Revolución es deconstruir

Revolución es deconstruir

Orlando Luis Pardo Lazo

MONDAY, NOVEMBER 23, 2009

Morir en invierno.

Las fachadas pudriéndose bajo los bombardeos y tú cantando, tan contento. La vida se acaba hoy. Por fin un fin a esta fiesta innombrable devenida fiasco numérico.

Todo es hermoso.

Pocos cubanos tendrán la suerte de fotografiar la coda de Cuba desde sus intestinos. El Apocalipsis según La Habana, se entiende: el resto de la nación será apenas un mustio pasto marcial usado como escenario, tramoya tétrica.

Mentir en invierno. Maullar atrocidades.

Las cloacas pariendo fetos con uniformes bajo los flashes famélicos de una Gran Mancha de estudiantes importados desde la China Popular. Pupila insomne de penecillos mínimos de nuevos Maos. Nanofalia hi-tech oriental. Caligramas calcinados.

La vida comienza hoy. Todo es horrendo.

Buses. Calor. Mierda de hojarasca otoñal. No parece noviembre.

Todos buscan a todos todavía. Enamorados de utilería, extras de una cinematografía que nunca nos iluminó. Fresas falsas y chocolate clueco.

Ciudad, cálmate y cálmanos. No nos dejes caer en la tentación de una guerrita incivil. Combate ante todo a tu impropia combatividad. Conducta impostada. Sosiégate bajo el sol. No te salves ni simules salvarnos, pero al menos cambia tu peor plomo por proyectiles de salva.

Nadie se va a morir, menos ahora.

Todo es salvaje. Todo es santo.

Pocos cubanos obtendrán el milagro de sobremorir a un don llamado La Habana, virtud virtual que siempre nos vituperó.

No me entiendas. Ni siquiera yo mismo me entiendo.

Mejor extiéndete sobre mí, los brazos abiertos en cruz, como un cadáver exquisito de la post-patria. Enrédate en mi prosa prístina y póstuma a la par. Soy único y universal: no tuve orígenes ni tampoco el tedio de un destino trascendental. Te amé, siendo tu antípoda.

Tanteo estas emancipaciones escritas como aguinaldo de fin de mes, año y década. Bonus-track de la barbarie y la traición. Ya estamos en el XXI. Esto no debió ser posible. Esto no ha de ser del todo real.

La vida devino guiñol de títeres sin titiriteros. Nos vamos a hacer mucho daño, puedo leerlo en la pantomima mínima de tus labios.

Las cuadras están solas. Las cuerdas están flojas. La cordura está roja de una ira irracional. Cuba está rota y sin consuelo.

Habana, muérete antes de mutar en verdugo. Habana, calla y cómete tu crisis antes de trocarte en una ciudad criminal. Habana: léeme, madre, y deslíeme demoníacamente en tu angélico horror.

Renacer en invierno. Las columnas barruecas y la falta de fe. No parece la vida, pero lo debió ser.

Cuba continúa, incluso descontinuada. Esclusas de un canal tupido hacia la Utopía. Cuba persiste perversamente en paz. Cuba, arrepiénteme a priori por ti y por mí.

Se nos acaba el siglo XXI y todavía no lo habitamos. Se nos agota el tiempo del planeta y aún no lo protagonizamos.

Cuidad, cuídate.

A mí no, a ti.

Ciudad de cinismo clínico. Paraíso parapolicial, no te parapetes patéticamente en esta pared de palabras.

Habana con hache muda y mendaz. Urbe mendiga, ubre mentecata de proteínas cortadas. Coartada coagulada.

No confundas, ciudad cianótica, este aullido funerario con otra tonta canción de amor.

Mujeres que lloran de madrugada

El ABC de las mujeres que lloran de madrugada

Orlando Luis Pardo Lazo

MONDAY, DECEMBER 10, 2018


En Cuba, A me llamaba de madrugada, llorando. Era editora de una revista cultural, además de mi jefa. Su hermano el militarote le mentaba la madre, borracho, antes de caerle a patadas como si A no fuera su hermana, sino el mismísimo enemigo imperial. El muy maricón no se quería mudar del apartamentico que A y él habían heredado. Creo que de niño el futuro soldado de la patria se la llegó a templar, o al menos la manoseaba todo lo que a él le salía literalmente de los cojones. Hijo de puta. La tiranía totalitaria cubana empieza por casa, la del Estado es bobería comparada con esa realidad domestica despingante. El hermano de A era un singao con uniforme de verde oliva, un tipo que en otros tiempos no me hubiera temblado la mano para ajusticiarlo de un balazo en el cráneo, a traición, o para rajarle de un tajazo la tráquea. Para que respete, para que aprenda.

En Cuba, B me llamaba de madrugada, llorando. Soñaba con acelerar partículas en cualquier parte que no fuera la patria. B tan linda, tan loquita. Como lindos y loquitos éramos todos entonces, desquiciados por una década doble en que la democracia cubana nunca llegó. B lloraba por llorar, porque la luz de su casa era mortecina y sus abuelos también: se morían. Habían sido dos dignos obreros del capitalismo luminoso cubano. Habían sido empleaditos y funcionarios capaces de ahorrar hasta comprarse una casa y un carro. Ahora no tenían ni donde caerse muertos bajo un bombillo ahorrador y unas sábanas compradas por el cupón estatal. Sobrevivieron como ángeles enamorados a los asesinatos de Fulgencio Batista, pero la Cuba humanista de Castro con el tiempo y un ganchito a los dos los descojonó. B no sabía ni por qué lloraba en mi teléfono de madrugada, pero yo sí lo sabía por ella. Por amor, por amor a un país perdido de manera imposible de pronunciar. Por impotencia, por piedad, porque B es muy vida del alma en medio de una historia cubana sin vida y sin alma.

En Cuba, C me llamaba de madrugada, llorando. Era escritora famosa. Desde hacía bastante tiempo se había enfermado. Su odio y su voracidad sexual habían hecho de ella un adefesio humano, no tanto físico como moral. C lloraba de envidia, de risa, de soledad. No soportaba que yo mencionara a ninguna otra escritora mujer. C de comemierda. Todos los colegas de su generación habían huido de Cuba a tiempo. Ella también había huido, pero demasiado tarde y hacia dentro de su casa, de su cuarto, de su cama. Sus conversaciones conmigo eran demasiado largas, desconsideradas, desesperadas. Ya yo no podía ni acostarme de noche con nadie, porque siempre me interrumpía la anorgasmia de sus llamadas. Su llanto era el más cobarde de todas las mujeres que en Cuba me llamaban por teléfono de madrugada para llorar. Porque C lloraba por ego, por teatro del ego, por egoísta autoconmiseración.

Todo un abecedario de mujeres me llamaba en Cuba de madrugada, llorando. Con ninguna nunca me acosté, habiéndolo deseado puntualmente con todas. A todas, sin embargo, todavía las amo. Recuerdo cada uno de sus pucheros, de sus fragilidades, de sus maneras de dejar que fuera el llanto quien las trajera hasta mí. Quien las abriera, entregadas. Analógicas, estériles, excepcionales.

Por eso cada vez creo más y más que fuera de Cuba no existen las mujeres. Lo que nos depara el exilio es una casta desconfiada de cuerpos sin penes. Toda vagina es en realidad una invaginación fálica. Y la mujer como género no es más que un producto autóctono de la Revolución. Por eso en el capitalismo un fenómeno así ya no se da, por lo menos desde la Revolución Industrial. En el siglo XXI estamos en plena fase de desmujerización.

En cualquier caso, extraño con cojones a mis mujeres telefónicas insomnes. Como a Cuba, coño de su madre. Extraños sus voces rajadas y sus líquidos lagrimales, anuncio ávido de otros ríos mucho más recónditos y carnales. Sólo por volver a estar con una mujer, regresaría a Cuba para el carajo sin volverlo a pensar. Pase lo que pase con la policía política que me tiene prometido arrancármela. Pase lo que pase con mi pasaporte de rehén o con mi más que probable prisión. No me importa ni pinga. Soy libre, siempre fui libre: y eso me hace intolerable para media mierdera humanidad. Mi lenguaje no es reducible al marxismeo mediocre de la Isla y mucho menos a los mojones norteamericanos entre los que floto desde el martes 5 de marzo de 2013, cuando perdí para siempre a La Habana, esa vagina vital.

Soy un fundamentalista de la mujer cubana. Y, como tal, bien sé que, después de la Revolución, la especie mujer degenerará tal como ya está degenerada en el resto del mundo civilizado. Los restos del mundo civilizado. No hay amor fuera del castrismo. No hay sexualidad fuera del castrismo. Sólo en tiranía se habita en ilimitada e iluminada libertad.

Biografía de una traición

Biografía de una traición

Orlando Luis Pardo Lazo

SATURDAY, NOVEMBER 16, 2019

Fueron tres hermanos,
hijos de Ramona y Manuel y los años diez.
El siglo XX les prometía un país.

Cuco cayó temprano
al saltar de una azotea de Malecón,
apuesta de mocosos enamorados
que terminó enredada con los primeros cables
de la electricidad nacional.

Salvó la vida de milagro
pero soltó buena parte de su cordura.
Los golpes en la cabeza no son un juego de niños.
Así y todo,
murió medio siglo de rótulos y papalotes después,
en los setenta del totalitarismo cubano.

Mongo se fue al Norte justo a tiempo,
al rayar la década más promisoria de la Revolución.
Su carácter de élite hubiera vomitado
la vulgaridad inevitable de todo poder popular.
En California hizo fortuna y familia,
durante unas décadas mandaba postales con sonidos y lucecitas.
Sin embargo, en los noventa
el diagnóstico precoz del insurance
no le sirvió de mucho.
No hay peor cáncer que el de la misma próstata.

Manolo fue el tercero y fue también mi papá.
Dulce, ojos de Stanford miope, pelo lacio de bebé.
El más español de los ultramarinos hijos insulares de Ramona y Manuel,
de Monita y Manolo.

Nunca me regañó.
Sabía un inglés de best-sellers
y un día sin notarlo yo ya los leía también
(la mayoría robados de la sala circulante de la Biblioteca José Martí).

Mi papá nunca fue al médico, por suerte,
ni tampoco usó prótesis dental,
pero sí un marcapasos para apuntalarle su corazón
octogenario de asturiano.

Fue ambidiestro
Porque le amarraban la mano izquierda
en una de esas escuelitas públicas del machadato.
Y fue el último en todo,
hasta en morir,
un domingo cumpleaños setenta y tantos de Fidel.

Conservo aquella foto eterna de los tres hermanos.
Jesús, Ramón y Manuel
(mi padres casi me nombran Leuman
que es casi Manuel al revés).

Es una instantánea de mil novecientos veinte,
hace increíblemente un siglo,
y ellos son todavía aquellos tres hermanos
impresos en el blanco y negro
de una patria de plata a perpetuidad.

Eran no,
son los tres varoncitos de un matrimonio de primos Fernández
que vinieron a la Isla huyendo de la Península,
cuando el siglo XX cubano los engatusó
prometiéndoles para siempre un país.

Mi parentela asturiana nunca conoció del todo
al último de sus nietos, sobrinos, hijos,
que en el siglo XXI tendría que traicionar
también para siempre
a aquella pobre promesa de país.