La 23 de las 12

La 23 de las 12
Orlando Luis Pardo Lazo

SUNDAY, OCTOBER 4, 2009

Un fantasma recorre La Habana. El fantasma de la 23 de las 12.

Es decir, la ruta 23 del paradero de Lawton que, desde hace más de 60 años (está citada incluso por Cabrera Infante en “La Habana para un Infante difunto”), atraviesa la medianoche cubana de mi ciudad.

Desde las escalinatas y curvas mortales de Lawton (B y 16, 12, 11, Aguilera, Porvenir), pasando por Luyanó (Reforma, Fábrica, Vía Blanca), La Motorizada, Los Elevados, Cuatro Caminos, Monte, Parque de La Fraternidad, antes Águila y ahora Prado, San Lázaro de punta a punta, cruzando la frontera de una Infanta difunta, hasta recurvar en la calle 25 de El Vedado, a la sombra trasera del hotel Habana Libre: pues más allá le da pena asomarse a la 23, por ser una ruta marginal no tan provinciana como municipal.

La 23 nunca tuvo carros articulados con acordeón. Se mete por atajos tan estrechos que, incluso para un bus sencillo, es casi imposible salir de esos laberintos sin un abollarse la carrocería. Nadie chapistea después esas cicatrices de lata. Esos topetazos mínimos son la marca de su interacción con la arquitectura infartada de esta ciudad. Son su trademark y su copyright. Si no está abollada, no te subas: ésa no es una 23 de verdad.

(Las Leylands.) Vino la Revolución. Vino la Alfabetización. Vino Peter Pan. Vino Girón. Vino el Escambray. Vino la Crisis de los Misiles. Vino Caimanera. Vino la Microfacción. Vino la Ofensiva Revolucionaria. Vino la Zafra de los x Millones. Vino el Quinquenio Gris. (Las Pegasos.) Vino el Mariel. Vino el dengue hemorrágico. Vino el primer cubano en el cosmos. Vino Cuco (el cocodrilo mascota de los Centroamericanos ´82). Vino el Proceso de Rectificación de Errores. (Las Ikarus.) Vino la Perestroika. Vino Ochoa. Vino el Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz. Vino Tocopán (el tocororo mascota de los Panamericanos ´91). Vino el dólar y su garrotero sucedáneo: el CUC. Vino la Crisis de los Balseros. Vino el Rey de España. Vino el 2000. (Las Yutong y otras marcas impronunciables.) Vino Elián. Vino Carter. Vino Chávez. Vino Raúl. Vino Juanes. Y, en medio de esta borrachera de nombres, la 23 sigue imperturbable su insomnio trans-histórico, aún cuando la mayoría de las rutas de La Habana, Cuba y el mundo, ya han cambiado de trayectoria y denominación. Eso sí se llama identidad.

Durante los últimos años quedó sólo una guagua disponible para la 23. Su chofer era un anciano atávico de apellido Peralta. Peralta vivía sobre la 23. La llevaba dando tumbos desde Lawton hasta El Vedado y volvía sobre sus propios frenazos, se tomaba un café (o alguien se lo regalaba desde alguna casa durante el viaje), y volvía de inmediato a la carga.

Por puro placer. Tal vez sin salario (tampoco hay evidencias de que le cobrara a nadie: comunismo rodante). Circulando sin licencia y sin combustible fósil, por inercia (o tal vez los propios pasajeros le añadían cada cual una tacita de petróleo al tanque reseco de la guagua). Peralta no dormía ni hacía nada que no fuera mantenerse manejando esa última 23 eterna, inmortal. Hasta que el sindicato se reunió y, en un acto anti-poético de democracia obrera, lo obligaron a retirarse con el insulto de que ya era un peligro para la vía pública.

Nunca más se supo de él (héroes parónimos de la patria), pero si la 23 cambiara alguna vez su cifra por unas siglas, sería para llamarse PERALTA.

Todavía hoy circulan esos carros cochinos (aún cuando sean nuevos por una donación catalana, por ejemplo). Sin churre la 23 no sería la misma. El tubo de escape escupe hacia adentro su humo. La gente vomita sus esputos sobre el piso. Ya no hay grafitis, porque ya no hay nada que decirle a nadie en ninguna esquina de esta nación. Igual enseguida se roban las luces de neón. Destornillan tubos y cortan manillas. Remueven espejos y ventanillas y las bandas de goma que amortiguan el cierre guillotínico de las dos puertas.

La 23 queda así en el hueso, como garantía de autenticidad inurbana. Y justo esa es la guagua que los vecinos conocemos de toda la vida, y a la que no estamos dispuestos a renunciar ni en estos tiempos con cólicos de post-revolución.

El capitalismo cubano del futuro (sea estatal o privado) debería tener esto muy presente, si no quiere que lo tumbe ipso facto una segunda revolución triunfal. O, peor, una guerrita incivil tras la escisión política de una parte de Ciudad de La Habana como República Autóbusma de la 23: “Peralta for President!”, por supuesto.

Por el momento, cada medianoche de Cuba yo la espero con emoción de conjurado. Normalmente a esa hora ya no tengo nada que hacer en la calle. Pero igual me monto y doy la vuelta entera de gratis sin jamás marearme. Al contrario, mis sentidos se aguzan más.

Músicos con sus bártulos, travestis de maquillaje corrido, putas menores de edad, locos que hieden antes de subir, policías serios o medio cachondos por la muchacha que coquetea con ellos y con el chofer de turno, matrimonios de joyas falsas y tedio, un actor dinosaurio de la radio y la televisión cubanas, el señor de las dos cámaras al cuello (un fotógrafo de restaurantes), un productor de ballet (que sí viaja al extranjero, pero insiste en este medio de transportación), entre otros fantasmas que siguen más allá de la parada del paradero: hacia la noche profunda del alma en la orilla albañal del Río Pastrana.

En resumen, nadie con luz (ni siquiera yo) bajo los fotones fúnebres de la 23 que clausura e inaugura las medianoches diabólicas de nuestros días.

Por el momento, la certeza de que algo se mueve para siempre en las entrañas de la patria me hace sentir menos parapléjico. Sé que, después que salgan todos los males, quedará aún la esperanza en el fondo de esa Caja de Peralta.

Espero la noche para no soñarte, Revolución

Espero la noche para no soñarte, Revolución

Orlando Luis Pardo Lazo

MONDAY, FEBRUARY 2, 2009

1.

Vivo en Fonts y Beales, Lawton: raras palabras para una esquina y un barrio de esta urbe inisecular. O no tan raras tal vez.

Porque esta ciudad es, hoy por hoy, territorio minado por excelencia para pugilatear con los límites y huecos negros de nuestro lenguaje. Porque los escritores cubanos de pronto hemos caído en un sensacional estado de liberatura. Porque, con un poco de suerte y muy poco de muerte, aquí y allá descubrimos que existen una patria Después de Castro (Cuba DC) y una capital Después de Fidel (La Habana DF). Y porque, para colmo, intuimos que ambas siempre existieron aquí y allá, al alcance de nuestras raras palabras: simplemente nuestro Edipo-Rev monstruoso nos bloqueaba el vocabulario mínimo para narrar esos nichos patrios.

Hoy, por fin (escribo esto una tardenoche donde La Tierra rebota su luz a la luna y no al revés: ¿señal de presagio o de naufragio?), todo ese vocubalario nos hace implosión en plena cara. Definitivamente, la vida no está en ninguna otra parte, sino que ahora, como siempre, sigue estando justo aquí, casi al doblar de la esquina. Let it read.

2.

Salgo de Fonts y Beales, Lawton, poco antes de la medianoche. Espero, en una parada sin techo, ni bancos, ni señalización, el último servicio público puntual de Latinoamérica, tan pertinaz e impertinentemente puntual que escandalizaría al descubridor de “América Letrina”.

Se trata del servicio de confrontas de la ruta 23 (Lawton-Vedado-Lawton), icono literario por antonomasia durante medio siglo de literatura cubana, desde La Habana para un Infante difunto (del referido descubridor, G. Caín) hasta El club de los ex-presidentes muertos: un anónimo que circula vía e-mail por la magra Intranet nacional (ya sabemos, nuestra net es amarga pero es nuestra red).

Me monto en la desierta Yutong (Made In China) conducida por el viejo Peralta. El ómnibus conserva un tufillo del aire acondicionado que a los técnicos del paradero de Lawton les da pena desactivar. Peralta conserva milagrosamente su licencia de conducción a punto de cumplir ya los 80. Es medio chino o medio moro o medio mulato, y usa espejuelos. Yo soy medio blanco y uso espejuelos también. A mis 37 años, si fuera a conservar algo intacto sería mi olfato pornopolítico para ficcionar, friccionar, fraccionar (entre otros verbos modelos de conjugación subversivamente irregular).

Después de Fidel, el diluvio: fue el pronóstico meteorológico que me hizo un vecino del barrio, ojeando las Reflexiones del periódico Granma. Después de Peralta, de delirio (lo parodio ahora yo). Después de mí, el delito: pienso aún sin entender del todo cuál será el mapita del tiempo de mi excritura.

3.

A la altura del Capitolio Nacional y el Gran Teatro de La Habana, la 23 decuplica varias veces su decena de pasajeros (yo, el menos somnoliento de todos). Son travestis. Cien, mil o cien mil travestis: al efecto, da igual que sean 1970 o diez millones.

Chillan, hacen pantomimas. Son hermosos y horrendos. Son mansos y agresivos. Autóctonos al margen de cualquier Mariel o una Mariela institutriz. Conocen el nombre del chofer Peralta, y le imponen abrazos y chistes sexuales de viejo verde (en ocasiones, verde oliva), y también una propina colectiva que calculo sobre los 50 pesos cubanos (2 CUC). Pronuncian a coro la palabra pinga desafinada y compulsivamente. Se mientan la madre y se dan bofetones de atrezo. Se suben en los respaldares de los disciplinarios asienticos chinos, y se cuelgan de las manillas y tubos, imitando acrobacias de stripper en un table-show rodante Made In Cuba. Arcadia todas las noches.

Se respira el voraz vaho de la violencia, pero nadie sale herido de esta reyerta tan teatral. El obsoleto slogan de Peace, love & freedom en buen cubano se traduce ahora como Pinga, anfetas y libidibertad.

Me gustan. Me asustan un poco. Me respetan. Creo que yo les gusto a ellos un poco también. Algún día les propondré filmarlos en pleno vuelo dentro de esa 23: la ruta del turno de la medianoche. Sería una road-movie neo-PM, donde cada cual habitaría o al menos hablaría del futuro de una Habana insomne que, vencida de tanto venirse, ya nunca de nadie se vengará.

Media hora después todos o todas o tod@s se suicidan en masa en la cascada del Hotel Nacional, donde la calle Infanta (esa otra difunta) desemboca precisamente entre el Malecón y la Avenida 23: 23 en 23. Fin del viaje. …And that´s all fucks!

4.

Me bajo en el hotel Habana Libre. En esa esquina azul (mi preferida: herencia de mi padre) está la última parada del viaje.

Camino. Abro disimuladamente los brazos, aunque asumo que nadie me ve. Respiro. El aire bate casi tan fuerte como en 17 y N (récord eólico oficial), en los bajos del edificio Focsa: rascacielos enano del Período Republicámbrico recientemente restaurado para alguna Misión Milagro. Tal como Friedrich Nietzsche más de un siglo atrás, a esta hora me siento der unabhängigste Mann in Europa: que en mal cubano (y sin narcisismos de retard-guard) se traduciría como el hombre más independiente de América.

Cruzo a la derecha en un continente cada vez más levógiro. Bajo hasta el muro del mar, otro icono literario, ahora ya sin el bautizo lumínico de la propaganda comercial (incluso de la más vulgar de los años noventa), pero siempre con esa fosforescencia espontánea capaz de reflejarse en la luna de un lado y de contener a la noche absoluta del otro.

Me siento sobre la cinta de concreto sinuoso. Estoy al borde. Estamos al borde. Sin miedo a extraviarnos en la alta madrugada, porque alrededor se sienta un pueblo entero al borde de nuestra ciudad.

Medio kilómetro al oeste parpadea la Oficina de Intereses yanquis, con su cintillo de noticias libres en letras rojas: menudo mensaje cromático para un país crónicamente uniformado de rojo. De todas formas, sus titulares son ilegibles (insubtitulables). Alguna institución de corte cultural los ha inutilizado al plantar enfrente el Monte de las Banderas, a veces negras y a veces cubanas: menuda alternancia luctuosa para un país que se supone paradisiaco antes que policiaco.

Pobre Miami (es una cita cabrerainfántica): tan lejos de Cuba y tan cerca de La Habana. Y también, por supuesto: Pobre Habana (es una apropiación facilona de un correo electrónico apócrifo): tan cerca de Cuba y tan lejos de La Habana.

El resto es color local: no hace calor, pues sopla un airecito nórdico de consagración primaveral. El resto es habanidad de habanidades, donde muy pocos se comunican ya en hablanero, esa jerga privada e inimitable del autor de Vidas Para Leerlas, que en un solo heptagrámaton lo resumió: de hecho, nunca salí de La Habana. El resto es congratularme y cantarme a mí mismo porque ya ni siquiera Espero la noche para soñarte, Revolución (como Nivaria Tejera en su libro homónimo de mil novecientos algo). Y el resto es pensar en el peso de la noche como símbolo y sintomatología de esa culpa que los escritores cubanos hasta hoy no supimos del todo excribir.

5.

Saco mi camarita Samsung de 4.2 megapíxeles. Recorro las estatuas encabritadas de más de un mártir mambí (no los nombro para evitar trastocarlos de pedestal). Serán casi las 4:00 AM. El público se va diezmando. Era domingo, ya es lunes. Al parecer, hasta los travestis son working-class heroes aquí, por lo que muchos se retiran a media madrugada, pues a la mañana siguiente se incorporarán retrovestidos a trabajar. Sólo quedamos despiertos los ociosos terminales: occisos de Occidente.

La palabra ocio me remite entonces a un periódico Granma de otro lunes de abril (el mes más cruel): son las reflexiones del Ministro de Cultura local que, en tanto vocero del Séptimo Congreso de la UNEAC, se hizo eco del “reclamo de ofrecer a nuestra gente sólidos referentes culturales frente a la invasiva mediocridad de la industria yanqui del ocio”. Como narrador de la nada, pienso que devenir un invasivo mediocre del ocio podría ser un gesto estético mucho más rentable y radical.

El juego de frases me fascina y despeja los primeros deseos de volver a mi cama en la rara esquina de Fonts y Beales, Lawton (desde el satélite de google-earth se distingue como una cruz curva). El servicio de confrontas incluye una puntual 23 a las 4:30 AM, y otra ruta un par de horas después: al borde mismo del amanecer. Celestino celoso antes del alba, yo esperaré esa última opción para soñarte desde mi post-lenguaje, revolución: yo esperaré hasta la última vuelta del viejo Peralta (Perrault partido de sueño) para soñarte desde mi contralenguaje, post-revolución.

En las dos horas siguientes, el viento arrecia y el mar se va picando más de lo verosímil. Cuando por fin amanece, en el monolito art-decó de Casa de las Américas leo una propaganda discreta: Primer Festival Internacional de Jóvenes Narradores. Y en este punto se me escurre cualquier conato de anagnórisis para esta crónica ya sin cranque.

Porque precisamente de eso trata nuestra inopinada liberatura tardía: de un congreso o un festival al que no vale la pena asistir para asentir; mejor sería narrar retorcidamente una Brave-New-Habana post-urbana o una Mil-Novecientos-Ochenticuba post-nacional. Porque justo entonces pasó un turista haciendo jogging entre las olas y yo le disparé con mi Samsung 4.2 MP. Porque me quedé dormido a la sombra cianótica de un hotel con nombre de oxímoron: Habana Libre. Y porque, para deleite demoníaco de G. Caín, el viejo Peralta me ganó por knock-out en el último round: a los 37 años de entrenar mi olfato pornopolítico, por primera vez en la Cuba DC y en La Habana DF mi ruta 23 no pasó.