Una emisora para todos los momentos de la vida

Una emisora para todos los momentos de la vida

Radio Enciclopedia

Varias locutoras y técnicas de Radio Enciclopedia (Foto: Radio Enciclopedia/Twitter)

Facebook Twitter WhatsApp

image_pdf

La música de Radio Enciclopedia nos hizo adultos que querían escapar de casa cuanto antes. Para encontrarnos con otros cubanos entre las calles y sobre las camas de Cuba en Revolución.

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

 LUNES, 31 DE ENERO, 2022 4:03 PM

en ENTRETENIMIENTOOPINIÓN

SAINT LOUIS, Estados Unidos. – No lo sabíamos, pero era verdad. Radio Enciclopedia iba a ser una emisora para todos los momentos de la vida.

Todavía ignorábamos que nuestras vidas tendrían momentos, capas de cuerpos sobre cuerpos sobre cuerpos. Un amasijo de amores que nos iría mutilando el alma hasta vaciarla. Hasta que la vida misma se nos convirtiera precisamente en eso: un momento. Uno más, entre los miles de momentos inolvidables que a inicios de 2022 ninguno de los cubanos ha podido olvidar.

La música de Radio Enciclopedia nos hizo adultos que querían escapar de casa cuanto antes. Para encontrarnos con otros cubanos entre las calles y sobre las camas de Cuba en Revolución. Y, a la vez, era una música que no nos dejaba del todo crecer, a medio camino entre una dictadura y una democracia imaginarias. Una música que nos aferraba a ciertos acordes de vinilos y ciertos timbres de voz de las locutoras, entumeciendo de por vida nuestras juventudes de isla solitaria.

Todavía hoy nos resulta inconcebible una vejez pasada por la música instrumental ligera. Por eso todavía hoy en Radio Enciclopedia encontramos un rayito de esperanza en la eternidad. Oír para siempre. Tristes o mutilados, pero oyendo para siempre las ondas invisibles de la Calle N. Estar aquí. Ser allí.

Electromagnetismo salpicado del salitre del malecón. La luna como un espejo hecho añicos para rebotar al resto del Planeta Cuba su sagrada señal. CMBQ, en la clave de los 1260 KHz AM y los 94.1 FM. En verdad os digo: nuestra biología está marcada por esa torre de transmisión.

Metidos hasta el ombligo en el primer cuarto del siglo XXI, en nuestras noches de exilio solo Radio Enciclopedia nos alivia la trancazón del pecho, los pómulos y la garganta. Se llama angustia. Se llama sobrevivir, mientras el mundo se va deforestando de las personas y paisajes que conocimos. Se llama irnos convirtiendo en historia antigua, según el porvenir nos diezma por inercia en tanto audiencia radial.

Imagino el día en que en la cabina de Radio Enciclopedia muera la última de sus locutoras nocturnas. Para entonces, ya hará mucho que habrá muerto también su ejército de enamorados a ciegas. Imagino ese instante de intensidad ilimitada.

El disco de Francis Lai o Franck Pourcel correrá entonces hasta su última pista, arañado por la aguja sin retorno de una generación desaparecida: la nuestra. La que cruzó sin darse cuenta del segundo al tercer milenio, perdiendo la eufonía de los mil novecientos algo. La que escapó para siempre queriendo haberse quedado en casa, sintonizando también para siempre un radiecito de pilas en medio del apagón de las décadas. La que iba a ver la libertad de una Cuba que nunca existió.

La torre del ICRT se doblará acaso como si fuera de latón, por el peso de la pena y el óxido del silencio. Sus parabólicas se inclinarán solemnes, pendulando al viento del mar sobre una Habana sin testigos, pero al menos ya sin terror.

Ave, Radio Enciclopedia. Luto de lujo. Los cubanos que quedamos te acompañan en tu cadalso de ilusión insular.

Adiós, Cuba milagrosa de los micrófonos sin letra. Adiós, Cuba inculta cargada de cultura por los cuatro costados.

Si alguna identidad tuvimos los cubanos jamás, ha de pasar por una de esas madrugadas de insomnio analógico. Antológico. Siglos antes de la Encarta y de tu inverosímil versión en internet.

Bailarinas silenciosas

BALLET Y BARBARIE

Como trastada por el Día de los Inocentes, Alicia Alonso le ha ordenado al Ballet Nacional de Cuba lo mismo que en El hombre de Maisinicú, aquella película cubana que ninguno de sus jóvenes bailarines ha visto: “pínchalo, pínchalo…”

En este caso, se trata de apuñalar al cadáver ahorcado, pero aún pataleante, de la Revolución y su imaginario olvidado. Nadie podrá quedarse al margen de la bestialidad: todos tendrán que embarrarse en público con su compromiso coreográfico.

Y nada mejor para esto que vestir a su compañía entera como, si en lugar de una élite estética, se tratara de obreritos obscenos de los años sesenta. Con la Marcha del Guerrillero, interpretada anacrónicamente por el coro del Instituto Cubano de Radio y Televisión (en trajes de verde olivo), Alicia Alonso se burló de todos los asistentes al Gran Teatro de La Habana ayer (con precios para extranjeros de hasta 25 CUC), en una supuesta Gala-Homenaje por el centenario del director de orquesta Enrique González Mántici.

Casi centenaria ella misma, esta payasada retrovolucionaria de Alicia Alonso recuerda a la que protagonizó hace eones Rosita Fornés, en su OVNI aterrizado en la Ciudad Deportiva (la misma Rosita Fornés que hoy viernes 28 de diciembre saldrá a escena en un concierto, acaso in memoriam a aquella capitalista travesura por el Día de los Inocentes).

Parece que la barbarie en Cuba ha mutado en bobería, y que ese será el signo popular de nuestro siglo XXI, en respuesta a la Realpolitik de un gobierno cada vez menos ideologizado pero también menos democrático, donde los derechos del ciudadano ya están secuestrados a perpetuidad detrás del telón de una transición de tramoya, bendecida en su criminalidad constitucional por todas las iglesias de esta islita abandonada a partes iguales por el exilio y por Dios.

Subir a la Sierra Maestra a cantar ópera sin acústica o retratarse con unas botas cañeras en lugar del clásico calzado de ballet: es magnífica la comicidad kitsch de estos gestos que en vano intentan disimular el poderío despótico de no pocas cuentas bancarias internacionales. Los propios bailarines charlaban y carcajeaban caóticamente mientras fingían marchar en una coda que bien podría titularse como aquella asignatura obsoleta del Ministerio de Educación: Preparación Militar Integral (PMI). Me pregunto cuántos de ellos, hilarantes en su humillación, habrán decidido esta noche desertar en la próxima misión extranjera.

Luego, como epitafio, salió a escena quien conservara durante décadas una zapatilla enterrada en secreto bajo las tablas, como tétrico talismán contra las nuevas generaciones de cenicientas con ínfulas de prima ballerina. La directora del ballet local quiso así posponer al máximo un futuro de libertad, donde nadie debería estar tan endiosado como para endilgarse el título arqueológico de Assoluta.

Lo peor fueron entonces los aplausos que nuestra neoburguesía criolla le dedicó a Alicia Alonso en lugar de caerle a trompetillas por resistirse, no tan rabiosa como ridículamente, a su inhumación institucional.

Chiste macabro, como el manifiesto de la moringa de Fidel Castro o la reumática reforma migratoria de su hermano menor, lo cierto es que salí de la Sala García Lorca con ganas de colgarme yo mismo de una guásima o preferiblemente de un caguairán: “pínchenme, pínchenme”, le diría a los hampones transhistóricos de esta Cubita atroz.

Pueden clavar ahora hasta el fondo sus afilados puñales en nuestras gargantas. Les prometo que ninguna traqueotomía totalitaria, sea legal o mafiosa, va a viciar o vaciar la verdad que ya se nos incuba inocentemente en la voz. Sea, pues, este 28 de diciembre la fecha perfecta para anunciar la broma de que no hay momia militar que dure cien años ni cuerpo de baile que la resista.

PÓSTUMA BALLERINA ASSOLUTA

Un festival de ballet ocupa La Habana y sus sobremurientes teatros. La opulencia y el glamour son el perfume caro de un público que asiste a aplaudir a sus estrellas y, de paso, a ponderar el brillo de la próxima generación de danzantes. Oh là là!

En Cuba, no sé si alguna vez nunca existieron o si alguna vez dejarán de existir las clases sociales —un concepto demasiado marxista para ser verosímil—, pero es obvio que aquí, en el lobby más luminoso de nuestras noches tan mortecinas, se concentra una audiencia entendida, ilustrada, ostentosa de su élite condición. Cubanos de primera clase, jetsetcialismo, castrismo encurtido por una costra de alta cultura.

Con esta crème de crèmes sutil socialista es obvio que muy poquito se podrá contar, a los efectos de mover otra cosa en Cuba que no sea un par de actos clásicos de ballet. Son los cubanos contentos, con sus joyas contantes y sonantes, sus puyas y telas de costura estratosférica y sus marcas de boutique, sus autos importados con aclimatación y panel de cámaras en lugar de espejos —airbags y otras anomalías—, con sus discretas cuentas bancarias internacionales al margen del Estado y con sus reformados permisos de emigración.

Son los suizos del socialismo caribe, la solución emergente a la carroña contestataria. La alternativa altanera aún dentro la Revolución todo y fuera de la Revolución nada. Los cubanitos empoderados de verdad, una casta pragmática desde antes de la Revolución acaso —y los únicos que la van a sobrevivir—, una blancada solvente de sobra sin mendigar los milloncitos ridículos de una USAID más que manipulada por el gobierno cubano, los poderosos y sumisos a un tiempo, hedonistas y trans-históricos, devotos de domingos y sin otro dios que el dinero que adecenta incluso a la dictadura. Son como cubanoamericanos, pero de la propia Isla abandonada a sus Castro: son los cubanocubanos y olé.

Esta es la Cuba del súper statu quo, con raíces secretas tanto en el ex-exilio empresarial como en las Fuerzas Armadas Recontrarrevolucionarias y los misterios del Ministerio del Interior. En mi orfandad lumpen-proletaria de condenado a una muerte civil, no deja de emocionarme compartir aunque sea sólo un instante con este antro de eternidad. El lobby del teatro Karl Marx de Miramar este fin de semana es una esquina incólume de la eternidad. Un preview del paraíso sin papá Estado y con padrastro Bank.

Los revendedores por cuenta propia hacen aquí y ahora su pastel en moneda dura, su pan convertible de cada noche. Se trata de “cambiar todo lo que deba ser cambiado”, como en la consignita penúltima de nuestro póstumo Fidel. Por suerte, estos traficantes de tickets siempre tienen entradas libres al por menor, ya que las taquillas se agotan desde la misma edición anterior del Festival de Ballet de La Habana (se llaman así por modestia, pero son cónclaves internacionales).

Estos piraticas al margen de la corsaria Alicia Alonso le hacen un favor a su show, facilitando una plusvalía de entradas de última hora al espectáculo, en caso de que a algún espectador se le ponchase el Ferrari o no encontrara la estola del brillo exacto para cada ocasión.

Cierran las puertas y, de todas formas, siempre se queda afuera un manojo de poderosas damitas y attachés diplomáticos, reclamando en mute al otro lado de la pecera no sé qué derecho de reembolso del ticket (democracia participativa ipso facto). Dentro, en el salón rumoroso, las luces declinan y rompe ya la magia de unos personajes cautivos entre el vigor y la levedad, junto con el tam-tam sinfónico de una orquesta cubana en vivo. Yo te tomo de la mano, mi amor —única fila de la ciudad donde podemos querernos sin riesgo de los paparazzi políticos del G-2—, y comienzo gentilmente a llorar con un llanto sin lágrimas.

No hace ninguna falta conocer la narrativa infantil que insufla de sentido los movimientos de este o aquella mise en scène. El ballet es demasiado bello para dejarlo en manos de los baletómanos. Y los bárbaros como yo podemos darle una lectura mucho más paladeable.

Es mentira que exista algo más que esos cuerpos llevados milagrosamente a su límite de músculo espiritual. Son atletas, circo divino. La energía musical cristalizada en mística luz, fogonazos de respiración bajo el maquillaje y la sonrisa de atrezo, asexuada. Ángulos insospechables para la biología de los primates. Por lo que, a la par, es excitante. Es combate en paz. Es recóndita y ostensiblemente sexo culturizado, volátil más que vaginal.

Dioses y diosas coreografiados que, en ocasiones, como corresponde a la tragicomedia del hombre y la mujer en el mundo, resultan ser demonios literalmente caídos más allá de la dramaturgia del guión. Y eso fue lo que más me impresionó de la velada: la tremenda caída de una primera bailarina, despatarrada sobre las tablas de un escenario donde quién sabe cuántos congresos comunistas se habrán celebrado durante nuestro conato de nación (antes del Partido Comunista de Cuba el Karl Marx se llamaba, por supuesto, Blanquita, y para blanquitas y blanquitos nunca ha dejado de ser).

Una bailarina. Una muchacha. Una adolescente. Una niña. Una virgen. Una desolación. El ruido que hizo fue más potente que los acordes de trueno de los mil y un músicos soterrados. Coppelia cayó, cataplún, y el Blanquita Marx en pleno calló.

Era como si esa chica fuera de balance recobrase de pronto la gravedad de toda su compañía de baile. Se desplomó y casi se hunde bajo la madera. El tiempo tendió asintóticamente a cero, a silencio. Rebotó y, como una gimnasta sin medallas, con el mismo impulso de su derrota dislocada se puso de pie, y fue a ubicarse como un conejito de Cortázar en la que se suponía fuese su próxima posición (como una alumna que debe entrar tarde al aula y trata de colarse medio inadvertida, para no ser ridiculizada por el maître de su peor asignatura).

El público cubano aplaudió el error de la profesional o acaso su talante tierno para resucitar con naturalidad. Pero, como es costumbre en estos casos, cierto caos se apoderó del resto de la función. Cierta, digamos, anisotropía fractal: cada nuevo giro reflejaba el mismo peligro de nuestra muñequita en saya y leotardo de ángel, en precario desequilibrio sobre sus puntillas de pie y sus giros a punto de esquince.

Pienso que debiera existir un ballet cuyo virtuosismo se basara exclusivamente en el error humano, en la fractura de ese estilo encorsetado por siglos, en fingir cierto vértigo de imbalance radical. Eso sí sería absolutamente moderno a los efectos de un arte que, como su prima ballerina assoluta en la Cuba de Castro, no se supo suicidar a tiempo en esta isla de cumbanchas y caudillos.

Al contrario, Alicia Alonso también fue vedette de Batista, antes de ella vestir a su compañía de verde olivo —de olvido—, pues Fulgencio y Fidel no quedan nada lejos en nuestro índice onomástico, homomáchico). Dame la F, ¿qué dice? Y aún más, Alicia Alonso hasta enterró una zapatilla bajo el tablado como talismán, para que nunca el poder totalitario se olvidara de su entrega sin tacha ni tentación de desertar en el extranjero.

Es lindo ver morir mil veces al cisne o cojear sin faltas técnicas al cáncamo del doctor Coppélius, pero también es políticamente kitsch re-representar estas muertes de mentiritas en un siglo XXI que en Cuba aún no se acaba de inaugurar (demasiados cadáveres recondenados sin reconciliación).

El público se para al cabo con el telón y la coda y el bis, con sus bravos y regios y demás aleluyas no tan manieristas como amaneradas. Parece que los cubanos de éxito no se cansan de tantas caídas y recaídas. Aquí dentro el castrismo es sólo un concepto clown. Hay esperanza de que mañana amanezcamos cancaneando con la barbarie de otro ballet. Y así se escurren estos coolbanitos de cara al futuro, en la madrugada de un sábado post-revolucionario.

Este legado, por cierto, es genético más que moral: sus descendientes vivirán lo que tú y yo no vivimos, mi amor. No llores sin lágrimas ahora tú. La batalla por un futuro de derechos en libertad es ya más darwinista que democrática en Cuba. No me sueltes la mano, aunque nos boten de últimos de esta fila de contrabando en el Karl Marx. La selección natural sigue siendo la más efectiva función de la fidelidad. Una asesina lección de lesa bailarinicidad.

Durán

DURÁN
Orlando Luis Pardo Lazo

La semana pasada vi a Durán. Durán bajándose de una ruta china de acordeón. P1 o P4. En Infanta, frente al Multicine, en la parada de la pajarera. A ras de la tardenoche fría de entresemana. Mientras la ciudad se maquillaba de toque de queda y cientos de personas ocupaban La Habana con sus uniformes de civil.

Durán. Más antiguo que la Facultad de Física. Más digno que su arquitectura siempre a medio restaurar. Y más loco y fiel que el resto de su claustro de profesores también. Técnico o Ingeniero o Licenciado o Doctor o acaso Cabo Durán. Igual me sobrecogió.

Con su traje republicano raído. Con su mandíbula siciliana de hombrón apuesto, aunque jorobado por el peso de tantas décadas y aulas. Afeitado o casi, como Dios o la Entalpía mandan. Súper-octogenario, supongo. Con olor. Cojeando o casi. Con una voluntad de isótopo radiactivo y todavía con cierto brillo cascarrabias en su mirada newtoniana.

Durán: un caguairán cuyos huesos de átomos nobles ya apenas se resisten al comején; un batallador de laboratorios ópticos y mecánicos, con su jabita de tela rebosante con las sobras gratuitas de un comedor post-proletario del siglo XXI socialipsista cubano.

Durán dura aún. Y delira, quizá.

Yo lo recuerdo en 1991 o 1992. En pleno apogeo del Período Especial. Entre alumnos y profesores expulsados de la Universidad por cuestiones más o menos idiotas de la ideología oficial. Gritando un tanto grosero cuando nadie parecía entender. Recuerdo incluso que solté un chistecito estúpido sobre su estampa y Durán de alguna forma lo notó. Pero no dijo nada en el acto. Estoica o escolástica o estocásticamente me dejó correr. Para luego aplicarme varias preguntas elementales que mi lógica de bioquímico barato no supo despejar.

Aprendí con aquella lección de Durán. Con toda mi apariencia cool y mi fuerza impulsiva de veinteañero, incluso triunfando en alguna posición futura, yo sería sólo un mocoso mientras no aprendiera humildemente a respetar a los que sí saben pensar.

Pronto habrán pasado otros 20 años: una segunda vida desde entonces. Durán hoy luce mucho más depauperado, a punto de remate, pero su alma estoy seguro que aún sigue vibrando con mucha más bomba que la mía.

Por eso quise narrarlo aquí. Para agradecerle su don de soldado con batas mugres en laboratorios de equipos siempre a medio destartalar. Para disculparme, aunque sé que no es necesario por parte de él. Para decirle en público que un alumno ocasional suyo todavía lo admira, y le desea un destino un poco menos ríspido para sus días. Para irme preparando mentalmente, sea escritor famoso o ignorado, para dentro de 20 o 40 años trastabillar a pie en las guaguas de la Cuba post-revolucionaria, acaso con los ripios de esta misma ropa con swing que estoy vistiendo hoy.

Duro, Durán. No me falles. Te conocí cuando yo era imbécil, sano y feliz. Por eso me voy a acordar de tu coraje o coraza hasta el final de mi tiempo muerto en esta ciudad: hostal inhóspito cuya árida aritmética no es más que un chapucero error experimental.

EN LA MUERTE DEL INGENIERO, EL PROFE QUE “NO ERA FÁCIL”, MI DESCONOCIDO TOCAYO DURANTE DOS DECANDENTES DÉCADAS DANDO VUELTAS EN CÍRCULOS EN EL MISMO CACHITO DE PAÍS

Orlando Luis Pardo Lazo

Lo vi durante años y años de movimiento browniano desquiciado en el corazón del Vedado. Cada cual afanándose en su propia ruina.

Él, cruzando la barrera de los ochenta, como un Castro de carretera (con su carácter ciertamente castrista pero no criminal), como un Cristo con traje y corbata de la República (aunque casi toda su carrera de Física ocurrió bajo las leyes lineales de la Revolución). Yo, cruzando la raya límite de la locura, de los treinta a los cuarenta, del Período Especial a los Años Cero (una década doble), tan viejo como “el profe” mismo pero con la mitad de su edad.

Caminaba con orgullo de caminante, con porte de ciudadano que se vale por sí mismo, sin patetismo quejoso de ninguna clase, el Ingeniero Durán. No se detuvo por más raídas que estuvieran sus ropas, por más que olieran a sudor de ser humano que ya no se sabe del todo asear (o que ya no vale la pena del todo perder el poquito tiempo que queda en eso). Yo lo veía desde taxis y guaguas, desde cines y citas, desde mi propio y pobre desasosiego que me reducía a un cero humano. Definitivamente patética mi mirada, al contrario que él, con lagrimitas incluidas que eran una especie de culpa en mis mejillas de un Orlando que también se iba quedando solo en medio del socialismo (los dos dejados atrás por la historia de una época que será, por suerte, la de la dispersión definitiva de nuestra nación).

Yo lo veía, como en un stop-motion ralentizado, y me tocaba por instinto en mis bolsillos. Cuando trabajaba para el Estado cubano, yo era un ser mezquino. ¿Qué podría ofrecerle al antiguo profesor de la facultad de Física? ¿Cien pesos cubanos (4 dólares), un tercio de mi salario revolucionario de profesional? La idea de entregárselo todo entonces no se me ocurría. Yo aún no había conocido ese tipo de solidaridad. Yo aún tenía pánico de salirme del sistema y “marcarme”. Pensaba que era posible acumular algo en Cuba y ser libre. Ignoraba que, en un cementerio, nuestras manos han de estar siempre radicalmente vacías. Ignoraba que la libertad, si no habita en tu alma, como dios, ningún policía o párroco te la puede insuflar (y mucho menos arrebatar).

El ingeniero Durán parecía libre. Me humillaba un poco su dignidad. Su coraje de no desmayarse, como a ratos siento en mi pecho yo.

Vivía en un palacete convertido en solar, por detrás de otro palacete privado devenido Museo Napoleónico, muy cerca de la universidad. Allí lo cuidaron hasta donde se dejó cuidar. Allí el vecinazgo sonreía a sus espaldas entre la sorna y la misericordia, susurrando que “el profe nunca había sido fácil”. Él los atacaba cuando podía y desconfiaba de ellos como si lo quisieran desvalijar de sus últimos bienes (también los quería, por supuesto, aunque ni en mil vidas Durán hubiera pronunciado eso en voz alta).

Su Departamento de Física intentó contratarlo justo hasta el final (hasta antier acaso), no tanto por el dinero y la comida, como para que no se convirtiera en otro mendigo por ahí, y para que siguiera siendo útil a sus pupilos más allá del retiro laboral y su pensión (sus pupilos, a los que ya él no tenía nada que enseñar excepto su biología de fierro, su experiencia recia de no dar jamás su testa a torcer). Parecía un vasco, un siciliano, un inmigrante de paso por este trópico donde todo flota violando la gravedad, mientras que él conservaba cierto empaque de criatura continental, de animal civil caído de otra Era Geológica.

A finales del 2012, cargué con un maletín de donaciones que el exilio cubano pone generosamente en las manos de muchos activistas libres dentro de Cuba (el exilio de los Estados Unidos de América, digámoslo con orgullo y sin resquemores). Medicinas y alimentos (temibles armas para tumbar al gobierno de La Habana). Todo de estreno, todo gratis. Y lo busqué, al Ingeniero. Hacía mucho que no coincidía con él por las calles. Nada más verlo, enseguida supe por qué. Durán estaba liquidado, el valiente guerrero. Su pecho hundido, la respiración a saltos, las mejillas huecas, los ojos alucinados, la ropa se le caía y mostraba con eso un pudor inviolable. Me dijeron que padecía no sé qué deficiencia respiratoria con complicaciones renales, pero eso es lo que dice nuestra medicina cuando no se molesta en diagnosticar lo obvio. Cáncer. Estoy seguro, es un deterioro tan típico. Y lo he visto en tanta gente buena a mi alrededor.

Le dije que el paquete se lo mandaban estudiantes suyos de medio mundo. No me creyó. Fui más específico en mi mentira. Le dije que eran dos o tres colegas que trabajaban en Suiza, en un ciclotrón, y me di cuenta que a partir de ese instante yo dejaba de ser Bioquímico y debía asumir su misma profesión. La palabra “ciclotrón” pareció iluminar su mirada. Le dije que nunca lo olvidaban, que muchos otros querían ayudarlo pero no sabían su dirección, que nunca lo había olvidado yo (a pesar de que apenas si recibí unas pocas Prácticas de Laboratorio de su mano, donde invariablemente él me suspendía con un reverendo 2, pero esto no se lo dije, claro, esto sólo lo sonreí para adentro mientras le ayudaba a ponerse la ropa después de hacer pis: con mi padre anciano nunca llegué a tanta intimidad durante su brevísima agonía).

Recuerdo un pujo que yo le hacía a mis hermanos del alma en la Facultad de Biología, a principios de los años noventa y de la barbarie. El Profe tenía una bata blanca en cuyo bolsillo decía ING DURÁN. Desde entonces ya era un cascarrabias insufrible. Y, en venganza, yo fabulaba para mis amigos y novias, tan jóvenes, casi adolescentes, que aquel membrete no quería decir INGENIERO DURÁN, sino que era una errata de IGNACIO DURÁN, que el Profe seguramente era un cocinero que se había colado, en pleno Laboratorio de Mecánica, desde el comedor de la universidad.

Y reíamos. Reíamos no porque fuéramos estúpidos (que lo éramos), sino porque estábamos todos muy tristes. Éramos tan frágiles y en el país se incubaba tanta muerte… Reíamos porque sabíamos que el tiempo de mirarnos a los ojos y amarnos se escurría a cuentagotas para nuestra generación.

Miré los ojos de Durán. Pregunté su nombre a la vuelta de un nuevo siglo y milenio. Me miró asombrado. Qué mala memoria la mía, Orlando. ¿Orlando? Orlando. Todo este tiempo el Profe se había llamado como yo, Orlando. Lo dejé pixelarse entonces entre mis lágrimas que no permití que él las notara. Me encargó bajar de su palomar rococó a comprarle un refresco gaseado en moneda nacional. Fui y viré. Me instruyó cómo reparar su agendita de papel, sobresaturada de contactos. Se la reparé lo peor que pude y la puse al sol, pues estaba mojada, no quise averiguar de qué. Tampoco me atreví a lavarme las manos.

Entendí que el Ingeniero Orlando Durán apenas si probaría una compota o media multivitamina Made in USA. Agradecí a las personas que lo rodeaban y les dije que, por favor, podían consumir lo que quisieran de ese paquete, dejando siempre la porción que el Profe necesitara (nada, a estas alturas él no necesitaba nada). La semana siguiente lo llevarían a un asilo médico gracias a una gestión con algunas monjas católicas, creí entender. Me colgué de su cuello y le aseguré que todo iba a estar bien, que no temiera, como hasta ahora, que pronto lo volvería a ver.

Hoy recibo un sms desde probablemente un ciclotrón de verdad, en Suiza. Su muerte me llega a varias veces la velocidad de la luz desde allí, desde un mundo donde la Física no depende de la Fidelidad. Adiós, Profe. Adiós, ING DURÁN (ingeniero o ignacio, ahora da igual). Adiós, Orlando.