Uber Cuba 0085

UBERCUBA

Uber Cuba 0085

Orlando Luis Pardo Lazo

Julio 8, 2019


Usaba un vestidito rojo a la altura de las nalgas. No me pidió permiso para montarse. Abrió la puerta delantera del taxi y se instaló a mi lado. Se comportaba, como quien dice, como si fuera la dueña de los caballitos. Y lo era. La reina de los caballitos.

―Dale ―me dijo, en inglés―, que voy tarde.

Y puso una navaja en mi yugular.

Suena inverosímil, lo sé. Se trata de una acción fuera de contexto, sin efecto dramatúrgico y sin la más mínima justificación. Pero es lo que es y punto. Como la vida misma. Hilos de acciones sin ilación.

Pisé el acelerador de mi Uber. El Chevy Opala patinó un poco por la bachería de Richmond Heights (la ineficacia proletaria no es exclusiva del socialismo), metió dos o tres brincos en los que el filo de la navaja me acarició las venas y arterias de mi garganta, pero eventualmente logré enrumbar mi Uber hacia el sur, llevándome por delante las luces rojas, verdes y amarillas de los semáforos del Big Bend Boulevard de Saint Louis. Un cohete al filo de la madrugada mizzou.

De pinga. Mi vida de gratis en las manos temblorosas de una adolescente tomada o drogada o, preferiblemente, ambas profesiones en una. Qué mierda, qué maravilla. Quién me lo iba a decir en Cuba. Mátame por tu amor, mamita, hazme famoso en los titulares de costa a costa de la gran prensa occidental: Bloguero anticastrista cubano cae en combate a manos de la corrección política.

Mi cerebro dando vueltas como un reguilete contrarrevolucionario. Mi cabeza de cubano cobarde sostenida en alto por su reluciente daga. Y también por los destellos de color rojo pasional, emitidos hacia mis glándulas más groseras por su vestidito corto de matarife madonna.

―No bajes de 120 ―me dijo, siempre en inglés.

―¿Kilómetros por hora? ―traté de precisar las unidades internacionales, pues en aquellas condiciones yo no podía arriesgarme a un error de escalas.

―No te hagas el inmigrante ilegal, big boy ―me contestó, cortante―. Tú sabes muy bien que aquí en democracia 120 significa siempre 120 millas. ¡Dale!

Y, tal como me lo ordenaba aquella adolescente anglófona (esa rareza lingüística en los Estados Unidos de hoy, donde el inglés es la lengua secundaria incluso de los angloparlantes), a 120 millas por hora puse a volar mi taxi, tan pronto como nos montamos en el expressway.

Íbamos, según me guiaba la aplicación de Uber, hasta el parque de diversiones llamado Six Flags. Había oído historias truculentas de ese lugar, pero nunca había estado ni cerca de allí. Me lo imaginaba, por ejemplo, con seis banderas confederadas flotando, a falta de estatuas, en conmemoración de la legalidad decimonónica primero de la esclavitud y después de la emancipación. No hay quién coño entienda a los norteamericanos estos. Pero ya es muy tarde para que los cubanos huyamos a Cuba: en la islita de nuestra infancia ya no le queda nada a nadie.

Por su parte, ella iba relajadísima. Como si tal cosa. Como si amenazar de muerte a los choferes fuera su hobby escolar. Nada del otro mundo. Una tarea de clase. Una prueba inter-semestral o de fin de curso (por cierto, los semestres en las escuelas de este país duran sólo tres meses).

La chiquilla asaltante me pidió poner música. Prendí la radio del carro. Ella se burló de mí. Lo que me estaba pidiendo era otra cosa: la muy traviesa quería la música de su Playlist, conectada vía Bluetooth desde su súper iPhone con la reproductora secuestrada de mi taxi.

Por supuesto, le dije que sí. Todo se lo tenía que permitir. Tampoco tenía muchas alternativas en lo que me quedaba de vida. Porque aquella niña grande echaba chispas afiladas por sus ojos vidriosos de verde limón. Verde lunático, verde que la quiero verde. Bajo la luna republicana con ribetes de Donald Trump, grandes estrellas polares y montañas rusas, carnaval que viene con el pez de sombra que nos abre el camino del alba. Lorca que te quiero Lorca. Ah, loca, ¿en dónde estaremos?

My name is Pilar, by the way ―me dijo, ya podrán darse cuenta en cuál idioma.

Cuando llegamos al parque de diversiones, como era de esperar, a esa hora estaba del todo desierto. Y no eran ni las doce de la medianoche todavía. En verdad, América ya no quiere ni sabe ganar. Mucho menos ganar ganancias.

Vi los aparatos rotos de milenario metal, puestos a dormir como mascotas sin dueños. Sin custodios, sin made-in-nada, criaturas vulnerables bajo la soledad súbita que se siente en el corazón del corazón de este país. Las casetas de tickets, todas abiertas a los ladrones. Papeletas y billetes botados por cualquier parte, como si ya el dólar no circulara ni siquiera en la misma nación que lo inventó: parecían apenas papelitos impresos por amor al arte, pero vaciados de cualquier valor numismático. Y, haciéndole justicia al nombre de este siniestro sitio, seis enormes banderolas cubanas ondeando bajo la estrella polar, en pleno hondón norteamericano. Pero en lugar de la estrella solitaria, había dentro del triángulo rojo rubí un par de tibias y una calavera. Es decir, en total doce tibias y seis calaveras.

Pensé que yo estaba soñando. Y lo estaba. Desde que salí de la isla lo estoy. El exilio es un sueño insomne incesante.

Entonces la del vestidito rojo a la altura de las nalgas por fin me dejó de amenazar con la navaja. Me pidió perdón por su exabrupto anterior. Me dio las gracias incluso, por mi amabilidad de taxista obediente. Y para colmo me invitó, con un generoso gesto de buena voluntad indicado por su índice derecho, a que la acompañase fuera del carro.

Se apagó su música. Nunca la pude identificar. En cualquier caso, sonaba a una mezcla de Kim Kardashian con Kate Bush. Me bajé de mi Chevy Opala. Avancé tras ella. Iba como poseída. Era, literalmente, un imán. Y yo era su posesión magnética. Su presa.

Fue hasta la montaña rusa. Se montó, como si de otro taxi Uber se tratara. Me pidió encender los motores del aparatoso aparato. Lo hice, sin necesidad de coacción venosa o arterial. Pilar, bebé traviesa, me gritó ya en movimiento que pusiera al mecanismo en el modo Turbo Test, que es una locura de exceso de velocidad, una variante de vértigo que no se usa con personas montadas, sino sólo para probar la confiabilidad del sistema y la resistencia a la fatiga del tuerqui-tornillaje del aparato.

Minutos. Acaso horas. Fue viaje vertiginoso en círculos antigravitatorios. Curvas de vómito. Su espina dorsal con la polaridad invertida, como dicen que le ocurre al planeta Tierra, una vez cada mil novecientos cincuenta y nueve millones de años.

Así la vi pasar ante estos ojos miopes que se los va a tragar precisamente la tierra: dos, doce, veinte, doscientas, dos mil veinte veces. Era como una estrella fugaz. Era, iluminadamente, una estrella fugaz.

Ahora por fin puedo confesármelo a mí mismo: nunca fui tan feliz como esa medianoche por haberme ido para siempre de Cuba un mediodía de martes en marzo.

Cuando en una de las vueltas me hizo la señal de STOP con sus manitas de muñeca maniaca, la obedecí enseguida y paré aquel demencial tiovivo astrológico. Ella se bajó sin pizca de mareo, relajadísima. Nada de vomitar. Nada de caminar haciendo eses o en zigzag. Me agradeció nuevamente por mi ayuda, en aquel inglés adolescente que tan pocos años de práctica tendría dentro de su boquita de Betty Boop. Y entonces Pilar me tomó de la mano.

No quedaban en ella ninguna traza de asaltante en serie. De pronto mi pasajera se revelaba en toda su naturaleza nativa de ángel. Mi ángel, gracias. Nunca te lo terminaré de agradecer.

Pilar me arrastró de la mano hasta la estrella polar. Que aquí le llaman, creo, “la rueda del hada”. Y se montó. Y me pidió prenderla. Yo era su asalariado pro-bono. Y así lo hice, sin necesidad de otra violencia física o verbal que no fuera su belleza de virgen insomne.

Me pidió, ya en movimiento, que la ajustara al modo de Panorama, que es casi con cero velocidad, una variante en cámara lenta para disfrutar eternamente del paisaje hasta el horizonte y más allá, según suben y bajan los carricoches de diseños infantilizados, como en América del Norte todo lo es: un país de dibujos animados, desde la CIA hasta la Casa Blanca, pasando por los hospitales privados y los parques naturales, paisajito de cartón-tabla con cowboys e indios de tramoya étnica para eludir genéticamente el pago de sus impuestos federales.

Con el mismo gesto generoso de su índice derecho me invitó a montarme en la estrella polar con ella. Y montamos, en aquella rueda feérica de funiculares ferrosos más o menos oxidados por el salitre de tierra adentro de tres siglos de capitalismo cadáver. Y viajamos hasta el cielo, mi pasajera de Uber y yo. Pilar y su apóstol. A mínima velocidad.

Fue allá arriba donde sacó otra vez su arma blanca. Pero esta vez no fue para amenazarme, sino que deslizó la navaja por su propia yugular. Pensé que estaría jugando a asustarme. Mi niña mala. Pensé que incluso la sangre en este parque de diversiones debería de ser una cosa diseñada sólo para la diversión de los pasajeros: agüita de colorantes baratos, coágulos sintéticos con polímeros chinescos de importación, venas y arterias plásticas, tejido adiposo de styrofoam, pasto para selfies suicidas en Instagram, con la etiquetas de #FakeDeath, #MeBlood, #TerrorizeCubans, o simplemente #PrankOrlandoLuisPardoLazo.

Pero no. No, y no me importa. Qué me va a importar. En cualquier caso, mantengo lo dicho antes: nunca fui tan feliz de haberme ido para siempre de Cuba como cuando, bajo los cielos del exilio cubano, Pilar se mató ante mí.

Pobrecita, mi ángel, como todas las suicidas adoslecenteamericanas, atrapadas entre las ruinas del capital y las pantallas en 3-D de la realidad.

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