Uber Cuba 0088

UBERCUBA

Uber Cuba 0088

Orlando Luis Pardo Lazo

Julio 26, 2019

Debo advertirlo desde el inicio. Esta anécdota puede llevarme a la cárcel en los Estados Unidos. En algunos estados, incluso a la pena capital. Pero no tengo más remedio que contarlo. Esta es la hora de declarar la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.

La chofer se llama Gloria Beatty. O, al menos, ese era el seudónimo más o menos cinematográfico que ella usaba en el App de Uber. Desde que me recogió, en casa de NDDV, en un bungalow de Pasadena camino al aeropuerto de Los Ángeles, se puso a hablar como una loca. Literalmente. Literariamente.

Me dijo que vivía con varios roommates por la zona de Beverly Hills. Alguna vez le había interesado, como a todos los que vienen jóvenes a California, trabajar en una película importante y hacerse famosa de inmediato. Idolatraba a la actriz Lillian Roth, de quién sólo ella se acordaba de costa a costa de la nación. Quería conquistar el mundo de la pantalla grande, como todas las mujeres en California. Y conquistar, como todas las mujeres del sistema solar, a una audiencia masculina de corazones canallas. (Debo advertir, también, que estoy haciendo un esfuerzo formidable de traducción instantánea, pues sus palabras en ráfagas las soltaba en inglés, acaso como plagio de sus parlamentos memorizados del último guión que no protagonizó.)

Era obvio que Gloria Beatty tenía talento. Mucho. También era obvio que Gloria Beatty estaba cansada. Muchísimo. Una mujer exhausta. Y, a estas alturas, ni siquiera había conseguido registrar su nombre en el Central Castings Bureau, según me confesó, apenada. Así que, por el momento, ni soñar con su fulminante estrellato. Es decir, tendría que bastarle sólo con soñar sobre su fulminante estrellato.

Antes de la salida del expressway hacia el aeropuerto LAX, y sin hacer el menor intento de anunciármelo con antelación, Gloria Beatty desvió nuestro taxi Uber hacia el mar, que en Los Ángeles, como en toda la costa oeste de los Estados Unidos, se pronuncia “Océano Pacífico”.

No le pregunté nada. Ella sabría, por algo era la chofer y yo el pasajero. El exilio cubano es así. Una sorpresa tras otra, un laberinto infinitamente más enredado dentro un laberinto facilito de desentrañar. Ella sería mi Ariadna al volante, con GPS y espejo retrovisor. Yo sería su minotauro en el asiento de atrás, con ganas de saltarle al cuello y hacerle en el mismo taxi el amor.

Era la hora violeta de la puesta de sol en América la magnífica. Las nubes lucían ensangrentadas a contraluz, gravitando como una amenaza sobre la línea claustrofóbica del horizonte nipón. A veces, aquí, uno extraña tanto a Pearl Harbor. Sé muy bien lo que quiero decir con esto, pero mejor dejémoslo ahí. No es necesario explicarlo todo.

En cualquier caso, el astro rey se hundía ahora en el agua sin pedir ayuda de nadie. Por gravedad, por rutina. Como ella misma naufragaba en su propio tedio vital, sin otro signo vital que sus cabellos de ángel hechos un remolino de luz rubia ante la brisa marina: alisios en el país de las maravillas, aire asfixiante sobre el abismo de agua que se abre entre América y Asia, continentes contrincantes.

Gloria Beatty dijo, sin necesidad de interpretación (basta con ponerle unas cuantas cursivas intraducibles, por culpa de cierto criterio editorial):

Lovely, lovely, lovely.

Permítanme repetirlo, esta vez sin cursivas:

―Lovely, lovely, lovely.

Y, en efecto, el paisaje lo era. Precioso, precioso, precioso. Es decir, precioso, precioso, precioso. Como creo recordar que decía un pasaje sin importancia, y por eso mismo aún más memorable en pleno siglo XXI, de la edición cubana de ¿Acaso no matan a los caballos?, una novelita de Horace McCoy traducida para la audiencia cautiva de la Revolución Cubana, quién sabe si por José Rodríguez Feo o por Ambrosio Fornet, para no invocar al fantasma finisecular de Andrés B. Couselo.

Los pescadores pescaban. Los paseantes paseaban. Todos apurados o entretenidos. Todos haciendo cualquier otra cosa, excepto contemplar extasiados aquella puesta de sol.

―Pobres tontos ―dijo mi preciosa, preciosa, preciosa chofer de Uber tan pronto parqueamos junto al muellecito, con su mirada de mujer preciosa, preciosa, preciosa. Hembra perdida en el vacío de un planeta sobresaturado de información―. Están ciegos, don´t they?

Y entonces añadió, en inglés literario:

―Una puesta de sol así vale más que cualquier pesca o paseo, ¿no?

Y yo entendí, en español de calle:

―¿No está de pinga esta puesta de sol?

En ambos casos, preferí callarme. Era obvio que dentro de Gloria Beatty se alojaban ya todas las respuestas y contrarrespuestas, a nivel de élite y de lumpen-proletariado. Pobrecita la norteamericanita, mi amor. Pobre su cabecita blonda de fémina harta de vivir, pero todavía mucho más temerosa de no estar viva. Debió de haber nacido en Hiroshima, a principios de agosto del verano vil de 1945. Debió de haber nacido mañana al amanecer.

A un lado de la bahía rielaban como unas luces, no sin timidez. Anochecía apenas. Era la tierra prometida, el país de la fantasía. Malibú, donde las estrellas de cine se recluyen a brillar durante el plazo mínimo de una vida y una carrera estelar. También, donde recalan, ya heridos de muerte, algunos cometas y meteoritos fugaces, como Gloria Beatty y su cola de fracasos espectaculares.

―Always tomorrow ―reflexionó en voz alta para nadie, al menos no para mí―. The big break is always coming tomorrow.

No le voy a dar más vueltas a la bola escondida. La tipa me pidió que la matara allí mismo. Registró el nido de pájaros de su carterita y sacó un revólver de miniatura.

―Toma ―dijo―. Mátame, por el amor de Dios. It´s the only way to get me out of my misery.

Para los cubanos que no saben leer en inglés (aunque, desde la Campaña de Alfabetización de 1961, los cubanos en general no saben leer en ningún idioma), “misery” no significa “miseria”. O acaso sí, pero no material, sino miseria del alma. Por más que “alma” sea un eufemismo en un país ateo como forzaron a Cuba serlo, como están forzando a serlo a los Estados Unidos.

Sus ojazos azules tenían un poder de convicción del recontracoño de su madre. Me excitó pensarla desnuda, frágil, vulnerable. Templar su condición miserable, singar su alma en pena. “Tiene razón”, pensé, a esta pobre criatura no hay manera de que nada ni nadie la haga feliz bajo el sol, ni siquiera bajo una puesta de sol.

Cogí el arma. La rastrillé. Estaba cargada.

―Estoy listo ―le dije―. ¿Dónde?

―Aquí ―me dijo―. En la sien.

―¿Ahora?

―Ahora.

Le puse la pistola en la sien derecha y disparé. Ella cayó lentamente sobre su lado izquierdo, como corresponde a las leyes de la mecánica newtoniana, como un pequeño príncipe mordido a voluntad por la serpiente insolidaria de la Segunda Enmienda. Nunca antes había amado tanto a una mujer, nunca antes me había entregado tanto por nadie.

Sólo después fue que miré a ver si había alguien alrededor. Curiosos, extras del escenario, homeless, policías, lo que fuera. Pero no, Los Ángeles estaba más desierto de lo acostumbrado. Era un hecho: Los Ángeles eran un hueco sin eco. Además, la pistolita de juguete casi ni había sonado al disparar. Y el viento transcontinental se había llevado enseguida hacia el tren de olas el escaso ruido y el sagrado humo de una muerte de mentiritas.

Tiré la pistola al agua, como aconsejan todas las peliculitas de Hollywood pirateadas en La Habana. Y me fui en su mismo carro, de vuelta a tope de velocidad hacia el aeropuerto LAX. Un Chevy Malibú del año. Se me había hecho tarde. Y Miami me esperaba para la presentación de mi libro Espantado de todo me refugio en Trump, recién publicado por error unas semanas atrás.

Lo dije al inicio y otra vez debo advertirlo ahora al final. Esta anécdota puede llevarme a la cárcel en los Estados Unidos. En algunos estados, incluso a la pena máxima. Pero no tuve más remedio que contarlo. Para los cubanos sin Cuba, esta es la hora de declarar la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.

Condenadme, no importa. Total, no hay forma humana de que la historia de Cuba pueda absolver ni a uno solo de los cubanos.

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