«Podemos levantar la otra parte del edificio»

Quinquenio Gris

«Podemos levantar la otra parte del edificio»

El poeta y crítico teatral Norge Espinosa habla sobre los debates posteriores a ‘la guerra de los emails’.

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 26/01/2009

Al finalizar su conferencia Las máscaras de la grisura, dictada la semana pasada como parte del ciclo Criterios, en el Instituto de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), el crítico teatral y poeta Norge Espinosa ofreció esta entrevista.

¿Qué repercusión ha tenido el ciclo de conferencias Criterios (2007-2009) en los medios masivos cubanos? ¿Es útil para la cultura nacional como mecanismo de prevención de los fenómenos dañinos de ayer?

Más que para la cultura, es útil para la gente, incluidos quienes fueron el público, los lectores, y demás personas que rodearon a los artistas afectados. No se ha hecho una discusión sistemática o clara respecto a lo ocurrido desde el inicio espectacular que tuvo el ciclo de conferencias (todo se ha ido disolviendo en reuniones para un grupo estrecho de interesados). Esto implica un resentimiento o un recelo que opera por encima de lo que quisiéramos que se conociera de ciertas historias.

Si estamos organizando estas reuniones es para difundir, dialogar, debatir, y hacer más diáfanos los testimonios, y tener la posibilidad de incorporar estos momentos terribles a nuestra historia, como algo sobre lo cual podemos levantar otra parte del edificio. Es cierto que existe un libro que recoge las primeras conferencias, pero los medios que operan cercanos a la política cultural no han dado respuesta de difusión, divulgación ni siquiera de promoción.

Todo se limita a quienes tenga acceso a internet o correos electrónicos, pues el gran medio de legitimación que es la televisión, que por lo demás fue quien desató la polémica, por lo general ha estado de espaldas a lo que ha ocurrido y ha demorado demasiado tiempo en argumentar por qué existe la necesidad del ciclo de conferencias.

Cuando comenzó la “guerra de los emails”, la televisión argumentó que quienes preparaban programas como Impronta, por ejemplo, donde apareció Luis Pavón, eran jóvenes que desconocían la realidad discutida por todos los que reaccionaron contra esa emisión. Para ser consecuente con eso, nuestra televisión, que aquí tiene un sentido aparentemente diverso, multifacético y dirigido a diseminar información en términos masivos y no diferenciados (como podría hacerlo un canal privado, etc.), debería organizar un espacio informativo que diera pistas sobre cómo un programa activó tanta protesta y resquemor.

Pero sólo se leyó en un noticiero la Declaración del Secretariado de la UNEAC (ambigua y poco eficaz), también publicada en la prensa, lo que lejos de aportar claridad oscureció aún más el asunto, al no explicar de qué se estaba hablando, por qué se estaba hablando y para qué se estaba hablando. Creo que con eso los ejecutivos y funcionarios de la televisión se limpiaron las manos. Por lo tanto, las personas que vienen a las conferencias motivadas por el tema en cuestión pueden tener la impresión de que es algo que comienza de nuevo, cuando llevamos ya dos años en esta historia.

Si el conferencista Norge Espinosa comienza a investigar en 2030 la papelería del creador Norge Espinosa en 2009, ¿lo describiría viviendo en una época transitiva, represiva, permisiva, transgresora, de autocensura…?

En una especie de limbo. Aparecerían determinados flashazos donde un lector muy agudo y entrenado, que sería el lector ideal, podría hilvanar la historia subterránea de cómo la verdad va apareciendo a lo largo de los mismos acontecimientos que parecen invisibilizarla. Quien pueda organizar una cronología íntima, una biografía cercana a sus elementos entrelíneas, podría entender mejor lo que está pasando hoy. Si ese lector de 2030 se aproxima con esa pupila a la papelería de 2009, entendería más o menos cómo se producen fricciones diversas en el campo de lo cubano que, a lo mejor ya en 2030 han encontrado otras maneras de ser y de expresarse.

Por ahora son básicamente señales intermitentes que ya están aquí. Hilvanar sus engranajes requiere esfuerzo, pero puede hacerse. Hay exposiciones, textos y espectáculos que disgregan y ponen en crisis muchos conceptos del discurso oficial. Y muchos jóvenes, que no conocen todos los referentes de los que se hablado durante el ciclo de conferencias Criterios (ni tienen visibilidad respecto a los años sesenta, setenta, y ni siquiera de los ochenta), sí pueden encontrar en ciertas obras referentes de lo que hoy es este país como pregunta, como espejo donde mirarse. Ese sería uno de los misterios que pueden permitir, que no el lector oficial sino uno ideal, en alguno de esos flashazos, pueda entender en el futuro qué nos pasaba en Cuba durante este período de limbo.

Descentramiento, tradición del “no”, apatía, reverso. Integración, perspectivas, entusiasmo, optimismo…

Lo terrible sólo se puede contar a veces desde lo terrible. Pero yo soy un hijo de los ochenta y esa generación está formada en un componente utópico que le es consustancial. Las cosas, de cualquier manera que ocurran, pueden encontrar un determinado sentido y reorganizar la armonía. Que eso pueda explicarse en términos políticos, no siempre me interesa. Pero me gustaría que la política de semejante armonía fuera en función de un ascenso y de un cambio de reglas en los cuales puedan encontrarse nuevos espacios para hacer, discutir y vivir.

Siempre trato de que, incluso el panorama más sombrío, se me explique en términos progresivos. Pararme a quejarme sólo de lo negativo, para mí no tiene sentido. Expresar la vida significa poner en crisis determinadas cosas para poder obrar sobre ellas. La gran agonía de este momento es que la gente llega incluso a tener una reflexión consciente sobre qué quisiera cambiar, pero no sabe cómo operar esos cambios. Esa agonía contamina mucho lo cubano.

Quiero creer que en algún momento nos toque definitivamente la posibilidad de hacer nuestra apuesta (que también puede estar equivocada) y jugar un rol donde lo que necesite ser explicado (y que nosotros tuvimos que indagarlo como quien desentierra algo que no sabe qué es) esté mucho más claro para los que vengan después. En ese sentido, trato de superponerme a depresiones, angustias, ahogos, problemas de vivienda, etc. (los típicos del cubano en sí), para, por encima de todo eso, imaginar que en este país todavía hay lugar para determinados proyectos.

Play it gay, Sam…!

Boda Gay

Play it gay, Sam…!

Vi besarse a Wendy e Ignacio como nunca desde 1902 se ha besado el adúltero funcionariado cubano. Cuba cambia, aunque el pánico ante el poder todavía es humillante, por supuesto

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 14/08/2011

¿Has viajado La Habana en un descapotable Ford Fairlane de los años 50? ¿Has visto las reacciones del populacho, atareado en sobrevivir a la tarde tediosa del cumpleaños 85 de Fidel Castro? ¿Has oído las burlitas al cruzar una parada de guagua, las puyas de a pie, la palabrota desde un camión y las carcajadas desdentadas de cinco héroes del post-proletariado? ¿Has palpado la solidaridad insólita de desconocidos: el ancianito que se acerca a confesarse “pájaro” ante la nueva pareja, la mujeronga que dice bajo un semáforo: “Yo no entiendo pero los felicito de corazón”, el chofer que desde el otro carro te extiende su bendición con olor a gasolina adulterada? ¿Te has sentido alguna vez twitteando en los años 50 como un personaje de Tres Tristes Tigres?

La llovizna de rato en rato en tu cara. El cielo de Cuba encapotado y tú dudando qué diría Dios de este despliegue moral o mediático (qué dirán las iglesias de dios en la tierra, que apartan todo lo humano como con cierto asco). El gesto hosco de los patrulleros clausurando a boca de jarro el parqueo de la Plaza de la Revolución. Los aseres del Paseo del Prado, las lágrimas de un homosexual nervioso que huyó de la prensa como del diablo, los pescadores dejando correr la pita sin dar crédito a sus ojos, el comentario de quien estaba muy al tanto porque “nunca mira la TV nacional” sino la pirateada del “cable”. Los cláxones de media capital cubana, coliseo enclenque y magnífico. El revolico banal de los más o menos aterrorizados corresponsales extranjeros en La Habana, con esas pregunticas que no arrinconan a las autoridades criollas para no afectar la plusvalía de sus propios salarios.

Sentirte protagonista, aunque sea un sábado del socialismo insustituible de este país (según la Constitución vigente). Sentirte vivo. Es exultante. Asaltar La Habana en un tanque de guerra de lujo que no porta la muerte en sus extrañas, sino que brilla en rojo y blanco entre las ruinas reumáticas de esta ciudad. Así se sintieron Wendy Iriepa e Ignacio Estrada. Así nos contaminaron a todos con su entusiasmo de locos. De locas. De hombres. De hombre y mujer. Matrimonio oficial a regañadientes de cubanos rebeldes que, paradójicamente, un día decidieron decir .

La resistencia ya no como reacción: el futuro es acción, cualquier pasito insignificante descoagula el laberinto de nuestro presente precario. Cualquier oración en primera persona del singular es un borrón histórico tras tantas décadas de decadencia masificada. El 13 de agosto cambió para siempre los colores (y coloretes) de la piñata patria del Premier o ex-Premier: demasiadas velitas (diminutivo de velorio), demasiados homenajes (aumentativo del horror), era la hora de horadar la solemnidad de ese imaginario.

El mundo entero pudo sumarse al carnaval trans-gay-hetero (¿son o no son, de qué sexo por fin?). Dinamitación de espacios mentales y, a la vez, ceremonia architradicional de casarse de blanco y que esto no signifique nada en términos genitales. La mascarada del amor necesita ante todo de un escenario y de unos actores dispuestos a dejarse sorprender por su libreto, a jugar un poco a la ingenuidad y al lugar común, a delirar sus propios deseos de libertad corporal al margen del Partido único y del único Dios.

En una de estas tribunitas robadas al monolitismo discursivo del régimen cubano, va y se zafa el ladrillo mágico que sostenía al muro de contención. Una frase mal entendida en los micrófonos, una osadía orate ante las cámaras, un equívoco mínimo: cualquier imprevisto pondría en jaque al descubierto a un sistema de planificación que cada vez cuenta con menos planificadores en quienes fiar.

Cuba cambia. El pánico ante el poder todavía es humillante, por supuesto. Días atrás, otra compatriota transexual acusó por teléfono a Wendy Iriepa de “traidora” (¿será el CENESEX acaso una secta bajo juramento militar?) y algun@s se alejaron en silencio sumid@s de su boda-bombazo. Otras profesionales de los medios advirtieron a tiempo a la novia (¿sería políticamente incorrecto teclear: la amenazaron?) de la debacle en que sería abandonada a su suerte suicida por la institución (¿mensajitos sicilianos a estas alturas de la literatura?). Pero Cuba cambia. No basta con repetirlo. Se respira en la atmósfera claustrofóbica de la catástrofe. En el estado de incomunicación ciudadana. En los despotismos ministeriales. En la desesperanza. En la decrepitud. En el amor como tablita desesperada de salvación.

Por momentos, Wendy Iriepa e Ignacio Estrada me parecieron habitantes caídos de otra galaxia, conscientes de su propia inverosimilitud, empeñados en cambiar el absurdo de su contexto antes que este los vaya a empañar a ellos. Por momentos, me parecieron apenas dos muchachones sin memoria, refractarios a la inercia de la adultez, capaces de sorpresas aún mayores en el seno bastante senil de la sociedad cubana.

Sé que fueron libres a ras de las alambradas. Sé que esa ilusión es irreversible y crea nuevas subjetividades. Sé que ambos están propensos de fracaso. No soy para nada optimista. El precio de la victoria de todo un pueblo en la plaza es apabullante en la alcoba individual. Esa fragilidad los ennoblece. Les confiere belleza, incluso la belleza de lo efímero. Cinco horas, cinco días, cinco semanas, cinco meses o cinco años de relación: ¿quién quisiera amar por amar para siempre?, ¿no es más entretenido que sea la vida la que nos separe y no ese fatalismo fúnebre que nos tiene, en tanto pueblo, paralizados del pí al pá?

Escuché planes de enamorados en los recién casados que seguramente serán acusados por la oficialidad remanente de ser engendros Made In USAID. Los vi besarse como nunca desde 1902 se ha besado el adúltero funcionariado cubano. Los provoqué con ideas limítrofes y con mis fotos de flashero mediocre que no podría ganarse la vida fuera de su fotoblog. Rieron como les dio la gana (se rieron de quien les dio la gana). Serán exquisitamente esquilmados ahora por la comentariada sin sueldo de nuestra patria prepóstuma (la mezquindad siempre es voluntaria, nunca profesional).

No les deseé felicidades. Esta pareja no necesita la hipocresía de nadie, menos aún detrás de un buró hereditario o un carguito congénito. En medio de la vorágine de las agencias y agentes, Wendy Iriepa e Ignacio Estrada están solos. Pero están más que bien así. Cumplidos los caracteres de rigor de esta columna, no le impongamos a su amor la tortura de terceros testigos.

Un año de “Voces”

Literatura

Un año de “Voces”

En agosto de 2010 se lanzó sin mucho aspaviento pero con gran ilusión Voces 1

Orlando Luis Pardo Lazo, La Habana | 09/08/2011

A la vuelta de un año, la revista freelance de literatura y opinión Voces, editada desde La Habana, acumula ya nueve números “como quien no quiere la cosa”, para usar, muy a propósito, una frase común lo menos intelectual posible.

Armada como un rompecabezas de inéditos y refritos, de escritores canónicos o casi amateurs, de periodistas de formación académica o improvisados sobre la marcha, de bloggers híper-visibles o perdidos en la blogosfera cubana, siempre potable e instantánea a la manera de un Reader´s Digest digital, sin el machón de sus editores y con una frecuencia de salida aproximadamente mensual, con un diseño de grafismos naif para permitir su impresión doméstica en blanco y negro, difundida electrónicamente en la web o en memorias flash del Malecón para adentro (o de mano en mano en papel, si bien las tiradas son solo de unas pocas decenas de ejemplares, y eso gracias a la solidaridad de sus propios colaboradores), la primera temporada de Voces ha significado un esfuerzo por reforestar el desierto interno de las publicaciones independientes a toda institución cultural (terreno escabroso de lo paralegal).

Podrían mencionarse ahora, y es ético hacerlo como contexto no necesariamente influyente (dado el aislamiento lectivo que padece nuestro campo literario), varias revistas al margen del Estado cubano en lo que va de siglo XXI, la mayoría reprimida moral o físicamente por los apagafuegos del Ministerio de Cultura o del Interior: Diáspora(s)Cacharro(s)33 y un tercioConsensoThe Revolution Evening PostBifronteDesLizLa Caja de la ChinaConvivenciaMisceláneas de Cuba, y un esperanzador etcétera, donde seguro excluyo a muchos proyectos por ignorancia y no por iniquidad.

En agosto de 2010, en uno de esos veranos a plomo del trópico habanero, cuando la respiración no alcanza para paliar la claustrofobia de las tardes tediosas de la patria, se lanzó sin mucho aspaviento pero con gran ilusión Voces 1. A partir de entonces el goteo ha sido fluido: alrededor de 60 páginas y una veintena de autores por cada edición, esfuerzo desproporcionado para lo mínimo de su staff de internautas locales residentes en la que, ojalá más temprano que tarde, sea en efecto “la capital de todos los cubanos”.

En agosto de 2011, ya con un año de trabajo acumulado en las pantallas de nuestras laptops apenas conectadas a la www, el número Voces 9 cerró una primera etapa de la revista y, con suerte, será la plataforma de lanzamiento de la próxima (siempre sin demasiados anuncios programáticos, para que nuestros planes “no se hagan sal y agua” antes de verificarse), donde apostaremos “al duro y sin guante” por un futuro de libertad de expresión (y de impresión, y de asociación, y de comercialización, y de…).

Tal vez sea la hora de forzar un poco más las gargantas de Voces, sin, por supuesto, emplear nunca los groseros gritos con que se insulta y estigmatiza en la Cuba de hoy todo pensamiento sin anteojeras. Tal vez sea el momento de traqueotomizar nuestra cubanidad a ultranza, de dejarla zozobrar en las aguas peligrosísimas de una contemporaneidad post que nos asusta en tanto habitantes de isla. Tal vez haya que registrar, también, las sílabas suicidas del silencio que nos ha constituido como nación y, en última instancia, como necedad. Tal vez se aproxima un límite locuaz que fulmina y muta.

El catálogo 2010-2011 de Voces no pudo ser más generoso. Nombrar puede ser un arma de doble filo. Precisamente por eso lo hago ahora al azar: Edmundo Desnoes, José Kozer, Vicente Echerri, Rafael Alcides, Dagoberto Valdés, Juan Abreu, Reinaldo Escobar, Emilio Ichikawa, Ernesto Hernández Busto, Iván de la Nuez, Jorge Ferrer, Enrique del Risco, Alexis Romay, Antonio José Ponte, Miriam Celaya, Abilio Estévez, Wendy Guerra, Néstor Díaz de Villegas, Ena Lucía Portela, Daniel Díaz Mantilla, Ahmel Echevarría, Amir Valle, Yoss, Armando Valdés Zamora, Félix Luis Viera, Fernando Villaverde, Natacha Herrera, Dimas Castellanos, Manuel Ballagas, Jorge Enrique Lage, Armando de Armas, Miguel Coyula, Yoani Sánchez, y tantísimos otros de estos citados sin más jerarquía que la de mi mala memoria.

El catálogo 2011-2012 de Voces ojalá pueda equiparársele. No solo en archivo de autores, sino en tribuna de poéticas y polémicas, sin esas pacaterías ni provincianismos políticos que nos aferran a un presente precario, sin ese miedo a liberar en voz alta la locura que late en cada uno de los cubanos cuerdos del mundo, pueblo de pronto libre de taras ideológicas y de atavismos generacionales: islita imaginaria donde debe germinar otra vez la ilusión (incluida la ilusión de lectores no tan despóticos, en los que el realismo ralo no retoñe con su tufo archiconservador).

A la vuelta de un año, la revista freelance de literatura y opinión Voces, abre las cinco letras de su nombre como una mano conocida para reconocernos. Para escucharnos acaso por última vez en la Historia. Un espacio para diferenciarnos deliciosamente. Para ser otros cubanos. Y solo entonces, llegado el caso, para despedirnos sin odios y sin una pizca de olvido.

Quod scripsi, scripsi. Cubansummatum est…!