Ante el amor y los Estados Unidos y la muerte, en ese orden

Ante el amor y los Estados Unidos y la muerte, en ese orden

Orlando Luis Pardo Lazo

SATURDAY, MARCH 2, 2013

Hay una foto de Raúl Castro jovencísimo. Le amarra un trapo en los ojos a un cubano que van a matar. Están en un bosquecito. La noche es tan linda y la Revolución tan joven.

Hoy es noche de nuevo. Madrugada profunda del mundo. Seguimos todos amarrados al palo mayor de una isla que no se acaba de ir a pique, con los ojos tapados con aquel mismo trapo que no dejar ver lo esencial. La muerte.

Llego a mi casa arrasado. Es madrugada honda. Llovizna. Llevo semanas llorando sin causa. De alegría, de pena, de ser real. Mi madre duerme. La boca abierta como si hubiera muerto. Respira con toda la caja torácica. Son los últimos estertores del invierno. Es marzo, pronto será la primavera y la radiación solar hará horrendo sobrevivir en este país).

Los Estados Unidos se me han metido en la cabeza. Como fuga. Como línea sin límites. Como ilusión de no podría decir qué (la ilusión siempre es eso, un imposible de nombrar). Mi corazón no se va de Cuba. Es en Cuba donde amo a mi amor. Si quieres, me dirijo mentalmente a nuestro Presidente en fase terminal (en 5 años deberá suicidarse), me puedes poner en los ojos aquella venda de la mentira y matarme entonces de verdad. Yo amo amar a mi amor en Cuba y esperaré aquí el día de la resurrección de todos los muertos, cuando los cuerpos de seguridad salgan a la calle a matar a mansalva por pura envidia de que nadie los sobreviva.

En la cocina, una cazuela con un bisté. Es la prueba definitiva. Ningún restaurant gourmet del mundo libre podría ofrecerme tanta plenitud. El churre de la tapa, la carne mal cortada, un par de ajíes, grasa de color sospechoso, el olor del gas balón (un misterio azul que quema naranja), y mis gatos que se morirían de tristeza sin mí y serían tan gentiles que no ni una queja dirían (excepto la de sus miradas). Soy libre. Por eso es que amo tanto a mi amor, porque mi libertad es atroz y me autoriza a amar mejor que nadie en la historia a mi amor.

¿Hay en los Estados Unidos cazuelas con tapas percudidas por las sucesivas comidas en familia? ¿Hay en los Estados Unidos carne cortada a la barbarie, con ese sabor íntimo que es casi como una conversación donde vivos y muertos tornamos a ser contemporáneos (ignoro en qué bando estoy)? ¿Hay en los Estados Unidos gatos que hablen a golpe de pupilas?

Lo siento. Estaré viejo, supongo. De hecho, soy testigo de una época que por suerte desapareció. Lo que comenzó con un fusilamiento a manos del último presidente de la Revolución, que termine cuando sea con mi muerte otra vez en sus manos. Estoy listo, como decían los lemas de infancia. La barbarie es mi reino humano, demasiado humano como para arriesgarme a una vida civil. Aquí soy bello y soy bueno, sin necesidad de triunfar. Tengo la palabra, aunque sea efímera. Y mi cuerpo, aunque sea eterno.

Los Estados Unidos se me van quitando de la cabeza. No hay a dónde huir.

No hay biografía ilimitada. La ilusión es eso, ilusión. Mi corazón no se muda, Cuba será su cadalso. Maten, si van a matar, matarifes. También mi madre mata y me sirve esa carne torturada, y yo me la como con un agradecimiento ancestral.

Estoy vivo hasta la demencia. No deliro, pero ya no me reconozco. Déjenme tranquilo, que estoy en casa. Mi amor necesita que la siga amando desde ahora hasta la eternidad (valga la redundancia).

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