Stay clear of the closing doors

Stay clear of the closing doors

Orlando Luis Pardo Lazo

MONDAY, APRIL 1, 2013

Sueños recurrentes, soñados en la madrugada eléctrica del tercer raíl, cuando la luna es un hueco recortado sobre el humo de las nubes de Nueva York. Nubes-túneles de Elizabeth Bishop. Nubes-grafiti de René Magritte.

Los he soñado, a diario.

Caer rendido un par de horas antes del amanecer y soñar sueños recurrentes de una Habana perforada por un laberinto de subways. Refugios. Guerra de todo el pueblo. Opción cero, reconcentración. Ciudad agujero, nadie va a sobrevivir al sistema: ese el slogan socialista de los sicarios. Psicarios. Pesadillas patrias hechas de un insomnio gruyer.

Soñar es eso. Cortocircuitos. Cables cruzados, como los que sostienen flotando a los puentes de ese chip milagroso llamado Manhattan.

Llevo 40 años en Manhattan. Pero una vez, décadas atrás, en otra isla larga donde la muerte no cumplía ni un mes de nacida, hombres en uniformes verde-quirúrgico comenzaron a cavar las catacumbas del metro de mi ciudad.

Era una orden bajada directamente desde el Kremlin (Cuba fue durante décadas la 16ta república anexada a la URSS). Sólo así La Habana podría tener por fin el sueño de un subterráneo. Y la estación número cero estaría, por supuesto, en los sótanos de la Plaza de la Revolución.

De ese corazón de mármol y memoria saldrían las arterias, los surcos íntimos en el lodo nacional, donde no habría posters comerciales sino propaganda, además de las lombrices de tierra agonizando por la explosión de neones y los silbatazos del tren (las lombrices son sordas y ciegas, pero cuentan con una sensibilidad política desproporcionada).

Yo era un adolescente (si has sido adolescente una vez, ya para siempre lo serás). Tenía todos mis dientes intactos. Tenía también intacta toda mi desesperación. La idea de una vida bajo tierra me atraía y me daba pánico. De ahí tal vez los sueños circulares, sentado cerca de las puertas de emergencia y del mapa de orientación. “You are here…”

Me sueño cambiando de líneas en cada parada. Líneas con letras y colores. Es como un juego infantil (los hay muy macabros). Los trenes vuelan sobre los rieles, ingrávidos a pesar de su carga humana. Hay altavoces y una señalización exhaustiva, que exhausta. Debe ser muy tarde ya. Pero despertar ahora sería pedirle demasiado al maquinista en duermevela de dios.

Las puertas se abren y cierran en medio segundo, como párpados histéricos, como bocanadas de una libertad albañal, como la guillotina de una cámara fotográfica. Dentro y fuera hace la misma luz. Una luz fría de latitudes altas con voltaje a tope, mientras yo me paro (mientras sigo sentado) y salgo y entro a la cadeneta de vagones que se deslíe por la velocidad ante mí.

La voz de mi padre (1919-2000) no para de sermonear: “Stay clear of the closing doors, please”… Y recuerdo entonces con alegría y dolor su inglés de corte republicano, sacado de unos textos sagrados con paginotas de brillo impresas en cinemascope: Life, National Geographic, Reader´s Digest.

De niño, llegué a pensar que era lógico hablar y escribir en español, pero que la gente leía exclusivamente en inglés. Como mi padre muerto. Como yo. El inglés que hoy New York me devuelve a medias es la herencia que mi padre le dio a esta megápolis desde un recodo de Lawton, un barrio de las afueras de La Habana, una ciudad en las afueras de la historia.

Ciudadanos del subsuelo me piden dinero ahora en ese idioma y, por supuesto, lucen tan reales tocando sus guitarras y pianolas y hasta baterías, que yo les doy un dólar y ellos me llaman “sir”. Soy más indigente que ellos y por eso mismo puedo darme el lujo de darles todo el cash que llevo en los bolsillos de mi overcoat del ejército de USA (una donación familiar de Miami).

He venido desde Cuba hasta Nueva York a soñar esta infinita sucesión de imágenes que irremediablemente me hacen pasarme de la parada de mi estación. La madrugada me escupe al pavimento y lo gélido. Viro como un sonámbulo. Me duelen hasta los guantes. Asciendo a la punta rocosa de Manhattan. No tengo sombra, la luz es muy débil a pesar de ser atroz: esto es estar solo y no requiere en absoluto de tu piedad. En todo caso te compadezco yo, porque no has oído cómo el rumor magnánimo del Hudson no me deja dormir (esta sentencia supura Martí por todas sus sílabas).

Mi padre aún me regaña por los altavoces del MTA. Que deje libre las puertas que están a punto de cerrarse, me dice en inglés arcaico (toda lengua lo es). Mi padre no me previene contra un accidente, si por error se abrieran las puertas en marcha. Mi padre me dice que yo entre al vagón para dejarme atrapado, inmóvil, y que yo no me pueda ir (él sabe que en Cuba los accidentes son por resolución).

De ahí mi urgencia de despertar, en parte gracias a la disciplina de los altavoces.

Leave a Reply