El castrismo fantástico de los chilenos

Facebook/ Francisco Rodríguez Cruz
Daniela Vega viajará a CubaFoto © Facebook/ Francisco Rodríguez Cruz

Daniela Vega y el castrismo fantástico de los chilenos

27/04/2018

Una vez más, dispuesta a desaparecer a un pueblo entero sometido a una dictadura intacta, Daniela Vega regresa a mi Cuba querida.

Por mi parte, me alegro de corazón. Pero me apena un poco el hecho de que Daniela Vega regrese a mi patria ―tal como ha sido la costumbre de la izquierda internacional, y tal como ella misma lo hiciera en una ocasión anterior― no para solidarizarse con las víctimas del totalitarismo, sino, primero, para criticar al criminal embargo imperialista de un tirano llamado en este caso Donald Trump, y, después, para aplaudir con complacencia a la gerontocracia milica revolucionaria, una élite de verde olivo jamás elegida por nadie, y que hoy sigue anquilosada en un poder dinástico a perpetuidad que dura ya casi 60 años, y sin permitir ningún tipo de oposición legal.

Es decir, desde la época de, sí, ¡Jorge Alessandri en el Palacio de La Moneda!

Sin entender este delicado detalle, los chilenos nunca podrán enterarse de por qué son tan malagradecidas las nuevas generaciones de cubanos respecto al legado socialista de Fidel. Y tampoco nunca dejará de ser un misterio en las poblaciones chilenas, por ejemplo, por qué los pobres cubanos escapan en masa del marxismo para recalar en los malls supermaterialistas de Miami. Todo con tal de vivir sin educación ni salud gratis. Todo por una mínima cuota de esa ilusión insular llamada la libertad.

El capitalismo como epifanía: esta es la causa del odio ideológico con que media Latinoamérica estigmatiza al exilio cubano, llamándonos “gusanos” a imitación de la propaganda estatal.

Daniela Vega, a quien admiro profesionalmente y de quien estoy medio enamorado en el plano personal, en Cuba recién ha ganado popularidad por ser, por supuesto, la estrella del filme chileno Una mujer fantástica (2017), del director Sebastián Lelio, que fue la película ganadora del Premio Oscar 2018 a la mejor película de habla no inglesa. Un Oscar que Cuba perdió con Fresa y chocolate en 1995, por los cabildeos hetero-políticos del castrismo dentro de la academia yanqui.

En el entrante mes de mayo, Daniela Vega volverá al país en que, en los años sesenta, se fomentaron los campos de trabajo forzados de las UMAP ―Unidades Militares de Ayuda a la Producción―, especializados en reclutar por la fuerza a intelectuales y homosexuales, preferiblemente a ambos.

En mayo Daniela Vega va a un país donde, desde su tribuna, Fidel Castro en persona dictaminó, por una parte, la parametrización de los homosexuales de toda la vida pública ―incluidos no sólo el ejército y el Partido Comunista, sino también las artes, los mejores oficios, y los estudios en la universidad― y, por la otra, el comandante en jefe cubano denigró homofóbicamente a todo ese tipo de “shows feminoides” y “degeneraciones” en plena vía pública.

Es decir, que Daniela Vega vuelve ―ejerciendo su democratiquísimo derecho, por lo demás― al país donde las Danielas Vegas han pertenecido durante décadas a una raza degenerada, según la política oficial del estado cubano. Y donde ni uno solo de nuestros líderes políticos ha tenido todavía el coraje ni la vergüenza de intentar una reparación real.

En este sentido, Daniela Vega viaja a un país metido todavía de cabeza en el closet, donde las calles ―como gritan las consignas y los actos de repudio del siglo XXI― son propiedad privada exclusiva de los revolucionarios. Con más o menos represión, un país no por adorable menos abyecto en su sumisión al monopolio de Estado. Y legitimar esa ecuación, al no criticarla ni con el pétalo de una florcita motuda, es desaparecer a doce millones de cubanos atrapados en la Isla, más la plusvalía de otros tres millones de compatriotas aparecidos en cualquier punto del planeta. Desde Corea del Sur hasta la nórdica Islandia.

Desde ya le doy de corazón la bienvenida a Cuba, a la querida Daniela. Yo, cubano que no puede regresar a mi Cuba ―pues el apartheid migratorio de la Revolución aún sigue en pie―, y que por eso mismo la admiro y la amo a ella en tanto ciudadana libre de la democracia chilena, acaso mucho más que algunos de sus propios compatriotas.

Pero Daniela Vega al menos debe saber que ella no viaja a Cuba invitada por una ONG de la sociedad civil. Por desgracia, en Cuba no existen ONGs no gubernamentales, como tampoco es funcional el concepto moderno de sociedad civil. Asumir lo contrario, Daniela, sería un insulto al pueblo cubano, así como una burla a tu propia inteligencia y un escarnio para cualquiera sea tu activismo social.

La solidaridad se ejerce siempre entre los sin voz y los sin poder, compañera.

Y este viaje a Cuba es exactamente como no les gusta a los chilenos que los activistas cubanos de derechos humanos viajemos a su país: invitados por un partido político. Porque a Cuba se entra y de Cuba se sale con la venia más o menos visible del PC cubano, que es el único legal según el Artículo 5 de la Constitución cubana, y que ahora se disfraza tras el maquillaje del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), dirigido por una mujer no fantástica sino fundamentalista: la hija y sobrina, respectivamente, de Raúl y Fidel Castro Ruz.

No sé por qué pienso ahora en el Jorge Luis Borges de 1976, investido como doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile y alabando el “orden y la paz” de aquel país donde Daniela Vega aún ni soñaba con nacer. Pienso también en el abrazo que me dio Pedro Lemebel en Casa de las Américas, en 2006, a la par que me pedía, en voz muy baja, que yo tuviera paciencia y no me pusiera como los miamenses a criticar en voz alta a mi propio país (no le hice caso). Y pienso, por supuesto, en Camila Vallejo y Karol Cariola en 2012, las dos viajando a Cuba de la mano del poder y dándoles la espalda al estudiantado cubano, en una salita a puertas cerradas porque en la Isla está prohibida toda manifestación de masa espontánea.

Nada de esto hará de Daniela Vega una cómplice de la tiranía caribe. Pero su viaje a Cuba de la mano de los Castros sí nos deja cada vez más y más solos a los cubanos. Espero se entienda este otro delicado detalle en el Chile de mi alma, esa otra islita pero continental: la solidaridad del resto del mundo con los poderosos locales es justo lo que nos ha convencido de que sólo en un mall-mariposa de Miami quedan esperanzas para los gusanos cubanos.

Un dictador a dedo antes del fin de la dictadura

Cubadebate/ Irene Pérez
Raúl Castro tras convertirse Díaz-Canel en nuevo presidente cubanoFoto © Cubadebate/ Irene Pérez

Miguel Díaz-Canel, dictador a dedo antes del fin de la dictadura

23/04/2018

No lo digo yo. Lo dice la gerontocracia de élite todavía hoy en el poder en Cuba.

En efecto, en su discurso “La Revolución es la obra más hermosa que hemos hecho”, pronunciado en la clausura de la IX Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular el pasado 19 de abril, así lo reconoce el propio Raúl Castro Ruz:

“[Miguel Díaz-Canel] hace cinco años resultó elegido Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros —y desde ese instante, ya un grupo de compañeros del Buró Político teníamos la absoluta certeza de que habíamos dado en el clavo, y de que esa era la solución, que hoy se está materializando en esta importantísima reunión”.

O sea, la sucesión del poder al poder en Cuba ya estaba pactada desde el año 2013, atada y bien atada. De manera que, el líder de la Revolución cubana reconoce con una impunidad atroz ante la cara de mundo que, las elecciones del Poder Popular que tuvieron lugar recientemente en Cuba fueron, en consecuencia, una falacia, una farsa puesta en escena para disimular la sucesión dictatorial, un despilfarro de los recursos del país, y, en definitiva, un paripé no sólo patético sino despótico. Perverso.

Hacía ya cinco años que el destino de la Cuba de hoy estaba amañado por el clan Castro y por la junta corporativa-militar que gobierna a la Isla. Lo que es mucho peor, el destino de la Cuba de mañana también queda a partir de ahora amañado por estos poderosos sin escrúpulos, a la vez tan cobardes que jamás se han atrevido a permitir ningún tipo de oposición. Ni pacífica, ni leal, ni nada.

No lo digo yo. Lo dice otra vez el propio Raúl Castro Ruz, en discurso de supuesta despedida el 19 de abril pasado, en el Palacio de las Convenciones:

“Cuando yo falte —a lo que más adelante me referiré, que continúo como Primer Secretario hasta el año 2021—, [Miguel Díaz-Canel] pueda asumir esa condición de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, y Primer Secretario del Partido Comunista. Y se ha planificado así, manteniendo en la próxima proposición de la Asamblea, que se analizará igualmente con el Consejo de Ministros, en la sesión de julio”.

Es decir, nada fue espontáneo en esta designación a dedo. O sea, que Miguel Díaz Canel de pronto ejerce su rol de sátrapa totalitario de manera mucho más mezquina que los hermanos Fidel y Raúl Castro, pues Díaz-Canel ni siquiera tomó el poder por la vía violenta, ni tuvo el talento terrible de secuestrar la soberanía de la nación durante seis décadas, sino que Díaz-Canel es impuesto de manera pública precisamente para perpetuar ese crimen de lesa civilidad, para condenar a cadena perpetua a las generaciones de cubanos que vendrán, para ser el administrador en jefe de la linchamiento vitalicio de la nación cubana.

No lo digo yo. A Miguel Díaz-Canel acaba de “mandarlo a matar” su mentor Raúl Castro Ruz, al quitarle la poca legitimidad que pudo haber tenido su supuesta elección por parte del pueblo y del Parlamento cubanos:

“Su ascenso a la máxima responsabilidad estatal y gubernamental de la nación no ha sido fruto del azar ni de apresuramientos. En su promoción gradual a cargos superiores, […] se aseguró con intencionalidad y previsión el tránsito por diferentes responsabilidades partidistas y gubernamentales, de manera que adquiriera un nivel de preparación integral que, unido a sus cualidades personales, le permitirán asumir con éxito la jefatura de nuestro Estado y Gobierno, y más adelante la máxima responsabilidad en el Partido”.

Nada más que añadir. A Miguel Díaz-Canel lo estaban guardando como una carta oculta para encasquetárnoslo ahora a millones y millones de cubanos, dentro y fuera de nuestra isla sometida a un castrismo que no quiere tener fecha de expiración.

En resumen, la implantación a voluntad de Miguel Díaz-Canel constituye una declaración de guerra a muerte que el gobierno de La Habana acaba de lanzarle al pueblo y al exilio cubano. No hay vuelta atrás.

Y Miguel Díaz-Canel es paradójicamente la primera víctima en este proceso bélico que se inicia a partir de ahora. Él mismo no nos ha dejado ninguna opción, manipulándonos con malevolencia desde su reciente discurso de aceptación de la infamia (incluso desmintiendo lo afirmado por Raúl Castro momentos antes):

“La elección ha sido fruto de los anhelos colectivos, sin que ninguno de los elegidos haya aspirado en lo personal a ello. […] Digámoslo con todas sus letras: la Revolución cubana sigue de verde olivo, dispuesta a todos los combates”.

La iniciativa cívica Cuba Decide, encabezada por Rosa María Payá, cada vez cuenta con más prestigio nacional e internacional. Porque el mundo libre reconoce que, sin participación ciudadana, no hay país posible. Ni vivible. Y esa participación ciudadana comienza por un plebiscito que despenalice la pluralidad de pensamiento y acción en Cuba, al tiempo que le devuelva la voz a una ciudadanía enmudecida de tanto tedio y horror.

Por más que suframos y seamos sus víctimas mortales, los cubanos sin Castro ―que somos todos, pues Castro es apenas ya una pesadilla― jamás vamos a reconocer la existencia de la dictadura cubana, ese fósil funerario de guayabera blanca manchada de rojo sangre y crueldad verde olivo. Para colmo, con una cabeza de fantomas que se apellida Díaz-Canel.