Con la llama en la boca

Literatura

Con la llama en la boca

El escritor y académico Danilo Manera y la editorial Voland presentan una antología en italiano con obras de once narradores residentes en la Isla.

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 18/06/2009

La editorial Voland acaba de lanzar en italiano una antología de 150 páginas que se anuncia en portada como de “jóvenes narradores cubanos”. Se trata del volumen La llama en la boca, un compendio de 11 autores residentes en la Isla, antologado por el escritor y académico italiano Danilo Manera.

El libro incluye, además, un simpático y sintomático “Decálogo más o menos serio para comprender la cuentística cubana” (de José Miguel Sánchez, YOSS) y el epílogo “Huérfanos y fantasmas”, donde Manera rinde cuentas de su peculiar manera de leer el contexto local, más allá de lo literario. De hecho, estos dos textos resultan tan creativamente polémicos, que bien podrían leerse como las dos ficciones más experimentales de esta antología de Voland 2009.

Los jóvenes antologados ya no son, por supuesto, tan jóvenes: el promedio de edad es de 33 años. Pero eso en el campo literario de la Cuba contemporánea significa que sus carreras como escritores están todavía en la eterna fase de despegue (abrir las alas de una voz propia y cortar con el tren de aterrizaje de nuestra tradición).

Es decir, se trata de autores que ya ganaron algún premio de importancia numismática, que publicaron algún volumen en una editorial nacional o en una antología foránea, como La llama en la boca, y, por supuesto, que egresaron del Taller de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (ese atelier ecuménico de narrativa, dirigido con rigor y perfil ancho por el escritor Eduardo Heras León, hangar donde cada año aterrizan decenas de precisamente “jóvenes narradores” de todo el país).

Los once antologados, en orden escénico de aparición en esta nueva cena de la narrativa cubana fuera de Cuba, son: Yunier Riquenes (Granma, 1982), Michel Encinosa Fú (La Habana, 1974), Osdany Morales (La Habana, 1981), Mariela Varona (Holguín, 1964), Ahmel Echevarría Peré (La Habana, 1974), Delis Gamboa (Granma, 1976), Agnieska Hernández (Pinar del Río, 1977), Yordanka Almaguer (La Habana, 1975), Raúl Flores Iriarte (La Habana, 1977), Gleyvis Coro Montanet (Pinar del Río, 1974) y Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979).

‘Se va, desaparece’

Desde el inicio de su proyecto, según declaró en una entrevista exclusiva, el antologador Danilo Manera decidió incluir sólo a narradores residentes en la Isla: “Como un observador desde afuera, que sabe que una parte imprescindible de la literatura cubana hoy se escribe fuera de Cuba (tal como ha pasado en muchos países y épocas), elegí la perspectiva de quienes viven y escriben desde Cuba, con todos los que elementos inconscientes de autocensura y demás que esto pueda implicar, aún cuando algunos de estos autores se declaren en un estado de exilio interior, concentrados en la página como un espacio de libertad”.

José Miguel Sánchez (YOSS) en su texto teórico parece apuntar en parte esta idea, cuando afirma que “salvo aquellas raras excepciones referenciales en sentido positivo o negativo […], cuyas obras más famosas llegan y pasan de mano en mano, se supone que los narradores cubanos que han abandonado la isla de uno u otro modo no influyen mucho sobre el corpus cuentístico nacional. Lo mismo pasa con los escritores marielitos y Cuban-Americans, por exitosos que sean […]”.

“Es casi regla que cuando un autor se va, desaparece. Prácticamente se le deja de publicar en Cuba, y hasta de hablar de él”, mientras que “otros autores vivos y residentes en Cuba, pueden ser muy conocidos afuera mientras que adentro su fama es apenas un lejano eco”.

De cara a un lector extranjero, La llama en la boca supongo sea una novedad editorial en todos los sentidos. De cara a los pocos escritores cubanos de Cuba que accedan al libro (incluidos los propios antologados), muchos de estos relatos ya son demasiado conocidos por haber circulado aquí durante los últimos años. De un modo diaspórico y no monolítico, estos autores (entre otros nombres que brillan por su ausencia) constituyen la generación de los Dos Mil o Años Cero, cuyas obras, siempre que no crucen el límite de lo oficialmente ilegible, han ido venciendo la resistencia innata de las editoriales nacionales.

Según abunda Danilo Manera, estos “son textos que no tienen un cariz muy crítico y nunca son directos. La estética de esta generación me parece ecléctica e inclusivista. Tienen una gran bulimia, deseos de abastecerse glotona e irónicamente de muchos referentes: de los clásicos al pop, de la ciencia-ficción al splatter, de las súper-estrellas del cine a las de la canción; más zonas intergenéricas de cross-over, de fusión, de parodia, con gran habilidad en el montaje de todos estos materiales. Esta literatura pesca en un imaginario virtual y global, y un espacio típico de sus creadores es la dimensión de los e-zines (como Cacharro(s) primero y ahora los blogs), pero como autores ellos se expresan muy a menudo en primera persona, tal vez para darle una fuerte connotación de experiencia al texto como desahogo ante la desolación: sea un canto o un grito…”.

En términos de YOSS en su irónico decálogo, se trata en parte de un fenómeno reactivo y “academicista” contra el “realismo sucio periodístico” ya agotado temáticamente tras tantos estereotipos de “jineteras, rockeros, gays, seropositivos, policías venales, funcionarios sobornados, faltantes (eufemismo cubano para los insumos robados) en casi todas las empresas, robo institucionalizado en las aduanas, y demás”.

En ese “bandazo al lado contrario”, surgen entonces lo que él llama “cuentos extraños”: “sofisticados, juegos intelectuales de salón, lo más académicamente lejanos posible de esa vulgar y demasiado descrita realidad. Arabescos de lenguaje. Pura atmósfera, rara vez historias. Preciosistas masturbaciones mentales que arrasan los premios nacionales de cuento y vienen publicados sin ninguna objeción oficial… ni mayor respuesta de público, por desgracia”. Al punto de que “a menudo ni se sabe si son textos de ficción o ensayos”: “¿post-literatura” o “simple miedo a la realidad que cada vez se pone más complicada?”.

Libros como tarjetas de visita

Menos beligerante al respecto, acaso con la lucidez libre de censuras del profeta fuera de su tierra, también a Danilo Manera (lo mismo que al crítico cubano Jorge Fornet) le “llama la atención” esta suerte de “compromiso paradójico de ser lo menos cubanos posibles. Es decir: limar, filtrar, renunciar a cada señal toponímica o topográfica. En estas obras, la retórica oficialista o el discurso ideológico se perciben como el ruido lejano de un televisor en otra habitación, casi como un defecto de fábrica en el ambiente. Ni siquiera es un fastidio, sino una desconexión, rechazar voluntariamente todo compromiso testimonial: la sorpresa del actual contexto no tiene nada que ver con las sensaciones reales de la vida y sus formas de expresión en estos autores. Ya la Cuba del Período Especial, y mucho más la precedente, han sido enunciadas. De manera que, aún cuando puedan reconocerse rasgos de la realidad histórica, ahora se elaboran atmósferas de sensaciones alucinadas, y ya la anécdota no interesa tanto como una perspectiva muy particular, íntima y a la vez cósmica, donde importa más el estado de ánimo de un personaje en situación límite que sus coordenadas reales”.

Catalogado por él mismo como un “pequeño pirata intelectual, donde mi botín son las historias, emociones, sueños y capacidad de expresión”, Danilo Manera, durante más de una década, ha lanzado en Italia varias antologías de literatura cubana, en las que asegura nunca haber buscado “un sabor local en términos folclóricos”.

Su esperanza es que estos libros funcionen como una “tarjeta de visita, un primer momento de encuentro” para los autores de este “grupo abigarrado, lo que da idea de vitalidad”. Aunque reconoce que “la literatura tiene espacios limitados”, él confía en que también tenga “un poder que a veces desconocemos, pues le habla a las mentes y los corazones”, lo que en el caso de Cuba podría ayudar “a tener una idea más rica y completa de este país” en Italia y en el resto de Europa, donde Cuba siempre “despierta tantos estereotipos y polarizaciones”.

Sin importar ahora el gusto o disgusto por sus autores y textos (los residuos no incluidos son también otra manera de narrar), La llama en la boca (Voland, 2009) me parece ciertamente pensada más allá de nuestra tan común vocación de antologar como mero archivo temático o museíto generacional.

Porno para Baby

Opinión

Porno para Baby

¿Caben en la blogosfera cubana tanto los delirios disidentes de Gorki Águila como la ‘iconofilia en jefe’ del reguetonero Lores?

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 16/07/2009

En el mejor de los casos, la blogosfera cubana simula una enciclopedia de falacias que roza el analfabetismo ilustrado. En el peor, supura puro fascismo de Recycle Bin.

Nuestra noción de nación futura ya está 100% virtualmente representada allí, en la world wide wuba. La comentariada cubana refleja las mismas taras y atrocidades de la tradición nacional, el mismo espíritu policíaco a la hora de leer sin humor, la misma falta de elegancia preburguesa primero y posproletaria después, el mismo lenguaje cársico de una intolerancia casi ininteligible, los mismos ataques ad hominen (el cubano es el lobo del cubano): en resumen, el chancleteo semiótico de un pueblo protopresidiario que se aburre a pan y circo frente al monitor.

El caso de Baby Lores y su reguetón sobre Fidel Castro, colgado en YouTube, es sólo nuestro último escandalito virtual.

Es como si no quisiéramos desmarcarnos de nuestra Historia en el reino libre del ciberespacio. Los actos de repudio en tiempos de Revolución, los asesinatos extrajudiciales durante la República, los campos de concentración coloniales (entre otras heces exquisitas): es como si esa tara tétrica debiera ser replicada ahora en el espejo o espejismo de la internet. Un fatalismo.cu, un flatulento fatum sin forum.

El caos de Baby Lores no importa. Se trata sólo de un indicio de nuestra mutua iniquidad, un síntoma significativo de nuestro know-how (el aullido como fenotipo del poder). En tanto intelectual de límites, me da grima tanta pobreza expresiva.

Cuando el piquete punk Porno Para Ricardo despotrica contra El Comandante en un tema homónimo, a nadie se le ocurre pensar que se trata de una cancioncita diáfana y no de un oscuro complot. Es un chiste, aunque les haya costado muy caro a sus autores (en arte, la represión no cuenta). Es un gesto radical que hace cortocircuito entre lo cómico y lo macabro, pero interpretado por músicos y no por políticos profesionales.

Como toda música, tiene menos de protesta que de carnaval. Uno puede incluso cabecear al ritmo de El Comandante de Porno Para Ricardo, pero no se trata en absoluto de una sesión del Parlamento cubano en transición. Nuestro Edipo Rev no debería cegarnos tanto.

Cuando Baby Lores compone su show audiovisual comandantesco recibe, por un lado, una tunda de ofensas personales de pésima calaña, y, por el otro, la sesuda censura oficial. Y otra vez a nadie se le ocurre pensar que las opiniones de un autor pueden mutar de tema en tema, sin perjuicio de su credibilidad. No se trata de un demagogo ni de un predicador, sino justamente de eso: un show-man, una máquina de significados, un ente eminentemente excéntrico en tanto creador. La Ética podrá ser útil así en la calle como en la academia, pero aplicarla a rajatabla a la Estética se llama Inquisición.

Los anónimos, un jaque a la autoridad del autor

Creo que Cuba carece de un sentido cultural para el espectáculo. Nuestro escepticismo nos torna cínicos al punto de lo criminal. Somos fundamentalistas desde la teoría hasta el cabaret. Esto nos convierte ipso facto en pacatos desfachatados, en ascetas hedonistas, en hipócritas verosímiles, en represivísimos libertinos. No denosto, apenas describo. No me quejo, sólo acoto. No hay rabia, acaso razón.

Yo mismo he sufrido en texto propio las advertencias predelictivas de semejante lectura fiscal. Cuba confunde ex profeso texto con contexto, acto ficticio en primera persona con auto testimonial bajo palabra, libertad artística con mala fe de interpretación penal. Me pregunto si no será contraproducente la moda de permitir esa Blitzkrieg de comentarios cubanos. Esa (mala) suerte de anonimocracia constituye un jaque al descubierto a la autoridad del autor. Como en las nacioncitas arrasadas por el crimen organizado, puede que en Cuba cada vez sea menos recomendable firmar una obra (limítrofe o no).

La blogosfera cubana debía ser más esférica y menos cubana. Millones de huecos alternativos entrelazados (por primera vez tocan a infinitos por persona: no hay libreta web de racionamiento), pero independientes. Incontables catástrofes contadas desde cualquier recodo del planeta: un parque temático Cubaworld donde quepan tanto los delirios disidentes de Porno Para Ricardo como la Iconofilia en Jefe de Baby Lores: la www debiera abolir nuestra lógica provinciana de vigilancia y castigo.

Nada de mega-movilizaciones ni super-encuestas. Nada de monolitismo colectivista y todo de elitismo privado. En última instancia, nada de democracia: la blogosfera cubana, por contraste con el plano social, se merece menos “demos” y más “creatividad”.

Sospecho que difícilmente tal sea nuestro escenario. La Ley de los Máximos Hits manda. Nuestros lectores ya no desean la molestia de ningún autor. Después de tanto monólogo maniqueísta hiperpolitizado, hoy todos quieren escucharse a sí mismos. De manera que el Otro es sólo una justificación para autorreafirmarnos. Ni siquiera se lee para negar, sino para ningunear. Así, cliqueamos de página en página y cloqueamos los comentarios a nombre de nuestro dios El Lugar Común. A semejante énfasis perverso en la nada cubana se le denomina, supongo, Identidad Nacional.

El arte no cambiará el mundo

Artes Plásticas

«El arte no cambiará el mundo»

Sandra Ramos revela algunas claves de su última muestra: ‘Las Ruinas de Utopía’.

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 12/03/2009

La galería Villa Manuela, en el traspatio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), también puede ser un escenario propicio para el ya no tan nuevo arte de hacer ruinas. La artista plástica Sandra Ramos (La Habana, 1969) inauguró allí el pasado 13 de febrero una exposición personal con un título recurrente dentro de su poética: Las Ruinas de Utopía.

Algunos teóricos tétricamente han descrito su obra como poética del aislamiento, temor al olvido y la intrascendencia, y hasta ilusiones infantiles frustradas por una adusta adultez. Así que yo, por supuesto, fui a verla en busca del desastre del día a día y enseguida me sentí discretamente decepcionado. Como tantas veces ha ocurrido con su obra, esta muestra de Sandra Ramos se desmarca de Sandra Ramos sin dejar de ser ella en ningún detalle.

Le pregunté si no era riesgoso apostar por la sorpresa del público pero, según la autora de Las Ruinas de Utopía, el único sorprendido ese viernes 13 de febrero debía ser yo: “Siempre he llevado varias líneas de trabajo en paralelo. Se conocen mis grabados y pinturas por ser lo más biográfico y local, pero mis instalaciones, que son más universales, reinciden en ciertos componentes y temas sociales como la migración, por ejemplo. El cliché de la obra más difundida nos ubica en un contexto muy limitado. Tal vez por eso el 20 de diciembre de este año lanzaré un catálogo exclusivamente con mis instalaciones”.

Partes decomisadas

La exposición Las Ruinas de Utopía, como si fueran las partes de un cuerpo o una casa decomisada, está dividida en tres áreas: 1) “El sueño de la razón”, una videoinstalación con cajas de luces como tarimas de mercado (imágenes amateurs importadas por la propia artista desde Toronto, Canadá); 2) “Entropidoscopios”, una fotoinstalación a través de tubos a medio camino entre el calidoscopio y nuestro ojo voyeur (fotos descargadas de cualquier fuente a mano de la autora); 3) “Caminos paralelos”, una doble instalación giratoria donde convergen, con precisión de rueda dentada, transparencias de La Habana y de ciudades emblemáticas del mundo. Mi impresión inicial fue la de un umbrío parque temático de diversiones. Y semejante corte con lo artísticamente correcto me entusiasmó.

Cada pieza de Ramos transpiraba glamour y frialdad, algo aséptico o tal vez escéptico, pero nunca estéril: un cortocircuito entre realidades irreconciliables de tan contemporáneas, una relación del tipo materia/antimateria, contrarios complementarios que se anulan en luz cuando colisionan. De hecho, la sala expositiva de Villa Manuela tendrá por estos días un diseño luminotécnico espectral: de la penumbra a las altas luces de animación (como en el cine), más ese batir digital de alas onírico-racionalistas que todavía ha de producir muchos monstruos.

Más que ruinas, leí aquel montaje como las runas mitad fósiles y mitad futuristas de esa obsesión humana que ni siquiera nuestro siglo XXI consigue del todo exorcizar: el paraíso terrestre, que está siempre en todas partes y en ningún tiempo y lugar.

Sandra Ramos lucía jovial durante la inauguración. Ni asomo de distanciamiento por sus incontables premios, becas, exposiciones, museos y mercadeo internacional. Que recuerde, nadie se dirigió al público de manera formal. La artista parecía confiar en que ante sus ruinas utópicas sobraban las palabras.

Las Ruinas de Utopía tiene mucho que ver con los contrastes entre pobreza y riqueza, guerra y paz, pasado y presente, lejos y cerca, privado y público, etcétera. Y también con los desplazamientos simultáneos que afectan nuestra vida. Y no sólo entre países, pues dentro de una misma ciudad se notan esas grandes diferencias que me interesan para mi obra”, sostuvo Ramos.

“Los temas son los míos, quizás desde una visualidad más abierta: las ruinas de la utopía del pensamiento y de la posibilidad de un mundo realmente mejor, más igualitario. Esto es un problema cubano, por el sueño revolucionario y lo que se ha frustrado, pero también es mundial, donde hay tantas desigualdades por resolver, pues conviven muchas culturas y sistemas filosóficos que entienden la vida de manera diferente. Los niveles de desarrollo desiguales, en un momento histórico de comunicación tan grande, provocan que ya ningún espacio esté aislado y que los conflictos sean más evidentes: existen vías como internet para acceder a las ideas al margen del control y la oficialidad”.

En serie y en paralelo

La tardenoche de la inauguración varias decenas de personas recorrimos alternativamente los tres momentos de
Las Ruinas de Utopía. Ramos apunta su retórica no por vaciamiento, sino por acumulación de imágenes en serie y en paralelo: cuerpos, caras, alambradas, artes marciales, llagas, frutas, carnes, favelas, rascacielos, joyas, maquinarias, maquillajes, helicópteros, explosiones, cirugía, multitudes, flores, lápidas, y un hipergeométrico etcétera. Y, sin embargo, de este alef policromático no emerge ninguna cosmogonía. Hasta el arte conceptual es hoy por hoy más concreto de lo que aparenta.

“Para mí la creación no es un proceso agónico, aunque exponerlo pueda hacerse terrible por cuestiones de producción. Es algo catártico, pero disfruto la suerte de poder hacerlo: relajarme y soltar mis demonios y hasta ser una persona más normal que si no creara. Uno siempre se expone a la opinión ajena, pero es un juego y una forma de retarme a mí misma en términos de expresión: una mezcla de ironía y dolor ante cualquier carencia, lo que no excluye la levedad”, opina Ramos.

La artista agrega: “Quisiera que mi arte dialogara con la mayor cantidad de contextos posibles: viajar y enfrentarme a todo tipo de obras ha influido en las formas de hacer que conviven en mí. Pero con la experiencia uno se vuelve menos utópico. En arte, nunca pienso en términos de competencia o intención de destaque. Aunque creo en su papel como elemento movilizativo de lo social y lo político, nunca tuve la ingenuidad de creer que el arte iba a cambiar el mundo, si bien sí sirve para que la gente reflexione un poco”.

Como de costumbre, Las Ruinas de Utopía fue curada por la propia creadora. En el lujoso brochure de la exposición ella cita a un Foucault en fuga, y se despide con una visión del arte como una de esas “alternativas contemporáneas” de “espacio heterotópico”. Léase: “un sitio donde sentirnos cómodos y coger aire para empezar a soñar nuevas utopías”.

Por suerte, tomé algunas fotos y vídeos ese frío anochecer de viernes 13. Un par de semanas después volví y una bostezante custodio no me dejó ni sacar la cámara tan pronto como le hablé en cubano. “Todo lo que hace un artista siempre tiene algo de autobiográfico”, me había confesado Sandra Ramos. “Por eso en mis instalaciones reciclo cosas que se nos van quedando en la mente, todo un bagaje de imágenes y colores sacados de aquí y de allá: otra fuente para la memoria que afecta nuestra manera de percibir el mundo, incluso inconscientemente”.

Lamenté entonces no poder sumar un fotorreportaje diurno a mi autobiografía de escritor. Por algún extraño motivo, ahora paladeo mejor el más reciente desplazamiento de Sandra Ramos: una artista plástica capaz de patinar sobre el hielo sucio del diario desastre y, sin embargo, esquivar los lugares comunes del costumbrismo más coloquial (su mirada bien podría ser la de una turista de la realeza holandesa). La fuerza y el candor de su obra (más allá de utopías cínicas y ruinas cíclicas) se juegan toda su efectividad en esta tensión entre simbología provinciana y hálito planetario. Semejante lección de rigor y relajamiento espero nunca olvidarla a la hora de narrar.