Otro día de noviembre

Otro día de noviembre
Orlando Luis Pardo Lazo

MONDAY, NOVEMBER 9, 2009

Hacer el amor después de hacer la muerte.

La ciudad es el mal. En la ciudad se concentra la lujuria criminal del poder. Y contra ese daño en la biografía de cada ciudadano no hay salvación.

Estás solo. Tú y tu cuerpo, en ese orden antigramático. La ciudad allá afuera es como una mole monstruosa, llena de hombres que quieren borrarte no de un plumazo, sino de un puñetazo. La ciudad comienza donde termina tu cuerpo. La Habana es como una cárcel de consonantes mudas al aire preso de la ciudad.

¿Es posible hacer el amor después de hacer la muerte?

Tecleo como un paralítico. Recuerdo a un Stephen Hawking de más ingenio que genio. Me duele el cuello con apenas fijar la vista en la pantalla. Tortura de teclear. La huella urbana de la arquitectura revolucionaria incluye, a partir de esta columna vertebral, también a este dolor. A esta duda de si estoy o no dañado en mi biología incivil: en mi cuerpo o cadáver exquisito que ha perdido las ganas de hacer el amor.

Un día de noviembre, como en un filme casi desheredado por su director Humberto Solás. Una película en blanco y negro que el ICAIC censuró durante uno o dos quinquenios en gris y gris. Monocromía de la censura. Un día de noviembre. Y que después ha resultado ser una joya de la tristeza cubana en los tiempos joviales de la revolución. Un día de noviembre. Un hombre recuerda que clínicamente puede morir. Pero se empeña en revivir cada cuerpo dentro de su cabeza (que le duele tanto como a mí ahora) y, para colmo, se enamora de otra Lucía y le hace democráticamente el amor, aunque la escena sería podada por los tijeretazos pacatos de un pervertido censor. Un día de noviembre. 1972 es hoy.

Otro domingo de noviembre. El cielo de La Habana se colorea de un gris amable y, por primera vez desde el pugilato que puso en anoxia mi mente, pensamos en la imposibilidad de hacer el amor. Hipoxiabana nuestra que estás en celo…

No se puede amar humillado.

No se puede amar con la libertad en silla de ruedas: ¿sobrevive el deseo a la enfermedad (a la esclerosis lateral amiotrófica, por ejemplo, o a un simple estrallón de kárate descarado)?

No se puede amar desde la venganza.

¿Es posible amar después de amagar la muerte?

¿Cuándo recupero a mi cuerpo? ¿Cuándo lo retiro de este cementerio?

Las imágenes se suceden. Veo la calle tomada. Entumida, y no es por la llovizna de otoño. Like tears in the rain. Como lágrimas en las ruinas. Veo al hombre de bogotín y camisa de cuadros que me entrevistó hace nueve meses bajo el nombre de Ariel, duende juguetón de Shakespeare o pesadilla utópica de José Enrique Rodó. Veo gritos. Veo cuerpos en cinética cínica. Veo frenazos y la manía intimidante del teléfono móvil (SMS del Servicio Militar). Veo pancartas. Veo la soledad insondable de un parque de la calle Paseo, las luces mortecinas anunciando el calambre muscular. Veo rostros amigos de cartón. Todo corre ralentizado. Cláxones con scratch. Años de atrezo. La verdad no habita en nosotros, los subciudadanos de esta urbe o ubre reseca excepto de represión. Presión en el pecho. Latidos de látigo en la sien. Cielos encapotados de hollín rubicundo y rabioso. Abajo también sobran los capotes. Lluvia de utilería. Marchas. Marcas. Dan grima tantos hombres de gris. Veo fotogramas en blanco y negro. ¿Cuándo se corporiza mi recuperación? ¿Cuándo termina este filme fantasma y cuándo comienza nuestra vida irreal? Las imágenes suceden.

Cuba, mátame. Cuba, mentirosa de mierda. Cuba, cubo cabrón de mártires: ideologizada por unos e idealizada por mí. Cuba, tu madre. Cuba, te amo. Cuba, no te mueras en mí. Cuba, no mutiles a los mejores. Cuba, no mutes en matarife. Cuba, no te mates sin mí. Cuba, cadáver o cuerpo o corpiño exquisito que me has quitado las ganas de hacer en noviembre el amor.

Y al revés: ¿será posible hacer la muerte después de hacer el amor?

Leave a Reply