Pánfilo y Neda conectados

Tecnología

Pánfilo y Neda conectados

Usar internet o aparecer en ella puede traer en algunos países consecuencias físicas serias.

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 27/08/2009

¿Cómo se garabatea la palabra Pánfilo en persa? ¿Y el nombre de Neda en argot cubano? ¿Cuál sería la clave de ambos vocablos en uno de esos crucigramas cromañónicos de la revista Bohemia? 1-Vertical, él; 2-Horizontal, ella.

Busco en Google, pero no hay respuesta que valga la pena. No sé por qué últimamente no encuentro nada nuevo en la www. Me tengo que conformar con lo que todos sabemos. Lo que empezó como una fuga de mpg y twitteos, implicó la irrupción iracunda de la muerte iraní. Lo que era chiste pixelado, mitad etílico y mitad gonzo, culmina con una condena cómplice en un calabozo cubano.

¿Existe conexión? ¿Fue Neda un augurio insular o el canto de cisne de la más reciente ciber-generación? ¿Será Pánfilo la primera víctima criolla de una frustrada revolución en farsi? ¿Cuál es el cortocircuito entre la muerte roja de ella y la sobrevida verde de él? ¿Desde cuándo nadie en Cuba lee los indicios en blanco y negro de los crucigramas?

Me desconecto con una decepción html que bien podría devolverme a la era analógica de la pluma de ganso o aún antes, cuando la escritura incluía cierta fe lapidaria en la verdad.

De pronto, siento que es obsceno comentar sobre esta pareja dispareja de Neda y Pánfilo (un par trágico, como todo dúo mediático desde Oliver y Stan). Tampoco me sabe bien despotricar sobre ellos como iconos de no sé qué redención contra no sé cuál despotismo.

Tras la experiencia posmoderna de un lenguaje devaluado, la razón luce ridícula ante la acción pura. Más que opinar, habría que dejarse rajar el cráneo veinteañero, como Neda, por una bala electoral correctiva del Estado. O habría que filmarse un clip, como Pánfilo (que desvarió más que opinó), donde repitamos su espontáneo chascarrillo colgado por el cuello en YouTube. El resto es retórica de la resistencia.

Internet trae consecuencias físicas serias

El mensaje de las autoridades ha sido en los dos casos muy diáfano: internet trae consecuencias físicas serias (sería cruel añadir “pregúntenle a un adolescente chino llamado Deng Senshan“) y, como tal, su uso performativo nunca será pacífico en nuestros países. La clave equívoca de este puzzle radica aquí en el posesivo: nuestros, ¿para qué?

Internet es un fenómeno políticamente desterritorializador (se comparten valores virtuales que, sean justos o asesinos, no tienen nada que ver con el contexto hiperreal desde donde se lanza la conexión). Muta el mapa de vecinos y antípodas, y ya no es tan funcional la noción patria de aliado/enemigo (las leyes locales de pronto parecen inexplicables e inaplicables en una aldea global).

Las esperanzas online tienen mucho de espejismo y también de enfermedad. Aunque en la web todo parezca quedar a sólo un click de distancia, eso no quita que ese click sea el de una pistola que nos apunta a la sien (en formato Makarov y no mp3).

Por el momento, pensamos con pesar en Neda y Pánfilo y Deng Senshan. Pero igual seguimos jugando con el mouse a escapar de un gato con botas y sin cascabeles. Buscamos una brecha en la cuarta pared de este teatro wireless, para al cabo toparnos con la quinta pata del Estado. Nadie escarmienta por conexión ajena.

Sin embargo, dado que la desmemoria es una consecuencia de las crecientes velocidades de tráfico y capacidades de almacenaje, en breve reciclamos nuestros links favoritos con nuevos nedas y pánfilos y dengsenshans. Los posts pasados son apenas history de navegación. Cuando más, un banner por el aniversario no sé cuál de no importa demasiado ya qué. Y así hasta el día en que una bala póstuma o sentencia profiláctica o paliza pedagógica nos tira de cabeza o en cuatro patas off-line.

Quién sabe si por fin para entonces Google, ese superbuscador a medio camino entre la democracia y la delación (los blogueros comprenden mejor que nadie esa inseguridad que hace de internet una interpol del IP), tendrá acerca de nosotros alguna respuesta que valga la pena o la novedad.

El otro ‘concierto’

Música

El otro ‘concierto’

¿Planearon las autoridades cubanas boicotear el espectáculo poniendo nerviosos a Juanes, Bosé y sus acompañantes?

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 25/09/2009

El súper-concierto de Juanes y varias estrellas musicales en la Plaza de la Revolución ha pasado por fin. En cierto sentido, ha sido el más político de los conciertos celebrados jamás en Cuba: de un lado, el gobierno tuvo que tragarse (y anunciarlo así en la prensa oficial) cualquier conato de propaganda a priori; del otro, los músicos debieron rendir cuentas hasta el cansancio ante la opinión pública mundial, acerca de qué podría pasar o no en La Habana.

Ambos bandos, por lo demás, harían como si no recordaran del todo la legitimidad del concepto cincuentenario de Revolución. La regla de oro, por primera vez, sería ignorarla en tanto pilar histórico nacional (táctica inicial de la mayoría de las transiciones políticas).

La audiencia de medio planeta fue reaccionando ante cada avance y retroceso de las negociaciones como si asistiera a un ring de boxeo, incluidas bravuconadas y hasta piñazos digitales. Mientras, el público pasivo local no pareció enterarse de nada hasta que llegó la hora de abarrotar la arena y gritar.

La televisión cubana sí aprovechó para estigmatizar una vez más al exilio como un todo (o un lobo), así como para hermanarlo con cualquier criterio independiente emitido desde la Isla. Al respecto, por primera vez se transmitió de punta a punta del país un texto del blog Generación Y, si bien no citaron el nombre maldito de nuestra sigloveintiumnidad: Yoani Sánchez.

Afuera también se idearon contra-conciertos y pro-conciertos en paralelo con el original. Más allá de las piras de discos y las aplanadoras, el laberinto de opiniones y opciones amenazaba con hacerse infinito o, al menos, ilegible. Todo el que pudo trató de protagonizar una parte del espectáculo (excepto el funcionariado interno, auto-censurado por una especie de omerta a actuar y callar). Se hizo un silencio gratificante como augurio de la música, amplificada a tope de volumen entre el Martí de mármol y el Ché de metal.

La abulia de nuestros fines de semana se evaporó. Una vez más, todo cambio se cuela en Cuba exclusivamente desde el exterior (de ahí, tal vez, la insistencia institucional de no considerar obsoleta ninguna barrera). Incluso a los ensayos del sábado 19 asistió un público entusiasta, pero aún escéptico. A última hora algo podría salir mal. Y, de hecho, casi salió.

El pertinaz reportaje con que nuestros aparatos de seguridad cubren ciertos tipos de eventos esta vez fue muy grosero o, de lo contrario, habría que sospechar que planificaban auto-boicotear el concierto. Los nervios de los músicos desafinaron. En un clip de audio grabado a ras de pasillo, las voces a coro de Juanes y Miguel Bosé vibran con esa emoción, perdida entre nosotros, de quien se asume inocente. El cantante colombiano habla en específico de “juventud cubana” y de “futuro”; es obvio que su concepto es un corte condescendiente con cualquier Cuba anterior.

Esos parlamentos espontáneos fueron el verdadero concierto “Paz sin Fronteras” de La Habana. Hay mucha más vibración humana en ese mensaje que en todos los slogans que se soltaron en vivo (y después se citaron hasta el cansancio por los cables de cada agencia, acreditada o no tanto).

Los mecanismos de recogida y advertencia policiacas se activaron con eficacia: Cuba entera está más que “lista para la ofensiva” en su primera etapa. La “lista” de Juanes es larga y penosa como una enfermedad terminal. Otros fueron sometidos directamente en público por portar palabras sobre sus pullovers o en un cartel. Se llama libertad de extorsión y, aunque no sea legítima, seguramente es legal.

Menos de doce horas después, por supuesto, los periódicos se soltaron a vanagloriarse con su prosita pétrea de patria. Y también se televisó un apologético documental de emergencia que no me asombraría que en parte hubiera sido filmado días antes.

No obstante, la explosión mediática atizada por Juanes y compañía ya comienza a rebotar hasta en los correos .cu intranacionales. El concierto fue un exitazo, aunque no entendimos nada de lo que efímeramente pasó: Esas horas de música fueron tan breves porque es probable que no se repitan jamás (el próximo concierto nos concierne aún menos que éste). Ahora, para cuando vayamos metabolizando el sol de la alegría dominical con los chismes semanales de los atropellos, ya será muy tarde para reaccionar. Y esa inercia se llama gobernabilidad.

No hubo histerias de recibimiento ni acoso fetichista a los súper-artistas. Ni un 0,01% de su público en la Plaza de Revolución se preocupó de despedirlos en el aeropuerto. Son síntomas clínicos de una solemnidad no tan educada como edulcorada. Una gravedad sobrecogedora que tensó hasta las lágrimas todo el espectáculo de La Habana. El llanto catártico de los cantantes no cubanos podría ser una buena prueba: más que de una despedida ante el pueblo, podría inferirse una despedida de duelo.

Sube el telón y baja el telón: ¿está muy “en llamas” la obra…?

La conciencia intranquila

Sociedad

La conciencia intranquila

La influenza A, como la conjuntivitis o el dengue, es un fantasma viral que recorre la Isla.

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 05/10/2009

Viernes tras viernes, yo compraba el Granma para ponerme aún más paranoico al leer el parte oficial de los casos cubanos de gripe H1N1. Pero ya ni eso. El detalle es que ya no hay datos.

El virus de la influenza A ha dejado de tener influencia entre nosotros. Tal vez como noticia no vende: son rezagos clínicos de nuestra mentalidad de mercado, supongo.

Sin embargo, una amiga me llama desde Matanzas medio aterrorizada. Cuenta de un vecino fallecido fulminantemente en horas. También de niños. De cuarentena y puestos de mando en los hospitales. A lo peor exagera, eso no importa. Lo obvio es que ni ella ni su bebé quieren morirse en esta temporada planetaria de caza (Vade Retro, Guadaña).

Como fiel lector del periódico Granma, yo también le quito importancia al asunto. La tranquilizo con mis mejores falacias argumentales (no por eso menos sinceras): me desespera la idea de que ella esté tan lejos de mí y se esté sintiendo tan insegura desde su ignorancia de sí saber lo que pasa alrededor.

Por lo demás, le recomiendo que evite las grandes aglomeraciones de gente (en Matanzas dudo que quede alguna: en La Habana acabamos de tener el jolgorio de Juanes). Y le imploro o impongo que nunca nunca nunca coja camiones ni guaguas, porque el proletariado te tose en pleno rostro y sigue su viaje tan campante como si nada (incluso se ofenden hasta llegar a los puños si alguien protesta por el salivazo).

Cuelgo el teléfono. En el noticiero de televisión de los viernes creo que también releían el parte de la prensa oficial sobre la epidemia cubana de H1N1. Pero ya ni eso tampoco. H0N0: Habanada nuestra que estás a punto de ingreso, innominado sea siempre el nombre de tu enfermedad…

La influenza A, como la conjuntivitis o el dengue, es un fantasma viral que recorre la Isla de cabo a cabo. Los programas del Estado para combatirlos están vigentes de gratis, por supuesto, pero serán tan funcionales como lo permitan su personal emergente y un presupuesto de emergencia.

Así que, por el momento, seguimos careciendo de una narrativa coyuntural. Nos falta el relato realista que reflexione sobre este o aquel fenómeno patológico. Por eso fermentan tan bien entre el público (nosotros, los sobreleyentes) la fe fundamentalista y la falsa ficción. Por eso mi amiga llama desde Matanzas aterrorizada y medio, y por primera vez no le da pena conmigo pronunciar a pelo la palabra perdida Dios.

Y es que todos queremos sobrevivir a esta temporada planetaria de caza (Vade Retro, Granma). Aunque sea para seguir leyendo el periódico de página en pánico, displicente pero disciplinadamente hasta el fin de los viernes: la no-noticia también vende, y mucho más que cualquier esquela estadística sobre esta o aquella patología fenomenal.

La crisis de Cuba se me antoja entonces de una naturaleza no tan grave como groseramente gramática. Un tema que pasa no tanto por la noción de legalidad o elegibilidad, por ejemplo, sino por nuestra limitadísima legibilidad en tanto nación.

El que lee, puede. Toma, lee (aunque este axioma agustino siempre me sonó a castigo físico: un manotazo que te obliga a leer). Toda lectura es libertad residual de asociación, lo que en Cuba resuena casi como un delito o al menos un acto predelictivo. Por este camino, hasta el periódico más despótico no puede evitar convertirse en un arma de infinito filo liberal. La letra impresa es perversa. Y leer por ausencia podría ser ahora nuestro más radical ejercicio cívico de alfabetización.

Sin embargo, aunque hago el máximo esfuerzo para evitarlo, no logro dormir con la conciencia tranquila tras calmar por teléfono a mi amiga madre en Matanzas. No me adapto a los silencios clínicos de nuestra mentalidad de Estado, supongo: no adopto del todo los protocolos cínicos a la hora de cubanamente leer.