As I lay dying

As I lay dying

Orlando Luis Pardo Lazo

TUESDAY, MARCH 13, 2012

“No mires”, me tapaba la vista mi padre. Esa era invariablemente su reacción. Así le hacía al niño Orlando Luis cada vez que la muerte nos chamuscaba.

Recuerdo varios accidentes terribles. Manolito, negro, flaco, con pésima dicción y un corazón nobilísimo, con apenas diez años jugando pelota en la esquina de Beales y Fonts. Fue una tarde horrenda de los ochenta, la sangre durante horas y horas no se borraba de allí, a ras de contén, casi entre las arecas de mi parterre.

Otra vez en guagua, frente al parque de Dolores, hombres de la empresa telefónica saliendo de una alcantarilla y un carro que fue por ellos tras dar un corte sabe dios por qué causa.

Un muchachita cruzando la Vía Blanca, más o menos a la altura de Bacuranao. El carro la arrastró varios metros. Pude oler el caucho de los frenazos. Se la llevaron, inmóvil. Yo no podía creerlo, todavía no puedo creer que haya muerto así como así, con total naturalidad, ante mis ojos tapados y aquella frase fúnebre de mi papá: No mires…

¿Por qué él no quería que yo mirara? ¿Qué recuerdo quería evitarme mi papá? ¿Posponerme acaso la noción de la muerte? Fue un inútil intento. Cada día la muerte nos ronda con mayor promiscuidad. Mirarás la muerte con indiferencia…, recuerdo un tema antológico de Polito Ibáñez.

En estas semanas vi a alguien caer de cabeza bajo la goma delantera de un metrobús P7, en plena tardenoche aburrida de domingo. Más recientemente, también vi un tenis tirado en calle 23, a la altura del puente sobre el río Almendares. El resto del cuerpo yacía bajo un nylon negro de la policía. Luces de sirenas azules, frías y mudas. Era tarde. ¿Habrían encontrado a quién avisar? A mí ya no hay nadie que me tape la vista, sea por pánico o por piedad.

Paradójicamente, esas muertes inesperadas nos ponen en guardia, nos despiertan, nos hacen desconfiar del consenso y hasta de nuestros sentidos, reactivan el metabolismo de aprovechar cada gota de tiempo y no cometer errores por gusto (ese síntoma de la apatía), nos restaura cierto sentido bello y efímero de humanidad. Es ahora. Es aquí. Estamos vivos y vamos a defender ese privilegio en nombre de los que no supieron.

Así mismo, debiéramos exigir exprimir al máximo nuestras existencias ex-intelectuales. No podemos arrastrar más esa sensación de humillación mental, esa abulia que abate a Cuba. Sería terrible morir sin saberlo en semejante estado de miseria y mezquindad. O, peor, morir sabiéndolo y sin la voluntad para mover la punta de un dedo.

Lo repito, compañeros. Literalmente, compañeros: acompañantes de ruta. Es ahora. Es aquí. Estamos vivos y hay que defender este lujo entrópico que parece violar todas las leyes termodinámicas: la vida.

“Mira”, debió haberme dicho mi padre. “Mira desde temprano, Landy, lo que nos puede pasar”. “Evítalo, sé mejor que la barbarie del caos”. “Resiste, sobrevive”. “Mira lo que es un cuerpo convertido en cadáver”. Incluso sin ocurrir accidente, digo ahora yo: Mira lo que es un cadáver que todavía no lo sabe y continúa cancaneando como un cuerpo cubano.

Mira.

Miren.

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