Uber Cuba 0040

UBERCUBA

Uber Cuba 0040

Orlando Luis Pardo Lazo

Febrero 8, 2019

Chucho Valdés en Saint Louis, Missouri. Tenía que pasarme a mí.

Con el destino no se puede, no, como decía aquel gran réquiem por un hijo prodigio de los Van Van, canción del corazón hoy ya olvidada por nuestra mediocridad siglo XXI de cubanos sin Cuba, tanto dentro como fuera de la Isla. Con el destino no se puede, no: una balada con tumbao, compuesta e interpretada con el alma a flor de pecho, en la etapa de oro de los Van Van que al final no fueron ni tampoco irán.

Eran los oprobiosos ochenta.

Nunca debimos de llegar vivos a los noventa. Pero aquí estamos, aquí seguimos: después de los años cero y ya casi en el primer cuarto de siglo del nuevo siglo, ese enemigo cubanicida.

El tiempo, el implacable, el que pasó por pasar, y nosotros todavía sin poder vivir una vida vivible. Todo ha sido hasta ahora máscara, mueca, pantomima de mentiritas. Nosotros, los fantasmas de la fidelidad. Nosotros, los desaparecidos del paraíso. La pesadilla de unas notas improvisadas sin pentagrama.

El maestro Chucho, hijo del maestro Bebo, vino al Ferring Jazz Bistro a tocar dos o tres noches de invierno, un par de veces en cada velada, para una audiencia mínima, de enterados, de enterrados sobrevivientes al febrero glacial. Melómanos enfermos de nostalgia, entre un montón de aplausos y traguitos y bravos y mesas vacías como un memorándum de que, fuera de Cuba, nadie es nadie.

Por lo demás, nunca se pronunció la palabra “Cuba” en voz alta. Tampoco yo la pronuncié. Cuba cansa con cojones.

Chucho, el cosmopolita.

Chucho, el prestidigitador.

Chucho, el signatario número 26 de la criminal Carta de los 27 en la Primavera Negra de 2003, para sufragar con su firma el fusilamiento semifusa de tres negritos cubanos de La Habana más marginal, ninguno de los cuales había estudiado piano ni trompeta ni timbales, en una de las tantas escuelas de arte gratis de la Revolución. Ninguno de los cuales, tampoco, había comido nunca bacalao-con-pan, aquel plato de pobres devenido después en delicatessen en Cuba, cuando, al inicio del llamado Periodo Especial de Guerra en Tiempos de Paz, en el año capicúa de 1991, se perdió primero el bacalao y después el pan.

Chucho, compay, carajo. Nos dejaste con el pum, pum, pum del paredón patrio de fusilamiento.

Chucho, coño, a contratiempo de la sorpresa y dolor de los manifiestos calumniosos contra Cuba. Chucho y su conveniente inocencia, insultante al punto de la ignorancia, nacida de la distancia, la desinformación y los traumas de experiencias socialistas fallidas y demás blablablás. Chucho y la gran campaña que pretende aislarnos y preparar el terreno para una agresión militar de los Estados Unidos contra Cuba. Chucho y la superpotencia que pretende imponer una dictadura fascista a escala planetaria.

Ricura y polifonía. Aé la chambelona castrista. Qué paso más chévere el de mi chucho es.

Para defenderse, Cuba se vio obligada entonces a tomar medidas enérgicas que naturalmente no deseaba. Por eso, incluso hoy en la noche niche de Saint Louis, no se le debe juzgar por esas medidas, arrancándolas de su contexto.

Tres negritos muertos son tres negritos muertos son tres negritos muertos. Y pare de contar. La cosa no iba a pasar de ahí. Los blancos, tranquilos. Sin trauma. Disfrutando del jazz batá en los cabarés caros, así en el Exilio como en la Isla. En 3-D, decadencia en stereo dolby surround.

Cogí un Uber. Fui al concierto.

Cogí un Uber. Regresé del concierto.

Como Olmo, el homúnculo personaje que nadie tampoco recuerda en la literatura cubana inisecular. Amnesia quiere decir olvido. Compañeras y compañeros, tampoco se le pueden pedir peras al olmo.

Por mi parte, no le pedí siquiera un mísero selfie al maestro Valdés insular, hijo del maestro exiliado Valdés.

Hicieron bien en quitar el banderón cubano de la acera, Chucho, porque si hubiera estado el trapo heroico de tu bandera, tú sabes, yo no hubiera podido entrar. Sólo que esta vez a nadie le iba a importar en ninguna parte que ya volviera, fosca, a su retórico rincón, mi alma trémula y sola.

Qué gente, compañeros, pero qué gente.

 

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