Uber Cuba 0128

Entré al Capitolio y fue riquísimo. Dos veces. Les cuento enseguida. Aunque me cueste la libertad.

La primera vez fue hace siete años, a inicios de 2013, al salir de Cuba como parte de la delegación oficial de la blogosfera no oficial de la Isla. Con Yoani Sánchez y todo, ella y yo muy tomaditos de la mano, tal como los dioses de la democracia lo indican, para terminar haciéndonos un selfie con Marco Rubio, Bob Menéndez, los gemelos Díaz-Balart, y la supuesta loba feroz Ileana Ros-Lehtinen, que ya por entonces hacía mucho que no mordía ni al más corderito de los castristas.

La segunda vez fue este 6 de enero. En el año 2021 de la era de Donald Trump. Con una turba de locos lúcidos que el agente de influencia Alejandro Armengol tildó, por órdenes de La Habana, como “lumpen-proletariado”. Es decir, como proletarios que se declaran en contra de la vanguardia del proletariado. Contrarrevolución es lucidez.

Y justo eso fuimos, agente Alejandro Armengol. Justo eso somos los guerreros del presidente norteamericano actual. Al que, por cierto, desde que fue elegido en noviembre de 2016, la prensa norteamericana y la izquierda internacional le han hecho una guerra sucia. Atroz. Abusiva. A muerte.

Estoy consciente de que, por contarle esto a ustedes, puedo terminar arrestado por el FBI. Pero precisamente para eso me hice ciudadano de esta gran nación. Para no tenerle miedo al FBI ni a la CIA. Ni a la NSA, ni a la NASA. Pase lo que pase, vivo para narrar lo que vivo. Y este ha sido el momento más memorable de mi existencia entera. Así que aquí se los dejo. Compartan, compartan, compartan. Que es mi corazón de cubano sin Cuba lo que están compartiendo.

Manejando mi Uber ese miércoles por DC, día atravesado, se me subieron al carro como cinco o seis de los manifestantes que habían sido convocados para la marcha patriótica de apoyo a Trump. No me llamaron usando el App. De hecho, no me estaban alquilando. Simplemente ocuparon mi taxi, detenido en el semáforo de las calles K y 17 del Northwest, en el parquecito de Farragut, y me dijeron que manejara a toda velocidad hacia el Capitolio.

Fue más bien una orden, pero no parecían tipos violentos. Al menos no más violentos que las representantes Alexandria Ocasio-Cortez o Ilhan Omar.

Al contrario, mis atracantes parecían hippies atrapados en una época ajena. Y, como los dinosaurios, ellos también iban a desaparecer, más temprano que tarde, en las marxistas manos de los demócratas con mayúsculas. Barbudos, tatuados, con pancartas que pronto tendrían que reciclar, y con algún que otro rifle automático en ristre. Nada del otro mundo. Demonios sureños caídos en el paraíso de la corrección política norteña. Fantasmas de los confederados a los que, a su vez, se les impuso el genocidio fratricida a cambio de la esclavitud de unos extranjeros.

Les expliqué que yo era cubano, pero de los anticomunistas recalcitrantes. Un hard-liner clásico. Para mi sorpresa y emoción mediática, lo único que me preguntaron fue si yo era de los que “creía” o de los que llamaba “racista” a Otaola en las redes. Mis pasajeros lo conocían por la lista de excluibles que Otaola le había entregado a Trump en Miami.

Les dije con orgullo que yo no tenía ningún problema con Otaola. Y les mostré un clip en el que aparezco hecho un mar de risas con el rey de los youtubers cubanos:

 A partir de ese momento, me trataron como a uno más. Yo, un chico orgulloso. Yo, supremacista Orlando.

Al llegar a nuestro destino, por inspiración propia tiré el carro contra las barreras metálicas del Capitolio, derribándolas, siempre cuidando de no golpear a ningún guardia. Violencia, no. Y detrás de nuestra avanzadilla de paz, por la posta 3 se coló un mar de gente hacia la magna casa legislativa, copia enana del Capitolio de La Habana.

Por supuesto, yo también entré. A la mierda mi PhD y mi posible empleo en una universidad liberal. Después de arruinar mi carro, no tenía más remedio que entrar. Aullando Freedom y Libertad. Y vivir hasta los tuétanos aquella experiencia extrema de una protesta en libertad. Pacífica o problemática, eso es lo de menos ahora.

Durante décadas, en Cuba, jamás había soñado con algo así. Enfrentármele cara a cara al poder supuestamente más omnipotente del planeta. Retar al monstruo en sus propias entrañas. Creo que hasta José Martí hubiera apoyado a Donald Trump en alguna de sus estrafalarias escenas norteamericanas.

En cualquier caso, esto era 1917 veces más lindo que mearse en los jarrones del Palacio de Invierno de Petrogrado, antes San Petersburgo y después Leningrado. Y mucho más de élite que los guajiros cheos de la Isla, asalariados del Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados, robándose cuatro cubiertos que ellos después no sabrían ni usar (por algún motivo aún sin explicar, los revolucionarios siempre empujan la comida con el dedo pulgar).

Por lo demás, tenía curiosidad de ver el susto de Nancy Pelosi y Bernie Sanders, pálidos como el papel sanitario, cuando les dijera lo que en definitiva les dije de tú a tú, yo de pie y ellos arrodillados, buscando cobija bajo los bancos, como si temieran que yo los ultimara como enseguida los ultimé:

―En Cuba, después de usarlos y desecharlos, ustedes dos ya estarían fusilados.

Por cierto, vi al muchacho de los tarros en la cabeza y piel de no sé qué cosa. Coreaba una canción de guerra indoamericana. Vi cómo los policías mataron por gusto a una mujer, desarmada y rodeada por guardias, mientras la filmaba un infiltrado de Black Lives Matter: el radical John Earle Sullivan. El tipo había viajado desde Utah hasta la capital únicamente para viralizar esa muerte, acaso planificada con anterioridad.

En plena belleza de un pueblo desacralizando las criptas del poder, pensé que los cubanos tenemos exactamente la fealdad que nos merecemos. Podremos tener todos los 27 de Noviembre que nos vengan en gana, pero nos falta la magnificencia monstruosa de un 6 de Enero.

También pensé que todo aquello era una trampa de los totalitarios en contra de Donald Trump. Por fin la izquierda había conseguido lo que se propuso cuatro años atrás, que es darle un golpe de Estado al hombre más votado en la historia de los USA, con 63 millones en 2016 y 74 millones en 2020, para un total de 137 millones de votos.

Entonces salí discretamente, algo conspiranoico, como Orlando por su Capitolio. Pero feliz, feliz, feliz. Todavía era de día y, con suerte, el sol de oro veríamos hundir.

Caminé hacia el Potomac. Ni a esa hora, ni a ninguna otra, tendría ya sentido intentar recuperar mi carro. Se le había hecho leña toda la parte delantera, en la colisión que abrió las barreras metálicas y le permitió el acceso a la gente.

En verdad os digo, las grandes alamedas son impredecibles. Y, a veces, las atraviesa una patria entera embravecida de impresentables que arden en su sangre de valor erguidos. Ni el FBI ni la CIA ni la NSA ni la NASA podrán detener la contramarcha de la historia.

UBERCUBA

Uber Cuba 0128

Orlando Luis Pardo Lazo

Enero 26, 2021

El pasado miércoles 6 de enero fue un día muerto en Washington, D.C., la capital del antiguo imperio norteamericano, devenido hoy la Latinoamérica del Norte y la cuna de la justicia global. Porque ya los Estados Unidos no le tiran una escupida a nadie. Habría que repartir el Premio Nobel de la Paz de Barack Obama entre, digamos, unos ochenta millones de votantes virtuales.. El Correo, y no el Pentágono, es el nuevo garante de los demócratas y la democracia.

Estuve desde muy temprano con el App de Uber prendido en mi carro, pero no caía ninguna carrera. Ni en Maryland, ni en Virginia, ni en el Distrito de Columbia. Un aburrimiento total. Tedio terminal.

Casi a la altura del mediodía, bajé hasta la Casa Blanca y fue mucho peor. Vacía, por dentro y por fuera. Blanco sobre blanco sobre blanco. Un Kandinsky encandilante.

A media tarde, entonces, bajé hasta el Capitolio. Y bien que hubiera podido meter mi carro escaleras arriba, hasta el salón principal donde está la luz que mueve el motor de un materialismo ya sin mercados, porque no había nadie por los alrededores. Ni un CIA ni una CVP. No se sentía ni un alma en la magna casa. Rodeándola, no vi policías ni pordioseros. Que son la fauna que normalmente habita en este nicho washingtoniano.

Al anochecer, decidí regresar al apartamento que una ONG con fines de lucro me alquila en la capital, cada vez que recalo por allí en alguna de mis misiones secretas en contra de mi propio país. Desestabilizar es un placer. Una vez mercenario, siempre mercenario. Además de, por supuesto, esta tareíta infaltable e infatigable de ganarme algunos dólares de dios manejando mi taxi Uber por ahí.

Comí someramente con Uber Eats. Pedí comida china, del recién inaugurado Wuhanshington Fast Food. Y me asomé a mirar la gran ciudad que yo tanto ignoraba en Cuba, pues no tenía idea de cómo lucía. Desde 2013, es la única ciudad que he amado, en la que he amado. Mucho más que New York, que ya no es ni norteamericana. 

Ah, inconcebible Washington D.C., donde mi corazón resucitó al tercer año sin Cuba. Por cierto, toda el área de gobierno es igualita a la zona de edificios de los años cincuenta que escoltan la Plaza de la Revolución. Mármol y transparencia. Leyes y piedras. Batistato del siglo XXI.

Dejé abierto el balcón de mi apartamento en el famoso edificio Prospect House, donde el superpresentador de TV Larry King, ya viejísimo, una vez trató de besarme. En su defensa, debo decir que yo lo provoqué sin querer con algo que le dije, sin siquiera conocer quién era.

Entraban sus buenos ceros grados centígrados, desde la noche septentrional de un país a punto de desaparición. Así como a los nativo-americanos ahora se les llama First Nation, así habrá que llamar pronto al resto: Last Nation.

―Ojalá se me enfriara de una vez esta biografía sin vida ―pensé.

Puse el televisor para quedarme dormido. En la esquina castrista, Miss CNN. En la esquina conspiranoica, Mr Fox. Nada nuevo, nada del otro mundo. Paz y amor. Sin noticias de impacto. Lo dicho desde el inicio: el pasado miércoles 6 de enero fue un día muerto. Y enterrado.

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