De conejillos y ardillas

De conejillos y ardillas

Orlando Luis Pardo Lazo

FRIDAY, SEPTEMBER 30, 2016

El asco que nos dan las ardillas.

Revuelven los tambuches de la basura.

Son ratas con cola larga.

Puaf.

El asco que nos dan los conejos recién paridos.

Mastican su propia placenta.

Son ardillas sin cola.

Puaf.

Y no podemos hacer nada al respecto.

Es el orden ideal de las cosas.

Jerarquía instintiva de los escrúpulos.

Puaf.

Sentimos asco y ese asco nos humaniza,

nos reconcilia con quien más nos asquea.

Se es rata con cola larga puaf

o

se es ardilla sin cola puaf.

Más perfecto, imposible.

De placenta en placenta

revolvemos los tambuches de la utopía,

la basura propiedad privada de la ciudad

y del partido en el poder desde hace dos,

doce,

doscientas

décadas sin repugnancia.

Nada de puaf ahora.

Es la cadencia cómplice de la decadencia.

El cuacuacuá cómico de una academia endémica,

norteamerinada.

Es la carcajada rota de los roedores

que es la lengua agónica de los lagomorfos

que es el orden cosificado de los ideales.

Una jerarquía escrupulosa de los instintos.

Y no podemos hacer nada al respecto.

Cubanos sin Cuba

Cubanos sin Cuba

Orlando Luis Pardo Lazo

WEDNESDAY, OCTOBER 18, 2017

Como todo exilio que se respete, los Estados Unidos son el país de la mentira y la muerte. Es aquí donde los cubanos hemos creído llegar, con ínfulas más o menos idiotas de libertad. Y es aquí, también, donde los cubanos vamos cayendo cadáveres, como moscas mediocres que nunca se emanciparon.

Estados Unidos se nos hizo demasiado tarde para los cubanos. Miramos y miramos en derredor, esperando acaso un milagro, por puro supersticiosos que somos desde que literalmente vagábamos por la Isla, pero el milagro a estas alturas ha devenido una mierda descomunal. Lo que nos queda es la inercia y una innata idea de lo que hubiéramos podido ser de habernos dado cuenta a tiempo de que ya lo éramos.

Acostúmbrate.

Los cubanos somos menos que inmigrantes aquí. Todos los latinoamericanos nos odian, con sus sonrisitas arteras y sus acentos sacados de la telenovela de turno. Los cubanos somos nordacas, animales con voluntad de triunfar en el Norte y despojarnos de toda nuestra tara del sur. Pero ya no tenemos lugar aquí. Ni en los cementerios. Sólo cenizas quedarán de todo. Sombras nada más. Entre tu vida y la mía, vidas vaciadas hasta de biografía. Porque tú y yo bien sabemos que Estados Unidos va de cabeza y de culo al socialismo de los solventes. Y esa tendencia al totalitarismo de izquierda no la puede revertir ni siquiera una guerra nuclear.

Entonces por fin seremos parias en el planeta completo. Por fin podremos entender, los que no seamos tan brutos como nuestros vecinos, que no hay retorno posible a Cuba. Porque Cuba fue el inicio de estos Estados Unidos mentirosos, mórbidos y, sobre todo, mediocres. Mentecatos. Porque con la carencia crónica de Cuba nunca se nos quedó ninguna patria regada allá atrás, en el basurero entrañable de la memoria y la esquina más descojonada de nuestro corazón.

Estamos solos. Creo que por suerte. La guerra comienza ahora.

Mi amor, no confíes en ningún norteamericano. Y no confíes en ningún inmigrante a este país. Esto es entre tú y yo. Te lo digo a tu oído, como amantes. Necesitamos un sionismo cubano. Fundar una plantación, no con todos ni mucho menos para el bien de todos, sino discriminatoriamente sólo para los cubanos buenos. Una finca de luz. Un ghetto de gloria. Se llama sentido común. Lo otro fue demagogia decimonónica de ese monstruo de frialdad llamado José Martí (así le llamaban las mujeres en sus cartas desconsoladas: “monstruo de frialdad”).

Mi amor, necesitamos una derecha decente. Necesitamos un apartheid en contra de la izquierda totalitaria que ha carcomido a Latinoamérica y que ahora corroe cómplice a los Estados Unidos.

Toma mi mano. Te quiero hoy. ¿Sabes qué? Nunca te he dejado de pensar. No por altruismo, sino porque me gustas. Porque, además, me encanta que yo te encante. Porque estoy enamorado de ti y tú de mí. Qué privilegio, en medio de esta mierda de nación plural donde lo primero que está penado es precisamente el amor. Tengo la impresión que los Estados Unidos es una burbuja donde, quien no es un perverso, es porque padece anorgasmia. Decadencia, sí. Degeneración, cómo no. No le tengamos miedo al lenguaje. Nadie te hablado nunca como te estoy hablando ahora yo.

Mi amor, no compartas estas palabras. Es un panfleto del alma y ha sido escrito única y exclusivamente para ti. Te amo. Nunca está de más repetirlo. Yo te amo, incluso cuando ya no te acuerdes de mí. Te toco. Te tengo. Cada una de mis fibras vibra y rebota en ti. Esta comunión tiene que ser obra de alguien más grande que tú y yo.

Súbete a un techo, por favor. Ahora. Termina de leerme lejos de la grosería federal.

Mira, tati, cómo la noche avanza y arrasa sobre nuestras cabezas de exilio. Mira la velocidad alucinante de los astros. Dan vueltas como reguiletes. Los aviones pasan silentes, casi a la mano, dejando un rastro de humo que se parece tanto a nosotros, los cubanos sin Cuba, pero con cubanos.

Los carros zumban en las autopistas. Los norteamericanos se matan de tan energúmenos que son entre sí. Ni siquiera eso. Se matan energúmenamente entre otros, porque ya ni un solo habitante de los Estados Unidos es norteamericano como tal. No están aquí. Se fueron a hacer la revolución de los pobres a nivel mundial. Cedieron su espacio vital para los desposeídos, que ya vienen a repoblar la infertilidad natural de una intelectualidad siniestra. Renunciaron con pena pacata a su propia narrativa. Son todos ahora una minoría nativa. No les dediques ni un minuto más. Sé tú. Sé fundamental y fundamentalistamente cubano.

Respira. Hay una cosa allá arriba llamada dios, con minúscula. Es nuestra existencia exclusiva. Somos, aunque no lo creamos todavía, casi contemporáneos. Estamos ahora y aquí. Esa presencia mutua se llama Poder, con mayúscula. Por eso te quería dar las gracias ahora por estar ahora y aquí. Ya sé que no has hecho nada para estarlo, pero igual no quería que se nos acabara nuestro tiempo común en La Tierra sin agradecértelo. Te lo repito, mi amor. Te quiero a ti.

Baja ya si quieres de esa azotea. Es un martes del mundo. Todo es rabiosamente maravilloso. El fuego aún vive entre nosotros, dentro de nosotros. Somos un pueblo elegido. No usé la palabra sionismo por gusto. Los cubanos somos el Israel de las Américas. Siempre lo supimos. Y siempre nos dejamos distraer por la brutalidad vecinal. Nadie en este hemisferio brilla más que la lumbre que hemos descubierto en los ojos de una mujer o un hombre cubanos a quienes tú y yo adoramos, siglos atrás. Trata de recordar ese fulgor, ese rayo, ese renacer. Trata de ser tú de nuevo, por favor.

Me callo ahora por un ratico. Es triste vivir para siempre sin un paisaje. Eso sí que lo perdimos cuando perdimos a Cuba desde ahora hasta la eternidad. Nos arrebataron la paz que da asomarse a un paisaje propio, reconocible.

En Estados Unidos y en el resto de Europa (porque Estados Unidos es Europa, nunca lo dudes) los cubanos reímos y lloramos como turistas. Tampoco estamos aquí. Casi que ya nos hemos confundido con la inmundicia íntima del ser norteamericano. Andamos en andrajos por nuestra pérdida permanente del paisaje. Y así es imposible ni elegirnos a nosotros mismos.

Lo primero sería, pues, ocupar un espacio. Un observatorio estelar, desde donde clavar nuestros huesos en el magma de la tierra y no sentir que hemos visto y vivido en vano. Y saber que estamos trayendo a otros cubanos mejores que nosotros para extender este ramalazo de luz. Y sentir que engendramos por puro amor, que somos alguienes capaces de crear y creer en los alguienes que vendrán, algo que ningún Estado concreto ni ninguna Fe abstracta podría jamás hacer por nosotros.  

Te beso. Te abrazo. No es falta de cariño. Te quiero con el alma. Pero tampoco te digo adiós.

Tuyo,

Lord Landy.

Au revoir Vitier

Au revoir Vitier

Orlando Luis Pardo Lazo

FRIDAY, OCTOBER 2, 2009

Hace cinco años hablé con él, en su oficina del Centro de Estudios Martianos, en El Vedado. Yo era un anónimo editor de la revista oficial ExtramuroS y él era la gloria plus octogenaria de Cintio Vitier (Premio Nacional de Literatura 1988 y Premio Internacional Juan Rulfo 2002). Le pedí un inédito suyo y otro de su esposa Fina García Marruz para un dossier por los 60 años de la revista Orígenes.

Cintio Vitier estuvo hablándome una hora y media por lo menos, con una lucidez espantosa de cara a mi desmemoria carencial. Yo toreaba mis lagunas en medio de aquel océano de referencias culturales republicanas. Era como si ese hombre en alguna época remota hubiera vivido de verdad. Lo envidié, conmigo eso nunca va a pasar. Recuerdo que volvía elogiosamente una y otra vez al nombre de Julián Orbón. Al final me dijo que volviera la próxima semana.

Y adiós a Vitier. Como hoy.

No lo vi de nuevo. Fue su secretaria quien me atendió días después. Me entregó un sobre dedicado a mí y a ExtramuroS. Dentro había un párrafo impromptu firmado vitalísimamente por Vitier con su signatura de sacerdote católico. Pero ni rastros del texto de García Marruz. Qué le íbamos a hacer. Igual consideramos que fue un gesto altruista su colaboración con una revista ministerial que este origenista oriundo seguramente nunca había leído. Ni leería.

La ensayística (y la longevidad) de Cintio Vitier lo empujó a ser el ideólogo de un fenómeno literario que originalmente no tuvo ideología ninguna. En “Ese sol del mundo moral” leí maravillado la fusión fulminante y ficticia de poesía y revolución cubanas. Este retoque forzado de desatino y destino ni los propios revolucionarios lo han entendido nunca: así, el libro estuvo medio vetado en la Cuba cársica del Campo Socialista de los años setenta.

“Lo cubano en la poesía”, con todas sus exclusiones e ingenuidades, me sigue pareciendo un coda codiciado para cualquier crítico. Ese libro esconde en sus conferencias canónicas muchos más misterios que los que el propio evangelista Vitier pudo concebir. Esa biblia resume y rezuma el apocalipsis político de nuestra poesía sin saberlo (de hecho, pretendiendo justamente su fundación). Después de esta obra todo ha sido sólo pose y parodia, retórica sin raíz, rapacidad y ruptura, juego sin jugo, traición a la tradición, epígonos e ignorancia, burla y barbarie, y, lo principal, la pérdida no sólo del aura sino del lector poético cubano. (En su c. v. habría que añadir que C. V. sobrevivió estoicamente a todas las molicies y demoliciones finiseculares.)

Todavía en los años ceros los poetas y pensadores de un demonio llamado Diáspora(s) pugilateaban contra los molinos de aire antediluvianos de Orígenes, en una intentona de dinamitar a Cuba que, paradójicamente, fue nuestro último gesto intelectual preocupado de veras por la pregunta sobre lo nacional (la Seguridad del Estado a su vez se interesó por asustar a estos autores y acaso catalizó su proceso biográfico de diasporización: hoy estos héroes están hastiados en Europa).

Desconozco la narrativa de Cintio Vitier: la abro y trato de fajarme con ella (como me pasa con la novela “Oppiano Licario” de Lezama Lima, no así con “Paradiso”), pero no son textos legibles para mi sensibilidad súbita. La poesía de Cintio Vitier sí la leí hace eones y luego la olvidé instantáneamente. Sin embargo, no sé por qué retorno siempre a unos versos tal vez muy benedettinos antes de Benedetti que se llaman “La jerigonza”:

Queríamos vivir ocultos, / ser harapientos héroes, / usar el idioma como un trapo tenebroso / que esconde la joya más ardiente.
[…]
Queríamos andar a oscuras / debajo de los muebles prehistóricos, / estrujar las semanas oficiales, / llenarnos los bolsillos de mentiras.
[…]
Queríamos el cojo en la gramática, / el verbo mendigando entre los números, / el trece de mudez, fingir que todo junta / las manos para implorar clemencia, / más rápidos que oscuros, enfundarnos / en un gabán de interminable burla. / Queríamos vivir, ser otros.

La última vez lo vi en la pantalla desenfocada de mi televisor Panda, no hace creo ni dos semanas. Le hacían otro de esos homenajes raquíticos de lenguaje desleído por los lugares comunes que van desde la apoteosis hasta la apoplejía patria.

Cintio Vitier estaba desfigurado. Las mejillas momificadas por el desconcierto. La boca todo el tiempo abierta en una vocal O (acaso una cifra 0). El teórico tenaz y a ratos despótico simplemente ya no estaba allí. Me dio una tristeza injustificada ante otra enciclopedia humana perdida. Cuba se acaba y no hay reemplazo (¿por suerte?). En cualquier caso, fue criminal filmar su exoesqueleto de caballero caído así, ya sin armadura: acaso sin alma dura a estas alturas del siglo XXI (él había nacido en el 21). Supongo que ningún hombre se merece el escarmiento de semejante escarnio mediático.

Transcribo ahora el texto “Cuba” que nos dio hace un quinquenio groso, como una mera manera de terminar la columna con su voz (ExtramuroS, página 5, número 14-15, mayo-diciembre 2004):

El barracón de esclavos estaba destinado a dialogar con el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana. San Ambrosio, no lo olvidemos, descubrió la música, la escansión oral, el ritmo, a San Agustín. En San Agustín de La Florida el Padre Varela aprendió el catolicismo irlandés, todo lo que sabía. Los negros invadieron la Plaza de la Catedral una Noche eterna de Reyes. El negrito Tomás fue el mejor amigo de José Martí. Las campanas sonaban llamando a la campana de La Demajagua. No hay nada que hacer, el positivismo también tocaba campanas libertarias. Mi madre, la hija del General, con una pucha de flores en las manos, mientras saluda al jinete que pasa delante de su jardín, me está mirando. Lo único que se salvó en la iglesia en el incendio de Bayamo fue la capilla de la Virgen. Allí resonó el Himno Nacional que los marxistas oyen de pie todos los días. Los niños, los marxistas de hoy y de mañana. No hay nada que hacer. Carlos Manuel de Céspedes, masón, murió combatiendo después de una partida de ajedrez y de rendir cortesanos saludos a una dama esclava. Estamos salvados, nadie podrá destruir El Habanero ni el Himno de Bayamo. Martí viene al galope con un papelito en el bolsillo hasta apoderarse de la muerte en Dos Ríos. El papelito contiene el verso inicial de un poema de Stéphan Mallarmé. Se acabó la discusión, estamos salvados. Si usted quiere ver el paraíso, vaya al Malecón. Si usted quiere aprender Economía Política, vaya al Malecón. Si usted quiere saber Metafísica, vaya al Valle del Yumurí. Si usted quiere reconciliarse con el mundo, vaya a Puerto Boniato. Si usted quiere saber lo que es bueno, siéntese conmigo en el Parque de la Libertad de Matanzas a oír un nocturno danzón. (Octubre 2004, firmado: Cintio Vitier.)

P.D.: El cortacircuito de las fechas de este texto con la de la revista en que se publicó se explica por el atraso atroz de impresión que arrastraba entonces ExtramuroS.