Uber Cuba 132

UBERCUBA

Uber Cuba 0132

Orlando Luis Pardo Lazo

Marzo 25, 2021

Íbamos en un Uber Pool. Dos pasajeros en el asiento de atrás de un taxi. Atravesábamos el Soweto cubano de Miami. Los dos usábamos máscaras. Había toque de queda después del cañonazo de las nueve. A los jóvenes no le importaba esa medida represiva: bailaban semidesnudos sobre los carros, haciéndose selfies drogados. Pero él y yo sabíamos, sin necesidad de la primera palabra, que la ciudad nunca volvería a ser lo que en definitiva nunca había llegado a ser.

Él se llamaba Hipólito, me dijo. Pero en familia le decían “Poly”. Y, como yo era cubano, ya me consideraba parte de su familia. Así que, en confianza, podía llamar Poly a Hipólito. Más allá del exilio y su intemperie de siglos, podíamos sentirnos ambos como si estuviéramos en casa.

A cambio de su exceso de confianza, yo le dije que mi nombre era Orlando Luis Pardo Lazo. Y que él, a su vez, podía llamarme “Landy”, como si fuera el hermano que nunca tuve. Un hermano, en este caso, veinte años mayor. Había nacido en 1953, el año del Cuartel Moncada. Yo, en 1971, el año del Caso Padilla.

Poly, el de los cincuenta. Landy, el de los setenta. Dos dinosaurios caídos de un planeta perdido llamado país.

El viaje era largo, como su historia. De punta a punta de Miami. Con un tráfico trancado, lentísimo. De punta a punta de nuestra mutua imaginación de isla.

―A mí no fue Cuba la que me descojonó, compadre ―me dijo―. A mí fue la familia cubana la que me descojonó. En cuerpo y alma.

No entendí nada. Poly acababa de hacerme parte de su familia. Y ahora, con sus esdrújulas súbitas, Hipólito sonaba un tin amenazador, con aquel vozarrón a tope de volumen y su tonito pasado de peso con resonancias de rabia.

Él entendió enseguida mi desconcierto.

―No tú, compadre, sino mi familia antigua. La que yo no elegí en vida. La que ya no tengo, ni tampoco quisiera tener.

Resulta que su padre había sido un represor del Ministerio del Interior cubano. Durante años lo obligó a quedarse en Cuba, en contra de su voluntad. Como si el niño y el adolescente y el joven Hipólito estuvieran castigados. Y, a todos los efectos, Poly lo estaba. Lo estuvo durante casi veinte años. En muchos sentidos, él había sido el primero de los presos plantados cubanos.

Desde la primavera de 1963 hasta la primavera de 1980. Un Mandela blanco.

Resulta que su madre se había largado de la Isla en 1963. Y entonces, como venganza de clase, su padre lo había retenido a él en la Isla de la Libertad, al estilo de un rehén revolucionario. Lo hizo para limpiar su honor, para no marcarse ante las autoridades militares. En definitiva, para conservar su salario de mierda en pesos cubanos y no terminar preso o degradado por ser un policía pendejo.

Muchas veces, según el hombrón obeso a mi lado me contó, el flacucho Hipólito soñaba con reivindicar ese abuso paterno. De haberle podido quitarle la pistola mientras su progenitor de uniforme verde olivo dormía, Poly le hubiera metido el cañón en la boca y hubiera disparado el gatillo sin pestañear. Pum.

O en el culo. Pum, pum.

Clavársela bien hondo, tal como a él lo habían dejado clavado en Cuba por culpa del muy cabrón. De la almohada al ataúd, sin darle más vuelta al caso. Poesía prosaica del pum, pum, pum.

Hubiera sido un acto de misericordia, me dijo. Tanto para su padre déspota tendido sobre el pimpampum, como para el resto de la familia partida por la mitad. Incluida su pobre madre, que lo dejó abandonado a su suerte en Cuba. Para colmo, sin siquiera avisarle. Mientras Poly jugaba un pitén en la esquina de su barrio habanero, a las seis y seis de la tarde del descojonante domingo 28 de abril de 1963.

¿Cómo olvidar la fecha?

Hipólito tenía nueve años entonces y, tan pronto como se enteró de la traición materna, se hizo atrozmente adulto hasta el día de hoy.

A su hermanita sí se la llevó la madre ese día. Así que el abandono había sido por partida doble. La niña tenía apenas diez meses de nacida, pero igual el dolor doblegó a su hermanito grande varón. Le partió el espinazo, lo desvertebró. Lo emasculó. Si Poly no se hizo mariquita en Cuba, fue de puro milagro. Porque Dios es macho, vaya. Pero, todas las tardes, puntualmente sobre las seis, él se prendía a llorar dentro de los vestidos dejados en el escaparate por su mamá. Lo habían cambiado por una bebé y un avión.

Todo ocurrió tal y como él me lo estaba contando. De cubano a cubano, de corazón. A camisa quitada. Mientras los carros se acumulaban a nuestro alrededor en un expressway anónimo de Miami, la capital del castrismo continental.

Luego vino el Mariel en 1980, por supuesto. Pero ya era demasiado tarde para todos. Su madre vino a rescatarlo heroicamente en un barco, otra tarde plomiza de abril. Pero en Cuba ya no quedaba nadie.

Hipólito se había ido de contrabando en un barco anterior. Madre e hijo tal vez hasta se cruzaron en el Estrecho de la Florida, para deleite de los tiburones y la prensa de la época. A él le daba igual, al hijo huérfano que iba sentado a mi lado en el taxi. Con o sin máscaras, hijo y madre ya no se reconocían. Y ya no se reconocerían nunca más. La máscara de la mentira les había borrado el rostro a los dos. Quizás, de paso, también a mí dentro de aquel Uber Pool.

Hay una ley no escrita sobre los abandonos humanos. Y esa ley aparece escrita a continuación:

―Mirar atrás es peor ―me dijo―. Si ya abandonaste a alguien, lo más compasivo es dejarlo abandonado hasta el final.

―Créeme, cubanito: mirar atrás es peor ―y si no lo repitió por lo menos diez veces, entonces no lo repitió ninguna.

―¿Y después? ¿Se encontraron en los Estados Unidos?

La vista se le fue por la ventanilla. Tenía la máscara mojada. Mocos, sudor, lágrimas, saliva. Síntomas inequívocos del coronavirus. Poly seguramente se estaba muriendo. Y detrás de Hipólito, me tendría que ir muriendo yo. El exilio es así de banal: un holocausto por imitación.

―Sí, nos encontramos el día de su muerte ―me contestó al final―. Fue una buena mujer y murió como una valiente, pensando en mí, apenada y preocupada por mí.

―¿La perdonaste? ―la pregunta se me salió sola.

Entonces añadí:

―Perdóname tú, es una pregunta demasiado personal y no debí hacerla.

Pero Hipólito me cortó:

―Compadre, para algo somos familia, ¿no? ―y una sonrisa se le marcó en su quijada por encima de la mascarilla―. No fue necesario perdonar a nadie. Ahora estamos aquí, juntos, y nos amamos sin un sí ni un no ―y con un guiño señaló a la señora que viajaba en el asiento delantero, junto al chofer.

La música de la reproductora los mantenía al margen de nuestra conversación enmascarada en el asiento de atrás.

―Bendiciones ―le dije.

―Compadre ―me dijo, no dejes que se te vaya la vida todo descojonao, como a mí. Ni Cuba, ni tu familia, ni nadie. No esperes a morirte para vivir en el amor, como nos pasó a mi madre y a mí.

Un consejo raro, pero se lo prometí. Le iba a preguntar por el destino de la hermanita a quien habían sacado de Cuba siendo una bebé. Pero me contuve. Capaz que se hubiera muerto de poliomielitis o algo así. O que fuera la espigada mujer que manejaba el Uber sin quitar la vista del expressway.

En verdad, aquella era mi verdadera familia cubana. Hecha leña. Sabe Dios cuánto se habrían gritado a lo ancho y ajeno del exilio, desde el éxodo bíblico de 1980 hasta el año de la pandemia y el fraude fake electoral.

Cubanos, cojones, cubanos. Al menos ellos vivieron, mientras que yo seguía condenado a ser sólo un testigo de la tragedia. Supongo que fue la forma que encontré para sobrevivir a Fidel: contar el castrismo a cuentagotas, de carro en carro y de carretera en carretera.

https://www.newyorker.com/magazine/2021/03/01/my-brothers-keeper

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