Uber Cuba 0108

UBERCUBA

Uber Cuba 0108

Orlando Luis Pardo Lazo

Diciembre 13, 2019.

“Marianela”, así, huerfanita sin apellidos. Que primero fue una novela de Benito Pérez Galdós, ese incontinente verbal del siglo XIX. Y que después fue una película cursi, por supuesto española, que vi en blanco y negro a mis siete años en el año setentisiete en Cuba, y que después ya nunca pude olvidar, sin saber todavía quién era la diva Rocío Durcal, ni mucho menos el galán galo Pierre Orcel.

Y ahora, de pronto, otra vez: “Marianela”, así, pasajera sin apellidos, parpadeando en el App de Uber de mi iPhone X, a la espera de que yo fuera a recogerla al casino que está al otro lado del río Missouri, ya en el estado pro-cannabis y pro-aborto y pro-crimen y, por supuesto, pro-Obama, de Illinois.

Traía una pucha de flores rojas, por Navidad, y me ofreció una al montarse en mi Chevy Cruze: “Toma, chaval”, me dijo, “ten una flor sin pena, mira que las flores son las estrellas de la Tierra”.

Me reí ante su disparate poético, tan cheo como castizo, pero ella insistió: “Tal como las estrellas son las miradas de los que se han ido al cielo”. Me pareció una metáfora algo mejor. O acaso sea un símil. Espero que no una onomatopeya. Ni otra figura por el estilo, sacada a la fuerza, como una muela podrida, del moribundo dialecto español. Ese argot amargo, devenido ahora expañol, hezpañol, etnañol, gracias a la diáspora discursiva que ha descentrado hasta la decencia.

Y entonces, siguiendo su propio hilo lógico, Marianela remató: “Por eso las flores son las miradas de los que se han muerto y no han ido todavía al cielo. Venga, toma no una, sino dos, que nunca se sabe cuándo estamos en vísperas del juicio final”.

Me pareció una frase de mal agüero, sobre todo a esa hora pico, en que las carreteras interestatales de Missouri se llenan de ambulancias y patrulleros. Pero no se lo dije. Era demasiado bella, demasiado bobita, demasiado brutal. Demasiado mi primera novia, que es siempre la definitiva.

En una de esas, confundió mi apellido cuando se lo dije. Entendió “Pablo” en lugar de “Pardo”, y entonces sus ojillos de mora traidora brillaron. Como estrellas en mi taxi. Es decir, incinerando el recuerdo de su amor muerto en mi asiento de atrás.

Poco importa que su nombre completo fuera María Manuela Téllez, y que esté muerta desde el 12 de octubre de mil ochocientos sesenta y tantos. Para mí, ella ha sido y será Marianela para siempre. Mi lazarilla aniñada que, a su vez, llamaba “niño mío” todo el tiempo al tal Pablo en cuestión, aquel joven ciego a quien María Manuela guiaba de una escena a otra del film, hasta que él recuperara por fin la vista tras una operación, y, entonces, el azar ingrato la separa a ella de la felicidad del nuevo vidente, obligándola a un suicidio súbito enloquecido, despechada de celos por otra chica más bruta pero más educada que ella. Marianela, no te tires de cabeza esta noche en la Trascava, esa palabra que desde niño ignoro, pero que igual aún me aterra a esta hora, cuando vienen los astros a beber en la luna.

Esta Marianela de mi taxi Uber, por suerte, no llegó a tirarse de mi carro en movimiento. Me pidió que la llevara desde el casino del río Mississippi hasta el casino del río Missouri. Al parecer, era un día de buena suerte para ella. En términos del azar monetario. Es sabido que, desafortunada en amores, afortunada en el juego…

Me gustaría ver aquella peliculita setentosa por segunda vez. Me gustaría ser por segunda vez el niño de siete años aquel, un fin de semana de 1977. O un 12 de octubre de mil ochocientos sesenta y galdós. En ambos casos, allí me sentía tan seguro, tan en casa, tan a salvo, tan inmortal. Por entonces yo sabía que nada podía salirme mal en la vida. Mucho menos el amor, tan pronto como creciera un poco y llegara hasta mí el amor, el que esperaba desde el viernes capicúa del 10 de diciembre de 1971.

No habría enfermedades, no habría vejez. No habría pérdidas, ni miedo de estar vivos en el descampado de esta realidad. Ni en medio de ninguna otra realidad. El tiempo, en aquella Cuba cársica de los Castros, todavía no se había convertido en el traidor interior que es hoy. El miedo aún no me había hecho miserable. Ni a nadie.

Todo bien. Nada que lamentar. Al menos, esta madrugada volví a coincidir en libertad con Marianela, medio siglo después del niño Orlando Luis Pardo Lazo enamorándose de su Marianela inicial. En la Cuba del neocastrismo, sé que ese filme de la paleohistoria nunca volverá a exhibirse en la televisión nacional. Y, en mi exilio estadounidense de mentiritas, porque ya no existen los Estados Unidos, sé también que ese filme es hoy un desaparecido. Como los dinosaurios. Una historia de amor extinta, tras el impacto de un meteorito materialista en clave no sólo del mercado sino, sobre todo, en clave de Marx.

Puedes matarte por última vez con confianza, Marianela, niña mía. Es mucho mejor así. Salta al abismo, mi amor. Trascávanos. Estás ante un antiguo amante tuyo. Ante alguien que amó todas y cada una de tus minusvalías de muchacha o milagro.

Yo, tu Pardo y no tu Pablo, pero igual de ciego, aunque ya sin posibilidades de una operación para verte, te juro que nunca te voy a abandonar. A ninguna edad. Ni de niño, ni de anciano. Ni de cadáveres separados por el cambio de siglo y mileno, más que por el Océano Atlántico.

Marianélame, mi amor, Marianélanos.

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