De Etecsa y otros demonios democráticos

De Etecsa y otros demonios democráticos

Orlando Luis Pardo Lazo

WEDNESDAY, SEPTEMBER 30, 2009

Siempre tuve teléfono. Primero de cinco, después de seis, y ahora de siete cifras. Lo que sumado a su estatus digital lo convierte casi en un número del Primer Mundo (hace mucho que se acabaron las justificaciones de La Gran Familia Cubana para llamar a la isla sólo una vez al año).

Estoy tentado de teclearlo narcisistamente ahora aquí, 689-82-69, pero otros bloggers de mayor experiencia y menor edad me han recomendado no hacerlo: dicen que eso sería un suicidio internacional, que hay locos capaces de gastarse los dólares y euros con tal de crearme un caos.

De todas formas, en la época bárbara de mis comentaristas oficiales de Kaos en la Red, por ejemplo, más de una vez lo postearon en sitios web con incitaciones para hacerme talco en la vida real. En la Feria Internacional del Libro de La Habana 2009 casi lo logran. Por ahí deben estar descolgadas todavía mis siete cifras, y también hasta mi dirección particular: Fonts # 125, % Rafael de Cárdenas y Beales, Lawton.

Lo cierto es que tengo vecinos de toda la vida que nunca han tenido uno. No telephone, no cry. Como la densidad de cabinas telefónicas estatales en mi barrio se aproxima austeramente a cero (los que sirven siempre tienen cola), el resultado es que mi cuadra vive en el pasillo de mi casa. Y desde allí se explayan a toda hora en amistades, familiares, chismes, chistes, muertes, enfermedades, novias y negocios (incluida la lotería ilegal).

Una vez hasta Robertico Robaina llamó, hace no tanto (estaba de visita no lejos y pidió el favor).

Así, no pocas veces recibo y distribuyo gratuitamente llamadas internacionales para medio Lawton (a mí sólo me llegan de vez en cuando desde Radio Martí, para mayor neurosis de mi madre). Mi radio de acción es de varias manzanas a la redonda, pues no son muchos los teléfonos privados que se prestan a ser públicos por esta zona. Hay incluso quien cobra una cuota por cada llamada. Y sé que en muchos pueblos de campo esa actividad por cuenta propia ha devenido legal, para que los ciudadanos no vivan tan aislados como en el medioevo.

Después de ver el film alemán La Vida de los Otros (¿La Vida de Nosotros?), puedo asumir o no que mi teléfono está intervenido: no hace falta ningún papeleo jurídico para hacerlo, es algo que ni siquiera incumbe a la compañía telefónica ETECSA. Tampoco voy a ponerme histérico, como Juanes y Bosé en el Hotel Nacional, por semejante bagatela. Son gajes de este oficio de ofidio. Lo interesante es cómo modulan el diálogo quienes me llaman asumiendo que su voz quedará registrada en un fichero mp3 para la eternidad policial.

En la noveleta “Memorias del subdesarrollo” hay un pasaje de cruces telefónicos que me parece ya inimitable, pues sólo la Era Analógica le permitía ese recurso dramático a Edmundo Desnoes. El personaje oye rumores terribles que son el estertor secreto y clínico de una época enferma de muerte. No recuerdo bien de qué se trata y no estoy dispuesto a citar de manera académica a mitad de este post informal (su belleza depende de su espontaneidad). En el cruce hablan de hospitales o ataúdes: basta con esa información, porque un rumor captado al azar pesa más que cualquier periódico, sea cual sea el signo hipócrita de su titular.

A Lezama Lima lo llamaban bastante por teléfono para aterrorizarlo (desde la época del capitalismito, que conste: Cuba adopta la forma de su Estado, pero nuestra boba bellaquería es un don ancestral. Una vez le dijeron que Cintio Vitier había muerto en un terrible accidente. Magistral, magister. Era, por supuesto, una llamada a mitad de la madrugada. Y nuestro hombre en La Habanasma casi se asfixia esa noche antes del primero de enero de 1959. Entonces su Paradiso inédito e inconcluso, hubiera sido editado sesuda o censuramente acaso por el propio Vitier (vivo aún en El Vedado) y nuestro Libro ahora sería apenas una opus póstuma puritanamente peor.

Cuando el asalto al Palacio Presidencial en marzo de 1957, hubo una llamada al despacho de Batista ya en fuga (pasadizos de Poe y Sherlock Holmes incluidos). A un revolucionario armado le dio por responder aquellos timbrazos por sus timbales. Otra vez no importan los detalles biográficos, sino el efecto místico en el cubano que llamó. ¡No cabía duda! Radio Reloj acaba de anunciarlo a medias y, desde el buró del dictador, lo ratifica su propio ajusticiador: borrón y Batista nuevo. Sin embargo, la historia demostró que la telefonía no deja de ser una ingeniosa ilusión en cuyo cable no cabe la ingenuidad.

Los celulares abolen hoy toda esta poética decimonónica (dicen que el teléfono se inventó en Cuba) e instauran una práctica perversamente criminal. Tu móvil es tu GPS, al parecer incluso apagado. Y no pocos líderes políticos perseguidos han recibido un misil por la premura de contestar una llamada no identificada.

El Call-ID, por cierto, daría para otra columna en sí mismo. Si te equivocas al marcar y te das cuenta a tiempo, y cuelgas, casi seguro el destinatario te llamará de vuelta ya a medio insultar (así ejercitan su pequeño poder económico sobre la tecnología): “dígame, sí, usted mismo, de ese número me acaban de llamar, ¿a quién quería y para qué?”

También la llamada tripartita esconde insospechables posibilidades políticas. Si cada cubano llamase a otro dentro de la isla, y ese segundo a un tercero manteniendo en línea la llamada anterior, y el tercero a un cuarto, y el cuarto a un quinto, y así y así hasta más de un millón (sin colgar nunca la llamada original), al final sería posible mezclarlo todo y hacer un plebiscito instantáneo sobre cualquier cuestión de urgencia nacional. La última llamada habría que dirigirla al teléfono privado de ya todos sabemos quién, y este estilo de telefemocracia directa bien podría sustituir lo engorroso de las elecciones en una Cuba futura: la T de ETECSA como etimología súbita de la transición.

Tengo fotos en mi teléfono de bakelita desde que soy un bebé. Ahora mi madre tiembla cuando oye que le está entrando una llamada en espera y no está segura de cuál simbolito es el flash. Las teclas la asustan en general, incluidas las que yo martillo día y noche como si el teclado fuera un piano de jazz. A su edad, tampoco puedo pedirle que no se ponga histérica por semejante bagatela. Por su experiencia estoica mi madre sabe que en Cuba nada es un simple gaje de ningún oficio del mundo.

Permítanme sólo un minutico antes de continuar: tengo que salir volando a avisarle a un nuevo vecino. No se vayan que ya vuelvo, por favor, que al respecto aún nos queda mucho teléfono por donde cortar. Y contar.

Habanarias en Vitral, 2004

Habanarias

Orlando Luis Pardo Lazo

Habanaria

Habana ya calci-

nada:

bronca ciudad / aldea muñón,

cirio y pavesa,

décadas des-

cas-

caradas,

tufillo a mito y reguilete ideológico,

monólogo y tragicoro / tocororo falaz,

nostalgia de mármol (blanco / nieve),

borrachera de bronce (esputo / verde),

bombín de odio y cursilería pachanga,

lágrimas de carnaval con cervezón y cadáver

(risitas de cocodrilo con blenococo en el falo),

columnata barrueca antes que barroca,

soportal orinado antes que oriundo,

y demás archi-

textura doméstica

(esta-

tu-

aria);

delantal de madre fisgona,

cartuchera de padre sargento,

hijastra clueca / cloaca:

Habana ya casi

nada.

Yo & Cuba

Cuba, ni aún dándote nada he dejado de serlo:

nada.

¡Y cansa tanto no ser…! que, Cuba,

ya apenas consigo sobrellevar tu parodia

fraterna ahora con ínfulas de fraticida.

Cuba, de pronto desconozco ese jijijí socarrón

que surca tus labios como la estela de una chaveta

a lo magro y estéril de tu geografía aguileña.

No ironices conmigo, Cuba,

y menos aún con mi grandilocuente silencio:

¡si es que ya me desconoces del todo…!

(Ignorante incluso de que I, too, am Cuba:

¿te enteras?)

Y cuanto digas de mí lo habrás dicho de ti

aunque ningún átomo de mi cuerpo, Cuba,

pertenezca al tuyo por el momento.

1900 pesos con 59 centavos dólar:

ése es todo mi capital simbólico.

Con tal herencia voy huyendo

hacia un nuevo siglo y milenio donde, Cuba,

ya apenas consigo sobrellevar tu parodia

paterna ahora con ínfulas de paternalista.

¡De pronto cansa mucho este carrusel de la nada…!

Del monólogo al mausoleo al manicomio

al monólogo al mausoleo y al manicomio otra vez.

Igual no apartes de mí tu cáliz clueco, Cuba,

mas no lo acerques demasiado a mis labios:

¡si es que ya me desconoces del todo…!

(Ignorante incluso de que I, neither, am Cuba:

¿te enteras?)

Mehr Licht…!

No hay luz en casa.

Yo oigo los trenes

(el balido desvalido de los trenes).

Es madrugada y traen vacas al matadero:

allí las electrocutan al mediodía.

Por el momento viajan de pie,

insomnes / desnudas / humilladas antes que cadáveres:

a ciegas.

No hay luz en casa.

Temo por mí

(por los míos que ya no amo),

por la desmemoria que nos enguye

como terrones de nada.

Se descongela el congelador,

se licua la leche,

se corta la carne y sangra:

son los mínimos gajes de nuestra abundancia doméstica.

Mis padres roncan la pesadilla de los justos

mientras yo escribo de pie,

insomne / desnudo / cadáver antes que humillado:

a ciegas.

No hay luz en casa.

Es madrugada y miro afuera:

la persianas son barrotes y el cuarto mudo un cabús.

Yo oigo los trenes

(el balido desvalido de los trenes)

y por el momento ignoro si daré mi nuca a torcer.

Amanece al cabo y miro adentro:

allá lejos pasa mi casa

(bajo los postes muertos y el cablerío),

irreconocible en su oscura luz

fatua.

¿Qué hacemos todos aquí?

¿Qué hacemos todos aquí?

ORLANDO LUIS PARDO LAZO

San Luis 

09 Ago 2015

1

Arriesgábamos la vida. Bastaba con no hacer nada. Eso era Cuba. Una sucesión de amaneceres en blanco.

2

Miami nos esperaba. Y no nos habían dicho nada. Miami era eso que estábamos edificando. Dentro y fuera de aquel no lugar llamado la Isla. Los cubanos construíamos miamis en paralelo. Y nadie nos había dicho nada.

3

Cogidos en el fuego cruzado de la infancia y la Revolución. Llorando por la luna. Malas lecturas para niños de oro. Una edad de horror. Sin juguetes y sin ático, incluso sin la palabra ático. Veedores de visiones, bebedores de metanol. Ciegos de rabia, de risa, de rojo. Diamantes locuaces. Pura textura, cero acción. Entre la leche y los libros. Fetos siempre a punto de renacer.

4

A los expressways de la Isla se les dice guardarrayas. Los malls de Miami, en cambio, son las catedrales ocultas del corazón cubano. La Caridad parece un pomito plástico de naranja. Jugo sin pulpa, pero con fecha de expiración. Recycle virgen, amarillo pollito, una Cuba Kentucky. El dios de la historia habitando en nos. Fideles de miniatura, tótem de un totalitarismo con aire familiar. Fe mala, fe mentira, fe licitación, fe milla de los milagros.

5

Ella me dijo: “¿Qué haces aquí?” Y yo le dije: “No, ¿qué haces tú aquí?” Y así se nos iba la vida. Hipostasiados.

6

La única frase que conserva sentido entre nosotros es “I love you too”. Y su sentido es precisamente no tener que significar nada. El “I love you too” de Miami es como el “cuídate mucho” de La Habana. Fuera y dentro, nuestra comunicación depende ahora de ese tipo de catalizadores. Una muletilla cubanoamericana aquí y un amuleto contra los maleficios allá.

7

Sucesión de blancos sin amanecer. Eso también es Cuba. Arriesgábamos la vida. Tendremos que hacer de todo.