Uber Cuba 131

Una noche se montó en mi taxi una mamá, con su bebé en brazos. Era muy joven. Y muy bella. La piel le brillaba con ese brillo propio de la maternidad. Lo había acabado de parir, supongo. Y ahora volvía a casa desde el hospital.

Era una muchacha negra. No parecía norteamericana. Tenía las facciones ennoblecidas del África profunda, yo diría que selvática, sin ese cansancio urbano que parecen tener hoy muchos afroamericanos. Un rostro lleno de paz y autoconfianza, sin trazas de esa rabia resentida de quienes han vivido al margen de la América blanca.

Le pregunté su nombre. Me dijo:

―Mahzah.

Le pregunté de dónde era ese nombre. Me dijo:

―De donde mismo yo soy.

Le pregunté entonces de dónde era ella. Y me dijo:

―A donde mismo voy de regreso ahora.

Y, por supuesto, no pude evitar preguntarle, tratando de no ser rudo en mi interrogatorio, a dónde iba ella de regreso ahora.

Me gustan los trabalenguas. Y me gustaba su acento feromonafricano. Pero, al fin y al cabo, era yo quien la llevaba en mi taxi hacia su destino. Manejando hacia una dirección que yo desconocía, en lo que parecía ser una zona abandonada en las afueras de la ciudad. Uno de esos eriales que bordean las áreas llamadas del Grand Saint Louis, que de grande no tiene nada. Zona de guerra incivil, donde cada noche los cazadores de una y otra raza salen a matar a los del color contrario, en un ajedrez atroz. Armagedón de la NRA y de una bien regulada milicia.

Esta es, por cierto, la realidad real de los Estados Unidos que mis amigos en Miami ni se imaginan. Ellos nunca emigraron de nuestra Isla. Salieron de la Cuba cársica, pero se quedaron en la Cuba con croqueta y Coca-Cola de la Florida. Animales insulares que, por suerte para ellos y sus familias, no han presenciado el horror histórico del hondón norteamericano.

Y no se trata de políticos, sino de política. Así que, votes por quien votes, ni mil Trumps ni un millón de Obamas van a mover un dedo para impedir que se reproduzca esa América medieval. Gótica, grotesca. Como de otro planeta, que alguno estuvo habitado, pero un meteorito automático de asalto lo extinguió.

Mahzah me miró con piedad. La dulzura de su sonrisa hembraica me llegó hasta la médula del más miserable de mis huesos.

―A donde ella va de regreso ahora ―me respondió, señalando a su bebé con un gesto afilado de sus labios finísimos.

Tanto como su nariz puntiaguda, de brujita color del cosmos. Deleitosa deshollinadora. Y tanto como sus pestañas, que eran una cordillera de medialunas en sus párpados de papel carbón. Los ojos de pantera mansa, porque ya había conquistado su libertad. Una mujer metáfora de la muerte.

Y todo esto, dicho con el mismo tono mínimo de mujer sin presiones de género que Mahzah había usado en sus otras respuestas, desde que abrió la puerta de mi Chevy Malibu y se sentó a mi lado. No me dio tiempo a preguntarle que a dónde iba su bebé de regreso ahora. Ella misma me lo dijo:

―Ife nació muerta, me dijeron los médicos. Pero los médicos no pueden saber lo que entre nosotras pasó, mientras yo esperaba a Ife. Ella vino a buscar a su mamá: es mucho más sabia que yo. Ife y yo no queremos vivir en un país sin amor.

Llevo bastantes años sobre la faz del planeta Tierra. Puedo reconocer la verdad cuando se manifiesta ante mí. Paré el taxi a la entrada de Pelican Island, un parque natural del Estado que, paradójicamente, está escoltado por los basureros de medio Missouri.

Me bajé y ayudé a bajarse a mi pasajera. Me arrodillé ante Mahzah y le pedí su bebé. Me la dio, obediente. Ife también, precisamente por ser neonata o neoccisa, llevaba suficiente tiempo sobre esta Tierra como para reconocer la verdad tan pronto como se manifiesta.

Besé a la bebé en su frente de hielo oscuro. Tenía razón su Mahzah. Ife no estaba muerta, como le dijeron los médicos occidentales. Y acaso orientales, pues los hospitales de Saint Louis están saturados de asiáticos y árabes. Ife venía a invitar a Mahzah a un viaje. Le devolví el bebé a su mamá transoceánica.

Entonces abracé a Mahzah a la altura del vientre. Puse en mi cabeza de hombre cubano en su placenta vaciada de vida. Sentí la forma de sus nalgas de combate en mis manos. Dos sierras leonas. Me excitó.

Mahzah se empinó hacia mí. Clavó sus uñas, quién sabe si etíopes, en mi nuca. Hundió mi cráneo en su ombligo aún hinchado. Entonces volvió a hablarme. Para entonces, ya habíamos hecho el amor, sin necesidad de mover un dedo. Su inglés tenía la perfección de toda lengua universal y su acento era humano, eróticamente humano.

―Es posible que Ife haya venido a buscarte también a ti, si tampoco quieres vivir en un país sin amor.

No me dio miedo su invitación. Esperé en paz el golpe de una piqueta en mi occipital. O la caricia de una daga, que emancipase todo el odio coagulado en mi garganta.

No había luna esa noche. Una extraña brisa nos arremolinaba. Tipo tornado mágico de Oz. El olor de los basureros, que normalmente flota como una nube pútrida sobre todo el norte de Saint Louis, de pronto olía a flores exóticas, de aroma trasplantado, eterno.

Estábamos al inicio de otra civilización. Éramos los iniciadores de otra civilización.

Una mujer invisible bajo la noche de asfalto, de azabache aromático. Una bebé inmortal, apretada al pecho ya no más exiliado de su mamá. Y la patria manifestándose en todo su esplendor a ras de la Isla de los Pelícanos, al margen de los desechos de nuestra fallida civilización anterior.

No le respondí. Lo dejé a su decisión. La vida de Orlando Luis Pardo Lazo dependía ahora del instinto criminal o de conservación de la más humana de sus personajes.

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