Del clarín escuchad el suicidio

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SuicidioFoto © Pixabay Free Pictures

Del clarín escuchad el suicidio

18/03/2018

Esta semana fue un niño de 10 años, en Unión de Reyes, quien apareció ahorcado. A finales del año pasado, fue una adolescente de 14 años, en Guantánamo, lanzándose desde una azotea. Las noticias que trascienden a los medios internacionales, que son bastantes, también son seguramente muy pocas, si las comparamos con la apoteosis de las cifras reales. Y es que, sólo en el 2016, por ejemplo, en Cuba los datos oficiales de muerte por “lesiones autoinfligidas intencionalmente” fue de 12,7 por cada cien mil nacionales: es decir, unos mil quinientos suicidas cubanos por año. 

Un calvario secreto que recorre el adolorido espinazo dorsal de nuestra nación en fuga, desde los anónimos ciudadanos del futuro que ya nunca será, hasta el mismísimo primogénito de Fidel Castro: Fidelito Castro

Según un informe de 2014 de la Organización Panamericana de la Salud, en el caso de Cuba, el método más frecuente de matarse es por asfixia (71,6%), envenenamiento (10%), darse candela (9,2%), saltar desde una altura (2,9%), dispararse con armas de fuego (2,4%), cortarse las venas o los órganos vitales (2,1%), ahogarse (0,9%), entre otros métodos más o menos morbosos (1%).

En el 2005 el académico exiliado cubano Louis A. Pérez, Jr. publicó en inglés su libro de 500 páginas Morir en Cuba: suicidio y sociedad (To Die in Cuba: Suicide and Society) con la editorial de la Universidad de Carolina del Norte. Se trata de una investigación en profundidad a lo largo de los siglos, donde este historiador se pregunta las causas de por qué en nuestra Isla hemos tenido desde siempre la tentación de matarnos, además de, por supuesto, la vocación de matarnos entre nosotros mismos.

El suicidio, sea asumido como acto de patriotismo, o sea tenido como una debilidad de carácter, lo cierto es que nunca resulta tan personal como lo pinta el gobierno cubano (y los gobiernos del mundo, en general), sino que se trata de una reacción radicalmente política, tenga o no tenga un impacto inmediato en la sociedad, o ni siquiera cierta connotación filosófica-existencial.

En este sentido, suicidarse es siempre decir que NO: es negarnos a participar de cualquier sistema, así lo amemos o lo detestemos. Y no hay nada más político que sustraernos al despotismo colectivo, sea democracia o dictadura, sea paraíso o infierno. El purgatorio es siempre la opción menos esperada y, por eso mismo, la no-opción más políticamente personal. No por gusto el filósofo francés Albert Camus, en su libro El mito de Sísifo, consideraba que “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”.

Hablando sobre el libro de Louis A. Pérez Jr., el ensayista cubano exiliado Alejandro de la Fuente ha afirmado que “el suicidio no siempre fue una expresión de desesperación y desilusión”, sino que, en el contexto de las guerras independentistas, por ejemplo, “la muerte y el suicidio fueron una expresión de acción y de firmeza de carácter, no síntomas de derrota y desolación”. Sólo que, toda vez conseguida ya la República independiente, comenzó entonces una representación más bien cómica del suicidio, porque “la prensa diaria publicaba relatos sensacionalistas sobre intentos de suicidio exitosos o fracasados” y “los dibujos y caricaturas que presentaban en forma humorística y ligera el tema del suicidio —en el libro se reproducen algunos— aparecían con muchísima frecuencia en todos los periódicos y las revistas principales”. 

Así que la Revolución castrista de 1959 no fue la apoteosis del suicidio ni mucho menos, pero sí fue su consagración política. Especialmente porque “el suicidio fue censurado como conducta impropia para los revolucionarios”, a la vez que Fidel Castro en persona popularizaba a la muerte como moneda de cambio moral, empezando por sus slogans fascistas de “Patria o Muerte” y, más recientemente, “Socialismo o Muerte”. Al respecto, el ensayo “Entre la historia y la nada. Notas sobre una ideología del suicidio” de Guillermo Cabrera Infante, incluido en su magnífico libro Mea Cuba, es una referencia obligada para entender cómo y por qué se suicidaban, o era obligados a suicidarse, los comunistas cubanos. Acaso también para predecir cómo y por qué se suicidarán, o serán obligados a suicidarse, los post-castristas cubanos.

La prensa oficial de la Isla, lo mismo que hace con el resto de la realidad, tanto local como internacional, escamotea este tipo de información. La considera demasiado sensible o incluso como una cuestión de seguridad nacional. De ahí que sean los medios alternativos de prensa los que, desde el exilio cubano, van sacando a la luz pública esta tragedia cotidiana.

Los pronósticos para el presente y el futuro inmediato parecen ser igual de tétricos. Es triste reconocerlo, pero es así. Nuestro pueblo se mata, así en la Isla como en el Exilio, y no hay mucho que podamos hacer al respecto. Diríase que, teniendo una historia tan corta como la nuestra, los cubanos igual ya estamos hastiados de ella: de su horror y su sinsentido, de su violencia bruta y verbal, pero, sobre todo, de su falta de fe y su desamor.

Los votantes de Trump sueñan con José Martí

Wikimedia Commons
Estatua de José Martí en el Central Park, Nueva York. Foto © Wikimedia Commons

Los votantes de Trump sueñan con José Martí

04/03/2018

De Nueva York, la primera patria de José Martí, recibo correos electrónicos de los hombres y mujeres que fueron desaparecidos por el castrismo. Cubanos sin Cuba, ni dentro ni fuera de Cuba. Fantasmas formidables que nunca odiaron a sus enemigos, pero que jamás claudicaron ante el despotismo criminal de los Castro. Seres de otra época. Yo diría: habitantes de otra galaxia, un lugar que en la Isla ya es imposible de restaurar.

Muchos no llegaron. El resto, tampoco. Pero ahí están todos: son nuestros compatriotas, esa palabra corrompida hasta los tuétanos por la Revolución Cubana, con mayúsculas histórico-materialistas.

Cubanos y cubanas con un corazón más grande que su carencia crónica de Cuba. Cubanas y cubanos hechos no de carne sino de lejanía insalvable, tan cerquita del alma, allí donde la violencia de los cuerpos no alcanza, pero donde sí cabe toda la tristeza política de la tierra.

Hombres y mujeres ya anónimos a estas alturas de una película sin protagonistas, muriéndose amablemente en un hospital público lleno de hispanos hablando en inglés que le rezan a un dios católico desconocido para nuestro catolicismo insular. Son nuestros desaparecidos a punto de desaparecer por enésima y última vez, de nota necrológica en nota necrológica, en mi buzón de Gmail.

No los conozco. Ni los conoceré. Dígase cubano y se habrá dicho cuánto los amo en el mundo. Puntual, desesperadamente, los amo uno a uno y los amo una a una en sus despedidas de duelo digital. Esos comunicados breves, anacrónicos, que recibo en mi bandeja de entrada casi a diario. Esos partes de guerra de una guerra perdida hace rato. Conteo de bajas. Reporte de pérdidas humanas. Toques de queda tecleados con la caligrafía cándida de los cincuenta en una Cuba anterior a Castro, cuando Castro aún era ingenuamente inconcebible por los cubanos con Cuba. En un siglo pasado. En una vida en pasado.

Son, además, los cubanos que me recuerdan cuán fácil fue desaparecerme de paso a mí, dentro y fuera de mi biografía de pronto también inhabitable. Son los daños colaterales del cubanicidio comunista, en el país más amado por la infame latinoamericanada y por la complicidad académica primermundista.

En el último de esos correos sin carta, en la última actualización del día de, por ejemplo, hoy, alguien me cuenta de alguien, agonizando, como todos ahora, en una sala donde, al contrario de Cuba, no permiten visitas fuera del horario oficial.

Allí está. Con su nombre tan cubanazo. Ingresado. Bastante mal, aunque orgulloso y sonriente cuando nos vio. Con una fractura en la base del cráneo que le produce dolores inmensos, afortunadamente intermitentes. Allí lo han tenido con fuertes calmantes, que no siempre son efectivos. Su esposa nos hizo a sus allegados toda la aciaga historia de lo que están pasando. En medio de la desgracia, él tiene la suerte de tener una mujer como ella. Uno de los narcóticos que le dieron le produjo alucinaciones. Lo vieron dando clases de Matemáticas, hablando en el Colegio de Periodistas de Cuba, diciendo poesías sacadas del más remoto estado de cubanidad. Las cosas más importantes de la vida emergiendo sin ton ni son, en el delirio revividas.

Y, entonces, como no podía ser de otra forma tratándose de un cubano en la capital martiana de Nueva York, la epifanía de un momento magnífico de lucidez, cuando lo vimos decir, con esa sonrisa de los que van a morir mañana por la mañana:

―¿A que tú no sabes quién acaba de salir de aquí?

Para extrañeza de todos, porque del exilio cubano, como de los huecos negros del firmamento, nadie, ni la luz, puede salir.

―No, mi amor, ¿quién acaba de salir de dónde?

A lo que el cubano en trance sobre la cama electrónica en mi correo, respondió, gozoso:

―José Martí ―con lágrimas en la voz―. José Martí vino. Dice que nunca nos abandonó. Y acaba de salir de aquí, como si tal cosa.

De Nueva York, la patria primera de nuestro Apóstol Nacional, recibo correos electrónicos de los desaparecidos que antes del castrismo fueron hombres y mujeres. Cubanos sin Cuba votando en vano por el Partido Republicano durante demasiadas décadas de una nación en decadencia dejada atrás, tan cerquita del corazón sin fecha de caducidad. Gente engañada por todos los gobiernos del mundo, excepto el de la muerte masiva en solitario. Y, todavía, como infantes cautivos de una edad de oro anterior y posterior al horror, al habla humanamente con el conmovedor cadáver caminante de José Martí.

Cuba tampoco nunca nos abandonó. Pero Cuba acaba de salir como si tal cosa de aquí. Hagamos, por favor, un milenio de silencio a nombre de nosotros mismos.

Me dan pena los poetas vendidos

inCUBAdora
Portada del libroFoto © inCUBAdora

Me dan pena los poetas vendidos

 25/02/2018

El castrismo paga a sus escritores, les compra bien barato la voz, pero por eso mismo los desprecia. Y en esto Fidel Castro siempre tuvo la razón: a los intelectuales cubanos, y a los intelectuales de izquierda en general, hay que apretarles las tuercas hasta ponerlos de cuclillas contra la pared. Así y todo, el poder nunca se puede fiar de ellos, porque la pleitesía patética de los escritores que venden su alma siempre ha sido, es, y será un puto paripé. Permítanme decir un poco más para terminar este primer párrafo: en términos de autoconsciencia de estilo, Fidel Castro fue mucho más intelectual y mucho más escritor que todo el campo cultural cubano y latinoamericano, y también que toda la izquierda primermundista de caviares europeos y delatores asalariados de la academia yanqui. El asesino sabía que todo es asesinato, mientras los poetas de dedicaban a dorar la píldora del patíbulo.

Tengo ante mí un documento de la tragedia totalitaria insular, una de esas humillaciones que los propios humillados intentan olvidar para no suicidarse, una prueba arqueológica del genocidio cultural que significa incluso hoy la dictadura cubana. En fin, otra prueba del holocausto civil de los cubanos con Castro (que somos todos, dentro y fuera de Cuba).

Yo no lo llamaría “daño antropológico”, ni ninguno de esos conceptos cobardes para disimular la culpa. Tengo ante mí la colección de poemas de elogio al castrismo No me dan pena los burgueses vencidos, publicada en La Habana en 1991 por la Editora Política como homenaje al cuarto congreso del Partido Comunista de Cuba y al “suceso más trascendental de la historia de esta pequeña isla: nuestra revolución”. Así que, más que “daño antropológico” yo lo llamaría “baño antropológico”, pues se trata literal y literariamente de un cagadero, una letrina ilustrada donde la clase intelectual cubana fue a implorar de rodillas su inclusión en este libro compilado por el agente Luis Suardíaz, donde todos y cada uno de los después exiliados y disidentes exigieron ser considerados como escritores oficiales del régimen, acaso como un abyecto salvoconducto para que los tiranos, todavía hoy en el poder, les perdonaran sus viditas y les autorizaran sus viajecitos.

El título del libro, por supuesto, viene de un poema escrito por un comunista cubano, Nicolás Guillén, para vergüenza de los comunistas cubanos y los del resto del mundo. Se trata del poema Burgueses que el Poeta Nacional incluyó en La rueda dentada (1972), y que en una de sus estrofas de estofa extremista dice así:

“No me dan pena los burgueses
vencidos. Y cuando van a darme pena,
aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos”

Nicolás Guillén, vale la pena recordarlo, fue el afrocubano que le escribió una conga de amor al “capitán” José Stalin (por envidia a la oda original del chileno Pablo Neruda), rezando para que los orishas negros protegieran al genocida mientras éste mataba a más y más blanquitos burgueses, para vergüenza de los afrocubanos de la Isla y los del planeta entero: “Stalin, Capitán, a quien Changó proteja y a quien resguarde Ochún…” Estos son los Walt Whitman que hemos parido en Cuba: esta es la materia prima paupérrima de la que se han nutrido hasta el cansancio todos los fascismos cubanos, antes y después de los Castros.

En resumen, son más de cien los poetas cubanos que en 1991 reclamaron ser incluidos en esta antología de lo atroz. La mayoría, ya muertos por partida doble: porque están hechos literalmente tierra, y porque habitan ahora en el cementerio siniestro de sus no-lectores. En efecto, poco más de un cuarto de siglo después de claudicar bajo la cabilla conceptual de El Caballo, sus obras completas ya se han quedado sin un solo lector, sea cubano o no cubano.

Destacan en No me dan pena los burgueses vencidos, eso sí, varios poemas-panfletos que merecen la memoria inmortal del mármol. Al menos la memoria pixelada de dejarlos colgados en la internet (acaso por el cuello, para no decir otra cosa).

Por ejemplo, Zoé Valdés, hoy anticastrista exiliada en París, publica su Poema para un país salvado, donde declara su pasión internacionalista de comuñángara:

“En un libro de poemas un guerrillero encontró
fórmulas metafóricas de cómo hacer la paz,
el comunismo…
[…]
Pensando en el continuo rumor de Centroamérica,
El Salvador respirará livianamente cuando la revolución sea
un suave silbido en el oído de sus muertos”.

Otro ejemplo al azar: Alberto Serret (Santiago de Cuba, 1947 – Ecuador, 2000) quedó tristemente atrapado en sus propios octosílabos de imitación martiana, con unas décimas despóticas al comandante en jefe, tituladas precisamente Fidel:

“Porque Fidel es el sueño
que toma forma y sentido:
un joven que no ha dormido
fusil al hombro; ese empeño
del sudor sin cruz ni dueño
sobre el yunque o el cincel.
Es el futuro y es el
milagro de la labranza.
Y en todo hay sol y esperanza
si el pueblo dice Fidel”.

La culpa tal vez sea del recurso de la rima, que parece tener respiración revolucionaria propia, tal como se le enredó retóricamente a Manuel Vázquez Portal en su Autor intelectual, las décimas más decantes de este después valioso y valeroso periodista independiente cubano, encarcelado durante la Primavera Negra de 2003 y hoy exiliado en Miami:

“El viento fue el mensajero
de sus olores de vida
porque por aquella herida
iba naciendo un sendero.
Sendero que trajo a Enero
con clamor de madrugada,
resurrecto en la alborada
derrumbadora de muros
con los fogonazos puros
que alumbraron el Moncada”.

Otros de los 130 implicados en esta joya escondida de la corona castrista son: Wendy Guerra (Escambray), Ramón Fernández Larrea (Salmo rojo), Reina María Rodríguez (Hoy habla Fidel), Félix Luis Viera (Declaración pública), Rafael Alcides (Gentes como nosotros), Antonio Conte (Fecha), Delfín Prats (Humanidad), Eliseo Diego (Poema de amor a la salida de un cine), entre decenas y decenas de otros, muchos en su momento censurados e incluso golpeados con impunidad en Cuba, como Carilda Oliver Labra (Cuando papá).

No los critico, no los juzgo. Son mis amigos, porque yo sí los leo conmovido, escriban lo que escriban mientras que lo escriban en cubano. No importa que ellos y ellas me odien a partir de hoy, por escarbar en sus closets de la comemierdad. Pero igual no puedo dejar de sentir una especie de satisfacción generacional. Porque nosotros, los que llegamos tan tarde, los ignorantes de los años ceros, por suerte, y tal vez gracias al ridículo que arrasó antes con ellos, nos salvamos de ese Complejo de Edipo con Castro que a ellos se los comió por una pata, poema a poema, y así nos libramos de caer en la tentación, tan tonta como cómplice, de rimar “emoción” con “revolución”.

Gracias, pues, queridos antologados de la victoria: no habéis arado en el mar.