La puerta del fondo por la puerta ancha

La puerta del fondo por la puerta ancha

Orlando Luis Pardo Lazo

Se ha abierto, por fin, La puerta del fondo, a los efectos del gran público en general y de la crítica de artes plásticas en particular. Ocurrió el sábado 7 de mayo último, a las 5 p.m., cuando La Casa de la Poesía (Muralla 63, La Habana Vieja) ofreció la galería abierta de su patio interior para lanzar a La puerta del fondo por la puerta ancha.

Son cuatro jóvenes fanáticos de la creación, los cuatro marcados por ella desde muy temprano. Dibujantes, pintores, ilustradores y grabadores. Cada cual con un trayecto y una formación disímil, cada cual sin renunciar a su “proyecto” estético a la hora de “proyectarse” como grupo: son La puerta del fondo, el cuarteto fundado el 18/5/2004 y que, solo ahora, justo un año después, por fin ha decidido hacer públicas sus propuestas pospuestas de mayo a mayo.

Sus nombres: Nara Miranda Lorigados (C. Habana, 1976), Vladimir Díaz Gómez (C. Habana, 1970), Eloy Capote Cruz (C. Habana, 1982) e Igor Capote Omelchenko (Ukrania, 1968). Todos residentes en Ciudad de La Habana, todos convergentes en la “galería-taller renacentista” que ellos se han inventado en un garaje al fondo de otro garaje en la esquina de K y 15, El Vedado. De ahí su peculiar nomenclatura: La puerta del fondo. De ahí, también, el incesante ajetreo que ha convertido al sitio en un punto de referencia para muchos otros jóvenes (y ya no tanto, como quien escribe) fanáticos de la libre creación: escritores, fotógrafos, diseñadores digitales, escultores, académicos, y un amistoso y nada exclusivista etcétera.

Después de un prolífico período de incubación, durante el que cada uno de ellos realizó su propia exhibición personal (institucional o doméstica), desde el sábado 7 de mayo último y hasta el 7 de junio próximo La Casa de la Poesía compartirá las 16 piezas de esta primera exposición colectiva, diversa y unitaria en tanto táctica grupal, y titulada precisamente con el nombre del grupo.

Tras las palabras inaugurales del poeta y promotor cultural capitalino Karel Leyva, cada integrante de La puerta del fondo se presentó a sí mismo y a su visión del proyecto que los reúne. Nara y Eloy, los más económicos en el discurso, prefirieron hacer un breve recuento de este último año de concepción artística; período, además, durante el cual ella fungió como profesora de Grabado en la Academia de San Alejandro, mientras que él se gradúa ahora de esa especialidad en la propia Academia. Igor evocó la importancia de un clima de fraternidad para la polémica en el desarrollo de cada nueva idea, y Gámez, a su vez poeta y narrador, fue el que más se extendió en términos de poética grupal, defendiendo la tesis del valor de la obra en sí, sin obsesiones conceptuales que, a la postre, pudieran resultar una camisa de fuerza para la pluralidad técnica y temática a la que se abre La puerta del fondo. Todo lo anterior, por supuesto, sin caer en poses antintelectualistas que, como ya ha ocurrido en otros casos locales (y hasta de cierto renombre mundial), con el paso del tiempo nos parecen gestos poco menos que infantiloides.

Del total de las piezas (6 de Nara Miranda, 4 de Vladimir Gámez, 4 de Eloy Capote y 2 de Igor Capote) puede apreciarse enseguida esa vocación de pluribus unum. A nivel de las técnicas, se trata de un viaje rápido del óleo a la linografía, de la acuarela a la monotipia, y de la colografía a la técnica mixta: más que una “puerta” es, entonces, un universo de posibilidades lo que se abre ante el observador (llámense “puertibilidades” o como a cada cual le parezca mejor); más que del “fondo” se trata aquí de un “fluido” (ese devenir otro que tanto asusta a tantos y que, sin embargo, acaso sea el único antídoto contra el anquilosamiento de la creación). Y algo similar podría referirse a nivel de los tópicos ensayados.

De Nara Miranda: su entrañable y ríspida urbanidad. Su vocación fragmentaria de reconstruir las coordenadas geográficas no del espacio real, sino del ficcionado sobre la cartulina, al estilo de un crucigrama de significados o de un rompecabezas fractal, donde cada parte presume de autonomía y reta al todo. De Gámez: sus intentos “mitad eróticos, mitad oníricos” de sobrepoblar el imaginario de las series El hombre y sus manifestaciones y Cosas del corazón, acumulando homúnculos truncos y torsionados, muchas veces sin rostro, que son ellos mismos la textura de sus técnica-mixtas, dialogando en ocasiones con los textos externos del material usado en cuestión: titulares de periódicos, etc. De Eloy Capote: su desenfado audaz de aproximarse a un expresionismo que no quiere ni requiere definirse entre lo figurativo y lo abstracto; su irreverente rabia de representación, sea vegetal, animal, humana o paisaje. Y de Igor Capote: simplemente sus nostalgias, ese no-estar con que él diluye matices casi hasta el tono mismo del lienzo; ese reposo ausente de quien se acerca a un misterio místico y, por eso, reúne toda la paz del mundo para moverse entre el clasicismo académico y los brochazos perdidos de un niño que juega a pintar.

Concepto del no-conceptualismo: La puerta del fondo no pretende tener más trasfondo que la suma concreta de sus imágenes, siempre en aumento. La calidad es un estado de gracia que se experimenta: es experiencia antes que discurso. Por lo demás, estos cuatro jóvenes artistas de la plástica cubana desean sentirse renovados cada día, y han decidido que un grupo de amigos bien puede ser el vehículo para no cejar ante la paralización o, tal vez peor, la reiteración inercial de los signos. Todo esto sin menoscabo de sus líneas personales de búsqueda, hallazgo y fugas estáticas.

Por el momento, y durante todo un mes, en el corazón de La Habana Vieja, La puerta del fondo espera a los visitantes que puedan llegar por azar o criterio al patio interior de La Casa de la Poesía. Todos quedan, pues, cortésmente prevenidos de que se enfrentarán a una(s) puerta(s) muy ancha(s), por las que entrar y salir puede parecer más fácil de lo que realmente resulta. La puerta del fondo les da a todos su bienvenida a las armas.

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