Dos décadas sin diálogo entre Diego y David

Dos décadas sin diálogo entre Diego y David

Orlando Luis Pardo Lazo

MONDAY, NOVEMBER 7, 2011

Después de mil años, he vuelto a correr Fresa y Chocolate en mi laptop.

Fue un momento mágico, aquella época. Cuba se descojonaba. Pero la verdad emergía como nunca antes, sobre los restos de una ideología infame, infantil. Nos hacíamos libres de cara al Hegémono de nuestra Historia. También la muerte y la represión campeaban sobre las ruinas de una nación. Era la hora de los salvajes. Irse o callar, en el exilio o en una cárcel cubana. Y en medio de ese caos y de esa metástasis, el peor cine de América filmaba una película mediocre basada en un cuentecito cándido, pero en ambos casos cristaliza de milagro en ellos la esperanza política de repoblar un país, una ilusión.

Fue sólo eso, por cierto. Un instante. Nuestra realidad resiste gracias a tales fogonazos de lucidez. El resto es tedio totalitario, grosería gris, murumacas de mudos para ir chapeando bajito mientras el poder espera otro mes, otro milenio, otra mentira.

No le pregunten a Senel Paz, ni a Tomás Gutiérrez Alea, ni a José María Vitier, ni a ninguno de sus actores. Respondieron siempre con lugares comunes. Es lógico. No les alcanzaba el coraje de fundar un argot de futuro. No estaban convencidos de querer protagonizar una época, más allá de sus biografías. Todos son, en el mejor sentido de la palabra, sombras. Un efecto cromático del exceso de iluminación tan propio del cine para crear atmósferas, mientras más realistas más de ficción.

Tal vez Fidel Castro tuvo la respuesta en soledad augusta, pero como buen estratega de masas supo llevársela a su tumba (o a su incinerador). Tal vez yo ahora debiera pronunciar algo disparatado o doloroso al respecto. Pero sería traicionar la belleza íntima de la Revolución. La cosa limpia que todo proceso emputecido y suicida, como uno de los personajes, siempre conserva en el lugar más secreto y salvo del alma. De los sueños. Sería añadir nuevas capas de violencia verbal e incomprensión inmanente sobre las costras y costras de olvido que Fresa y Chocolate acumula a la vuelta de veinte años. Es preferible dejar correr el equívoco. Darle play a solas en la noche digital mercenaria del mundo. Allá ellos. Que sean los extranjeros de izquierda del Primer Mundo imperialista los que ejerzan de exégetas y narren sus mierditas académicas sobre el sentido del film.

La Habana eran tan preciosa en sus ruinas monumentales. La ropita tan raída. Las miradas tan de provincia feudal. La locura azuzando genes y hormonas. La fealdad tan definitiva que valía la pena sucumbir a ella. Las epidemias de Dios para seleccionar a quienes menos hambre pasaban. Cuba de cúbito sufrimos. Tenía razón Eliseo Alberto, poeta de títulos: Nadie quiere más a Cuba que yo. Cuando haya que botar la papelería pedestre de lo que nunca fuimos, emergerá, intacta, del fondo de los baúles de nuestra barbarie secreta, la pepita de oro prometida por Diego a David.

Sólo cabe el amor entre contemporáneos así. Compañeros de cadalso, gente al azar que coincidieron en sus idénticos derroteros de derrotados. Un pueblo imaginario que habla sin voz. Que respira desamparado la maravilla de coincidir y enamorarse de verdad entre sí. Fuera de eso, no hay nada. Pasaporte oficial, currículos súper-profesionales y dólares del enemigo, como los que abdujeron a los creadores de esta película de peligro (morirán todos viejitos y ni siquiera la recordarán, como Fidel Castro ahora). Fuera de eso, hay demasiado. Ser otros. Flotar en un universo sin islas. Hacerse cosmopolita y no malgastar palabras en un acto de puro pasado (como yo hoy). Fuera de eso, no sé. Yo también, como tú acaso, he extraviado el hilo de nuestra historia.

Quiero añadir algo. Intuyo que soy yo quién lo diré. Pero todavía lo ignoro.

No me hagan desesperar más en este punto neurálgico, supongo que un poco neurótico. Déjenme no pensar en paz, por favor. Gracias.

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