie, de que el huracán en su venganza recorrerá un páramo desierto, desertado. Hoy es Irma y sus bajas presiones y altas velocidades arrasarán la casa de nadie. Porque la tristeza de los cubanos a estas alturas ya no es medible en ninguna cantidad de hectopascales.

El exilio no existe, mi amor

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El exilio no existe, mi amor

29/08/2017

Llevo apenas cuatro años de exilio. Salí de Cuba en el 2013 pensando en volver enseguida, pero me demoré. Me he demorado y sigo demorándome en ejecutar esa idea innata de los cubanos que es volver a la Isla donde nacimos y donde, acaso en una vida anterior, cada cual a su manera fue muy pobre pero muy feliz.

La mayor parte del tiempo la he pasado en los Estados Unidos. Dentro de pocos meses podré ser ya ciudadano de este descomunal y desconcertante país. Aunque nunca he pensado en serio en volver a Cuba, tampoco nunca he pensado en serio en no regresar. De algún modo, es como si aún no me hubiera ido. Por lo que la cuestión de un retorno me resulta ahora doblemente remota. Quien no tiene futuro, vive como entre dos pasados.

Un asunto mucho más acuciante sería averiguar dónde estoy ahora y aquí: definir por fin las coordenadas geográficas de mi exilio y los paisajes mentales con que debo sustituir, o al menos imitar, la carencia crónica de patria (esa palabra que suena como una patada).

Lo mismo que a ti, a veces todo me parece concreto e híper-real a mi alrededor. Y otras veces todo adquiere entonces la consistencia de un sueño. En ambos casos, nuestra mirada de exiliados es más aguda y ajena que la mirada del cubano que no se exilió. Le llevamos esa ventaja, esa ventana. Porque quien se va, se asoma al mundo como iluminado por los latigazos de lágrimas que no dejan de sorprenderte por más que llores en secreto o en sociedad. Quien se va, se ennoblece gracias a la presencia permanente del dolor, ese síntoma de la sabiduría.

Quisiera comprender la pena y el privilegio de las generaciones previas de exiliados cubanos. Quisiera haber vivido más tiempo con Cuba clavada en el corazón, como ellos hicieron hasta que se fueron muriendo en solitario. Pero esa experiencia extrema es intransferible, una cruz personal que antes ya han cargado millones, un misterio que no alcanzó a derramarse sobre mi materialista (y muchas veces mierdera) generación.

Lo más que puedo hacer ahora es abrir los brazos, y apurar las palabras y los párrafos sobre el papel. Usar con misericordia mi rabia radical. Ejercer en libertad mi derecho a un asombro atroz. Tratar de creerme de una vez que de verdad todos estamos aquí. Y, de paso, preguntarnos con resignación hasta cuándo y para qué hemos llegado todos aquí.

¿Somos estadounidenses los cubanos con ciudadanía norteamericana? ¿Alguna vez seremos espíritus libres, al margen de esa ilusión mitad infame y mitad ingenua que se llama la cubanidad? ¿Queremos soltar lastre o sin esa tara que es una tierra propia nos asfixiamos por falta de gravedad? ¿No habremos vivido todo este tiempo en Cuba, en otras Cubas cómplices desde donde hemos desfigurado a nuestra Cuba original? Y, a la postre, ¿existen los Estados Unidos o todo no ha sido más que un truco sintáctico, una pésima traducción, un cambio de máscaras delicado y brutal para morirnos en cualquier otra parte menos en Cuba, tan lejos como sea posible de donde nuestra pobre vida feliz empezó, para así no insultar la memoria de nuestra eternidad con un regajero de cosmopolitas cadáveres?

Da igual. Toda respuesta es una manera de rumiar el rencor. Los cubanos estamos solos. El socialismo cubano nos desocializó, nos hizo sonámbulos más que solitarios. Antes de llegar al exilio, ya estábamos exquisitamente exiliados. Por eso para nosotros los Estados Unidos son espuma y esperanza, pero también esputo y extremaunción.

Los cubanos vivimos vidas sin biografía. Nunca sabremos nada de nosotros mismos. La patria nos pesa como un par de plomos en cada párpado. Cuba dejó de ser cadalso para ser un cansancio cósmico, inconmensurable. Un calambre que ninguno de los Estados Unidos podría ni remotamente curar. Un tétano tan íntimo como el totalitarismo que cada uno de los cubanos lleva tatuado en su corazón.

¿Qué puede el sol contra un pueblo tan triste?

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¿Qué puede el sol contra un pueblo tan triste?

18/08/2017

El poeta cubano Virgilio Piñera lo dijo mejor que nadie por todos nosotros, tan temprano como en 1942, en plena democracia cubana: ¿Qué puede el sol contra un pueblo tan triste?

En efecto, el pueblo cubano ha sido encasillado, sobre todo por los visitantes extranjeros, como un pueblo solar. Es decir, como una nación de puertas y corazones abiertos, sin sombras siniestras y sin tabúes más o menos nocturnos. Desde afuera, se supone que los cubanos somos una raza dispuesta lo mismo a la recholata que a la solidaridad: una nación tan corpórea como cordial, tan bárbara como bondadosa, tan déspota como provinciana.

Y así, hasta los propios cubanos hemos terminado creyendo a ciegas en los estereotipos de lo cubano. Lo cubano es esto, lo cubano es lo otro. Lo cubano para aquí, lo cubano para allá. Lo cubano es así, lo cubano es asao.

Es cierto que en Cuba las carcajadas rebotan a ras de la calle. Es cierto que no tenemos casi privacidad ni vida interior, pues nuestro mejor hogar es el barrio. Y es cierto, que al irnos de Cuba, semejante carencia nos va calcinando el alma hasta vaciarla de afectos. Terminamos siendo un manojo de minusválidos más allá de la nostalgia y del Síndrome de Estocolmo. De manera que, al salir de Cuba, lo que ganamos en derechos civiles lo perdemos en humanidad. Alejarnos no consigue sino amargarnos.

Pero el verso de Virgilio Piñera, extraído de su poema La isla en peso, en su contexto se refiere a que el exceso de luz es sin duda una especie de tortura: nos ciega, nos torna insomnes y un poco insolentes, y a la postre nos desquicia, nos enloquece.

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Tal como el lenguaje depende del silencio para no perder su plena significación, la luz depende de la oscuridad para poder ser apreciada del todo. Y es en medio de ese carnaval luminoso donde el individuo en Cuba parece perder hasta el más recóndito de sus espacios. Es en medio de esa apoteosis de lo colectivo donde el cubano, sabiéndolo o no, se queda más solitario que nunca.

De manera que, al no tener cómo escondernos del otro, al no saber cómo esquivar a ese cubaneo constante que nos rodea al punto de la claustrofobia, al no poder sustraernos de la masa ni por un momento, los cubanos jamás llegamos a ser adultos del todo.

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Por eso nos infantilizamos en tanto ciudadanos. Y por eso aplaudimos al Estado paternalista que a ratos nos malcría con sus sutilezas socialistas y a ratos nos castiga con su furia feudal. Los cubanos tenemos, pues, el privilegio de contar en Cuba con lo peor de los dos modelos que han destruido al mundo.

En este sentido, nuestra idiosincrasia es exquisitamente esquizofrénica: antes y después de Castro, toda cubanidad es bipolar. Diríase que estamos irremediablemente condenados a desconocemos a nosotros mismos en tanto personas y en tanto pueblo.

Sin embargo, el verso de Virgilio Piñera no critica a nuestra hipocresía, muy a pesar de nuestros estereotipos solares del siglo XX. Todo lo contrario, el poeta se comporta más que misericordioso con la Isla que tanto amó y que en cambio a él tanto lo reprimió. Piñera nos está hablando de la tristeza a plena luz del día. Que es como invocar el frío primigenio de Julián de Casal, otro de nuestros grandes poetas pero del siglo XIX. Piñera nos está hablando de una tristeza innata, inmanente. Que es como negar toda nuestra guasa y nuestra grosería de boca para afuera, para por fin reconocer que, a pesar de ser un pueblo recién nacido, también somos un pueblo crepuscular: una nación que nació demasiado tarde, acaso cuando ya nadie se la esperaba. Una nación que ahora, tras medio siglo de dictadura comunista disfrazada de fe en Fidel, ha perdido para siempre hasta su más estéril esperanza en la felicidad.

Nada podrá entonces el sol contra un pueblo tan traumatizado como el cubano, en medio de nuestra fiesta funeraria del sálvese-quien-pueda y el tiempla-tiempla-que-la-vida-es-mierda y el último-que-apague-El-Morro. La luz misma es la fuente fértil de nuestra ligereza. Nada podrá tampoco un socialismo sin Castros a la hora de recuperar el sentido de una nueva narrativa nacional: léase, de un destino o al menos de cierta ilusión de futuridad. Y, por supuesto, nada podrá conseguir ese capitalismo a la cubana (y sin capitalistas cubanos) con que hoy intenta despedirse de nosotros la Revolución.

Del sol a la soledad, del totalitarismo a la decadencia, de la poesía a la política: ¿qué puede un pueblo contra un pueblo tan triste?