Michelle, ma belle

Flickr / Tim Pierce
Michelle Obama en una imagen de archivoFoto © Flickr / Tim Pierce

Michelle Obama, ma belle

23/07/2020

I will say the only words I know that you’ll understand.

Michelle Ma Belle, The Beatles.

Una vez le comenté en un chat a un periodista cubano exiliado que me gustaba Michelle Obama. Su respuesta fue denunciarme en público en un video que hizo en vivo en su Facebook. Estos son los valores morales típicos de estos tiempos, donde la privacidad está desapareciendo por culpa de la invasión digital. 

Al parecer, para mi colega compatriota no está bien que un inmigrante blanco le pegue los tarros a un afroamericano icónico. O acaso para él haya un límite para ejercer la miscenegación. Es decir, al contrario de lo que reza el lemita LGBT de “love is love is love”, hasta el amor es hoy en los Estados Unidos un arma al servicio de las agendas en contra de la libertad individual.

Años después, ahora, me leo por arribita el libro Becoming, firmado en 2018 por la misma Michelle Obama que me sigue gustando aún más, aunque ya no se lo confiese a nadie, mientras ella y yo envejecemos contemplando las ruinas de un Imperio del que ambos somos conciudadanos. Ella, con su marido siempre a punto de retornar al poder, o al menos metiendo la cuchareta de contrabando en los entresijos del poder. Yo, solitario en secreto, pero de pronto con una hijita que recién nació esta primavera: mi adorable versión en minúsculas de un bella michelle.

El libro Becoming supongo que no lo haya escrito su autora. Porque los ricos como Michelle Obama no se desgastan escribiendo libros. Esa es una tarea para los pobretones con talento como Orlando Luis Pardo Lazo. Los ricos al estilo de los Obama son los que dan la firma, el rostro, la marca, el logo, y encima pagan una pasta para poner ese producto-imagen en las listas de los más vendidos. En efecto, las ventas en el mercado editorial hay que comprarlas: il n´y a pas de hors-capital. Que en buen cubano quiere decir: el capital no tiene afuera, ni momento fijo.

Casi al final de su libro Becoming o Devenir, mi novia denunciada por pruritos morales escribió, a propósito de la apabullante derrota de Hillary Clinton ante Donald Trump en noviembre de 2016: “yo siempre me estaré preguntando qué llevó a tantas mujeres, en particular, a rechazar a una candidata femenina excepcionalmente calificada y a elegir, en cambio, a un misógino como su presidente”. 

La frase rezuma fundamentalismo por los cuatro costados. Las dos opciones que Michelle Obama nos está dando a sus lectores, sépalo o no la mujer del primer presidente negro norteamericano, son:

1. A las mujeres les gusta que los machos las maltraten.

2. Las mujeres son incapaces de elegir lo que más le conviene (acaso sea una sugerencia de que la mayor parte de las féminas no deberían votar).

Como toda izquierdista entrenada en la manipulación de masas, Michelle Obama ve a las mujeres como una totalidad, como una plastilina que ha de ser moldeada según la sacrosanta ciencia-ficción de Marx. Para ellos, no existen las mujeres particulares, de hecho, sino un mujerío colectivo: una suerte de mujeroma acéfalo metastasiado en las manos malévolas del mercado. Y a la autora o acaso coautora de Becoming ni le pasan por la cabeza estas otras dos opciones:

1. Hillary Clinton no es ninguna candidata excepcionalmente calificada.

2. Donald Trump no es ningún misógino.

La verdad absoluta parece hoy propiedad privada de los enemigos de la propiedad privada. Han descubierto las leyes de la historia y, por tanto, les asiste el derecho de imponernos su versión. Su visión. Su división totalizante. Para la izquierda internacional, el pueblo es ciego y necesita de redentores revolucionarios. Por eso el rival es siempre ridiculizado como retrógrado. De manera que, la mujer que no vote por una mujer, no debería de ser llamada “mujer”, según el pensamiento y la prosa de Michelle Obama. Tal como tampoco querían llamar “afroamericanos” a los afroamericanos que no votaron por Barack Obama.

Por supuesto, con el perdón público del periodista cubano exiliado en cuestión, también es posible que la mujer que yo amé fetichistamente en nuestro chat a dúo, no sea tan intolerante como lo infiero, sino increíblemente ingenua o inercial. El resultado es igual: Michelle Obama está repitiendo en imprenta lo que todos los medios imprimen no por inercia o ingenuidad, sino por idiotez ideológica.

En cualquier caso, la sentencia de mi bella Michelle me suena mucho mejor en inglés. Más poemática y menos problemática, un hip-hop con hipo que podría ser el canto de cisne del caos capitalista, donde pronto ya nadie podrá votar como quiera, a lo como quiera, por quien quiera, para lo que quiera, y por los motivos que quiera:

I will always wonder about
What led so many women
In particular to reject
An exceptionally qualified female
Candidate and instead choose
A misogynist as their president.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

La Norcorea del Caribe

CiberCuba
Calles de La Habana (Imagen de Archivo)Foto © CiberCuba

Estado y enfermedad: Cuba, la Norcorea del Caribe

03/08/2020

Por suerte, parece que por fin llegó la pandemia del coronavirus a Corea del Norte. Y no me alegro de la existencia de nuevos casos de esta enfermedad tan enmarañada, pero el hecho de que el coronavirus los contamine al menos prueba que los norcoreanos son también de la especie humana. Algo no resulta tan obvio, dada la homogenización de dicha sociedad comunista, donde el lugar del individuo está usurpado por una masa de autómatas que aplaude uno tras otro a sus Líderes Máximos, todos del mismo clan familiar, un poco al estilo de las Kardashian.

¿De dónde provienen las enfermedades en el comunismo? La respuesta es obvia, con abundantes arcas de archivos abiertos, más o menos apócrifos, tanto a nombre de la CIA como de la KGB: todos los síndromes y patógenos son importados en exclusiva del imperialismo global. Lo cual tiene lógica, pues en el comunismo ni la naturaleza es libre para expresar su creatividad. Y, por supuesto, la muerte en ese sistema siniestro es parte de la identidad estatal: nadie sino el Partido Comunista puede matar (por eso hasta el suicidio es subversivo).

En el caso del norcoronavirus, todo apunta a que esta plaga acaba de ser importada de contrabando al Norte por un desertor desde el Sur: un desafecto, un disidente, un desechable. Una especie de Otaola con los ojitos rasgados y manchado de ictericia en toda su piel peninsular, a ambos lados del Paralelo 38. Un norcoreano traidor a la heroica tradición de los kimilsunes y lo kimjoniles y kimjongunes, el que, tras años de exilio estéril en el capitalismo, recién regresó clandestinamente desde Sudcorea para expiar sus pecados políticos en la Casa-Cárcel de los Kim. O, acaso algo peor, para perpetrar una misión genocida: ensuciar de tos la salud del pueblo perfecto, donde ni siquiera los manicomios son necesarios ya, gracias al norcomunismo.

Los derechos de autor de este tipo de narrativa no son propiedad privada exclusiva del Estado Juché, invención imbécil de Corea del Norte, donde el Año 1 del calendario local es ahora el 1912 de la Era Cristiana, por ser la fecha en que Kang Pan-sok parió al primero de los Padres de la Patria. Para no ir muy lejos, el estado totalitario cubano cuenta con décadas de experiencia teórica y práctica en el artero arte de acusar al Imperialismo de nuestras propias caquitas y carencia constitucional de higiene.

Estos son apenas algunos ejemplos. En los sumisos setenta, la paranoia despótica cayó sobre la roya de la caña de azúcar y la fiebre porcina africana, entre otros vectores. En los ostentosos ochenta, acusaron a un coctel conformado por el dengue hemorrágico, la conjuntivitis, la seudodermatosis nodular bovina y la sigatoka negra del banano, entre otros disparates zoonóticos. Y, en los nocivos noventa, a falta de vacas y exceso de éxodo, la quejita castrista fue por la hemorragia viral del conejo, la varroasis de las abejas, y el inolvidable polífago Thrips Palmi, con ese nombre a imitación de algún cónsul contrarrevolucionario parapetado en la ex Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana.

Recuerdo muy bien cuando, a mediados de los años ochenta, se publicó en la prensa oficial el primer caso de SIDA en Cuba, después de mucho secretismo y especulación: rumores rigurosamente echados a rodar por el Departamento de Información del Pueblo del Partido Comunista, con asesoría asesina del G-2, y la firma fascistoide de nuestro inmortal Narrador en Jefe. Como era de esperarse, según la versión cubana, el SIDA lo había importado a la Isla un homosexual relacionado con el ballet, el que, al mejor estilo norcoreano del 2020, por entonces recién había regresado a La Habana tras sus pajarerías profesionales en Nueva York.

Para colmo, cuantiosos recursos de nuestro pueblo trabajador tendrían que ponerse en función de salvarle la vida al nefando fornicador, quien fulminantemente fallecería en manos de la misericordiosa medicina marxista, no sin antes asegurarse dialécticamente que el virus HIV-1 se quedara repatriado para siempre en el Primer Territorio Libre de América.

La realidad, por supuesto, era diametralmente opuesta, y en lo personal no la supe hasta casi inaugurado el siglo XXI: el SIDA lo trajeron a Cuba los falos fidelistas de los miles y miles de militares que invadieron Angola, Etiopía y demás colonias castristas en África. Eran, sin excepción, hombres heterosexuales homofóbicos, y todos se habían acostado con amantes exóticas africanas. Algunos incluso habían practicado en el continente negro el bestialismo tan típico de los guajiros, pero en este caso no con chivas sino con simios.

Al volver de distante ribera, con el alma adúltera y sin síntomas, los machorros le pegaron puntualmente el HIV-2 a sus respectivas Penélopes del proletariado. Y así fue cómo se regó la pandemia del SIDA en Cuba. En familia, negando la tesis sobre la analidad del mal. Acto seguido, el sistema de reconcentración forzosa de los pacientes en un sidario, terminó siendo un sudario para la mayoría de las víctimas. Una debacle transgeneracional que fue asumida en silencio como un simple daño colateral del internacionalismo masculino Made in MINFAR & MININT.

Todo lo anterior no es una tonta teoría de conspiraciones trumpistas. Al contrario, es información bien documentada (y disimulada) por la mal llamada ciencia cubana. Son datos harto conocidos hasta por el menos ducho de los tecnicuchos de laboratorio del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK) y el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) del Polo Científico del Oeste, en cuyos predios yo trabajé desde 1993 hasta mi expulsión el miércoles 7 de abril de 1999, un siglo antes de yo ser tildado como Enemigo del Pueblo por abrir mi blog Lunes de Post-Revolución.

Con esto no pretendo exculpar a nadie de su responsabilidad epidémica de género y de orientación sexual, porque lo cierto es que todos los pájaros hemos comido arroz de manera atroz. Pero, así y todo, enfermarse en dictadura sigue siendo eminentemente una cuestión de Estado, donde la tiranía nunca ha tenido, tiene, ni tampoco tendrá nunca la culpa del holocastro. Los cubanos nacemos sanísimos por cada mil nacidos vivos gracias a Mamá Revolución, pero nos morimos a solas por culpa del extranjero, el exilio, o nuestro empecinamiento en la falta de educación.

Si los comunistas no pierden ni jugando a la quimbumbia, mucho menos iban a perder en la ruleta china del coronavirus. El mal vendrá siempre de manera viral desde cualquier otra parte. Las sociedades cerradas, sea Corea del Norte o la Cuba del Sur, están hechas no tanto de ciudadanos cauterizados como de pura salud, salud, salud.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Mientras

Mientras

Orlando Luis Pardo Lazo

SATURDAY, FEBRUARY 18, 2017

Mientras el exilio pasa lento y ciego por mis venas, yo te estoy amando.
La noche es el territorio residual de nuestra cubanía. Somos la noche y la mala idea.

En un bar, donde todas se acercan para besarme, yo te estoy amando.
La muerte nos convocó puntual, precisa, casi pionera. La muerte nos hizo hermanitos porque en el alma los dos llevábamos a esa perversa palabra de contrabando: libertad.

Ahora todo es exilio, ya sabes. El amor lo primero que nos roba es la noción de patria. Ya no nos pertenecemos ni a nosotros mismos.

El humo sale de todas las bocas. Bocas pintadas con exageración de primates. La música mueve nuestro mareo, nos marea aún más con su repetición. Reírse aquí es una pérdida de tiempo. Un día muy pronto se nos caerán los dientes. Pero seguimos fumando en el bar de las besadoras al azar.

Mientras el exilio pasa raudo y vidente por mis sienes, yo te estoy amando.
Hacía muchos años que estaba por decirte esto así, desde Cuba. Es decir, desde La Habana.

Todo se ha acelerado. Los postes de luz pasan a una velocidad inhumana. Saco la mano por la ventanilla del taxi e intento retener al menos una astilla de la madera. Ni eso. Todos nos hemos acelerado. Lo único que se me ocurre es pedirte perdón.

Las tres y media de la madrugada tampoco son un horario creíble. Igual ya no quedamos tantos. Y los que quedamos, parecemos ya otros. Es fácil. Se llama otra vez la muerte. Pero esta vez una muerte mansa, muda, casi sin sentido. A nosotros, que en Cuba la muerte nos picaba cada día más cerca y cada día más corríamos como locos libérrimos hacia ella, diciéndole, sin misericordia: Muérete, muerte. Muérete, muerte, para la mismísima mierda.

Es sábado de viernes.

No siempre los sábados son de viernes.

Estamos solos. Lo sabemos. Y es irreparable. Es sólo eso. No más que eso. Ya pasará. Es decir, llegarán las noches en que estaremos solos y ni siquiera eso sabremos.

Mientras el exilio pasa lento y raudo y vidente ciego por mis venas, yo te estoy ya sabes. O no, tal vez tampoco lo sabes tanto. Valga entonces la repetición. Mientras el exilio pasa lento y raudo y vidente ciego por mis venas, yo te estoy amando.