Erie in memoriam

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Una analogía del reino de los cielos

En esta suerte de recital colectivo, un pintor, cinco escritores, un cineasta y un teatrista escriben sobre lugares y barrios de nuestra capital, a modo de homenaje por sus 500 años

Carlos Espinosa Domínguez, Aranjuez

10/05/2019

Tras visitar la Isla en 1930, Federico García Lorca le escribió a su familia en una carta: “Habana es una maravilla, tanto la vieja como la moderna. Es una mezcla de Málaga y Cádiz, pero mucho más animada y relajada por el trópico. El ritmo de la ciudad es acariciador, suave, sensualísimo, y lleno de un encanto que es absolutamente español, pero de lo más característico y más profundo de nuestra civilización. Y después agregó: “Yo naturalmente me encuentro como en casa. Ya vosotros sabéis lo que a mí me gusta Málaga, y esto es mucho más rico y variado”.

Opiniones similares a la del poeta y dramaturgo español dejaron los numerosos extranjeros que visitaron nuestra capital. Se referían, naturalmente, a La Habana de otros tiempos. La de hoy, que se apresta a celebrar los quinientos años de su fundación, no recibiría palabras tan enaltecedoras. La indiferencia, el abandono, la indolencia urbanística han convertido la ciudad en lo más parecido a la de un país tercermundista acabado de salir de una guerra. En sus calles acribilladas de baches, en sus edificios ruinosos y apuntalados, en los escombros y escombros despojados de romanticismo y prestigio, cuesta reconocer a otrora “París de las Antillas”, y sobre la cual Thomas Merton expresó que, si se sabe vivir en ella, es “una analogía del reino de los cielos”. La Habana es hoy, como ha comentado el escritor argentino Martín Caparrós, “una ciudad —que parece— detenida en el tiempo. Una ciudad donde aquellos que prometieron un gran cambio detienen todo tiempo —en nombre de aquellos cambios que siguen prometiendo”.

Pero no quiero caer en un memorial de agravios ni en un canto fúnebre. He preferido imitar al poeta Orlando González Esteva, quien compiló el libro Concierta en La Habana animado por el ejemplo de un violoncelista de Sarajevo durante la guerra de los Balcanes. En la introducción, recuerda que, al descubrir los estragos causados por una bomba que cayó en su vecindario, el músico sacó su traje de etiqueta, empuñó su instrumento, salió a la calle, se sentó en un boquete aún humeante y comenzó a tocar. En mi caso, oficiaré simplemente como organizador de una suerte de recital a La Habana. Quienes se encargarán de homenajearla son un pintor (Ramón Alejandro), cinco escritores (Norge Espinosa Mendoza, Abilio Estévez, Lilliam Moro, Orlando Luis Pardo Lazo, Juana Rosa Pita), un cineasta (Fernando Pérez) y un teatrista (Alberto Sarraín). La premisa fue que cada uno escogiese un barrio, una calle o un lugar de nuestra capital y redactase un texto breve.

Orlando Luis Pardo Lazo:

500 palabras sobre el Erie de Lawton, en E entre 11 y 12

Erie no es uno de los Grandes Lagos, por supuesto. Ni siquiera hubiera llegado a ser uno de los Lagos Enanos. En La Habana ya todo es sequía, como corresponde al destino bíblico de nuestra babilónica capital. El desierto, compañeras y compañeros, es lo que sigue al diluvio de la Revolución. Ya casi rebasado el primer cuarto de siglo del XXI, no hay oasis que contenga en casa al horror.

Erie es, como todos los habaneros de La Habana conocen, un cine de barrio. Lujosa y delicadamente de barrio.

Con alfombras rojas y olor pulcro a Primer Mundo. Con carteleras y tickets de entrada que parecían haber sido impresos todavía en el capitalismo cubano. Con acomodadoras milenarias, emperifolladas con joyas que juro tenían que ser auténticas. Tendrían que haber sido auténticas.

Y con la sala a oscuras más luminosa del planeta en pleno, donde rebotaba la vida de un mundo ancho y ajeno por donde los fiñes de Lawton ya estábamos condenados a deambular. Pero aún no lo sabíamos.

Nadie nos había dicho nada. Tampoco el Erie nos dijo, en ninguna de sus películas importadas. No por miedo, sino por compasión. Gracias, Erie. Tu silencio pospuso durante un siglo nuestros suicidios.

Mi padre me llevaba allí, mi madre casi nunca. Después, con las primeras hormonas, comencé a ir solo. Solo con la esperanza de rozar unos labios que dentro de aquella nave umbría nunca rozaron los míos.

Hoy por hoy, extraviado en un exilio en 3D de alta resolución y rodeado por un sonido sofocantemente surround, sé que en el mejor rincón del alma aún atesoro tiernamente la causa perdida de besar en el cine Erie a aquel, aquella, mi eterno primer amor.

No tengo mucho más que decir.

Crecí, y el Erie se encogió como un cadáver exquisito cuya hidratación descuidamos. Los hijos del Erie nos olvidamos del Erie. No le perdonamos el hecho de haber sido una ventana estrictamente enclavada en Cuba, cuando nosotros no pensábamos en otra cosa que no fuera escaparnos de Lawton, La Habana, Cuba, la Revolución.

Así que el cine Erie fue quien pagó las culpas por nuestra cobardía de no haberle puesto una sola bomba a La Habana, a Cuba, a la Revolución. Ningún país se merece una paz paradisiaca tan perversamente prolongada.

Así que nos fuimos sin decirle ni adiós al Erie. Huimos del naufragio dejándole como legado, en sus bañitos tan lustrosos donde casi se podía comer, un mojón flotando como todo legado. Perdónanos, Erie, porque sabíamos muy bien que la estábamos cagando.

Lo dejamos atrás con una mueca. Negamos a nuestro cinecittà no tres, sino tres millones de veces antes del amanecer. Y aquí estamos todos ahora, las mejores mentes de mi generación, un tercio táctico de la población en fuga, una quinta columna balcanizada, a la espera de aquel mismo amanecer por el cual sacrificamos las mejores mañanas de matinés.

Dije que no tenía mucho más que decir, pero sigo diciendo y diciendo. El que Erie último, Erie mejor.

Erie de las eras imaginarias

Orlando Luis Pardo Lazo  

SUNDAY, NOVEMBER 4, 2018

Hay una imagen de infancia que aún me cautiva. Es decir, una imagen de infancia ante la que ya para siempre estaré cautivo. Está en la calle E, entre 11 y 12, para los que saben de Lawton: Calle E con E de Erie, supongo (quiero suponer).

En efecto, justo en ese tramito de la calle E, una cuadra antes del matadero y la línea del tren (las líneas del tren, porque eran muchas a la altura del crucero llamado, creo, José Martí), estaba el Erie.

No es necesario especificar que el Erie era un cine. Los que alguna vez fuimos de Lawton sabemos eso y mucho más: sabemos, por ejemplo, que el Erie no era un cine, sino El Cine.

Ah, nuestro coliseo revolucionario de pantalla titánica y ventiladores de aspas (no tenía aire acondicionado, ni falta que le hacía tampoco). Ah, nuestra sala no a oscuras, sino de infinita luminosidad (es el último de los brillos que se nos va a apagar en nuestra alma exiliada). Ah, nuestro mundo de miniatura donde imaginarnos cómo iba a ser la vida cuando creciéramos en el mundo de la realidad y por fin fuéramos libres de nuestros padres (no lo sabíamos entonces, no podíamos saberlo entonces porque habitábamos en un estado de exquisita inmortalidad, pero lo que nos hacía ilusión de futuro no podría ser otra cosa que la muerte de nuestros papás, los mismos que puntualmente nos llevaban al cine Erie).

Por cierto, mi padre era el único habitante del barrio que conocía la palabra “erie” antes de que el Erie existiera (si es que alguna vez no existió: de hecho, ahora es cuando ya el cine no existe).

Por eso desde que tuve cinco o seis años en Cuba yo supe de los Grandes Lagos, al norte del Norte. Y me los imaginaba con el mismo color azul con que, por algún motivo, se proyectaban las películas capitalistas en aquel local (las películas rusas, por el contrario, que por entonces se llamarían soviéticas para siempre, tenían otra tonalidad sobre el telón, más gris, más ríspida, más irrecordable).

El capitalismo cubano, como los Grandes Lagos de Norteamérica, nació azul dentro de mis cabeza desquiciada y llena de poesía política en aquella década decadente de los años setenta de nuestra islita. Y cuando por fin pude ver a los Estados Unidos y Europa, resultó entonces que el gris ríspido e irrecordable de la Unión Soviética ya lo había contaminado todo: el capitalismo del siglo XXI es así, tristísimo, un tótem cinéfilo del totalitarismo cubano.

He buscado al cine Erie en Google Maps. Es facilito, me bastan con un par de clics. Me conozco Lawton como la palma de mi mano. Me conozco La Habana como el lenguaje con que late por latir mi corazón de cubano. Y me he pasado las horas de las horas allí, en su azotea a dos aguas de cinc. Hoy desaparecida. No importa. Igual me paso los años de los años sobre ese techo hecho trizas, a la espera de que algún resplandor en mi laptop de pronto me avise que ya está a punto de parto la próxima proyección.

Para mayores de 16, Para mayores de 12, Para todas las edades. A estas alturas de la historia a los cubanos ya nos da exactamente lo mismo: se trata de la prehistoria y punto final. Esta es la Edad en que los cubanos hemos perdido hasta nuestra edad.

Ah, Erie, tus patadas de kong-fu y tus bailarinas norteamericanas sudando a chorro bajo los vapores de un acero inoxidable (siglos después, la ciudad resultó ser Pittsburgh, en Pennsylvania, donde viví varios meses apenas salí de Lawton, La Habana).

Ah, Erie, la patria en una pantalla: te debo un gesto de gratitud. Gracias a tu inercia infantil el año pasado alcancé a mojar mi frente en las aguas heladas del Lago Erie, en una esquina sin Cuba del mundo real, aunque, por supuesto, ya era demasiado tarde para alegrarme. Recuerdo que lo trasmití por Facebook, cuando yo todavía tenía un Facebook con miles de amigos y seguidores, aunque, por supuesto, ya era demasiado tarde para alegrarlos.

Ah, Erie, cajón de sastre de una imaginación infantil que por culpa de nosotros mismos se nos fue quedando sin cuerda: perdónanos, linterna mágica de cuarenta centavos por ilusión, de que ya se nos haya hecho demasiado tarde para alegrarnos.

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