Mujeres que lloran de madrugada

El ABC de las mujeres que lloran de madrugada

Orlando Luis Pardo Lazo

MONDAY, DECEMBER 10, 2018


En Cuba, A me llamaba de madrugada, llorando. Era editora de una revista cultural, además de mi jefa. Su hermano el militarote le mentaba la madre, borracho, antes de caerle a patadas como si A no fuera su hermana, sino el mismísimo enemigo imperial. El muy maricón no se quería mudar del apartamentico que A y él habían heredado. Creo que de niño el futuro soldado de la patria se la llegó a templar, o al menos la manoseaba todo lo que a él le salía literalmente de los cojones. Hijo de puta. La tiranía totalitaria cubana empieza por casa, la del Estado es bobería comparada con esa realidad domestica despingante. El hermano de A era un singao con uniforme de verde oliva, un tipo que en otros tiempos no me hubiera temblado la mano para ajusticiarlo de un balazo en el cráneo, a traición, o para rajarle de un tajazo la tráquea. Para que respete, para que aprenda.

En Cuba, B me llamaba de madrugada, llorando. Soñaba con acelerar partículas en cualquier parte que no fuera la patria. B tan linda, tan loquita. Como lindos y loquitos éramos todos entonces, desquiciados por una década doble en que la democracia cubana nunca llegó. B lloraba por llorar, porque la luz de su casa era mortecina y sus abuelos también: se morían. Habían sido dos dignos obreros del capitalismo luminoso cubano. Habían sido empleaditos y funcionarios capaces de ahorrar hasta comprarse una casa y un carro. Ahora no tenían ni donde caerse muertos bajo un bombillo ahorrador y unas sábanas compradas por el cupón estatal. Sobrevivieron como ángeles enamorados a los asesinatos de Fulgencio Batista, pero la Cuba humanista de Castro con el tiempo y un ganchito a los dos los descojonó. B no sabía ni por qué lloraba en mi teléfono de madrugada, pero yo sí lo sabía por ella. Por amor, por amor a un país perdido de manera imposible de pronunciar. Por impotencia, por piedad, porque B es muy vida del alma en medio de una historia cubana sin vida y sin alma.

En Cuba, C me llamaba de madrugada, llorando. Era escritora famosa. Desde hacía bastante tiempo se había enfermado. Su odio y su voracidad sexual habían hecho de ella un adefesio humano, no tanto físico como moral. C lloraba de envidia, de risa, de soledad. No soportaba que yo mencionara a ninguna otra escritora mujer. C de comemierda. Todos los colegas de su generación habían huido de Cuba a tiempo. Ella también había huido, pero demasiado tarde y hacia dentro de su casa, de su cuarto, de su cama. Sus conversaciones conmigo eran demasiado largas, desconsideradas, desesperadas. Ya yo no podía ni acostarme de noche con nadie, porque siempre me interrumpía la anorgasmia de sus llamadas. Su llanto era el más cobarde de todas las mujeres que en Cuba me llamaban por teléfono de madrugada para llorar. Porque C lloraba por ego, por teatro del ego, por egoísta autoconmiseración.

Todo un abecedario de mujeres me llamaba en Cuba de madrugada, llorando. Con ninguna nunca me acosté, habiéndolo deseado puntualmente con todas. A todas, sin embargo, todavía las amo. Recuerdo cada uno de sus pucheros, de sus fragilidades, de sus maneras de dejar que fuera el llanto quien las trajera hasta mí. Quien las abriera, entregadas. Analógicas, estériles, excepcionales.

Por eso cada vez creo más y más que fuera de Cuba no existen las mujeres. Lo que nos depara el exilio es una casta desconfiada de cuerpos sin penes. Toda vagina es en realidad una invaginación fálica. Y la mujer como género no es más que un producto autóctono de la Revolución. Por eso en el capitalismo un fenómeno así ya no se da, por lo menos desde la Revolución Industrial. En el siglo XXI estamos en plena fase de desmujerización.

En cualquier caso, extraño con cojones a mis mujeres telefónicas insomnes. Como a Cuba, coño de su madre. Extraños sus voces rajadas y sus líquidos lagrimales, anuncio ávido de otros ríos mucho más recónditos y carnales. Sólo por volver a estar con una mujer, regresaría a Cuba para el carajo sin volverlo a pensar. Pase lo que pase con la policía política que me tiene prometido arrancármela. Pase lo que pase con mi pasaporte de rehén o con mi más que probable prisión. No me importa ni pinga. Soy libre, siempre fui libre: y eso me hace intolerable para media mierdera humanidad. Mi lenguaje no es reducible al marxismeo mediocre de la Isla y mucho menos a los mojones norteamericanos entre los que floto desde el martes 5 de marzo de 2013, cuando perdí para siempre a La Habana, esa vagina vital.

Soy un fundamentalista de la mujer cubana. Y, como tal, bien sé que, después de la Revolución, la especie mujer degenerará tal como ya está degenerada en el resto del mundo civilizado. Los restos del mundo civilizado. No hay amor fuera del castrismo. No hay sexualidad fuera del castrismo. Sólo en tiranía se habita en ilimitada e iluminada libertad.

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