Uber Cuba 0112

UBERCUBA

Uber Cuba 0112

Orlando Luis Pardo Lazo

Febrero 28, 2020

Viajé a Los Angeles para presentar una ponencia en uno de esos congresos LatinXXX, que los blancos norteamericanos se inventan para parecer menos blancos. Este, en específico, se llamaba “Primer Simposio Revolucionario de Justicia Social y Dignidad Literaria”. Así, en argot bolivariano.

Mientras estuve en la ciudad, prendí de nuevo la app de Uber y me puse a manejar por un rato. A la tercera o cuarta carrera, como era de esperar, se me montó Myriam Gurba en el carro.

La había visto esa tarde en el congreso. Con su peladito y sus tatuajes. Estaba exultante. Parecía una Fidel Castro a punto de entrar a La Habana, a inicios de enero de 1959, pero con minifaldas, al estilo de la miliciana irlandesa Bernadette Devlin.

Por suerte, ella no me reconoció. Ni como ponente de aquel evento, ni mucho menos ahora, como su casi clandestino chofer. La pasajera, también ponente especial del “Primer Simposio Revolucionario de Justicia Social y Dignidad Literaria”, semanas atrás me había acusado en sus redes sociales de amenazarla de muerte y todo, como debe ser, gracias a una pobre parodia en inglés que publiqué en mi blog homónimo, OrlandoLuisPardoLazo.com, titulada casi con ternura “La balada de Myriam y Jeanine”, creo que en inglés, que es el esperantodel Title IX y el MeToo.

No recuerdo lo que habré dicho o no dicho en aquel texto de ficción. Da igual. Quod scripsi is crisis. Pero sí recuerdo lo que Myriam Gurba hizo y dijo en mi taxi. No paraba de hablar por su móvil, cuyo speaker estaba activado no sólo para sonar en voz alta, sino para chicana y chancleteramente gritar. A la vez, ella parecía subir o bajar fotos de internet, como una gurú multitask, probablemente del Twitter de algún futuro supremacista misógino, como debe ser.

Al principio, pensé que hablaba con su editora o traductora o algo así. Después, caí en la cuenta de que hablaba con una colega. Se divertían a gritos, como si fueran cómplices o coautoras. Tal vez estaban alguito borrachas, a ambos lados de la conexión satelital. Dos hembras jóvenes fuera de control, complotando para arrasar ellas solas con el mercado yanquiconfederado del libro, de una costa a la otra de los Estados Unidos.

En una de esas, se le fue el nombre de su interlocutora. En efecto, era Jeanine Cummins. La novelista de American Dirt, libro que Myriam Gurba había comparado casi con una especie de Mein Kampf ―con campo de concentración y alambre de púas incluido―, pero firmado en el 2020 por una autora más tóxica que el propio demonio de Donald Trump.

Jeanine y Myriam. Myriam y Jeanine. Nadie las olvidará.

Además de muy sensual, el inglés inmigrante de Myriam Gurba sonaba nativísimo y a tope de velocidad, como puede verificarse al leer, por ejemplo, su libro de memorias malvadas titulado Mean. El anglosajón portorro de Jeanine Cummins en la bocinilla parecía, sin embargo, medio indocumentado, como si no fuera su lengua primaria.

En cualquier caso, al estar yo manejando, por fuerza se me escapaba la mitad de la conversación. Así que esta anécdota de amistades peligrosas lo mismo puede ser estrictamente cierta y confidencial, como también puede ser una falacia con pespuntes de plagio y, como debe ser, cierto toque de difamación.

La cosa es que, entre ambas, habían diseñado primero un libro, escrito por Myriam y firmado por Jeanine, y después ambas habían lanzado contra ese mismo libro una campaña de lapidación intelectual, concebida por Jeanine y ejecutada por Myriam. American Dirt no era más que el hijo bastardo de estas dos autoras con pasaporte yanqui y corazones castristas.

El objetivo final era, por supuesto, potenciar hasta el disparate las polémicas sobre lo “problemático”, en un país hoy al borde del analfabetismo (como es el caso de los Estados Unidos de América), para así disparar hasta el infinito y más allá sus respectivas ganancias, repartidas igualitariamente entre ambas. O sea, de un contrato de siete cifras, al parecer Myriam se quedaría con seis y media, y el medio millón restante sería para Jeanine. Se llamaba “reparación”. O al menos eso creí yo entender, con mi inglés indigente de indio insular.

Cuando mi pasajera se bajó del carro, toda partida de la risa con su peladito y sus tatuajes, me quedé un buen rato paralizado. Tanta mierda con mitificar a México y a los mexicanos, aparentemente atacados en American Dirt, y desde el inicio todo no era más que un bluff, como debe ser.

Pensé entonces en mi patria, despingada detalle a detalle por una izquierda en el poder a perpetuidad. Pensé en la Cuba de Fidel Castro, esa islita utópica que tanto Myriam Gurba como Jeanine Cummins idolatraban. Y pensé que, para mí, hubiera sido mejor no haber salido nunca de allí: mi ceguera carcelaria era una bendición, comparada con el consenso comepingante global, donde todo capitalismo es caca y sólo nos salva la Revolución.

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