Ojalá que nos recuerdes en tu vejez con amor

OPINIÓN

Adiós, Pablo, ojalá que nos recuerdes en tu vejez con amor

El concierto de Pablo Milanés en Washington: ‘uno se concentra líricamente en su lenguaje de luz’.

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

Washington 25 Oct 2021

Pablo Milanés en su concierto en Washington DC.
Pablo Milanés en su concierto en Washington DC. O. L. PARDO LAZO

El tiempo pasó. Pero no nos pusimos viejos. Pablo Milanés siguió siendo el querido Pablo de siempre. Y los cubanos continuamos amándolo hasta el fin de los tiempos —es decir, hasta la medianoche de hoy—, más allá de los siglos XX y sus revoluciones, así en la Isla como en ninguna parte. Eternamente, Pablito.
 
Esta velada de domingo en el exilio —como si en el exilio existieran los domingos—, en el Teatro Lincoln de Washington DC, en la capital de aquellos Estados Unidos que dieron forma de paranoia a nuestra infancia, Pablo Milanés vino a vernos de nuevo, como un buda salvado de la barbarie, como un padre benévolo ante sus huérfanos que se fugaron del aula —de la jaula—, para volver a cantarnos con su nuevatrovadoril voz de Pablo Milanés.
 
Una voz que bien podría ser lo último que muchos de nosotros recordaremos cuando nos llegue la hora de la verdad (ya nos llegó, pero aún no nos enteramos). Una voz con la que nos enamoramos de adolescentes y con la que soñamos hacernos grandes en Cuba (para terminar negándonos hasta geográficamente). Una voz que fue la banda sonora de nuestra biografía abortada probablemente en 1989, cuando Fidel Castro volvió a sacar a Cuba de la historia, y comenzó a cavar las catacumbas de una continuidad anacrónica.
 
Por entre los barrotes de las cuerdas vocales de Pablo, intactas en su eterna ternura, todo un país permanece a la espera de por fin despertar al presente. Pablo lo sabe. Pero no nos dijo nada en este concierto. Pablo está en la ciudad de la embajada cubana y es mejor no provocar demasiado al Mal. Ya bastante él ha hecho por el Bien con sus entrevistas extranjeras y en la meca de su Facebook. Ya ha posteado usando términos terminales del tipo: régimen, pueblo, encarcelado, sistema, fracasado.
 
Así que, por esta noche de diplomáticos apostados entre las filas del barrio, Pablo canta y calla, más allá de toda crítica o complicidad. Sonríe con sabiduría y usa de batuta su mano derecha para dirigir a sus tres músicos. Pablo sabe que el futuro pertenece por entero al futuro y que, en esta ecuación emancipadora, el Partido Comunista de Cuba hace décadas que se suicidó. Y no es estético ensañarse con un cadáver. Además, Pablo apuesta por “los jóvenes, que con la ayuda de todos los cubanos, deben ser y serán el motor del cambio”.
 
Sus lectores oímos el eco de ese post en el escenario, pero Pablo no le dice a su auditorio ni que sí, ni que no. Es parco en persona Pablo. Pero no importa, Pablo. Por pura cortesía de compatriotas del corazón, los cubanos sin Cuba nos congregamos junto a nuestro cantautor de culto, y cerramos filas junto a él. Porque, en estas United Solitudes of America, Pablo es un buen pretexto para escaparnos por un rato de nuestras alcobas anónimas, y convocarnos con desconfianza en la escena pública.
 
Víctimas y victimarios, igual todos pagamos en un app de Smartphone por una de las 1.215 butacas del número 1.215 de la Calle U del Northwest, a menos de una milla de la embajada cubana en DC, cuyos funcionarios nos tienen oficialmente prohibidos asistir a un concierto de Pablo en nuestro propio país. Pero no importa, Pablo. Porque la poesía está de pronto de nuestra parte. Porque el país somos los que perdimos el país, dentro y fuera del Archipiélago CUBAG. Porque una hora de milagros a la milanesa nos restaura la ilusión de una memoria colectiva sin crueldades ni crímenes. Y, también, porque todo trauma post-totalitario desaparece por una hora tras nuestra peregrinación pablística —no pocos hemos tomado un avión—, al ejercer nuestro sagrado derecho de llorar por los cubanos que íbamos a ser y ya nunca fuimos.
 
Cualquier concierto de provincias en Cuba, tendría mejores condiciones técnicas que este teatro umbrío, de cortinas encorsetadas y ratones en los restaurantes vecinos. Pero no importa, Pablo. Porque ante la presencia de Pablo uno se concentra líricamente en su lenguaje de luz, tanto como en su biología de bayamés bonachón de La Habana, y entonces pensamos, sin ponernos de acuerdo en votaciones libres y democráticas, si no será esta una despedida.
 
Y lo es, por partida doble. Balcanizados brutalmente por el mundo, ni Pablo ni ninguno de los cubanos podemos garantizarnos entre sí la epifanía de un próximo encuentro. Y, a la medianoche, cuando la carroza de la cultura cubana torna a ser otra de las incontables calabazas del castrismo, le pedimos perdón en privado a Pablo por nuestro escepticismo o acaso esterilidad.
 
La gloria que se había vivido nos traicionó a nosotros, y no al revés. Muchos se hundieron en el mar y nunca se enteraron del último de tus conciertos en el capitalismo. Y, más allá de la pérdida de nuestra yagruma y nuestro colibrí, ¿qué canciones corear ahora, cual si no pasara nada, cuando un pueblo dice “no” porque siente al mirar que nada acaba de cambiar?

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