Lichi EPD

OPINIÓN

Pensar a Lichi en verano

‘Todos los veranos yo pienso en Lichi con un cariño desproporcionado, porque nunca lo conocí en persona. Simplemente me da tristeza que Eliseo Alberto esté muerto.’

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

San Luis, 29 Ago 2020

Eliseo Alberto.
Eliseo Alberto. MILENIO

Todos los veranos yo pienso en Lichi con un cariño desproporcionado, porque nunca lo conocí en persona. Simplemente me da tristeza que Eliseo Alberto esté muerto.
 
También me da una extraña tristeza leerlo, en sus ensayos más luminosos y en sus ficciones más fallidas. Pero es una tristeza hecha de bondad y belleza, a la cual recurro cada verano para pedirle perdón al cubano que escribió Nadie quiere más a Cuba que yo.
 
Hoy por hoy, ese título se le ha devaluado tanto que casi es mejor que Lichi ni se entere, pues, a ras del primer cuarto del siglo XXI, la frase se reduce a que ya “nadie quiere más a Cuba”. En efecto, la hemos dejado huérfana. Acaso como venganza por esa otra orfandad en mayúsculas que no sabemos decir, La Revolución.
 
Por algún motivo misterioso, siempre se me pasa la fecha de su muerte, el 31 de julio, tras su tan esperada operación de trasplante renal, en Ciudad México. Dicen que el paciente terminal Eliseo Alberto también esperaba un trasplante de riñón en la Isla, prometido por el Ministerio de Cultura castrista, pero igual pudiera ser solo un rumor del Ministerio del Interior, para así recuperar póstumamente a su figura de las oscuras manos del exilio.
 
Lichi estaba por cumplir 60 años en el 2011, cuando falleció. Y yo vivía todavía en La Habana. Recuerdo que era un año feísimo en Cuba. Se sentía una aridez fétida en el aire, como en los cementerios descuidados. De hecho, Raúl Castro estaba a punto de asesinar clínicamente a Laura Pollán en un hospital de la capital cubana, y después desnucarían a sangre fría a Oswaldo Payá en una carretera, no de Oriente, sino probablemente de la provincia de Camagüey.
 
Yo ya me quería ir. Que Cuba se fuera al carajo, Lichi. Pero no me atrevía a decírselo a nadie, mucho menos a mis colegas de la sociedad civil cubana. Tenía miedo de que Yoani Sánchez me delatara, por celos célibes o por crasa complicidad. Tenía miedo de los colegios de abogados independientes y de las agencias de periodistas por el estilo. Por el hastío. Tenía miedo de los presos políticos y de los huelguistas de hambre que quedaban.
 
Yo había resistido por mí y por muchos mediocres de la elite intelectual. Me había hecho a mí mismo, salido de la nada de Lawton. El hijo único de María y Dionisio Manuel. Estaba orgulloso de mí y no se me quitaban las ganas de escribirlo todo en voz alta, cayera quien cayera. Incluido yo. Pero, a la vez, a mediados de 2011 el miedo me estaba cauterizando hasta la médula.
 
Necesitaba urgentemente un trasplante de corazón. Necesitaba enamorarme como en definitiva me enamoré, entre los estertores de la muerte cubana por todas partes. Un amor de ejecuciones extrajudiciales que serían puntualmente aplaudidas por el mundo libre, y silenciadas criminalmente por la disidencia cubana.
 
Curiosamente, por algún defecto mnemotécnico, siempre asocio la fecha luctuosa de Lichi con los finales de agosto. Cuando me voy a dar cuenta, hace ya casi un mes que pasó. Como ahora.
 
Le debo a Eliseo Alberto una palabra cuyo significado él prefirió en vida nunca averiguar. Según él mismo cuenta en Nadie quiere más a Cuba que yo, en diciembre de 1969, acaso por el cumpleaños de José Lezama Lima, Lichi recibió de manos de su autor una edición príncipe del poemario Enemigo rumor. Lezama Lima, por supuesto, se la dedicó: “Para Eliseo Diego (hijo), que a su vez será padre de poetas, pues su poesía nace en el reflejo lunar de la osteína…”
 
La palabra es, ostensiblemente, osteína. Estudié la carrera de Bioquímica en la Universidad de La Habana. Me gradué gratis en 1994, gracias a la Revolución, entre apagones y estampidas hacia el horizonte. En 1999, también de manera gratuita, la Revolución en la práctica me retiró mi Título de Oro de la Facultad de Biología, expulsándome del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología del Polo Científico del Oeste de La Habana, aparentemente por tener planes de residir en otro país.
 
Los agentes secretos del G-2 en el Consejo de Estado tenían la razón, toda la razón, y nada más que la razón, al despedirme deshonrosamente del CIGB. Porque yo todavía los tengo, por cierto: sigo cargando con aquellos mismos planes hipotéticos del siglo y milenio pasado.
 
En siete años de exilio, tras huir de Cuba en 2013, todavía no consigo adaptarme a la idea de que mi vida consiste ahora en residir en ningún otro país, sea Islandia o sean los Estados Unidos de América. En algún recodo innombrable del alma, yo sigo buscando aquella Cuba imaginaria a la que tanto ansiaba anclarme estando dentro de Cuba. Una isla íntima y no intimidante. Un país insistentemente inimaginable y, por eso mismo, de infinita riqueza irradiante.
 
Lichi, la osteína seguro que te sonaba a ostalgia en tu exilio mexicatl. Y tal vez esa sea su definición mejor en el verano de 2020. Pero, en el inviernito último de los años 60, la osteína no tenía nada que ver con comunismos calcificados, cuando Lezama Lima te la autografió con la ilusión de un futuro que a él entonces se le difuminaba, un par de diciembres antes de yo nacer.
 
Osteína, que viene de osteo. Una cosa proteica, proteínica. Cadenas retorcidas de aminoácidos que fueron anteriores y serán posteriores al marxismo insular. Una masa medio colágena que le da forma y fe a nuestros huesos. Y que se va perdiendo de la niñez a la vejez, según nos hacemos menos y menos elásticos de esqueleto. Es decir, más y más rígidos de espíritu. Fantasmas fosilizados.
 
Lezama Lima lo que te escribió en esa edición príncipe de Enemigo rumor fue que la poesía nace del reflejo de la luna, esa cabeza de hueso que flota sobre nuestros cráneos, rebotando en esas otras lunitas microscópicas que son las proteínas desnaturalizadas de nuestras cenizas.
 
Lezama Lima lo que te estaba diciendo en 1969 era que todos nos íbamos a morir, como satélites sin sol, en una Cuba sin gravedad que no quiere a nadie más que nadie, en la decadencia centrífuga de su odio revolucionario por todos y cada uno de los cubanos.
 
Todos los veranos desde tu muerte estuve tentado de regalarte esa palabra. Osteína individual de seres humanos versus el odio colectivo del Estado. Osteína triste de los mortales versus la alegría obligatoria de un Partido inmortal. Osteína no en contra, sino a favor de mí mismo. Y a favor de nosotros mismos, los sobremurientes, que a todos debemos nuestra sobremuerte.

Leave a Reply