Uber Cuba 0093

UBERCUBA

Uber Cuba 0093

Orlando Luis Pardo Lazo

Septiembre 2, 2019

―Para que un negro parezca viejo ―me dijo cuando supo que yo hablaba español―, tiene que ser viejo, pero viejo de verdad.

Y él lo era, negro. Y lo parecía, viejo de verdad.

Muy, mucho. Por lo menos, un siglo de antigüedad, calculé. Pero me quedé cortico.

Me sacó su foto-ID de Lawton, Oklahoma, y me la estampó a medio centímetro de mis ojos, como asumiendo que el mundo entero se estaba quedando cegato, como él.

No había duda al respecto: el afroseñor acababa de cumplir sus reverendos 90 años.

Como de costumbre con todos mis pasajeros de taxi Uber, cuando supo que yo era cubano (para colmo, también de Lawton, como él, pero en las afueras y los abajos de La Habana), entonces su rostro rejuveneció.

Lucía por lo menos un cuarto de siglo más joven. Le brillaban sus pupilas pulidas por tanto siglo XX segregado y tantas leyes hijoeputas de Jim Crow. Lucía como una pantera negra, cuya musculatura supuraba el espíritu emancipador de los sensacionales sesenta.

Oh son, si tú supieras… ―suspiró―. Yo fui un refugiado político en la Cuba de Castro, cuando la Revolución era todavía nuevecita y a nadie se le había muerto la esperanza. Ni le habían matado a ningún familiar. Holy shit. Pero un par de años después, tu mismo gobierno fue quien me obligó a refugiarme de vuelta en los Estados Unidos. Ni te imaginas la que pasé para salir de esa Isla infernal… Qué esclavos ni qué esclavitud ni qué ocho cuartos: ¡el marxismo es la peor finca algodonera del Sur!

Le pregunté su nombre. Me dijo que a estas alturas ya daba igual. Había tenido demasiados nombres. Para los cubanos en Cuba fue John Clytus. Allí dejó a su primera y única novia del corazón: “una mujer negra atrapada en una revolución de hombres blancos”.

Esto es textual, como casi todo en mis anécdotas dentro de un taxi Uber. Googléenlo y verán.

―Cuando por fin me dejaron irme ―se embaló―, en un libro que publiqué con la Universidad de Miami la llamé “Nefertiti”, para no perjudicarla ante la Seguridad del Estado, esos mayorales sabuesos que no perdonan ni a su madre. Pero su nombre de verdad era Nereida, la pobrecita. Me lo dio todo y yo en todo la traicioné. Como también traicioné a todas las otras, después de ella. La recuerdo con sus pechitos entalcados y las pasas siempre muy peinaditas hacia atrás, en una cola de caballo o de yegua bestial. Nereida y sus diecinueve añitos, compadre. Me la comí con papas y luego la dejé tirada una noche sobre el muro del malecón, a la altura de la beca estudiantil, cuando tuve que darle pirey para poder salvarme al menos yo. Llorando, la muy inocente, implorándome que la sacara conmigo de Cuba. Cojones ―y aquí a John Clytus se le quebró su vozarrón aleluya de Leonard Cohen―, después de aquel abandono, yo no merecía haber vivido tanto como viví.

―Cálmese, mi padre ―le dije, por miedo a que el anciano se me muriera dentro del carro de un patatús. Y yo sin seguro médico, ni siquiera para mí.

―Ya es demasiado tarde para eso, hijo ―me dijo, con una sonrisa ancestral―. Yo ya estoy más que calmado. Calmado es mierda, vaya: estoy curado de espanto, con una pata aquí y la otra en el más allá. ¿Te puedo dar un consejo?

Casi llegábamos a su dirección, en un suburbio de los suburbios de Ferguson.

―Por supuesto ―lo animé―, dispare toda esa sabiduría suya, que la estoy más que necesitando.

Me clavó muy solemne sus ojos vidriosos, como de cadáver viviente. Como los de mi padre, cuando la metástasis lo vació de vida antes de que pudiéramos terminar el almuerzo. Un domingo al mediodía, como ahora.

―Júrame que tú no vas a abandonarla, júrame que a tu Nefertiti, cuando aparezca, le irá esta vez mejor que a la mía.

Se lo juré. Aunque para mí, también, acaso fuera ya demasiado tarde. Como para John Clytus. Tarde con cojones, vaya, mi querido compañero pantera negra, herido entre las costillas por la lanza con vinagre de nuestra querida Revolución Cubana, más blanca que el tronco de todas las palmas y más racista que la memoria de todas las estatuas confederadas.

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