Antonio, La Habana, el amor

Antonio, La Habana, el amor

Orlando Luis Pardo Lazo

SUNDAY, FEBRUARY 9, 2020

Antonio Cao in memoriam

Yo acababa de caer, acaso de cabeza, desde Cuba. Apenas cumplidos los cuarenta años. Vine con visa de visitante a un evento nada más y nada menos que en los Estados Unidos, bajo la égida por entonces omnímoda de Yoani Sánchez, hoy desaparecida.

Sí, yo fui la sombra de una esperanza. Ahora mi única esperanza reside precisamente en volver a las sombras.

Era la primavera en Manhattan y en todo el hemisferio norte, supongo. Finales de marzo o principios de abril de 2013. Mi primera primavera de verdad. Y mi última también de verdad en Cuba, aunque eso todavía no lo sabía, tal como desde hace bastante rato lo sé.

No recuerdo quién me lo presentó. Tal vez nadie, tal vez todo el mundo. Había tantos rostros alrededor, tantas voces, tantas tarjetas de presentación. Y yo casi investido de Primera Dama de la Bloguera Insigne de la Libertad, por quien en su momento yo con gusto hubiera puesto mi cuerpo entre el suyo y las balas del castrismo. Hoy, sin embargo (y no es culpa de nadie, excepto yo mismo), ya no sabría distinguir entre biología y barbarie.

Pudo haber sido Iraida Iturralde, del Centro Cultural Cubano de Nueva York, ese nombre tan largo para nombrar la tristeza insular de los sin Isla. Pudo haber sido algún otro cubano de New Jersey o Nueva York, estados que yo aún ignoraba que eran vecinos. Se llamaba Antonio, parecía muy mayor, y quería cenar conmigo. Como todo el mundo, dada la atroz inaccesibilidad de mi acompañante de causa. Aunque, a todos los efectos, era yo su acompañante de causa, cuando todavía soñábamos con una causa. En el 2020, ya todo es efecto. Inconsecuentes consecuencias.

Nunca lo olvidé. Creo que fue tan gentil de ir hasta Princeton University, a verme cantinflear en una conferencia que ocurrió al lado de un evento con Wole Soyinka, si no recuerdo mal. Haya o no haya ido, igual lo recuerdo en una de esas carreteras de neones huérfanos, a mi lado en el asiento de atrás. Quisiera también recordarlo dándome la mano, como si más que un amigo súbito se hubiera convertido de pronto en mi papá, y supiera que yo no debía de haber llegado vivo al exilio, tan tarde. Porque salir de Cuba a la carrera, a ciegas, por una corazonada, había sido el mazazo final a la desintegración de mi personalidad. Sólo me quedaba ahora la cordura, colgando del hilo sin laberintos de un espíritu estéril, esterilizado con esmero de esmeril.

Pero era él quien no iba a salir vivo del exilio, Antonio. Nos encontramos por fin una noche y me llevó a comer algo remotamente cubano. No podría recordar dónde, acaso por la veintipico. Pasaban los días y afuera insitía en seguir siendo New York. Yo comenzaba a marearme, a sentir ganas de vomitar. El vacío se anuncia como vahído.

Ni idea de qué hablamos. Pero Antonio me miraba como si a través de mí pudiera recuperar un pedacito de patria. Antonio buscaba gestos, inflexiones, palabras. Tan mayor, tan humano, tan inverosímil para alguien que, como yo, acababa de escaparse de la nación de lo cínico, lo cruel, lo criminal.

Me hacía preguntas. Me preguntaba por espacios que yo ignoraba de mi propia ciudad. Estaba mucho más vivo que yo. Comíamos sin emoción. Con cada cucharada se nos acababa a ambos el tiempo. Con cada pelota ensalivada de arroz con carne que no nos bajaba por la garganta, los dos comenzábamos a ser un poco menos y menos contemporáneos.

No sé qué le dije o qué no le dije de La Habana. Tampoco creo que tenía que ser nada en específico dicho o dejado de decir. Antonio comenzó a llorar. Sin aspavientos, en paz. Casi aliviado. Sabe Dios desde cuándo él estaba esperando para ponerse a llorar así, en casa, entre cubanos de Cuba, como por entonces aún lo era yo.

Por mi parte, tuve que esperar siete soberanos años para poder ponerme a llorar con él. Esta noche. Si bien lo he pensado en muchas, muchísimas noches desde aquel 2013 con Antonio a la mano. Debí de haberlo abrazado. Qué digo abrazarlo: debí de haberlo besado.

Nos despedimos en la acera. La comida era un insulto para nuestros sentimientos estragados, estrangulados. Usaba un sobretodo de películas de gángsters y, así y todo, parecía que la brisita nocturna se lo iba a llevar. Como de hecho se lo llevó. Pero debo recalcar aquí que caminaba con una dignidad desconocida para mí. Era mucho más que un monarca. Era, Antonio, mi amor, un hombre libre.

Siempre supe que había fallecido, pero no sabía bien cuándo. Hoy finalmente lo averigüé. Fue una primavera exacta después. ¿Para qué dar más detalles? Ojalá haya sido mentira, una desinformación. Lo prefiero muerto en mi memoria de amante amigo, y no muerto en una necrológica casi anónima del New York Times:

CAO-Antonio F., 73 of New York, NY. Ended his long struggle with cancer April 23, 2014. Born, La Habana, Cuba, March 9, 1941. Professor of Romance Languages at Hofstra University. Author of Garcia Lorca and the Avant Gardes. Past President, Northeast Modern Language Association. Board Member, Cuban Cultural Center New York. St Georges School, La Habana, Cuba, University of Miami BA, University of California Berkley Masters, Harvard PHD. Survived by a brother, Jorge Cao of New York, New York. Family and friends are welcome to gather at the Greenwich Village Funeral Home, 199 Bleecker Street, NYC on Friday, April 25 from 4pm to 8pm. Funeral Mass to be held at Church of Notre Dame, 405 West 114th Street, New York, NY on Saturday, April 26 at 1:00pm. In lieu of flowers, please send tax deductible donations to: Cuban Cultural Center of New York. PO Box 2608 New York, NY 10036. Published in The New York Times on Apr. 24, 2014.

Yo no querría donarle nada a ningún centro. Mucho menos cultural, mucho menos cubano, mucho menos en Nueva York. Eso es también parte de mi daño, de mis demonios, de mi demencia, de mi decrepitud.

Yo prefiero flores en lugar de flores para Antonio. Florecitas nocturnas, que siempre son de pétalos blancos y de una frágil fragancia. Yo prefiero que Antonio no me suelte la mano en el asiento de atrás de un carro, mientras los turnpikes pasan por la ventanilla como alaridos insomnes y él me susurra en una nana de lágrimas: “no te asustes, mi niño, no temas: antes de que te vayas a dar cuenta, ya todo pasó”.

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