Uber Cuba 0069

UBERCUBA

Uber Cuba 0069

Orlando Luis Pardo Lazo

Mayo 7, 2019


Cuando no puedo dormir, me levanto y salgo a hacer un poco de taxi Uber por la madrugada, a veces hasta poco antes el amanecer.

A esa hora casi siempre aparece gente que van a viajar. Pasajeros apurados que se van en el primer vuelo que despega del Lambert Airport, con destino de ser posible lo más lejos posible de esta ciudad.

Saint Louis, Satan Louis. Cómo distinguir.

Pero ayer me pasó una cosa peculiar. Por eso te la estoy contando.

Le entró una solicitud anónima al App de mi taxi Uber. Tampoco es la primera vez que me pasa.

Recogí al cliente no en una casa, sino en el parqueo trasero de la catedral católica de Central West End, una mole maravillosa cuyas joyas de arte fueron bendecidas a finales del siglo pasado por el Papa Juan Pablo II en persona. Incluso creo, o quiero creer, que el Papa voló hasta aquí directamente desde La Habana. Cosas de polacos.

La mujer o muchacha ni me saludó. Se montó callada en mi taxi. Lucía triste, más que pensativa. Pero muy segura de sí misma. Y me pidió verbalmente que la llevara a una dirección que enseguida me di cuenta que era mi propia dirección.

¡Así son los Estados Unidos! Sabe Dios desde cuándo esa muchacha o mujer vivía en mi mismo edificio y, sin embargo, nunca nos habíamos conocido. Ni siquiera cruzado un instante en la escalera. O acaso en el cuarto de las lavadoras y secadoras tragamonedas.

O tal vez sí. Tal vez ya nos habíamos topado más de una vez, pero en cada caso ambos lo habíamos olvidado al instante. América, la amnésica. Qué pesadilla, qué bendición.

Cuando llegamos a nuestro edificio, por fin ella me miró. Tenía los ojos de mi madre y aquellas mismas facciones aguajiradas de cuando ella era jovencita en los campos desdentados de Cuba, más o menos en los años previos o posteriores del triunfo de la Revolución.

No tuvo que decirme más nada. Los dos entendimos que los dos lo habíamos entendido al instante. Mamá, lo siento. Perdóname, por favor.

Me dijo, sin dejar de mirarme, que todo estaba bien, que no me preocupara por boberías. Y lo dijo sin mover apenas los labios. Me estaba hablando desde un sitio mucho más secreto que su garganta de guantanamera imaginaria.

Se alegró de verme algo más recuperado desde la última vez. Hacía ya tanto. Y me aseguró que yo estaba manejando el carro mucho más confiado, aunque seguía corriendo demasiado para su gusto, frenando justo debajo de los semáforos cuando ya parecía demasiado tarde para evitar una catástrofe.

Y lo era, como nunca nos hubiéramos imaginado en Cuba que se nos iba a hacer. Demasiado tarde.

Lo más importante, me dijo mi madre, era que yo tenía que tratar de dormir unas horas de más. No desvelarme, como hoy. La noche no es para estar en la calle. Además, me notaba como cansado, dijo. Y tenía razón, le dije. El exilio, exhausta.

Entonces, antes de bajarse del carro, pero sin un solo gesto de despedida, me obligó a prometerle que yo iba a prepararme un té de pasiflora cada noche antes de irme a acostar. Eso relaja los nervios y espanta las ideas innecesarias, como, por ejemplo, esa idea desesperadamente deseada de no despertar.

Entonces me volvió a recordar que yo tuviera un hijo cuanto antes, por favor. Mejor, una hija. Como ella. Con cualquier mujer, eso era lo de menos, siempre que fuera una mujer que me quisiera a mí. No se le puede pedir más a un hombre. Y me recordó, como me lo recordaba en Cuba antes de yo escaparme de Cuba, que yo ya no era tan jovencito. Me había llegado la hora de sentar cabeza. Cuánto candor, qué calvario.

Alejándose de espaldas, la oí decir todavía, sin virar el rostro hacia mí, que no llamara a Cuba de inmediato. Que esperara un poco, hasta que amaneciera. Las malas noticias viajan solas. No hay necesidad de pagar una tarifa extra por ellas ni ETECSA ni la AT&T.

Nunca le dije adiós. Ni falta que hacía. Nos habíamos dicho adiós el viernes 10 de diciembre de 1971, cuando salí del cuerpo de la más recientes de mis pasajeras.

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