Uber Cuba 0081

UBERCUBA

Uber Cuba 0081

Orlando Luis Pardo Lazo

Junio 20, 2019


Nosotros, que nos 
aborrecimos tanto.

La noche trucutú de los exiliados cubanos, un exilio que no dejó ninguna ilusión atrás y que por eso mismo no regresa a ese otro lugar. El irrepetible y cíclico museo de las estaciones perdidas, sin familia y sin paisaje. Las estrellas del hemisferio norte, tan parecidas a las estrellas del hemisferio no tan norte de los tristes trópicos. El silencio que se hace espeso, sólido, estólido, entre las ocho y las ocho y media del largo atardecer de verano en los Estados Unidos. Esa jerga secundaria, el inglés, que ha perdido toda traza de su anglosajonidad primigenia, tanto como sus hablantes se han olvidado de cualquier reminiscencia de shakespearidad. El aire acondicionado, que en Norteamérica es una emanación espontánea de los automóviles de este o aquel penúltimo modelo. Los neones, las vidrieras decoradas acaso por minusválidos, los pósteres comerciales erigidos como torres de navegación aérea en una y otra costa de la carretera interestatal, que en Missouri le dicen la 64. Y mi cuerpo, el cuero incurable de Orlando Luis Pardo Lazo, envejeciendo en junio de 2019 entre palabras que él nunca pronuncia para nadie con la esperanza de que alguien lo escuche al oído alguna vez.

Atiéndeme. Quiero decirte algo.

Prendo el singao carro. Prendo la singá aplicación de Uber. Enseguida me cae una carrerita. A la calle. Es decir, a la internet. A ganar dinero digital. Y encima a acumular ocurrencias que sólo se le podían ocurrir a un escritor taxista como Orlando Luis Pardo Lazo.

Esta tardenoche son dos muchachonas. Pelo verde y pelo violeta. Ya no son tan jovencitas y lucen un tanto ridículas con esos colorines de adolescencia. También, una ristra de andariveles tintilín. Pero hay algo en ellas que me cautiva. Parecen tristes. Los ojos pegados a la alfombra del carro. Una mueca tras otra mueca en sus labios de goma. La vibra baja. Están muy tristes, las dos. Cuando por fin se bajan de mi Rambler, de pronto tengo la impresión de que una de ellas está muy enferma. O sea, de que una de esas dos cabecitas con pelos artificiales está a punto de toparse con la realidad incontestable de la muerte.

Las dejé por el laguito de Creve Coeur Memorial Park, con el corazón roto como su nombre en francés lo indica. En medio minuto ya tenía montado a otro pasajero. Un cura católico. Qué raro. Yo pensaba que nadie en los Estados Unidos era católico como tal. Yo creía que en este país pagano ya nadie creía como tal en Dios.

El cura, además de interesarse en Cuba desde el inicio, se interesó de inmediato en mí. Me los huelo. Quería salvar mi alma. Los veo venir a una milla de distancia, de deseo. No le hice el menor caso y fui tan rudo como me dio la gana de serlo. No sé para qué hacen sus venerables votos de castidad para, total, después pasarse la vida con esa babosería de bestias en celo, en culo.

Al tipo sotanizado lo solté en una esquina del Forest Park, cerca del zoológico de Saint Louis, ya me imagino a la caza nocturna de qué. Me deprimió su perversa presencia. Me deprime que en América el sexo gravite sobre todas las cosas excepto sobre la propia sexualidad. Miedosos, mediocres, mierderos. Sementales que así posponen un rato el suicidio o la masacre o ambos.

Me fui a la casa. Al carajo. A casa del carajo. Ya saben, el alma trémula y sola padece al anochecer. Todo rima. Todo es risible, ridículo. Relato raquítico.

Dejé el carro parqueado como a dos metros del contén de mi calle. Apagué la puta aplicación de Uber. Apagué el puto carro. A la cama. Es decir, al cadalso. A soñar mis pesadillas puntuales bajo la noche trucutú de los exiliados cubanos, un exilio que no tiene ninguna ilusión por delante y que por eso mismo no termina de irse nunca de Cuba. Sueños de tramoya bajo el inmetible y clínico mausoleo de las biografías sin vida. Alumbrado por las estrellas del hemisferio septentrional, tan parecidas a las estrellas del hemisferio menos septentrional de los tétricos trópicos. Soñar embotado por un silencio que se hace mutismo en la medianoche vil de envejecer a ras de los Estados Unidos. Sueñitos de aire acondicionado, pero en un catre cutre de Cuba. Relámpagos de neones, vidrieras, y propaganda política del proletariado. Pinga al por mayor. Y el cuerpo encuero de Orlando Luis Pardo Lazo, un autor incunable que puntualmente publica sus impotables palabras para saciar la sed de todos y cada uno de los cubanos.

Que quizás no entiendas. Doloroso, tal vez.

Uber Cuba 0080

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Orlando Luis Pardo Lazo

Junio 18, 2019


Los caracoles no se arrastran: 
están más cerca de la tierra.
La vida es silbar

Estuve esperando y esperando y no caía ningún pasajero. Era esa hora muerta de la tarde en que nadie va ni viene todavía de la escuela o el trabajo. Así que metí el carro en el parqueo de un Walgreens o Walmart y me puse a ver una película cubana en la laptop, mientras esperaba que en el teléfono la campanita de mi Uber App me alertara del próximo viaje de alquiler.

La película era La vida es silbar, de Fernando Pérez. Una película cubana, por supuesto. No veo las de otra nacionalidad desde que salí de Cuba en el 2013. Y, como todas las películas cubanas, una película hecha de arqueología y amor.

Al final del filme se habla del año 2020 en La Habana como si fuera una cosa remota, remotísima, casi de ciencia ficción (es la impronta de Eduardo del Llano como guionista). Un tiempo probablemente ya sin restos de la Revolución, y donde todos los ciudadanos de la Isla por fin íbamos a ser felices, gracias al acto elemental de silbar. También, al parecer, de patinar. 

Veinte años atrás, cuando se estrenó La vida es silbar, el 2020 era ciertamente el futuro. Tal como en mi infancia y adolescencia el futuro era entonces el año 2000. Ciclos irreciclables, irreversibles, irreparables. Helo aquí, aquel futuro fastuoso de finales de siglo y milenio, convertido ahora en un presente precario de comienzos de nada, que parece más bien un embudo: cada vez somos menos los que quedamos aquí.

Por eso esta película es de pronto una película de fantasmas. Incluso la idea de “aquí” ya no significa mucho. O, en todo caso, significa “allí”, “allá”, “acullá”, en todas partes. Es decir, en ninguna. Los cubanos estamos deslocalizados, pura onda cuántica de las partículas sin patria.

No recodaba que la película fuese tan larga. Y tan lentona. O acaso soy yo, que he ido perdiendo la paciencia con los achaques de la edad y la rabia de ser un frustrado así en la política como en el amor. 

Igual me pareció que duró casi tres horas, toda una eternidad para estar sentado dentro de un carro. Con aire acondicionado, pero bajo el sol asesino de Missouri a mitad de junio.

Cuando empezaron los créditos del final, ya había anochecido en el parqueo del Walmart o Walgreens. Ni un solo pasajero del mundo requirió el concurso de mis modestos esfuerzos. La compañía Uber estaba en baja. O me habían dado de baja a mí en tanto chofer, por no dejarle pasar ni un chistecito socialistoide a mi clientela.

Me dolían los ojos de tanto mirar la laptop. Me dolía la cabeza de tanto recordar las circunstancias del Orlando Luis Pardo Lazo que vio la película en un cine finisecular de La Habana. Me dolía el corazón ante tanta ingenuidad fílmica (es la impronta de Eduardo del Llano como guionista) y tanta indolencia existencial por parte de esos espectadores aún llamados el pueblo cubano: nosotros, los sobremurientes.

A nadie en los Estados Unidos le importa La vida es silbar. Eso es un hecho. Nadie se identifica con su pobre simbología poética y, por eso mismo, tan conmovedora para mí y los míos. Con esas escenas sobreactuadas, por momentos como de mala imitación del cine mudo. Y con esos diálogos a medias, como corresponde a una obra de arte que lleva la firma infame de la dictadura más larga de las Américas (y ese límite sí que no lo cruzan los doblesentidos de Eduardo del Llano). 

Ver la secuencia final a ras del 2020 cinematográfico, pero ahora a ras del 2020 real, me resultó sobrecogedor. Como una coda sin haber ejecutado la sinfonía, si es que las sinfonías culminan con una coda antes del telón. 

Vi el cuerpo de Isabel Santos por última vez desnudo. Me hubiera tendido sobre ella a dormir, a rezar para que nunca se terminen los años noventa, como en un esquizopoema de Susana Pérez, la hija del director. 

Vi las facciones resistentemente juveniles de Luis Alberto García, hoy hirsuto en canas y metido en polémicas patéticas de medio palo en Facebook.

Y, sobre todo, vi mi ciudad, nuestra ciudad imperial: La Habana. Y tuve la revelación de que esa ciudad y yo ya habíamos consumido nuestro tiempo juntos sobre La Tierra. No nos dio tiempo ni a despedirnos el martes 5 de marzo de 2013, coincidentemente a las 4 y 44 de la tarde, como tampoco pudieron despedirse tantos y tantos cubanos escapados a la cañona de Cuba. Pero esa ausencia de ritual no quita el resultado radical: no nos veríamos las caras nunca más, madre Habana.

Apagué el App de Uber en mi teléfono celular. Otro día más ganando unos pocos quilos prietos partidos por la mitad. Hay que joderse.

Salí del carro y me fui caminando para mi casa. Tal vez incluso en algún momento cogería una guagua, como en Cuba. Caminar en el exilio es demasiado deprimente: en los Estados Unidos, por ejemplo, además de no haber personas, tampoco hay ni paisaje.

Dejé a mi Rambler parqueado a ver si una grúa se lo llevaba y lo hacía chatarra de una puta vez. Esto no nos hubiera pasado en Cuba. Por el camino iba pensando, para no decir silbando:

―Fernando Pérez, mentiroso. La Habana del 2020 no tiene ni pizca de futuro: La Habana del año que viene será el peor bofetón de los muchos que nos ha metido el pasado.

Uber Cuba 0079

UBERCUBA

Uber Cuba 0079

Orlando Luis Pardo Lazo

Junio 14, 2019


Uberization is the ultimate stage of the biopolitical conquest.
François Cusset

Escuchando a Alex Otaola. Muchas veces me pongo a manejar mi taxi Uber después de las clases en la universidad, y entonces pongo a toda leche el programa de Otaola por internet. 

A muchos pasajeros les molesta el audio tan alto dentro del carro. A mí no me importan un carajo mis pasajeros, ni tampoco si me pagan o no me pagan ninguna propina. Se pueden meter su dinero digital por los intestinos.

De hecho, lo más probable es que alguno de ellos me meta muy pronto una denuncia con la compañía Uber, según el mejor estilo de la chivatería castrista que se está comiendo por una pata a este país.

Si me quitan la licencia de manejar Uber, bien. Si me quitan la licencia de conducción en EUA, mejor. Y si me deportan para la Cuba de Castro de una buena vez, mucho más mejor todavía.

Por si aún no te enteras, Alex Otaola se ha convertido en el enemigo público número 1 de la dictadura cubana. En términos políticos, el tipo es un timbalú letal. Además de tener un swing exquisito, de clase. Es un orador que arrasa, una saeta de azuquita retórica y sin cascabeles en la punta. Un aristócrata. Es decir, un revolucionario.

Su programa tiene millones de seguidores en todo el planeta. Y él solito está subvirtiendo a la tiranía cubana donde más les revienta a los comunistas: en su complicidad con el capitalismo primermundista de Europa y los Estados Unidos; en la furibunda falta de escrúpulos de la izquierda insular a la hora de enriquecerse a costa de las economías de mercado, mientras someten a la cañona al pueblo cubano a un apartheid atroz.

Voy manejando y oigo la opereta de Alex Otaola a todo meter, sus perretas a contracorriente de la mezquindad mediocre de los cubanos, su escobita nueva de barrer bárbaramente con todos los sinvergüenzas del socialismo, como si de un resucitado suicida Eddy El Loquito Chibás se tratara.

Oír a Otaola va en contra de lo que me dicta el sentido común de ganarme unos pocos pesos extras con mi Uber App. Pero ya lo he dicho: me importa un carajo esa ganancia. Prefiero ser pobre a perpetuidad, antes que vivir para sobrevivir. Mi espíritu es inapresable. A mí tampoco me van a callar esta bocaza cubana. Y mucho menos me van a apagar la llama descontrolada de mi cansado corazón de hombre blanco, como él. A Otaola y a mí nos une la sinrazón del Estado y cierta corazonada de raza.

Así que sigo manejando de 5 a 7 de la tardenoche, día tras día de este exilio sin fines de semana, y las denuncias al pecho y el humor delicado a la par que deschavado de Alex Otaola me hacen sentir menos solo, menos siniestro, más vivo, más noble, en el verano sin memoria del año 2019 de la Revolución. 

Pienso: valió la pena de sobra el haber sido cubanos alguna vez en la historia de la humanidad. Gracias, Alex de los atardeceres sin amanecer a la vista.

Pienso: hay esperanza, hay esperanzas, aunque todo esté perdido de manera irrecuperable desde el inicio de la Isla. Gracias, Otaola de aún se verán muchos más horrores.

Pienso: nos quitaron todo, acabaron con nosotros meticulosamente en cuerpo y alma, pero conservamos la conversación, la resistencia casi ridícula de las impronunciables palabras y este arrebato de proferirlas a la patada desde una libertad de remate. Gracias, Alex Otaola de la fase terminal del totalitarismo que pasa ahora por tu garganta golosa.