Uber Cuba 0063

UBERCUBA

Uber Cuba 0063

Orlando Luis Pardo Lazo

Abril 23, 2019


El chofer me dijo:

―Ya no tengo amor.

―¿Cómo? ―le dije.

―Eso, que me quedé sin amor ―dijo.

No sabía qué contestarle. Pensé que podría ser un chiste malo. Miami es una ciudad con un humor ahistórico, amnésico, extemporáneo. Sobre todo entre los espectros tragicómicos de los cubanos, esa raza cósmica que salió disparada de la Utopía a 1959 revoluciones por minutos.

―Tengo 50 años y ya no tengo vida ―dijo―. Quiero decir, tengo 50 años pero, cojones, siento que nunca viví.

Yo me sentía por el estilo. Creo que es una cosa generacional. Pero no se lo dije al hombre detrás del volante. Tampoco quería provocar un accidente letal. Al menos, no todavía.

Por el contrario, fingí consolarlo. Pero fue por gusto. Intenté entonces una torpe disculpa y, por supuesto, fue mucho peor.

El chofer me dijo:

―No jodas más, cubano: ¿tú sabes lo que es vivir sin amor?

Esta vez no le dije “¿cómo?” ni tampoco le dije ni carajo. Su certeza no admitía ni un toque de mi incertidumbre. Además, yo pensaba lo mismitico de él. No me jodas tú a mí, qué cubano de qué cubano: ninguno de nosotros sabe nada de la vida ni mucho menos del amor. Los hijos de la Revolución tendremos ese privilegio de soldados de la virtud, y así ha de ser por lo menos durante siete veces siete generaciones. O, llegado el caso, hasta el primero de enero de 2959. Hay que joderse.

―Disculpa ―me dijo―. Estamos pensando lo mismo, ya sé.

Esta vez ya no le dije ni que sí, ni que no. No tenía sentido decirle nada. Ni decirnos nada. Y los dos lo sabíamos también. Tan bien.

―Es allí ―le dije―, déjame debajo de aquel farolito.

No era mi destino. Eso también los dos lo sabíamos. El App de Uber no falla. Pero la luz era linda como ella sola. Una luz cálida, escuálida, casi conocida. Una luz compañera, inocente, desmemoriada. Como imagino sea el paraíso de los parias del paraíso aquí en la Tierra. Proletarios de todos los países, huíos.

Me bajé y vi al taxi irse por una de esas callejuelas de Coral Gables que se llaman “avenidas” y que encima cargan, como mejor pueden, con este o aquel nombre de alguna ciudad de España. Los imperios se dan la mano a la vuelta del fin de esta historieta llamada la humanidad.

El tipo ya no tenía amor, decía. Dijo que se había quedado sin amor. Tronco de comemierda. Lo que se sabe de corazón no se comenta en voz alta.

Un tipo como de 50 años, pero sin vida. Quiero decir, un tipo como de 50 años que nunca supo o quiso vivir. Da pánico propio.

Y yo seguía allí, parado como Dios manda debajo de aquel farolito. Amarillento, mortecino, fotones funerarios, caricias de cadáver.

Bueno, pensé, hicimos lo que pudimos. Mientras pudimos. Nos jodieron. Estamos jodidos. No podemos pedirle más a la vida ni mucho menos al amor.

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