Cuba, qué sola es Cuba

Cuba, la sola

Orlando Luis Pardo Lazo

WEDNESDAY, SEPTEMBER 8, 2010

Habernos quedado solos es un placer.

Estar solos a esta hora sin hora de la historia es un privilegio.

Solos.

Puedo sentirlo en el aire de la madrugada librísima de Cuba.

Solos y libres de cualquier exceso de personal.

Paradójicamente, Cuba construyó otra suerte de paraíso al que en un inicio había planeado.

Cuba cavó su propio silencio, su desconexión, su espacio imposible entre insolidaridades.

Ahora sólo queda disfrutar del vacío original.

Cubaom…

Abro la boca y trago una rebanada de nada.

Puedo dar testimonio a los cubanos del mundo de que la noche en esta isla sigue siendo bellísima, atroz, un milagro de lesa cubanidad.

Los cubanos desaparecen de noche y sólo entonces la patria nos resulta privada: una Cuba potable y para nada comunitaria, una Cuba íntima, ingrávida, atmosférica y, por supuesto, galáctica.

El asfalto patina de la humedad.

Los patios son monstruos insondables.

Me doy cuenta de que estos barrios de la periferia ya estaban idénticos en los años cuarenta del siglo pasado (un siglo que en absoluto ha pasado).

No hay una sola fachada doméstica que sea la herencia moderna de la Revolución.

La silueta sinuosa de las calles, las laberínticas escalinatas, los parterres pensados para ser jardines eternos, los contenes, los garajes con sus portones de fábrica, las chimeneas cancerígenas, pasillos con escaleras y apartamentos de alquiler, baldosas baratas que todavía pernoctan conmigo, arcos falsos y perfectos, parques con pinos (son los únicos que envejecieron, los que no fueron talados por el Estado), las líneas férreas en curva y el matadero vil (las vacas también desaparecieron, por suerte, después de miles de muertes por electrocución y puñal), los portales jamás prendidos ahora pero poco a poco con columpios de nuevo, los nombres tatuados en vidrios y arquitrabes: Villa Fulana, Villa Mengana, Villa Ciudad que tenías nombres y no un frío número de inventario.

Es intolerable tanta belleza coagulada.

Cuba fue país. Yo me muero.

Da dolor no la ruina, sino su conservación intacta.

Da miedo tanto museo.

La cordura cubana se me hace precaria de madrugada.

Soy testigo, Cuba. Estoy loco. Mejor mátame tú.

¿Quién más te podría ver? ¿Quién te piensa a base del olor atávico de tus panaderías? ¿Cuántos repararon en los pitazos de un barco a kilómetros de distancia allá en la bahía? ¿Dónde están todos, además de leyéndome en trance? ¿Qué perdimos ahí pero dónde, cómo?

Soy terminal, Cuba. Soy tuyo.

Nos acabamos y tú quedarás, incólume. Cruel. Santa.

Una Cuba incapaz de incubar ni media ciudadanía cubana.

Una Cuba nunca decrépita, simplemente vaciada.

Una Cuba que quiso no serlo tanto.

Y la soledad de estos páramos urbanos en el corazón con que sobrevivo es una cicatriz a la que ya no podría renunciar.

Porque esa Cuba curada soy también yo.

Esa carcasa cársica es mi esqueleto, mi esquela funeraria de animal incivil que imagina que existe el lenguaje.

Tengo el don delirante de deambular aún por aquí, barboteando píxeles y párrafos.

He visto cosas que ustedes los humanos no creerían.

Soy único, póstumo.

Estoy de vuelta a casa y sé que, cada noche, conmigo se tumba a dormir el último de los cubanos.

Sueño por ustedes la pesadilla de los justos.

Bendigan, pues, esta insania insomne de labios abiertos (no me callo, no me van a callar).

Sueñen ustedes, por favor, con el eco hueco de mis pasos sin permiso en la noche sin noche cubana (es la ley del más feliz y, créame, en medio de mi tristeza suicida no hay ninguno que sea tan feliz como yo hoy).

Despiértense con el dolor de mis palabras a flor de párpados (lo veo todo, nada me ciega).

A ratos, a la luz del alma, cuando me acuerdo de que tarde o temprano amanecerá y el sol abolirá este milagro con H, los amo uno a una como se aman los fantasmas que se han hecho congénitos de tanto visitarnos.

A ratos, a la sombra del desarraigo (ese otro don para quien sobreviva a su vértigo), cuando se acuerden de que más temprano que tarde la ilusión de mi discurso se difuminará, ámenme fantasmal o al menos fantasiosamente ustedes a mí.

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