Uber Cuba 0116

UBERCUBA

Uber Cuba 0116

Orlando Luis Pardo Lazo

Mayo 18, 2020

En el taxi se subió una mujer embarazada.

Joven. Treintañera, tal vez. Pero lucía mucho más joven, porque su piel tenía ese relumbre propio de los seres que van a dar a luz una nueva vida. O acaso fuera al revés. Porque lo cierto es que nunca he entendido bien esa frase (el español se me ha hecho una lengua arcana): dar a luz…

Quizá sea literal, porque las mujeres paren literalmente una cuota humana de luz.

En cualquier caso, mi embarazada tenía una expresión de prisa y dolor. Le dolía la barriga y el alma. Me pidió que la llevara a la carrera al portón de urgencias del hospital BJC. Y hacia allí me precipité, como un bólido. Pisando el acelerador de mi Chevy Cruze.

Por cierto, no es la primera vez que vuelo hasta allí.

Una noche, fui presintiendo mi muerte. Tenía la presión sanguínea por los cielos (aunque Estados Unidos sea un país sin cielos), o al menos eso creía yo. A la vuelta de un par de horas, finalmente me atendieron. Me tomaron la presión. Ya me había bajado, por supuesto, del encabronamiento y el subsecuente anticlímax. Y entonces me dejaron ir, después de pagarles unos cientos de dólares al hospital privado. Las compañías de seguros médicos no tienen nada que ver con asegurarte la salud.

Otra noche, corrí hasta allí con una muchacha norteamericana, casi cadáver entre mis brazos. Se había suicidado tomando unas pastillas de Adderall con unos largos sorbos de vino barato. Le salió mal, por suerte, y sobrevivió. Al parecer, el Adderall hecho en USA es de pésima calidad. Para no mencionar al vino, acaso comprado en Schnucks. Si eres patriota, compra productos cubanos, que vienen importados de China, como las pandemias y los presidentes de USA.

―¿Estás de parto? ―le pregunté, por preguntarle algo, a mi embarazada.

Ella me miró, contenta de contestarme, a pesar de las ráfagas fértiles de su dolor.

―No ―me dijo―. Estamos de parto. ¿No me reconoces? Voy a darte una hija. Se llamará Luna Isabel. Será tu única hija y te va a adorar, como tú a ella. Y yo a ustedes dos.

Casi meto un frenazo. Casi me vuelco bajo el semáforo de Kingshighway y la Interestatal 64. Mi única hija por poco nace a la cañona, dentro de mi Chevy Cruze, saltando ensangrentada de entre las piernas de aquella embarazada anglófona.

My daughter, pensé en inglés, my sweet little daughter. ¡Por fin una niña, qué bendición! Y que haya venido a nacer de la manera menos imaginada. Justo ahora, en la primavera mórbida del 2020, cuando yo también estoy todo doblado de dolor (como tu madre en el asiento trasero), con los achaques de la misma edad con que mi padre tuvo a su único hijo, yo, que lo adoró tanto como él a mí.

No quise contradecirla. Yo no sé vivir, si no vivo en la mentira. Pero las mujeres, cuando se deciden a hablar, siempre hablan con la verdad saliéndosele por la boca. Y por entre las piernas.

Why that name, Luna Isabel? ―me dio curiosidad.

No era necesario que me contestara. No era necesario que me contestaras, Luna, tú que siempre estuviste a mi lado, isabelumbrándome en los momentos más terribles, y que desde mi infancia fuiste el misterio que velaste por mi terror, y el consuelo en mis noches más bellas y desesperadas, a ras de un desierto llamado La Habana.

De hecho, Luna, desde que yo era niño, tú has sido siempre hija a la vez que madre, bañándome en una humanidad que ninguna mujer, excepto tú, sabrá brindarme.

Luna, en medio de la barbarie benéfica y el verbo vil. Isabel, en los lugares más tiernos y tenebrosos del totalitarismo cubano sin Cuba. Por allá arriba estarás tú, Luna, acompañándome de nube en nube, Isabel. Mi consuelo y mi brújula, para que no se extravíe el niño papá tuyo que nunca creció.

Como una gran diosa, luna isabelizada, mi verdadera diosa, la que me protegió de tantas calamidades en clave comunitaria, y de tanta infamia en una islita sin trazas de individualidad. Por eso ahora y aquí, en mi taxi, como antes en tiranía, yo elevo mis ojos color tiempo o color tarde, y te vuelvo a mirar. Siempre la misma, tú. Siempre tú, otra. Una Luna de rostro sin expresión de dolor, sin amargura y sin ansiedad, sino un redondel recortado de compasión hacia mí: tu único padre y tu hijo único.

Por favor, Luna o Isabel, en ese orden de nombres o en cualquier otro, nunca me estalles súbitamente en pedazos en plena cara, como una ráfaga de cascabel, cabel, abel, bel. To the sobbing of the bells, bells, bells. Llanto que baila keeping time, time, time, en este tictac del fin de los tiempos to the rolling of the bells, bells, bells, que es también the tolling of the bells, bells, bells, pero que nunca será the moaning and the groaning of my Luna Isabel, porque tu padre ya maneja sin miedo hacia el hospital, donde vas a nacer y nacerme y nacernos en estas palabras perdidas e imperdibles:

―Te amo, mi amor Luna Isabel.

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