Pelota revolucionaria y bien

Ninguna pelota fue mejor que el béisbol revolucionario

Orlando Luis Pardo Lazo

Para Jorge Alberto Aguiar Díaz,

con dolor de pueblo.

A estadio repleto. Con hambre. Con oxiuros en el culo. Y, de nalga a nalga, un brochazo de violetas gencianas, pócima maravillosa con la inconfundible firma infatigable de nuestras mamás. Nunca madres.

Eran los inigualables años ochenta, la inextinguible década de un deporte amateur que era algo más que soñar. La Cuba de la gran rebelión que era sinónimo sentimental de para empezar a vivir.

Masticando croquetas al plato y, con suerte, pergas de malta aguada. Pero a estadio repleto, eso sí. Siempre. Pasatiempo nacional del cual nadie se iba. Ni muertos. A nadie se le hubiera ocurrido entonces irse a ninguna otra parte. Ni a los muertos.

Con la pelota cubana estábamos en casa. La pelota cubana era nuestra casa.

De hecho, nadie nunca se fue de allí. Allí estamos todavía, de hecho. Fotograma de masas para siempre. Hasta el fin de la desmemoria de los cubanos. Y mientras dure nuestra ingratitud inmanente, indecente.

Porque, lo sabemos, aunque sólo yo me atreva a confesarlo por el momento, nunca hubo ni habrá en todo el planeta Tierra una pelota mejor que el béisbol revolucionario.

Nada era más emocionante, más puro, más elemental. Como la vida misma, pero hecha mito instantáneo. Lo trascendente como la cosa más natural del mundo. Con una belleza, cojones, que era bella de verdad y no mero espectáculo comercial.

Una pelota hecha de presencia. Es decir, de personas. Una cosa que no se podía traicionar. Y esa es la palabra: traicionar.

Tiempo cristalizado. Hecho historia.

Y no nos dábamos cuenta de nada. Henchidos de plenitud pedestre, nosotros, los pobres parias del proletariado seguíamos como si nada. A la espera de que pasaran los ochenta. Y pasaron. Como después esperamos que pasaran los noventa. Y pasaron. Como después nos pasarían también por encima los años cero o dos mil.

Allí hice amigos de por vida que no duraron más que un doble juego dominical. Allí soñé las novias que nunca tuve por el resto de mi vida. Allí, si no eres cubano no lo podrás entender, era el Estadio Latinoamericano de La Habana. El coloso del Cerro. Proeza capitalista que los mocosos del materialismo confundíamos con un prodigio de la Revolución. Y lo era.

Como el capitalismo republicano mismo lo fue: una época que alcanzó su esplendor más misterioso cuando fue reducida a ruinas por el agua bendita y fuego fatuo de la Revolución.

La ruta 5, por cierto, nacida y enterrada junto al cementerio de los judíos en Guanabacoa, quedaría anclada para siempre a la curva con parque y edificio azul del estadio Latinoamericano.

También los carros patrulleros, con su ejército de palestinos traídos en trenes desde el Oriente insular, cercano, caribeño como el recontracoño de sus madres.

A mediados de 1986, Industriales, el buque insignia de la capital, ganó por jonrón de Agustín Marquetti la serie nacional, tras más de una década de decadencia quinquenal y emulaciones socialistas.

Todos nos tiramos al terreno. En una noche de extra-innings. Eufórica y tristísima, al son de Eddy Martín, Héctor Rodríguez, y es posible también que Antonio Vivaldi. Ballet de bárbaros operáticos.

Al otro día, un lunes pre-perestroika de patria, leyendo la crónica patiseca del Tribuna de La Habana, entendí que nuestra infancia acaba de acabarse ayer.

No más épica para nuestra época. Una generación entera había combustionado bajo las luminarias artificiales de un domingo de suspensiones y lluvias, poco antes de la medianoche. Maripositas de fin de siglo bajo los efectos pirotécnicos y el generador de caracteres de Tele Rebelde, todos escuálidamente enfocados en el pizarrón electrónico del jardín central.

Nunca más estuvo el estadio repleto. Por nadie, con o sin hambre. Con o sin dólares de fantasía europea y la estilización del embargo.

Los que nunca se iban a ir a ninguna parte, se fueron. Y aquí estamos, tan tarde, tardísimo. Precisamente en ninguna parte.

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