Uber Cuba 0097

UBERCUBA

Uber Cuba 0097

Orlando Luis Pardo Lazo

Septiembre 25, 2019

Manejando taxis Uber hay sólo una cosa que ya nunca hago, esté viviendo o de paso en la ciudad en que esté de paso o viviendo. Y eso que nunca hago, eso que ya nunca podría hacer, aunque quisiera. Eso que nunca haría, ni aunque me pagaran una millonada, es la cosa más natural en el mundo moderno: atravesar un túnel.

No es superstición de catastrofismo. Ni mucho menos un síntoma de claustrofobia. Es algo mucho más íntimo e inexplicable.

Empezó cuando una vez tuve una visión. De pánico, de locura. Era tarde en la noche muda de Nueva York. Y yo tal vez me quedé dormido al volante. No sé. Da igual.

Lo cierto es que cruzaba en el carro por el túnel bajo el río Hudson, saliendo rumbo a New Jersey, y entonces sucedió.

Ah, todos esos malditos túneles de aquella compañía francesa de excavación en los inconcebibles años cincuenta. Ah, todos cortados con los mismos buldóceres, excavados del fondo del río o del mar, emparedados con azulejos blancos y azules bajo las indistinguibles luces gélidas de neón. Todos idénticos, como espejos. Como espejismos. Con su doble vía y su caminito con baranda dorada en lugar de aceras, para permitir el paso de peatones imposibles. Todos, por supuesto, conectando Casablanca o Manhattan con la única ciudad que habita en el corazón cubano y que alguna vez fuera llamada La Habana.

Cuando salí al Turnpike de Nueva Jersey, estaba en la curvita de La Punta en pleno Malecón. No tengo que añadir nada más. Pensé que me había dado una embolia. Había entrado por New York y había salido por La Habana. Qué pesadilla, qué prodigio. El taxi Uber casi se me sale de la carretera y casi me vi dando varias vueltas de campana más allá de la cuneta.

Recé al cielo. Recé al vacío inverosímil de Dios. Cerré los ojos. Me despedí de todas las personas que, sin saberlo, a veces sin quererlo, yo había amado para siempre sobre la faz de La Tierra.

Abrí los ojos. No quedaban trazas de mi visión. La Habana nunca había existido a la salida del túnel de Manhattan. Pero, a partir de esa experiencia al límite, todos los túneles siguen siendo inevitablemente el túnel de La Habana para mí.

No es estrés postraumático. Ni mucho menos es una obsesión compulsiva. Es, creo que ya lo dije antes, algo mucho más inexplicable e intimidante.

Por eso, manejando taxis Uber (de hecho, manejando o incluso viajando de pasajero dentro de cualquier carro), nunca he vuelto a atravesar un túnel en mi vida. Nunca más en vida quiero arriesgarme al pánico de conocer la verdad.

No podría sobrevivir a verme de vuelta en La Habana de manera tan súbita. No podría sobrevivir tras saber que La Habana se ha ido de manera súbita de mí.

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