Uber Cuba 0047

BERCUBA

Uber Cuba 0047

Orlando Luis Pardo Lazo

Marzo 3, 2019


La taxista tendría dieciocho o diecinueve años. No creo que llegase a la mayoría de edad en que las vírgenes norteamericanas pueden por fin entrar a un bar de la Unión y pedir un buchito caro de alcohol. 

La taxista tenía tatuajes, varios de ellos muy mutilados. La taxista se cortaba ella misma los brazos, no a lo largo de las venas sino en transversal a la adolescente circulación de su sangre, desde las muñecas hasta la altura del codo. 

La taxista me lo mostró:

―Mira ―me dijo―, mira.

Y el Uber-usuario Orlando Luis Pardo Lazo miró, miró.

―Todo esto me lo he hecho en el último año ―dijo, como si de un trofeo se tratara―. Ya casi no me queda espacio para cortarme, ni tatuaje que tasajearme.

Pobrecita, fui a pensar yo. Perdida entre estos bosques. Y nadie puede hacer nada para ayudarla. 

Pobrecito yo, pensé en realidad. Perdido entre estos bosques. Y nadie puede hacer nada para ayudarme.

Ayudarnos, a la taxista del Uber y a mí. Dos extraños bajo la única extranjera noche universal, mortaja de milagros que nos une a los cubanos como una mala madrastra.

La taxista era cubana, como yo. Alguna vez ella había sido cubana, como yo. Pero ya no más.

A ninguno de los dos nos quedaba ahora espacio para cortarnos. Éramos un par de mutilados no de ese órgano llamado piel, sino de su función. No teníamos barrera de contención contra las sustancias retóricas de lo real, que emanaban, vaciadas tanto de totalitarismo como de toxicidad, desde todos los puntos del espacio.

Quise regalarle flores. Una pucha fósil de flores. Flores, a falta de futuro para mi niñamor anónima.

Nada, mariconerías mías tras la decadencia de décadas y décadas de demasiada victoria.

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