Uber Cuba 0094

UBERCUBA

Uber Cuba 0094

Orlando Luis Pardo Lazo

Septiembre 12, 2019

En la Washington University de Saint Louis hay un pedacito de Cuba empotrado en la pared, en uno de esos patios interiores del Danforth campus. Se trata de un pedazo del Castillo de la Punta, traído a los Estados Unidos cuando la primera intervención militar estadounidense, a principios del siglo XX.

Esto me lo contó un profesor cubano que trabaja allí prácticamente desde que yo nací. Como ya es bastante mayor, él dedica parte de su tiempo libre a manejar taxis Uber por la ciudad. Así fue cómo me lo topé. Como es lógico, el catedrático no desea retirarse formalmente de su posición académica. Las aulas son vida, futuro, ilusión. Sangre joven. Tentación de la carne intergeneracional.

Por mi parte, yo nunca he estado allí, en la llamada WashU. Nunca me he atrevido a entrar a una universidad privada, ni en Missouri ni en ningún otro Estado. Tengo la sensación de que, tan pronto como los estudiantes me vean caminando dentro del campus, todos se echarán a correr aullando: “un apestado, un neocon, un terrorista, ¡depórtenlo, depórtenlo!”

Imagino la alarma de tornados rompiendo a sonar. Imagino a la policía universitaria disparando al aire antes de ponerse a darme caza, como a un animal salvaje. Fiera feral. Es decir, como lo que soy.

Así mismo me pasaba antes, en la Cuba terminal de Castro, con los intelectuales cubanos. Antes, y ahora también. Porque parece que ni siquiera la distancia es un buen remedio en contra de la pendejidad insular. Me temen, los muy mediocres. Todavía recuerdo cómo se hacía un circulito de miedo y mierda a mi alrededor, en aquel culto culturoso al servilismo y la mediocridad: “un apestado, un neocontrarrevolucionario, un terrorista, ¡expátrienlo, expátrienlo!”

El profesor devenido taxista de Uber manejaba bastante bien su carrito tan viejo. Un Impala de 1959. Por lo demás, era una carrerita muy breve, del club de ajedrez de Central West End hasta mi estudio rentado, a un costado del Forest Park. Tan pronto como el chofer profesor se olió que yo era cubano, me soltó el chisme de la piedra arrancada a la cañona del Castillo de La Punta, para empotrarla en 1898 o 1902 en un paredón de ladrillos Made in WashU.

Al buen hombre todavía le apesadumbraba semejante acto de saqueo neocolonial, me dijo. Y yo le di la razón. Y las gracias por sus servicios de Uber taxi. Y las buenas noches.

No le mentí en nada, se lo di todo de corazón.

Pero, tan pronto como me vi otra vez solo de remate en la semipenumbra de mi cuartico rentado, pensé:

―Qué cojones vandalismo de qué cojones. Qué carajo imperialismo de qué carajo. Mira que comemos mierda los cubanos. Pero, para que se entere el planeta entero: ese pedacito de piedra fue la única parte de Cuba que se salvó.

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