Uber Cuba 0049

UBERCUBA

Uber Cuba 0049

Orlando Luis Pardo Lazo

Marzo 7, 2019


La rusita estaba riquita. Mucho. Una sardinita del periodo postsoviético.

Era flaca, como una espina de pescado. Muy blancuza, la rusa. Más que blanca, muy transparentuza la rusa.

Y manejaba un taxi Uber transiberiano entre la universidad de La Crosse y la de Madison (ese sóviet estudiantil solamente superado por Berkeley), a donde yo quería ir a escuchar una conferencia del cubano Norge Espinosa: poeta y dramaturgo villaclareño, además de mi coleguita editor de la revista Extramuros en Centro Habana (en mi opinión, un muchacho alegre y lleno de amor por la literatura nacional, y también alegremente repleto de sorna y cinismo, con la plusvalía de la consabida voracidad sexual del Homo cubensis).

Norge iba a disertar de un tema que ya a nadie le interesa hoy en Cuba, ni tampoco en la URSS, pero que aún funciona de maravillas en las universidades de Estados Unidos, sobre todo en referencia a nuestros paisitos de pacotilla, como es el caso de Cuba: “Queering the Cuban Screen, Other Faces and Desires on the Cuban Cinema”.

Yo sólo quería darle un abrazo a mi compatriota, muy al estilo del final epifánico del filme Fresa y chocolate. Yo sólo quería querer a mi contemporáneo de 1970 o 1971 tanto lo querí después, durante los años cero o los 2000s, en una editorial estatal: Norge y yo, rodeados de mujerongas almorzando y dando de mamar a sus bebés y de paso a sus marindangos; yo y Norge, rehenes en aquella redacción arrasada del Centro Provincial del Libro y la Literatura de Ciudad de La Habana (CPLLCH.cult.cu).

Pero la rusita estaba demasiado riquita. Pero sus pelos eran agujas verdes fosforescentes de pino, tinte tecno-ecológico de élite. Pero sus cachetes eran rosados como los infantes de las compotas comunistas que traían a un osito en la etiqueta, tambuches de vidrio importados a la Isla del Caribe durante al menos dos décadas de abundancia totalitaria. 

La rusita lucía como una adolescente de treinta y tantos. No había envejecido en absoluto. Y le encantó que yo fuera cubano. Karma intercontinental o fatalidad del programa Intercosmos: su madre se había acostado con un militarote cubano a finales de 1986 o inicios de 1987, en una dacha komsomolskayapravda de las afueras de Moscú. De aquella cópula vodkánica supuse que había nacido ella (Iskra, decía en mi aplicación de Uber), el lunes 28 de septiembre de 1987: aniversario XXVII de los CDR, pensé.

Entonces decidimos no ir desde La Crosse hasta Madison. Norge Espinosa, como el cielo, podría esperar hasta su próxima visa de visitante, cuando Donald Trump deje de ser presidente en el 2024. 

Mi rusita y yo parqueamos en un Holiday Inn al borde de la carretera. Entramos a la habitación que insistió en pagar ella y singamos entonces en solemne, casi solitario silencio. Con una delicadeza alucinante, acuciante. Como dos pájaros migratorios que han chocado en el aire por equivocación de la torre de control biológica. Dos grullas esteparias, por ejemplo, si es que todavía quedan al menos dos grullas en las estepas de la tundra o la taigá.

Se vino. Me vine. Nos quedamos tendidos sobre el colchón. 

El universo era el tiempo perfecto para estar vivos. El universo era el sitio perfecto para morir. Hay un tiempo y un espacio para todo: a la vuelta de 21 siglos de inhumar en cada cópula a toda la humanidad, qué singaítas nos siguen resultando las aleyas sin Alá del Eclesiastés.

La rusita me habló del cubano que se había singado a su madre. Un militarote que estaba de misión secreta en la URSS. Resultó que, en realidad (por suerte, pensé), el cubiche comuñanga no había sido su padre. Su mamá era muy loca, muy amor libre, y estaba enamorada de otro muchacho ruso a la vez. Y se acostaba con su rusito también. Que, por cierto, era un genio, me dijo mi rusita: un Bach de la Nueva Trova, a mitad de camino entre la glasnost y la perestroika (su nombre era, por supuesto, Bachlachev). 

―Alexander Bachlachev ―dijo, hundiendo su cabeza micro entre mi pecho y la axila izquierda, esa suerte de válvula de escape que sirve de desodorante contra las penas más apestosas del corazón. 

Y entonces la rusita rompió a llorar.

―Yo creo que el cubano lo denunció, a mi padre ―sollozó―. Yo creo el cabrón cubano (mother fucker Cuban, dijo) lo mandó a asesinar, a Alexander Bachlachev.

Y entonces la rusita se quedó dormida.

Ninguna gana de mear en el mundo me hubiera hecho despertarla. Aunque me reventara la vejiga o la pinga. Ninguna gana de salir a matar cubanos de una punta a otra del planeta era comparable con mi deseo de que ella nunca despertara a la pesadilla de que todavía existíamos los cubanos de una punta a otra del planeta.

Uber Cuba 0048

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Orlando Luis Pardo Lazo

Marzo 5, 2019


El negro me miró a los ojos. Abrió su boca de casi setenta resingados años. Una boca que era puro cuatro-colmillos. Como un tigre sin dientes ni molares. Como un gato arrabalero que se había escapado de Cuba por la sacrosantísima bahía del Mariel: venerable vagina que abortó de un solo pujo a 150 mil cubanos, 20 mil de ellos exquisitos cadáveres (carne carcomida por los escualos).

El negro comía melocotón y tenía los ojos azules. ¿En dónde repinga encontrar sentido? El taxi Uber era un ojo con alas, con música de violín mariachi a la medianoche. Estábamos en La Crosse, Wisconsin, y matábamos el tiempo dando vueltas por la madrugada de la ciudad. Mientras el negro me contaba su historia de escoria y yo soñaba con conejos muertos que humeaban en la nieve norteamericana una gotica de sangre, ¿hacia dónde vas? 

Íbamos camino al río Mississippi y después al lago Michigan, ambos cubiertos por el hielo sucio de un cojonal de cometas caídos sobre la Tierra, milenios antes de la Revolución cubana. Sólo al amanecer, entonces, partiríamos hacia el aeropuerto para yo regresar de nuevo otra vez a Saint Louis, Missouri, al campito de concentración de mi universidad: retórica reiterativa, retorcida como un alambre de púas metido por el culo sobreviviente de un marielito desaparecido.

El negro escupió ventanilla afuera los ripios del melocotón y sus ojos recobraron su color hepático. Era obvio que aquel negro era un negro cubano. Era obvio que ya era muy tarde para seguir siendo un negro y que el negro cubano se estaba muriendo y no tenía a otro negro cubano a quién confesárselo.

Decidí ser un negro cubano para él. Decidí confesarlo en el nombre compasivo y misericordioso de la Revolución cubana. El castrismo es grande.

―Negro ―le dije―, cuéntame lo que te pasa. 

La noche era hermosa como una papaya abierta de parte a parte, partida por la suculenta mitad, la leche de dios derramada a medio camino de la labia láctea de mi compatriota sin patria.

―No te calles nada, negro, por tu madre ―le dije―, cuéntanos lo que nos pasa.

El negro me miró a los ojos. Cerró su boca de casi setenta resingados años. Su condición de colmillos cuaternarios de pronto desapareció. De pronto ya no parecía tan viejo aquel viejo marielito que me había roto el corazón con que vivo, con que vivimos.

Cubanos desaparecidos, cubanos sobremurientes que a nadie debíamos nuestra sobremuerte. Esa misma tarde me había llegado un mensajito en WhatsApp desde La Habana: Roberto Fernández Retamar ha muerto esta tarde, preguntando patéticamente por su padre, ¿Y Fernández?

―Yo soy de la escoria ―me dijo, como si dijera yo soy el hijo pródigo que nunca retornará ni al coño de su madre―. Nosotros no tenemos derecho a contar nada.

Y entonces, a la vista de la luna menos veinte grados Fahrenheit del Estado Tejón, me dijo:

―Prométeme que tú sí vas a escribir sobre mí. Prométeme que vas a hablar de nosotros como sólo saben hablar los blancos.

Palabras de paria. Palabras de un cubano que en Cuba bien pudo haberse templado a mi madre. Palabras de pobre progenitor sin progenie, este negro cubano como un tejón dormido sobre la nieve tan blanca. Como un tejón adolorido: lo prometido es deuda, mi padre.

Uber Cuba 0047

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Orlando Luis Pardo Lazo

Marzo 3, 2019


La taxista tendría dieciocho o diecinueve años. No creo que llegase a la mayoría de edad en que las vírgenes norteamericanas pueden por fin entrar a un bar de la Unión y pedir un buchito caro de alcohol. 

La taxista tenía tatuajes, varios de ellos muy mutilados. La taxista se cortaba ella misma los brazos, no a lo largo de las venas sino en transversal a la adolescente circulación de su sangre, desde las muñecas hasta la altura del codo. 

La taxista me lo mostró:

―Mira ―me dijo―, mira.

Y el Uber-usuario Orlando Luis Pardo Lazo miró, miró.

―Todo esto me lo he hecho en el último año ―dijo, como si de un trofeo se tratara―. Ya casi no me queda espacio para cortarme, ni tatuaje que tasajearme.

Pobrecita, fui a pensar yo. Perdida entre estos bosques. Y nadie puede hacer nada para ayudarla. 

Pobrecito yo, pensé en realidad. Perdido entre estos bosques. Y nadie puede hacer nada para ayudarme.

Ayudarnos, a la taxista del Uber y a mí. Dos extraños bajo la única extranjera noche universal, mortaja de milagros que nos une a los cubanos como una mala madrastra.

La taxista era cubana, como yo. Alguna vez ella había sido cubana, como yo. Pero ya no más.

A ninguno de los dos nos quedaba ahora espacio para cortarnos. Éramos un par de mutilados no de ese órgano llamado piel, sino de su función. No teníamos barrera de contención contra las sustancias retóricas de lo real, que emanaban, vaciadas tanto de totalitarismo como de toxicidad, desde todos los puntos del espacio.

Quise regalarle flores. Una pucha fósil de flores. Flores, a falta de futuro para mi niñamor anónima.

Nada, mariconerías mías tras la decadencia de décadas y décadas de demasiada victoria.