El lado frívolo de la almohada

El lado frívolo de la almohada
Orlando Luis Pardo Lazo

WEDNESDAY, JANUARY 6, 2010

Con los Reyes Magos me pasa ídem que con los Cinco Héroes: a la hora de nombrarlos, siempre me falta uno.

En los años setenta, allá por la paleohistoria parametrizada de la Revolución, algunos eneros mi madre jugaba conmigo bajo la almohada: si no ojo por ojo, al menos sí dientes por presentes.

El arbolito de Navidad entonces se armaba en el clandestinaje de un cuarto trasero de desahogo que luego también desapareció, junto a las últimas bolas y bestias del pesebre republicano que ella mimaba como si fueran joyas.

En los noventa se perdió hasta la memoria de aquella ilusión ilegal.
Para colmo vino hasta el Papa y las Navidades se convirtieron en un día feriado más, en otra dádiva del almanaque empresario estatal.

Las tiendas en dólares y los hoteles inauguraron glamorosos arbolotes de nieve sintética y guirnaldas digitales de discoteca. Nuestra ramita de pino con algodón quedó ridiculizada ipso facto.

Por supuesto, mi madre persistió. Su vida hasta hoy por suerte ha sido eso: no desmayar. Una lección de resistencia que con su ejemplo ella dejará para nadie.

Ya no se me caen los dientes de leche, pero pudiera poner muchas piezas perdidas bajo la almohada esta madrugada. No las enumero. Ustedes saben. Todos sabemos.

La suma de nuestras pérdidas se apellida Patria. Generaciones desganadas, desgastadas. Habana extraviada. Cuba como caducidad. Reino en ruinas de los Héroes Magos. Mi madre en el eterno quita-y-pon ahora en plena sala, sin miedo a ser denunciada a través de la puerta de la calle.

No es que seamos más tolerantes con la religión. Es que nadie la ve. Los templos llenos son hoy por hoy la prueba más brutal de nuestra carencia vitamínica de fe. A falta de asambleas de rendición de cuentas, se autorizan las congregaciones de redención de cuentos. La procesión de una virgen por las avenidas y las misitas televisadas del Cardenal consagran sólo la invisibilidad cristiana de esta nación (en ocasiones también su imbecilidad: la ignorancia catequéctica de una Iglesia que envejece al mismo ritmo que el Estado).

No hay nada que hacer. Ni siquiera esperar. No habrá entreactos en este equilibrio de gerontocracias rituales. Ojo por ojo y una retórica por otra.
Últimamente, mi madre deja los arbolitos hasta bien pasado el 6 de enero. Se aferra a esa fuente de musiquitas y luces en un hogar donde no puede ocurrir más nada (no se nos ocurre nada más que perder). En una cuadra. En un barrio. En una ciudad. En un país. En un continente. En un planeta. En un cosmos caótico que como seres humanos tampoco nos dice nada.

Pobre mamá. Estoy seguro de que en noches como esta ella sueña con venir a hurtadillas hasta mi cama, al peor estilo de los mitos martianos de la infancia, y trocar mis dientes deciduos por algún regalo pedido por escrito.

Pero ni eso. Pobrecita María. Lo siento, madre.

Por escrito tu hijo hace mucho que no pide ya nada. Doy y doy y doy a cambio de compartir un poco los mismos miasmas de nuestra nada post-nacional. Doy y doy y doy, pero no se me quita la tara de no poder nombrar nada en Cuba sin la sensación de que siempre nos estará faltando algo: reyes risibles o héroes por error (a estas alturas del cubangelio sería ingenuo intentar una distinción).

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