Uber Cuba 0082 y 0083

UBERCUBA

Uber Cuba 0082

Orlando Luis Pardo Lazo

Junio 25, 2019


Una madrugada, bastante tarde, o acaso ya muy temprano, manejando mi taxi Uber entre Cambridge y Boston, en la república soviética de Massachusetts, se subió al taxi el cardenal católico cubano en persona: Jaime Lucas Ortega y Alamino, arzobispo de la Arquidiócesis de La Habana.

La llamada en el App no venía de su sacrosanto nombre de varón, sino a nombre de un tal Jorge Domínguez, al parecer cubano también. El cardenal, por su parte, no vestía sus hábitos de cardenal, sino una especie de tuxedo púrpura y una pantaloneta lila. Llevaba los ojos (es decir, las ojeras) pintados con una sombrita violentamente violeta.

Lo reconocí al vuelo. Su risa beatífica es inconfundible. A pesar de que el prelado se hacía acompañar de un efebo con ínfulas mitad de reguetonero y mitad de monaguillo. Un norteamericanito rapero, al parecer. Pero igual podría ser europeo. O una mujer. Hoy por hoy los géneros son pura ilusión, como los pronombres personales. 

Desde que la pareja se montó en mi carro no paraban de besarse en la boca, como a escondidas del mundo y justo a espaldas de mí. Como si yo no tuviera un espejo retrovisor en mi taxi. Es sabido que objects in the mirror look closer than they appear

Recordé entonces lo que el cardenal había venido a hacer a los Estados Unidos. Por órdenes de La Habana, un profesor castrista lo había invitado a impartir una conferencia magistral en la Universidad de Harvard. El tema era, por supuesto, “La iglesia y la comunidad: el rol de la iglesia católica en Cuba”. Porque, ¿de qué otra cosa podría hablar un cardenal cubano en una universidad de corte comunistón? 

Los dos seguían besándose y besándose a sus anchas, por encima del derecho de los homosexuales cubanos a besarse y besarse a sus anchas en su impropio país. Finalmente los dejé en su destino, un discretico Motel 6 de las afueras, a donde entraron muy modositos y sin tocarse. Como si acabar de tomar sus respectivos votos de castidad.

Recordé que el cardenal cubano en Harvard había dicho que los disidentes cubanos son una partida de delincuentes. Y que la sociedad civil y opositora de la Isla es pagada desde Miami y, para colmo, recibe sus órdenes desde el exilio gracias a su abundancia de teléfonos celulares. Joyitas así. Más sabe el Cardenal por viejo que por Cardenal.

Los miré por última vez. Señor y señorito, de espaldas a la calle. Acaso a la esfera pública como tal. En el lobby. Pagó el purpurado, supongo que con el dinero que recibe la iglesia católica cubana por parte de sus compatriotas sin Cuba. Sentí entonces una suerte de perversa satisfacción. Teníamos lo que teníamos que tener.

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Uber Cuba 0083

Orlando Luis Pardo Lazo

Junio 28, 2019


Una madrugada, bastante temprano, o acaso todavía muy tarde, llamé a un Uber taxi para ir desde mi hotel de Boston hasta algún cafecito insomne de Cambridge, en la República Popular Democrática de Massachusetts. 

Tan pronto como vi su carrito acercarse al lobby, tuve una especie de deja-vu. En efecto, el chofer era el mismísimo cardenal católico cubano en persona: Jaime Lucas Ortega y Alamino, arzobispo de la Arquidiócesis de La Habana. No se me despinta su pinta, ni disfrazado de obrerito exiliado digital.

Me llamó la atención que en el App de Uber su sacrosanto nombre de varón fuera otro: decía “Jorge Domínguez, PhD”, al parecer un cubano también. Como todos los choferes en los Estados Unidos últimamente. 

El cardenal, por lo demás, no vestía sus hábitos de cardenal al volante, sino una especie de tuxedo púrpura y una pantaloneta lila. Llevaba los ojos (es decir, las ojeras) pintados con una sombrita violentamente violeta que relumbraba diabólicamente en el espejo retrovisor. 

Escondeos, no importa: la historia os reconocerá. Es sabido que objects in the mirror look closer than they appear.

Esa risa beatífica suya es inconfundible, inescondible. Y me temo que me acompañará por los viajes de mis viajes, hasta el fin de Cuba y de la compañía Uber que Cuba nunca tendrá. 

Desde mi confesionario en el asiento de atrás, recordé entonces lo que el cardenal había venido a hacer a los Estados Unidos. Por órdenes de La Habana, un profesor castrista lo había invitado a impartir una conferencia magistral en la Universidad de Harvard, no muy lejos de aquí. El tema sería, como se cae de la mata, “La iglesia y la comunidad: el rol de la iglesia católica en Cuba”. Porque, ¿de qué otra cosa podría hablar un cardenal cubano en una universidad de corte comunistón?

Con la Iglesia Castrólica hemos topado, Sancho. Y también con una academia norteamericana saturada de castrodémicos por concepto y por corazón, ese órgano de bioseguridad que no por gusto se ubica al lado izquierdo de la patria del pecho.

Yo iba en el carro con una tembona medio árabe, recién ligada gracias a Alá y a su misericordia erotómana a través de otra compañía digital, Tinder. Los dos íbamos un poco tomados ya, así que no pude evitar que la musulmana me siguiera besando y besando a sus anchas, por encima de su burka porno a medio ripiar.

El cardenal nos contemplaba casi templar, envidioso. Lascivioso, como todo clero esclerótico. Finalmente nos dejó en nuestro destino, un discretico café a un costado precisamente de la Universidad de Harvard, a donde entramos muy modositos y sin tocarnos, tal como lo exige la corrección política Made in CNN y en The New York Times. De hecho, como si los dos, aunque acabábamos de conocernos en aquella primera cita, recién hubiéramos recibido nuestros respectivos votos de castidad de las manos malvas del purpurado. Malvadas.

Recordé que el cardenal cubano en Harvard había dicho que los disidentes cubanos son una partida de delincuentes. Y que la sociedad civil y opositora de la Isla es pagada desde Miami y, para colmo, que recibe sus órdenes desde el exilio gracias a su abundancia de teléfonos celulares. Joyitas así. 

Y en cada una de sus sentencias al muy cabroncito no le faltaba razón. Más sabe el diablo por cardenal que por diablo. Pero más sabe el cardenal por camarada que por cardenal.

No le dejé propina al jerarca católico en el App de Uber. O sí, sí se la dejé. Pero no se la di, sino que se la propiné. 

Con toda mi rabia retórica, con todo mi resentimiento de clase, con toda la irreverencundia de ser yo el mejor escritor vivo dentro y fuera de nuestra cárcel insular, le puse en negritas (técnicamente, en rojitas), justo ahí donde más le dolería a él en tanto chofer contratado por el tal “Jorge Domínguez”, acaso para que Su Eminencia regresara a la Isla con unos quilitos cobarde de más: Viva Cuba sin Castros, HdP.

Voy a arriesgarme mucho al contar esto aquí. Mejor cambio desde el inicio este tiempo verbal: ya me arriesgué muchísimo al contar esto aquí.

Una noche, bastante tarde, manejando mi Uber entre Cambridge y Boston, en Massachusetts, se subió al taxi el cardenal católico cubano: Jaime y Lucas y Ortega y Alamino, arzobispo emérito de la Arquidiócesis de La Habana.

Por supuesto, la llamada en el App no venía de su sacrosanto nombre de varón, sino que estaba a nombre de un tal Jorge Domínguez. Para el caso, es igual. Seguro que era cubano. Es decir, seguro que era cobarde. Segurosos, seguratas. Clientelismo cómplice de las academias en el corazón infiltrado del exilio.

El cardenal no vestía sus hábitos de cardenal. Pero igual se veía muy maricón, con una especie de tuxedo púrpura y una pantaloneta lila. Y encima usando unas gafas violentamente violetas a aquellas altas horas de la medianoche norteamericana.

Lo reconocí al vuelo. Literalmente, al vuelo. Su risa beatífica es inconfundible. Nunca hubiera pensado que en una sonrisa de mujer cupiera tanta maldad. Pero sí. Cabe y sobra espacio bajo la sotana para la siguiente maldad.

El prelado de la Isla venía acompañado de un efebo con ínfulas mitad de reguetonero y mitad de monaguillo. Un norteamericanito, al parecer. Pero que igual bien podría ser europeo. La homosexualidad, homogeniza.

Desde que la pareja se montó en mi Uber no paraban de besarse en la boca los muy cabrones, como a escondidas del mundo y justo a espaldas de mí. Como si yo no tuviera un tronco de espejo retrovisor en mi taxi. En fin, que abjects in mirror look closer than they appear.

Por cierto, a esa besadera con lengua y todo, aquí se le conoce popularmente como “make out”. O sea, hacerlo afuera: salir del closet casto castrista, exhibir las plumas en público sin pudor. Orgullo alegre, la gaya ciencia.

Recordé entonces lo que el cardenal había venido a hacer a USA. Por órdenes de La Habana, hacía poco un profesor fidelista lo había invitado a una conferencia magistral en la Universidad de Harvard. El tema era, por supuesto, “La iglesia y la comunidad: el rol de la iglesia católica en Cuba”.

Claro, porque, ¿de qué otra cosa podría hablar un cardenal cubano en una universidad de corte comunistón? Ciertamente no de sus connotados amantes internacionales, a quienes era vox populi en Cuba que Jaime y Lucas y Ortega y Alamino les hacía unos regalitos carísimos. De oro macizo, mariconsísimo. Sabe Dios y el Estado si con dineros públicos o privados. Porque, además, ¿cuánto podría ser el samaritano salario de un cardenal castrólico en Cuba?

Los dos seguían besándose y besándose a sus anchas, por encima del derecho de los maricones cubanos a besarse a sus anchas tras contratar los servicios de una compañía capitalista. Ambos besándose al descaro, pero a la vez a escondidas. Como cucarachas anónimas. Como criminales cómplices de la casta de heterosexuales que desaparecieron a nuestra nación, por los siglos de los siglos y hasta el fin de los totalitarismos, améen.

Para colmo, el maestro y su margarita se besaban usándome a mí como testigo supuestamente liberal, que no podía meter un frenazo de asco en plena Calle de la Cruz, y bajarlos del taxi a patadas, mandándolos a gritos que se fueran a singar sus cochinas bocas para casa del recontracoño de sus madres.

Por eso mismo lo hice. Por pingú, por Orlando Luis Pardo Lazo. Y también por venganza de clase. Por odio revolucionario contra los hipócritas y reverendísimos hijos de puta. Hijos de patria, maricones con el alma rota pero todavía patéticamente con sus culos intactos. Porque no se puede ser maricón y ser tan malvado como este octogenario del horror.

Así que, por mis cojones sin Cuba pero sin Castro, metí un frenazo de asco en plena Cross Street, y los bajé del taxi a patadas, mandándolos a gritos que se fueran a singar sus cochinas bocas para casa del recontracoño de sus madres.

El cardenal creo que hasta sangraba. Ojalá. Pero lo dudo. Ese tipo no debe tener ni sangre.

El otro chulito chupalenguas, ni sé. Ese seguro que disfrutó un poco perversamente mi paliza. Acaso hasta con una erección.

Cuando caí en la cuenta de lo que acababa de hacer, me metí de cabeza en el carro y pisé el acelerador. No estaba arrepentido, para nada. Al contrario. Pero lo mejor era perderme para siempre de allí. Lo mejor era alejarme tanto de Harvard como me fuera posible. Yo todavía no era ni ciudadano norteamericano, y por una simple denuncia por “homofobia” me podrían deportar del país. A la tierra prometida, donde el cardenal sería entonces quien me daría los palos a mí.

Y justo eso he estado haciendo hasta ahora. Justo eso he estado haciendo hasta el día de hoy. A falta de dinamita, a los cubanos el único recurso ridículo que nos queda es escondernos o huir. Como a los pájaros y a los párrocos, valga la redundancia.

En fin, que el marxismo y la mariconería son, paradójicamente, de un presbítero las dos alas.

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